fcc0ba00732cadf86f04971ed064d382Hoy es fin de semana y Damián saldrá con sus amigos que tiene desde la preparatoria. Sus mejores amigos, en realidad. Son casi sangre de su sangre, la familia que él eligió. Los elegidos. Espera que vaya Valeria, aunque sin su novio. Se acaba de tallar los dientes y sale a su habitación, toma las llaves de su auto y se dirige a la habitación de su madre, pero antes de abrir, alcanza a escuchar un sonido. Es apenas perceptible, un llanto ahogado, leves contracciones abdominales que suenan al aire que quiere ser reprimido pero sale produciendo una suerte de silbido leve. No es la primera vez que la escucha. Damián cree tener una razón: su padre. Lo tuvo que cuidar un familiar, una tía, pues su madre se puso muy mal en el hospital. Y ese fue el último día que se mencionó a su padre. Damián cree que ella llora por eso, por lo que decide darle su tiempo. Ella saldrá también con compañeras del trabajo. Luego de unos minutos, desde su habitación, cuya puerta queda casi al frente de la de su madre, escucha que ya no llora y se arregla. Ella abre la puerta y la luz la ilumina. Fugazmente, él ve a otra mujer, pero sólo eso. Ha de ser por el rayo de luz repentino. Luce jovial y como nueva: su largo cabello amarrado en una cola de caballo que le llega a la cintura, su postura derecha y sensual, su mentón afilado y sus mejillas sonrojadas. Sonrisa perfecta. Él le sonríe de vuelta.

–Bueno, pues, yo también ya me voy.

–Vámonos, hijo.

Baja ella primero las escaleras y él la sigue. Cada uno se desea buenas cosas, se besan en la mejilla y se separan en sus autos por distintos caminos.

Siete canciones después, Damián llega a su destino, una tienda de cerveza y alitas. Llega, como siempre, antes que ellos y va a apartar lugar, a decir cuántos habrán en la mesa. Quince minutos después llega su amigo Rafael, el grande: un toro humano de facciones gruesas y ojos pequeños, lentes de fondo de botella y nariz de payaso, cabello negro y bien peinado hacia atrás, barba de tres días y ojos de crudo. Tiene una voz atronadora, de verdadero hombre. Es estudiante de leyes y conservador.

–¡Qué pedo, Damián! ¿Cómo has estado, hermano?

–Bien, muy bien, hermano.

Se abrazan amistosamente.

–Por fin de semana, papá, y de quincena.

–Nomás no te pongas tan loco, Rafa, recuerda que traes carro.

A continuación, él finge la voz para sonar como alguien presumido y rico:

–O sea, yo viajo en taxi, güey, no necesito manejar, que manejen los pobres, yo pago por que me lleven.

Damián ríe sonoramente.

–Qué mamón, güey.

–¿No nos van a dejar entrar aún?

–No, aún no hay mesa disponible.

–¿Qué acaso no saben quién soy yo? ¿No saben quién soy yo?… Pues yo tampoco, ya ni pedo.

Damián sonríe y ve a otro de sus amigos, se llama Francisco: un roquero, pantalón de mezclilla y playera negra, amplia frente y cabello castaño y ligeramente ondulado, tiene una mirada oscura como la de sus amigos, nariz respingada y labios gruesos, su cuerpo es naturalmente musculoso. Camina hasta ellos y repiten el ritual de saludo y abrazo.

Un rato después les permiten entrar, y llega Valeria con su novio, Roberto, un “carita”, el típico estereotipo de niño bonito europeo y exitoso. Por un momento, Damián se ensombrece, pero luego llega Gaby y eso le permite sentirse un poco feliz, al menos más que antes. Es la primera vez que ella va con sus amigos, y un poco de nervio lo embarga, pues especialmente Rafael es muy posesivo y hasta controlador; sin embargo, parece todo fluir de manera muy natural, incluso para alguien que enseguida se fija en la apariencia física de alguien, o incluso su poder monetario.

–Entonces maestra en literatura, ¿eh? Eso suena muy bien. ¿Tienes algún autor de tu predilección?

–¿Autor? ¡Ja! Mientras sea latinoamericano, no hay pedo, porque ella no lee nada más.

–Ay, cállate Damián.

–Es la verdad, Gaby, y no me digas que no.

–Tiene razón –dice ella dirigiéndose a Rafael–, leo mucho latino, casi no leo europeos ni nada por el estilo.

–¿Y eso por qué?

–Porque, pues… no sé, simplemente así lo hago. Me gusta mucho más la literatura de violencia de los autores latinos.

–Ah, ya veo, ya veo. Digamos, no sé, ¿un masaje con tacones? –dice Rafael a ella riendo descaradamente. Ella no comprende muy bien, y Damián ríe también con fuerza.

–No mames, la acabas de conocer, no saques tus pedos masoquistas –le pide a su amigo entre avergonzado y entre divertido. Gaby abre los ojos y sonríe nerviosamente.

–Pinche cerdo, güey –le dice Francisco.

–¡Oh, güey, yo sólo hablo de lo bueno de la vida! Ja, ja, ja.

–Y tú qué, ¿lees algo?

–Leo demandas.

–¿Cómo?

–Sí, soy un fiel guerrero de la justicia y la ley –le dice a la maestra.

–¿Abogado?

–Así es, trabajo en un juzgado de la federación. Me encargo de que cada quien obtenga lo que se merece.

–Entonces supongo que no lees.

–No lee el pendejo –dice Francisco–, bueno, a él le da a pura revista vaquera y youtuber, la muy maldita cerda.

Rafael ríe para decir:

–No mames, güey.

–Ay, no, eso de los youtubers es lo peor, la verdad. Las vaqueras, incluso, son mejores que el erotismo actual, eso sin duda –dice Gaby riendo.

–No le creas a ellos, mi amor, están mintiendo.

–¿Mi amor? –Pregunta Gaby.

–Pinche igualado –dice Francisco riendo.

–Calma la palma, amigo; además, ya saben, cada generación tiene su ídolo. Así que los youtubers venden y llenan ferias de libros, por eso valen la pena. Al menos por eso los defienden. Son la nueva forma de iniciarse en la lectura. Tú que escribes libros deberías defenderlos –dice a Damián–, si no nadie leerá tus novelas ja, ja, ja.

–No, no mames, no. Yo tengo una sola cosa que decir, y no es para defenderlos –dice Damián.

–¿Que quieres ser un youtuber para vender libros?

–Sí, güey –y finge que llora, para luego reír. Damián continúa–. No, no. Es una estupidez y no voy a defender a esos pobres diablos. Los youtubers no son la nueva contracultura. Son anticultura. En mi opinión, todo es distinto. Antes, los movimientos culturales iban encaminados a un cambio social con base en los valores, los tomaban y los modificaban: eso es la contracultura. Te puedo mencionar, por ejemplo, música: los Beatles, Janis Joplin, hasta Marilyn Manson era así de transgresor. Se atacaba la norma para cambiarla, con base en el ideal de una norma. Lo que ahora sucede es un retroceso, nos volvemos una sociedad retrógrada y perdemos los valores que se tenían, se vuelven nada. Por eso no son comparables con lo que en los sesentas, setentas y ochentas teníamos; ya desde nuestra generación millennial vale madres todo. Pero bueno, eso es lo que creo, contracultura es totalmente diferente a anticulura.

–Vaya, vaya, vaya, relájate cerebrito –dice Rafael bromeando.

–Yo sólo digo, güey, no me compares con esa basura.

–Aunque, en su tiempo, todos esos ejemplos que mencionaste eran considerados anticultura. Sin embargo, mira, quién lo diría: tienes buenas ideas –dice Gaby.

–Te digo, mi habilidad mental no es tan mala como dices.

–Ay, ya vamos de nuevo –dice sonriendo y torciendo los ojos.

–¿Qué? –Pregunta Valeria, quien por fin deja de besar a su novio.

–Es que acá, mi amiga Gaby, dijo que mi capacidad de abstracción es muy bajo, que por eso no puedo leer ciertas novelas.

–Ay, yo no dije eso.

–Sí lo dijiste.

–Ay, eres bien exagerado.

–Soy realista.

Gaby ríe.

–¿Entonces tú qué propones para cambiar eso? Al menos parece que ya tienes identificado el problema. ¿Cómo solucionarlo? –pregunta la maestra. Damián la observa y sonríe al mismo tiempo que enciende un cigarro, para luego tomar de su tarro de cerveza.

–¿Tú qué propondrías?

–Por algo se debe empezar a leer, ¿no crees? –dice Valeria.

–El problema es que esos libros queman las neuronas. Si quieres morbo puedes leer blasfemias divinas. Imagínate una historia de Jesús, cuya vida no es controlada por él mismo, sino que los demás la controlan, y todo es una lucha externa, no de iluminación personal, que conduce a su muerte; y esa muerte se usa para crear una iglesia y controlar a la gente. Reducir al gran hijo de Dios a un mero capricho; es más, quitarle su condición divina y volverlo un extraterrestre; o sea, alguien que es propio de otra dimensión. ¿No sería eso genial?

–Sería blasfemo.

–¿Qué no es blasfemo hoy en día? Nos preocupamos más por un político misógino, y lo condenamos a los fuegos eternos del infierno, pero nosotros hacemos exactamente lo mismo con nuestras madres. Eso es estar alienado, y ese es el problema de la sociedad actual.

–No me has dicho ninguna solución… –dice Gaby con una sonrisa pícara que Valeria alcanza a ver.

–No sé, la verdad no sé.

–Pobre de ti, tanto saber pero nada que hacer. ¿No crees que ese es el verdadero problema?

Damián le sonríe y le contesta:

–El problema es querer encontrar agua donde solamente hay sal –al decir esto, observa fugazmente a Valeria y luego regresa la mirada a Gaby, para decir–; pero bueno, vinimos a descansar, no a solucionar los problemas de México.

–Si los políticos se reunieran a tomar para pensar en decisiones importantes y en pro de México como nosotros discutimos ahora, ya seríamos primermundistas.

–¿Crees que el alcohol es necesario para decisiones importantes? –pregunta Francisco.

–Eso y jalártela –bromea Damián, para provocar risas en todos. Gaby agrega:

–Creo que los vicios son necesarios para generar su contrario, una virtud, pues. A fin de cuentas, no sabes qué es blanco hasta que te das cuenta que eres negro, ¿verdad?

Al final, cada uno se movió por su lado. Rafael esperó a Gaby a que tomara su taxi y luego se fue de ahí. Damián maneja, sin cuidado pues no bebió demasiado. Sin embargo, se siente intranquilo. Regresa ese sueño pseudohomoerótico que tuvo (pues no recuerda muy bien) y se siente caer en un hoyo sin fondo. Enciende un cigarro. La vida es muy corta para no vivirla con riesgos (aunque mínimos sean estos). No debería fumar manejando, pero al menos rompe la regla y se siente un poco más normal. La regla que debe romper para sentirse bien es ésta, y no la norma social que no pudo evitar romper en su sueño prestado. Se pregunta cómo reaccionaría su madre a ello, o cómo lo hubiese hecho su padre, de tenerlo a su lado aún. No se imagina una vida así. Quiere una familia, e hijos que vengan de sus testículos, no adoptados ni regalados. Una familia nuclear con una esposa. En una casa. Esto le cambia el paradigma, y no le parece correcto. Algo muy dentro de él le parece grotesco. Así de interiorizados tenemos los valores sociales, abstractos y falsos a nuestro criterio, pero que luego forman parte del mismo. Le sube a la música metálica para no escuchar su propio pensamiento, pues es eso lo que más le molesta, dar vueltas y vueltas sobre las cosas y siempre llegar al mismo hoyo: su vida. Si tuviera el suficiente valor (¿o fuera lo suficientemente cobarde?) se quitaría la vida. Sin embargo, no le ve sentido. No lo hace, mejor sigue, porque a fin de cuentas, por lo peor que sea lo que conoce, es mejor que lo desconocido.

Llega a su casa y ve a través de la vitrina de la puerta de entrada que la luz de la cocina está encendida. No ha llegado su madre, le ha ganado, pues su auto no está. Siente un sudor frío recorrer su espalda, sus manos empiezan a sudar y él empieza a respirar rápido. Hay dos siluetas en la mesa, ambas confrontándose. Una es de una mujer de cabello blanco y encorvada; la otra es esquelética, inhumanamente esquelética, y con una cabeza preponderante. Parece de tono gris. Es lo que alcanza a divisar, no puede ver más pues el vidrio es borroso. Trata de enfocarse. No se mueven, solamente estáticas se quedan ahí. Está a punto de abrir lo más silenciosamente posible.

–¿Qué pasa, hijo?

En un pequeño grito y jalando aire, deja caer las llaves y se voltea asustado, con los ojos bien abiertos y empalidecido.

–¡Mamá!

–¡Ay, perdón, perdón, te asusté! No era mi intención. Es que, ¿qué estabas haciendo aquí?

–Es que vi la luz de la cocina prendida…

Sofía, la madre de Damián, se asoma y ve que no hay nada de luz.

–No hay luz.

Con el ceño fruncido, lo confirma, incomprensible a su parecer.

–Te juro que…

–¿Vienes tomado? –pregunta ella tomando un tono más serio.

–¡No! Ya sabes que si manejo no tomo, mamá.

–Bueno, bueno, no te enojes. Ya, vamos dentro. Qué más da.

Damián, antes de ir a la cama, solamente percibe un aroma desagradable pero fugaz, tanto así que no le da importancia. Se decide por ir a soñar.