IMG_20190509_191929Así que, por fin, llegamos a la conclusión de 8 años de Juego de Tronos, al menos en su adaptación a la pantalla chica. El degenere de la serie bien se pudo haber dado por muchas cosas: que el escritor de los libros ya no estaba involucrado, que la historia de los libros ya se había acabado hace tiempo, que definitivamente los guionistas se atontaron. Independientemente de la causa, no va a cambiar el hecho: fue decepcionante. Digamos que tenían muchas otras formas de acabar, mucho juego por hacer, mucho más que dar en torno a giros de la trama y los personajes mismos. Pero no, así como hubo huecos en esta temporada final, todos nos quedamos con ese espacio vacío de pesar: la decepción. Luego de tanta calidad, nos tenemos que conformar con algo que no parece nada a lo que desde un inicio fue. Pero la culpa no es de los creadores, sino de los consumidores, ¿quién nos manda a esperar tanto de algo que no está en nuestro poder?

Así que, cuando se trata de decepciones, el culpable no es, como nos gusta pensar, un factor meramente externo, sino mucho más introspectivo de lo que parecería en un inicio. Las expectativas son creadas en un juego de dar y recibir, en el caso de la serie previamente mencionada: nos dieron una historia como ninguna otra, y nosotros a cambio la incluimos en nuestro imaginario colectivo. La debacle radica en cuando no nos dan a lo que nos están acostumbrando, entonces ahí viene la decepción. Sin embargo, habríamos de pensar seriamente quién es el que en primer lugar desea, así como el que se desilusiona. Las grandes productoras solamente se interesan por cuestiones monetarias, independientemente de la calidad de un producto o no, así que el que se decepciona lo hace casi porque quiere. Al menos en un sentido oculto para nuestra consciencia. Y eso no aplica solamente para cuestiones de consumo.

Tengamos en mente que el hombre, independientemente de su mentalidad, se la pasa creando. Creamos todos escenarios en nuestra cabeza, tal vez cosas secretas, tal vez cosas infames, tal vez cosas majestuosas; pero creamos. Es esa creación la que nos permite decepcionarnos tan estruendosamente. Hagamos un ejemplo, un juego: construimos una amistad a lo largo de los años, porque las verdaderas amistades solamente se conforman con el tiempo, con un tiempo amplio. Reímos, cantamos, bailamos y luego, al ver que es constante, una en nuestra vida; comenzamos a imaginar. Imaginarnos lo que viene a futuro es justamente lo que abre las puertas de la desilusión, porque el futuro nunca es cierto. Una posibilidad, una remota y pobre criatura sin sentido. Y justo cuando estamos imaginando más fuerte, cuando más nos dejamos llevar por las mareas de la mente; viene la separación. Nuestra amistad se acaba, porque todo se acaba en la vida, es de lo único que podemos: todo se acaba. Entonces, viene la caída kilométrica.

Así, pues, ¿quién tiene la culpa: el que compartió su tiempo con nosotros o nosotros por imaginarnos más tiempo del que de verdad estábamos “destinados” a tener? Culpar a un factor externo, sin embargo, no es raro, es humano, porque nos duele. El dolor que sentimos es el que nos lleva a tratar de reducirlo, y eso sólo se puede si no somos culpables de lo que nos afecta, pero lo hacemos ciegamente, quien se ilusiona es uno mismo, y el que se decepciona, por desgracia, es uno mismo también. Bien podríamos decir que la vida no es más que un cúmulo en cadena de decepciones, una tras otra, y que vivir se reduce a nuestra habilidad para superar dichas aberraciones ilusorias, nuestra propia aberración mental. No es necesario ilusionarnos, pero sí es necesario caer de nuestros laureles imaginarios para darnos cuenta que la realidad sirve para una cosa: golpearnos cada vez más fuerte.

Sea cual sea la forma en que nos queramos evitar estos juegos, por el simple hecho de ser humanos estamos propensos a lo mismo. Y no solamente estamos propensos, sino que sucede y no nos damos cuenta. Todos buscamos algo mejor, y lo que es bueno, sólo puede mejorar mientras dura, pero cuando acaba, no es que deje de ser bonito, sino que nos afecta que ya no tendremos ese placer virtuoso que tanto nos hacía vivir. La esperanza es la que nos lleva por estos caminos, y está bien, porque eso significa que aspiramos a algo mejor; pero también hay que darnos cuenta que no siempre va a ser así, es más: la mayoría de las veces todo siempre puede acabar mal, y de lo único que deberíamos estar seguros es que así será: acabaremos dándonos de topes contra el suelo entre miseria y dolor.

Si vale o no la pena vivir así, cada quien tendrá su punto de vista. Uno lo puede confrontar para llegar más alto, uno lo puede confrontar para que no vuelva a suceder; no importa. La cuestión verdaderamente importante, y como pesimista lo sostengo aunque parezca una especie de contradicción, es que tampoco podemos llevarnos a todos entre las patas. Si yo no me siento a gusto con lo que tengo y lo que no tengo, no quiere decir que le vaya a hacer miserable la vida a los demás. Eso sí que sería caer en un error, y uno muy estúpido. A fin de cuentas, la forma en que superamos las cosas depende mucho de uno mismo, pero querer destruir o arrastrar a los demás a nuestra soledad y miseria sólo porque somos más conscientes de que lo verdaderamente imperante es la infelicidad, sería volverse uno un completo imbécil. Está bien no esperar nada de la vida, pero dejemos que los que sí tienen ilusiones y ensoñaciones en proceso, disfruten lo suyo.

Claro es que esto se pudo haber escrito de la forma opuesta, es decir, una apología a la fortaleza ante los malos momentos, un buen texto inspirador que nos ayude a ver que las cosas no son tan malas y que siempre hay una salida a todo pesar. Pero eso ya abunda hoy en día, estamos obligados a vivir felices. Recalco: obligados. Yo pensaba que la felicidad era un estado del ser, pero ahora resulta que es una necesidad para vivir en sociedad. El que no es feliz resulta en una carga porque, a fin de cuentas, nadie quiere sentirse mal. Y si no nos sentimos mal, ¿para qué cambiar las cosas? Al menos de una cosa sí podemos estar seguros los que no estamos a gusto: que podemos cambiar un poquito las cosas, con base de decepciones.

Leí por ahí que el final de Juego de Tronos decepcionó porque se redujeron los problemas a los que se enfrentaban los personajes: de lo social-político-económico-psicológico, todo se redujo a lo psicológico. Lo que un personaje específico quiere o no, independientemente de lo que sucede alrededor. Y estoy de acuerdo. Aquí hay algo interesante, sin embargo, y es que la decepción no es solamente interna, a pesar de encontrar ahí su fundación, sino que es meramente social, política, económica y psicológica. Porque también, de todo eso, depende el que uno sea feliz. Y nuestras relaciones personales, todo lo que nos conforma, también son todo eso, y más. Cada uno decide cómo salir de sus decepciones: están los que hacen deportes, los que hacen arte, los que ayudan a los demás para ayudarse a sí mismos, los que comen, los que no piensan en eso, los que ignoran, los que cantan; y estamos los que, como la canción “Malo” de Bebe, con un ligerísimo cambio: Y ahora yo me fumo un cigarrito, y me (la canción dice “te) echo el humo en el corazoncito, claro es, con una fría cervecita. ¡Cómo de que no!