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Despierta. Suda a montones y el corazón palpita en su cabeza como si hubiese corrido kilómetros y kilómetros sin detenerse, cual caballo a reventar. Da un gemido de terror al despertar, eso también lo ayuda a reincoporarse. Tiembla, tiene una fuerte sensación en las manos, en los pies, en todo el cuerpo. Respira agitadamente. Se asoma al lado de su cama para cerciorarse. No hay nada. Regresa la cabeza a la almohada. Soñó, estaba acostado en su cama, en su habitación, en la noche, con la luz de las farolas penetrando tenuemente cual baño delicado, creando sombras vistosas y cambiantes a pesar de su fijeza, y ahí, al lado de su cama, había algo, era una criatura de apenas un metro de altura, puro hueso de ser, con una cabeza enorme y dos ojos ovalados brillantes observándolo fijamente dormir. Eso fue el terror. Al despertarse, todo estaba igual que el sueño, las mismas sombras, a excepción de la criatura, y eso lo agradece de sobremanera, pues fue un sueño, no fue real. O eso quiere creer para mantenerse cuerdo.

Tiene que orinar, así que se levanta, enciende la luz que lo enceguece, y va al baño, escucha su orina caer al agua en un sonido casi de cascada pues el silencio es sepulcral. Se lava las manos y se ve al espejo. Por un momento, tiene la sensación de quien se refleja no es él, como si la persona del espejo fuera otro yo de él mismo. Su mirada es lo que le dice todo. Damián tiene ojos enormes y oscuros, tiernos, o a lo mejor son sus pestañas lo que lo hacen lucir así. Pero los ojos de su reflejo son maliciosos. Esos ojos denotan algo, no sabe si es odio, ira, rabia, lujuria, coraje, tristeza, pereza… muchas cosas más, cosas negativas, eso cree, no sabe si es alguna o son todas. Se siente intimidado, sin embargo no puede dejar de verse al espejo, se da cuenta que no deja de sentir esa pesada mirada sobre sí. Regresa a dormir, tal vez pueda recuperar algo de descanso.

Hoy sus alumnos estuvieron especialmente inquietos, casi no pararon de hablar y hacer cosas que no, por lo que tuvo que alzar la voz y ejercer su autoridad como maestro, que es de las mejores cosas que puede tener como superior. Esa es la paradoja de la docencia: un servicio basado en el egocentrismo humano. El buen docente es aquél que está frente al grupo dando prioridad al mismo, pero denotando que es él, quien está al frente, el protagonista de la historia. Regresa a su casa, saluda a su madre quien salió temprano. Está trabajando ella en un caso especialmente difícil. A su cliente lo inculparon de un asesinato que no cometió, y ella no tiene suficientes bases para defenderlo, se lo está comiendo el sistema. Y ella, Sofía, no es incompetente y siempre tiene grandiosas ideas, sabe sacar la más mínima hebra para lograr lo que quiere; pero esta vez está perdiendo. La escucha solamente deseando irse de ahí. Quiere escucharla, la ama, pero no quiere escuchar sus problemas por el momento, y justo al comprender lo que sucede, que piensa que le molesta escuchar a su mamá, se siente mal consigo mismo y no hace más que contestar con monosílabos.

Sube a su recámara, va a su clóset, y una vez más siente ese terror que sintió en el sueño: hay alguien a su lado. Con fuerza se lanza a otro lado, al contrario, y choca de espaldas, fuertemente, contra la pared opuesta, con los ojos desorbitados y sudando frío se da cuenta que es él mismo. Un espejo. Damián suspira y pasa su mano derecha sobre su suave cabellera pensando en la estupidez cometida. Si alguien lo estuviese viendo, seguramente se estaría riendo. Se levanta y ve la superficie lívida y limpia, fija y reluciente, lisa y sólida, imitadora de movimientos, burladora constante, confesionario perpetuo, reconocedora de los peores momentos, incitador de pasiones, mostrador de realidades alternas, enemigo constante, corriente contraria. Un espejo. Él en el espejo. Una persona totalmente diferente, pero él mismo a fin de cuentas. Un espejo, alargado, de cuerpo completo, pegado a su pared con un marco de madera pintada de negro y barnizada para que brille, de unos dos centímetros de grosor. Se acerca al espejo: normal, se ve a sí mismo: normal… toca el espejo: normal, se ve de pies a cabeza: normal, ve sus facciones: las de siempre, normales; se ve a los ojos… algo no está bien, esa mirada… se acerca… sus ojos son iguales, obvio, pero hay algo, no es la mirada que él tiene, es una mirada más superficial. Siente algo correr desde su esófago a su estómago produciendo algo parecido a las “maripositas”, esa mirada, su mirada; lo hipnotiza pero… ¿por qué? No se deja de ver. Algo le falta a la mirada del espejo, algo tiene esa mirada que juzga, se siente observado como si otra persona lo estuviese contemplando, pero no es él, no es su mirada, esa del espejo tiene otra forma, como malévola. Damián se mueve al igual que su cuerpo en el espejo, pero esa mirada no cambia. Va a la planta baja y dice a su madre:

–¿Un espejo?

–¿Perdón? –Pregunta quitándose sus lentes y viéndolo a él en lugar de su papelerío de trabajo sobre la mesa.

–Un espejo, hay un espejo en mi habitación.

–Ah, sí, te lo compré. Digo, a lo mejor así te puedes preparar en tu cuarto, siempre haces mucho ruido en las mañanas y me despiertas.

–Mamá, siempre te despiertas antes que yo.

–Pero necesito silencio… bueno, bueno, no me veas con esos ojos de pistola. Me pareció bonito, quise ponerlo ahí en tu cuarto. No tiene nada de malo.

–Obviamente no, mujer querida, pero es un espejo, y eso es lo malo.

–¿Y eso es por…?

–No sé, no me gustan.

–No hay nada de malo el contemplarse. Tú que estudiaste comunicación bien te serviría. Ahí puedes practicar tus discursos.

–Soy maestro, no estadista.

–¿Y cuál es la diferencia?

–Que yo no obligo a la gente a hacer lo que yo quiera.

–Sí lo haces.

–Bueno, pero es diferente.

–¿En qué sentido?

–En que lo hago por su educación.

–Educación según tú, no ellos.

–¡Demonios! Por razón eres la mejor. Sofista.

Ella ríe.

–Sólo abro la perspectiva.

–Abres madres.

–Ja, ja, ja, no seas grosero, Damián. En fin, es solamente un espejo, mi amor, ¿qué puede pasar?

Damián regresa a su habitación y se ve en el espejo al mismo tiempo que se pregunta ¿qué hubiera pasado si Jesús hubiera tenido un espejo frente a sí mismo al momento en que estaba siendo torturado y sacrificado? Afrontando la realidad desde el punto de vista del espectador, todo cambia. Hay un acto voyerista ahí, casi como si el espejo fuera Dios. A fin de cuentas, si somos imagen y semejanza, entonces Dios está todo el tiempo frente a un espejo. Es cierto, y no malinterpretemos la palabra divina: imagen y semejanza van más allá, eso permite la múltiple significación del lenguaje; lo que significa que Dios no nos hizo como es él físicamente, pues Dios es todo, entonces todos seríamos universos, y no lo somos, ¿cierto? Somos una metáfora de Dios, o tal vez Dios es metáfora nuestra, somos eso que vemos en el espejo. Ahora, si es cierto eso, ¿quién es Dios, quién se refleja o quién refleja? ¿Estamos en una realidad o somos un espejo? ¿Somos reflejo o reflujo? A lo mejor somos estúpidos juegos de palabras, malos juegos de palabras. Mi ego. Miedo. Miego. Mi-eros. Mieros. Mierdos. Mierdas. Mierga… Somos todo eso y más. O somos nada. Un reflejo que no existe sin alguien más, ¿o no existimos si no nos reflejamos?

Damián separa la mirada y vuelve a su rutina. Percibe que su reflejo se queda ahí estático, sin embargo, no le da importancia, la vista periférica nos permite salvarnos de los peligros externos, y ahí su imaginación le jugó una mala jugada. Eso es todo.