fcc0ba00732cadf86f04971ed064d382Despierta. La noche está presente como si fuera un personaje de novela, está tan ahí que parece que la puedes palpar como si fuera real. Pero la noche es un concepto abstracto, así como cualquiera. Todo concepto es abstracto, aunque también real. Así como nuestra existencia es tan ficticia como el personaje de la historia universal. Se levanta de la cama y va al baño. En su camino ve con su mirada periférica una puerta, al lado del baño. Esa puerta era la habitación de Damián cuando era niño, pero por pesadillas la convirtieron en estudio, el de su madre, y el que era el estudio lo convirtieron en la habitación de él. Es negra, recordaba que era de otro color, no sabe cuál por el momento, pero era distinta. Alrededor de la puerta hay una neblina azulada que parece fría, y casi proyecta un túnel para llegar a la puerta. Damián no comprende. Comienza a caminar a la puerta pero siente que se aleja, un vértigo comienza a apoderarse de él al mismo tiempo que parece avanzar hacia atrás como si la puerta no quisiera ser alcanzada. Una gran curiosidad se apodera de él. Extiende la mano. Un ruido lo distrae. Alguien está subiendo por las escaleras. Es la criatura que vio: un infrahumano gris y esquelético del tamaño de un niño, tiene alargadas manos que llegan hasta el suelo y pies que tiemblan al caminar, su cabeza es redonda y muy grande, va desnuda, tiene una raya ahí donde debería tener nalgas. Se queda de pie, estática. Damián siente el miedo como agua fría subiendo desde las plantas de sus pies. La criatura voltea hacia él: su rostro es cacarizo, lleno de múltiples orificios que le causan estupor, no tiene orejas y sus fosas nasales están hundidas, su boca es una línea singular y sus ojos son enormes y negros. Sonríe. Sus encías hinchadas y dientes putrefactos, sangrantes, rotos. Inclina la cabeza de lado cual perro observa o escucha algo que no comprende totalmente. Damián siente un chirrido en su cabeza y grita.

Despierta. Su alarma suena estridente. Se apresura a apagarla. No siente que haya dormido muy bien. Tiene la viva imagen de ese niño deforme en su cabeza. Se talla los ojos y trata de procesar lo que ve. Todo le resulta muy confuso. No sabe ni qué día es por el momento. Ve su celular. Viernes. Tiene notificaciones que ignora, no le interesa ver mensajes  tan temprana hora del día. Ni siquiera ha salido el sol aún.

Hoy va al gimnasio antes de ir a trabajar. Se da un baño con agua fría que lo despierta de nuevo, lo hace renacer, como si se hubiera muerto al dormir. Tal vez eso sea dormir: morir un ratito para poder vivir de nuevo. Si tomamos en cuenta que la vida es sufrimiento, dormir es la verdadera consciencia, un paraíso de descanso, y sin la necesidad de sacrificarse por los demás. Damián se pone la camisa del trabajo que tiene un logo justo por encima de su tetilla. De un reojo nota algo en el espejo, algo que no está ahí en verdad. Justo en su clóset, en el reflejo hay una playera roja que usó para su ejercicio, echa bolita, arrumbada como sus propios sueños de ser un gran escritor. Damián observa hacia la real, e igual está ahí, pero la que usó tiene un logo azul en el centro, y ese logo, en teoría debería verse en el reflejo; regresa la mirada al espejo y ahí no hay dicho logo. Se talla los ojos y trata de comprender. Bien sabemos que los espejos muestran una imagen opuesta, la izquierda es la derecha, y a lo mejor, atrás es adelante. No, no, eso es absurdo, debería ver el logo. Regresa la mirada a la playera usada y mejor la quita de ahí, olvida el hecho como si fuera un engaño a su vista, y decide proseguir con sus actividades rutinarias.

En la escuela, luego de sus primeras dos clases donde tuvo que llamar la atención a dos niñas que no paraban de platicar sobre sus noviecillos, seguramente; va a la sala de maestros con Gaby, pues es a quien más le habla. Al verlo, ella sonríe ampliamente, gustosamente, sus ojos se iluminan y su rostro mismo parece más joven. Se abrazan y se saludan. Van en camino a la cafetería.

–¿Cómo has estado, morra?

–¿Morra? Este igualado.

–¿Qué? Ja, ja, ja, somos amigos, ¿qué no?

–Pero yo soy mayor, así que me debes respeto.

–Ay, qué son diez años, veinte, treinta… cuarenta y veinte, cuarenta y veinte.

–Cállate, sonso. Pues bien, bien, ¿y tú? ¿Cómo van esas novelas?

–Pues fíjate que no he tenido tanto tiempo de leer, pero ahí la llevamos. Ya mero acabo con Eco. Es tan hermoso.

–No me salgas volteado, ¿eh?

–Ja, ja, ja, no, o sea, su libro, cómo escribe. Es demasiado. Nunca haré algo como eso. Hay que ser un verdadero genio de las letras y de la vida.

–Tiempo al tiempo, Umberto Eco no se hizo de la noche a la mañana. Tenía muchos estudios, recuerda, era un intelectual.

–Pero intelectualísimo. Aún así, no seré como él, estoy aquí de “maistro”, con un montón de niños nalgas-miadas que se quejan porque la morra no les hizo caso en el whats. Por cierto, hablando de vistos, tú me dejaste en visto. Mala mujer.

–¿Qué? ¿Cuándo te dejé en visto, mentiroso? Eres de las únicas personas a las que sí les contesto. No enseguida, pero sí lo hago. ¡Pos oye! Si también estoy ocupada.

–No me mientas, lo haces porque me odias y porque soy marginal. Y estéril.

Gaby lanza una estentórea carcajada para luego pedir unos cacahuates y salir de la fila.

–No digas eso aquí, tonto, están los alumnos.

–Ni me escuchan, además, siempre podemos recurrir al “no, yo no dije eso, me escuchó mal el jovencillo”. Fácil, tú relaja la…

–¡Cállate! Ja, ja, ja. Pero te gusta, te gusta estar en peligro.

–No comprendo, no tengo la suficiente habilidad mental de abstracción, mujer. Se te olvida.

–Ja, ja, ja, ya vas con lo mismo.

Damián sonríe y nota un revuelo en el estómago, eso que llamamos bienestar, felicidad o cualquier asqueroso insecto ahí revoloteando. En perspectiva, eso es la cosa más desagradable de todas. ¿Qué necesidad tenemos de estar sintiendo insectos en nuestro cuerpo? Como si con la comida en descomposición que ya tenemos dentro no fuera suficientemente desagradable. Así como el aliento de esos que escupen tarugadas porque les encanta abrir la boca pero cerrar la cabeza, son eternas cavernas platónicas sardónicas enfocadas en la sombra de su pobre ceguera de lo físico.

–Sea como sea, morra, me dejates en visto, y eso no se perdona ni a mentadas de madre.

–No seas chillón. Pero si eres igual de inmaduro que tus alumnos, por eso te encanta tanto tu trabajo, ¿cierto?

–Sí, aún sigo en la adolescencia. Si hasta de repente se me salen gallos en medio de la clase, y no me queda de otra más que reírme mientras por dentro me quiero morir.

–Ja, ja, ja, cálmate, emo. Y no te dejé en visto. Además, pues no te sientas mal, ya estamos aquí.

–No es mi culpa que me sienta mal, es culpa de este sistema.

–¿Ya vino el cerebrito?

–Es que date cuenta que ese tipo de cosas solamente crean incomodidad, jugando con nuestros sentimientos. Aunque, en realidad, el engaño es personal, solamente nosotros mismos nos hacemos tontos.

–¿O sea?

–Que es una estupidez poner la última hora de conexión o lo que sea, porque generamos estrés innecesario y que de verdad daña. Si no me crees, mírame, estoy sufriendo y ni somos novios.

–Ja, ja, ja. En eso tienes razón. Pero mira, ya, si llegas a mi edad y yo sigo soltera, ya nos juntamos e iniciamos algo.

–Eso estaría de lujo, y yo creo que ya deberíamos empezar, porque me quedaré soltero y moriré solo y desahuciado. Lo único bueno es que tendré dinero para muchos libros. Hay quien quiere gatos, yo quiero libros. Moriré en una tumba de libros.

–Pero qué dramático eres.

–Además, ¿qué es eso de que “si sigo soltera”? ¿Qué pasó con tu güey? Estabas con una estrella de cine, no todos andan con Vin Diesel esquelético, ¿eh?

–Ay, tonto, ja, ja, ja. No, lo que pasa es que nos dimos un tiempo.

Damián nota su incomodidad así como esa pasajera tristeza que llega para ensombrecer ligeramente y momentáneamente el rostro de ella. Damián decide ponerse serio un momento.

–¿Qué pasó?

–Problemas, diferencias que no supimos reconciliar, es todo.

–Bueno, si quieres hablar, ya sabes que aquí ando.

–Gracias, Damiancillo –luego agrega–: Por cierto, gracias por invitarme con tus amigos, me la pasé muy bien. Aunque tu amigo ese, el alto, ¿cómo se llamaba?

–Rafael.

–Ese, es bien, no sé qué.

–Es así todo el tiempo, no solamente contigo, no te preocupes. Aunque tal vez sí le gustaste.

–Ni modo, no todo se puede en la vida, ¿cierto?

–Pero él cree que sí, así que lo seguirá intentando; aunque, por lo que veo, es un caso perdido.

–No es mi tipo.

–Yo no sé cuál sea tu tipo, y somos amigos, imagínate.

–Ja, ja, ay, menso. Pues distintos. Que no sean abogados, por favor, demasiados humos en la cabeza.

Damián ríe.

–Ahora sí que cada quién.

Tocan para anunciar el fin del recreo.

–¡Maldición! Me siento como mis alumnos porque me es muy triste que toquen para el fin del recreo. Quiero seguir en el recreo.

–Y no eres el único, créeme –le contesta palmeándole la espalda.

Llega a su casa Damián y se dispone a calificar libros. Es, tal vez, la única parte que odia de su trabajo. Estas horas, cree él, también deberían ser pagadas. Pero la vida no es justa y hay que conformarse con lo que hay, con lo poco que sea.

Termina y se va a leer. Su madre no ha llegado, ha de seguir trabajando en su caso. Se va a su habitación a leer. Le falta muy poco para acabar “Baudolino”, y ya quiere terminarlo para iniciar con otro libro. Es de las pocas cosas que de verdad goza hacer, que de verdad gusta y degusta. De cada libro hay algo que aprender. Excepto de los libros de los youtubers, esos son árboles talados a lo estúpido, más propósito de vida tendrían esos seres vivientes inmóviles en su mundo de doce leyes si los quemaran impulsivamente, y si los talaran y los dejaran morir ahí. Serían más felices, y la gente menos ignorante. Pero bueno, eso es orgulloso de pensar: que todos los demás son tontos y uno mismo no lo es. Todos ignoramos, pero no ignoramos las mismas cosas. Pero unos, de verdad, se pasan de ignorantes. Aunque eso es habladuría, y es igual a ser estúpido. Damián se concentra en su texto para ver quién mató a Federico Barba Blanca, y el final deja un sabor de boca agridulce, mejor que “Juego de Tronos”, porque aquí el giro de la historia es más inusitado que el renacimiento divino.

Termina su libro y sonríe, y como siempre, revisa alguna de todas las frases que subrayó y la sube a su Facebook, tal vez alguien la lea y aprenda algo, al menos lo más mínimo, o se interese por leerlo, y así ya habrá tenido sentido la vida de Damián. Si alguien comparte su gusto por la lectura, ya se habrá ganado el pasaje al cielo. Su madre aún no ha llegado. Baja a la planta baja y se sirve un poco de agua. Regresa a su habitación y se acuesta, nota una erección y decide acabar con ella. Con imágenes que muestran más de lo que a él le gustaría porque no dejan lugar a la fantasía, de parejas diversas, lleva a cabo su acto onanista. Al terminar, cierra los ojos y ahí se queda, relajado, recuperando el ritmo de su respiración. Se limpia y va a su clóset. Recuerda lo que pasó en la mañana y observa el espejo, observa su cuerpo desnudo, con su sexo dormido y él mismo con músculos crecientes. Observa de nuevo sus ojos, y aquellos, los del reflejo, tienen una mirada pesada, así podría asegurar que las cejas las tiene fruncidas, cosa que él no está haciendo por el momento. Ahora que está ahí, siente un pudor extraño, como si ese que está en el mundo reflejado fuera otra persona. Llama su atención que el tono de su pared, que es azul, en el reflejo se nota distinto, más claro que en la realidad, o al menos en donde está ahorita. Voltea a la pared sin darse cuenta que el reflejo no voltea, lo sigue observando. Regresa la vista y se sobresalta al imaginarse que su reflejo no se movió, pero piensa que eso es imposible, porque eso sólo pasa en las novelas mal escritas y en las grandes superproducciones de Hollywood. Un cliché, eso es su pesar. Él mismo es un cliché. Un ruido hace que desvíe su mirada. Escucha pasos abajo, en la planta baja, la puerta abrirse y cerrarse. Damián se pone un short y dice:

–¿Mamá?

No recibe respuesta. Sale de su habitación. Todas las luces están apagadas. Supone que se puso nervioso por eso del espejo, por lo que no le da más importancia y regresa a su habitación. Siente una atracción casi antinatural al espejo, por lo que regresa y se pone al frente. Siente de nuevo esa mirada, como si él no fuera a quien refleja, y fuera más bien producto de alguien más. Se pregunta si ese otro mundo fuera real, ¿cómo sería?, ¿qué habría?, ¿qué cambios realizaría?, ¿por qué existiría?, ¿sería el mismo?, ¿por qué se pregunta cosas tan estúpidas que solamente pasan en la ficción? Porque él en una realidad con reglas está, y estas no se pueden cambiar solamente porque un ente omnipresente lo quiera así. Se retira, pero no su reflejo, él se queda ahí estático, siguiéndolo con la mirada.