mil caras

Esto ha sido demasiado para mí, necesito un poco de descanso, y alguien como yo solamente puede lograrlo haciendo algo de placer, que es escribir en mi caso. Más si lo que hago, lo hago bien según los demás. O sea, no necesito la opinión de los demás, yo sé que soy bueno, y por eso a los demás les gusta. Y sin ser optimista. Para ser sincero, me caga el optimismo, son un montón de idiotas esos que creen que se pueden lograr cosas maravillosas pensando positivamente. Los optimistas son un montón de huevones conformistas. Generalmente, esos son los que tienen egos más enfermos, asquerosos y babosos. Como sus humanos. Digo así porque, en realidad, nosotros somos sirvientes de nuestras pasiones. Bueno, yo no, pero los demás sí, me he dado cuenta en su forma de actuar. No podría ponerme al nivel de los demás, no, sabiendo que soy más que ellos, que ustedes, que todos.

He estado deseando cosas mejores para levantar mi ánimo, y hoy justamente vi algo verdaderamente increíble: un ángel de la guarda en acción. Iba caminando yo por la calle, en el parque, tratando de inspirarme para escribir, y vi a un niño de unos siete años con su madre. Había un sujeto con un perro bastante grande y negro. No era un ego, era un perro de verdad. El perro se soltó de la correa y fue directamente a ellos dos, al pequeño, con una agresividad infundada y violenta propia de un animal mal educado. La madre se puso frente al niño e hizo lo que el mexicano bien sabe hacer: levantar la mano con una piedra falsa en ella, para demostrar al perro quién tiene la fuerza aquí, las agallas, la valentía y el mando. El perro no se iba a detener. Detrás del niño nació una poderosa luz. Esa es una de las principales características de los ángeles de la guarda: aparecen de la nada, por generación espontánea. Una potente luz a la espalda del niño, una aurora y luego un círculo, muchos círculos concéntricos de arcoíris que nacían de un solo big bang reducido, igual que el original; tal vez otro mundo se pudo haber creado ahí. Una potentísima luz se disparó, así que tuve que desviar mi mirada un poco, pues eso era como tratar de ver mil soles juntos, con esa gran potencia de luz, sentía que mi retina se quemaba. Habría pensado el ignorante que desvié cobardemente mi mirada para no ver la terrible escena, pero no es cierto; tuve que cubrirme de esa luz. Alcancé a ver con mi mirada periférica un ser de blancos telares como ropa, cabello resplandeciente como un diamante, de piel tan limpia como la de un bebé y una belleza inexplicable, tanta que dejaría ciego a quien se atreviera a verlo a los ojos. O verla Era un ser asexuado. Tenía una flamígera espada que destellaba como un volcán en erupción, y al abrir la boca, mil truenos de tormenta sonaron. El perro, al parecer, se asustó por la piedra invisible y no dañina de la valiente madre; pero en realidad era el ángel de la guarda, imponiendo la suprema fuerza divina sobre lo que no es divino y está enfermo. El perro siguió ladrando, sin embargo, amenazante, mientras su amo corría a controlarlo. El ángel de la guarda, entonces, se cubrió de llamas esmeralda, turmanila, zafiro, kunzita, espinela, cianita, granate, ágata, diamante, fluorita, zircón, fluorita, ónice; esfena sin fin. Colores que existen y no existen, tan calientes, tan fríos, tan múltiples que por un momento sentí que me dolió la cabeza y me pudo haber dado un derrame por tanto que vi y tan poco tiempo para procesarlo. Eran tantos colores como fuerza ígnea divina y creadora. El perro puso el rabo entre las patas y se fue con su amo, quien lo amarró y castigó al llegar a casa. El niño no paraba de llorar. La madre lo cargó y cuando ella lo rodeó con los brazos, el ángel, ¡hermosísima criatura!, rodeó a ambos con los brazos, y ambos se vieron reconfortados, seguros y sonrientes, y el ángel puso un rostro tan hermoso y tranquilo que supe en ese momento que ese niño tendría estrella, y esa mujer lo vería crecer y ser feliz antes de morir. Cosa que todos los padres quieren.

Sí, me quedé con un muy buen sabor de boca en esa ocasión, de las únicas y pequeñas vivencias que este mal talento me permiten recordar con buen ánimo. Antes de irme a dormir me quedé pensando, al lado de la cama, en la noche, me pregunto por qué mejor no se quedó mi talento en ver ángeles y cosas hermosas, o al menos no tan enfermas. Los amigos imaginarios, por ejemplo, tampoco son terribles, solamente cubistas, como una pintura de Dalí: bien interpretativos. Son imaginación pura. Son más vistosos que los egos, obviamente, mucho más interesantes, son creación pura. Es ahí donde me doy cuenta que nosotros, todos, tenemos algo de Dios, no solamente al ángel que nos cuida. De hecho, algunas veces, es el mismo ángel de la guarda que toma forma de amigo imaginario. Es algo hermoso de ver cómo juegan con sus creaciones. Me he ganado algún problema, porque quedo tan embobado que las madrecitas santas creen que acecho a sus hijos, pero qué idiotas; primero me las echaría a ellas. O a sus esposos. El chiste es que, sí, los amigos imaginarios se retiran, mueren, pues como creación, todo perece. Es justo en el momento de la adolescencia, pues es ahí donde ellos se van, no quieren ver a sus creadores tocándose impúdicamente. Imagínense el trauma. Y si el amigo imaginario era en cuestión, un ángel de la guarda, entonces toma su papel de guardián, aunque limitado, porque también tiene que luchar contra el ego que toma fuerza en la vida y decisiones de los creadores, de los humanos. La divinidad de estos seres se va cuando nosotros nos enfocamos en las cosas no divinas, que somos nosotros mismos. Cuando actuamos sin sentir es cuando dejamos de estar a la imagen y semejanza de Dios.

Claro, yo he visto ángeles y demonios, pero sigo sin pensar en la existencia de algo divino, no puedo; creo que no hay nada más divino que el hombre. Imaginaos… perdón, luego me pongo poético. Y eso es lo más poético a lo que puedo llegar. Entonces, imaginaos: la existencia de Dios radica en la creencia del hombre. Dios es un ser infinitamente superior a todo, incluso al mismo pensamiento, por ende, a la creencia. Yo he visto egos y ángeles, entonces puedo asegurar la existencia del infierno y del paraíso. Pero no de un ser divino. Entonces, yo me pregunto: ¿puede existir algo tan fuera de nosotros que sea divino? El problema es ese, que lo buscamos fuera, en lugar de verlo dentro. Porque un ego no saldrá solo, y un ángel de la guarda no vendrá de fuera. Todo es interno, todo sale de nosotros. Hasta Dios. Nosotros somos los omnipotentes y omnipresentes, pues estamos en todos lados, al mismo tiempo que no estamos. Somos, al mismo tiempo que no somos. Y creamos, así como destruimos. Si eso no comprueba la existencia de algo divino, entonces nada lo hará.

Y es que, debemos de pensar bien las cosas. Podríamos decir que el ego es malo porque es un pecado, pero en realidad es lo que nos hace. Sólo hay que pensarlo: si somos creación divina, nos crearon con todo y ego en conjunto; y si lo adoptamos, nos crearon con todo y divinidad. Pero al momento de tener en mente el concepto de Dios, debemos tener en mente el concepto de ego. A lo que quiero llegar con esto es que sí hay una lucha interna en nosotros por lo que es bueno o malo (al menos lo que comprendemos como tal), es porque hay algo bueno y malo en nosotros. No entremos en especificaciones sofistas científicas. Una cosa solamente quiero decir: si todo fuera química, tendríamos pócimas, claro está, para todos los sentimientos; y no. Justo al momento de confirmar la existencia de lo malo, existe lo bueno, incluso, cuando todo es relativo; y si existe lo malo y lo bueno, existen sus extremos, que son el paraíso y el infierno. Pero no podemos creer en eso, porque estamos en el purgatorio. Palabra del señor, la mía, así sea. Amén. Oremos. Oren, pues, yo no lo haré. Órenme, pues.