mil carasDespués de ese día, de que el ego de mi compañera de trabajo me observó, no he tenido un día de descanso, ni uno solo. He estado tan alerta que me he ido perdiendo, como si sintiera que en cualquier momento algo catastrófico fuera a pasar, una pérdida de verdad grande. ¿Han sentido eso? ¿La muerte anticipada, tal vez? No sé cómo describirlo con exactitud, es una especie de nostalgia por días que nunca han sucedido. Desde que yo recuerdo, he tenido éxito en mis relaciones, cosas de trabajo, en todo, simplemente todo. Creo que estoy exagerando las cosas, pensándolas de más. Nunca lo he hecho en realidad, eso de pensar mucho, creo que eso sólo lo hacen los que no están seguros de sí mismos.

Justo ahora, por ejemplo, estoy viendo a un sujeto que no está seguro de sí mismo. Nada más hay que verlos para identificarlos. Enjutos, delgados y con la mirada baja, caminan encorvados como queriendo pasar desapercibidos, los tonos de ropa que usan son opacos para no resaltar entre la gente, el cabello lo tienen con fleco para cubrir la frente pues ocultan algo, su propia personalidad, su propio ser. No miran a los ojos pues esa es la forma de comunicación más directa; ellos la evitan. Son serviciales, malditos mexicas conquistados, no hacen alarde de sus antepasados poderosos; son tan míseros que dicen “mande” en lugar de “qué”. No somos esclavos de nadie, debemos decir qué, no estamos en la vida servir a cualquiera, sino a nuestras solas pasiones… y nuestro raciocinio, claro está. Caminan rápidamente, justamente para llegar a su destino y no quieren nunca hacer nada que esté fuera de su miserable rutina. La rutina es lo más aburrido de la vida.

Este personaje que estoy viendo mientras escribo esto, es así: tímido. Los egos de estas personas, generalmente, son animales que, de existir, sufrirían maltrato. Eso pienso mientras acaricio a mi perro de la cabeza… yo no tengo perro. Miro a mi lado, abajo, y lo veo, me levanto de golpe porque no esperaba esto, y la gente en el café se me queda viendo raro por mi sorpresivo movimiento. Es un pug, un Carlino; tiene los cachetes tan grandes que no se le ve la nariz, babea a montones, está ciego porque no tiene ojos, sus orejas están tan largas que llegan al suelo, ni siquiera parece tener hocico, la saliva sale de entre los pliegues de su horrenda piel de tono humano, no tiene pelaje y no deja de chillar. Tiene tres patas, trípode la inmunda bestia. Entonces, el perro voltea hacia mí, por unos instantes siento el terror subir desde las plantas de mis pies haciéndome querer salir corriendo, pero me controlo. Respiro, mientras el perro regresa con su asqueroso humano. El cerdo ego a su pútrido humano. Tomo mis cosas y me largo.

Manejo a casa de mi novia, quien con todo el amor de una sumisa, me prepara un café. No dejo de temblar. Ella me pregunta qué es lo que sucede y le digo lo que aconteció en el café. Ella suspira y me dice que tal vez es cosa de mi imaginación, que tal vez lo que sucede no es cierto y que yo estoy viendo cosas que son irreales. Le digo que siempre he visto cosas que no son ciertas, o que lo son, pero no las consideramos verdaderas. Ese es el problema, que todos vemos nuestra versión de las cosas y creemos que es correcta porque no creemos que podamos mentirnos a nosotros mismos; entonces, cuando la contrastamos, resulta que no era tan irrefutable como pensábamos. Entonces ella me besa y me dice que tal vez estoy pensando demasiado las cosas; pero no es cierto, el problema es que ella no sabe de lo que hablo y no sabe lo que dice, no sabe a qué me refiero porque es ignorante de la situación, no comprende lo que estoy empezando a vivir.

Le cuento también que la otra noche estaba casi seguro de que mi ego estaba conmigo. Y me estaba quedando dormido y sentí que alguien se acostaba conmigo en la cama. Nunca había estado tan cerca de mí. Ella me dice que es normal porque, a fin de cuentas, los egos siempre están con nosotros incluso cuando no sabemos que ahí están. Pero qué se puede esperar de ella, es decir, míralo, su ego ahorita es el maldito anciano mendigando un pedazo de pan, maldita perra arrastrada, siempre quiere que la consienta cuando yo soy el que necesita ayuda. No le estoy pidiendo su opinión, solamente quiero decirle lo que me pasa y que me dé la razón, a fin de cuentas, quien es especial aquí soy yo, no ella. A veces ella me da asco, no comprende que este, en mi mundo, el protagonista soy yo. Sin embargo, ella es la única que sabe de esto, por lo que no puedo ir con nadie más.

He tenido un sueño también, le digo, en el que yo hablo conmigo mismo, sin embargo, ese otro yo es totalmente puro, es alguien libre de egos, se le ve en la mirada, y yo sentí una gran vergüenza apoderarse de mí, pues no pensé que vería a alguien tan limpio. Me pregunta mi novia que por qué me sentí culpable, si nada malo he hecho, y es que ella no sabe. Para esta última novela yo accedí a que la editorial comprase la mitad de las copias para hacer alarde de las grandes ventas en tan poco tiempo. No soy el único que lo hace, en el mundo de la música ésta es una práctica común, además, se trata de vender, y todos salimos ganando. Si las cosas salen bien, no importa a costa de qué, menos si está tan tu disposición. No le digo esto porque seguramente empezará de puritana y eso me parece ridículo, como si ella no hiciera cosas malas también. Es muy fácil ver los errores de los demás, es como si todos pudiéramos ver egos, pero no el error propio. Es una moralista, y eso me desespera. Que no sea haga la estúpida, que nadie es bueno en este mundo, y todos tenemos cola que nos pisen. Hay que hacer lo que sea, por el bien de todos, aunque eso signifique cortarle la cabeza a alguien.

Pero me da lástima, y por el momento, le doy el lujo de la duda. Tiene en algo razón, y es que si la gente que me rodea está bien, entonces yo también lo estaré; será más gozoso para todos estar en la misma situación que estar yo solo en la cima. Es como poder hacer algo que los demás no pueden, no puedes compartirlo, porque nadie sabe a qué vas tú. Pero es muy difícil. Cada vez que trato de hacer algo veo el ego de esa persona, y me doy cuenta que no vale la pena esforzarse por tal inmundicia humana. No es que yo no lo sea, pero, tal vez, si no puedo ver mi ego, quiere decir que no tenga, quiere decir que soy único en ese sentido, especial, que estoy aquí para ayudar o para aprovecharme. Y es mucho más fácil aprovecharme, pues la consecuencia es inmediata. Quien diga que no lo hace, es el mentiroso más grande de todos, el más miserable, que recorrerá los siete infiernos dantescos por impostor y alejado del hijo de Dios. Él fue, además, el primero en aprovecharse, pues por ese amor que sentía a nosotros se volvió Dios. Prefiere que suframos nosotros antes de dejar de ser el mandamás.