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Un muy estimado amigo me mandó un tuit que decía sobre un Nobel de química, Joachim Frank, que ha escrito tres novelas y no hay editorial alguna que le quiera publicar sus libros. Vamos por partes: en primer lugar, ¿quién querría leer a un químico?; en segundo lugar, ¿quién querría gastar su tiempo escribiendo cuando se es un científico de renombre?; en tercer lugar, ¿por qué sentirse indignado por un personaje que tiene ya la vida resuelta y su único problema, luego de tener una vida exitosa y admirable, es el de no poder publicar una novela?; y, por último lugar, ¿quién quiere leer más novelas?

Hace un par de semanas una alumna mía llevaba un libro, y yo me atreví a ojearlo. Ella se mostró un poco reacia pues ellos, mis alumnos, saben que soy especial con esto de la literatura. Hubo una parte que me llamó especialmente la atención. El título del capítulo decía algo así como “¿Qué es el amor?”. Hoja roja, letras blancas. Dos páginas enteras llenas de eso, del título, que se repetía una y otra vez “¿Qué es el amor? ¿Qué es el amor? ¿Qué es el amor?” Y al final de esa letanía, “¿Qué es el amor? El amor eres tú.” Estoy parafraseando, sin embargo, no recuerdo si esas eran las palabras exactas, ni mucho menos recuerdo al autor. Bueno, que si luego ni me acuerdo de mis propios personajes de novela, mucho menos a un sujeto que tiene mucha más suerte que uno.

Yo me imagino, un hombre como este Nobel que tiene un conocimiento tan basto sobre un tema; que quisiera transmitir algo sobre eso de forma sencilla. Digamos que no sólo quiere transmitir ciencia a través de un libro de ciencia adaptada a forma narrativa, no: quiere hacer un intento de literatura pura. Porque si el señor ha escrito novelas, es porque sabe cómo se hace una novela. Independientemente de si es literato estudiado, o de si es científico; quien escribe y lo hace bien, no importa su profesión formal, sino el producto. Ya será labor del lector criticarla. Incluso Houellebecq, leí por ahí, sostiene que así como hacen falta buenos escritores y pensadores, hacen falta críticos; pero este es otro tema. El problema es que, estoy totalmente convencido, es que las editoriales fuertes, no esas que te cobran mucho y hacen poco; las que tienen el poder de impulsar una nueva carrera, e incluso un nuevo Boom (véase Boom Latinoamericano); no lo hacen porque el escritor no tiene un físico deslumbrante.

Se me dirá, pues, “La literatura no es para enseñar nada, no es adaptar un tema científico al entendimiento de todo. Es la contemplación de la vida por la vida misma”. Sí, bien Schopenhauriana la onda. Claro que él iba más por cuestiones de teatro, iba más por cuestiones de contemplación; pero a final de cuentas, esa contemplación, ese perderse en la naturaleza, es el origen del arte. Yo propongo un ejemplo, una suerte de vaga y pésima comparación que igual servirá para ilustrar la cuestión: la serie “Chernóbil” de HBO, una suerte de documental que, como serie de televisión, tiene sus cosas inventadas y reales. Libro: “Las voces de Chernóbil” de Svetlana Alexiévich. De ella ya he hablado, y no repetiré; solamente enfatizaré que ese libro no se puede leer todo de un tiro, no por su extensión, sino por la fuerza íntegra en las letras. Ambos, desde su área, tienen la misma fuerza, no se puede ver la serie con el punto de vista literario, y no se puede leer el libro desde el punto de vista discursivo-audiovisual. Pero que me diga, solamente uno que me diga que al ver la serie o leer el libro no sintió un nudo en la garganta, una interrupción en su respiración. De todos modos, no le creería. Sin embargo, ambos cometen el mismo pecado: enseñan a través de historias (el libro en cuestión no es literatura, es periodismo; pero está escrito de tal forma que a mí todavía me cuesta borrar bien la línea entre uno y el otro; ella, la periodista, los fusiona de forma impensable). ¿Por qué no pensar que Joachim Frank pudiera hacer lo mismo?

Estamos vendiendo imagen, no calidad. Estamos regalando tiempo a la mediocridad, no al talento. Le estamos quitando su valor al libro, no fuerza a la ignominia. Se supone que se trata de evolucionar, revolucionar; estamos marchando para atrás, estamos involucionando. Se suponía que usaríamos el libro como arma, se suponía que censurarían al libro como el peligro que representa, se suponía que el conocimiento está a la mano de todos. Hay que admitir que si esto fuera una historia, confrontaríamos al enemigo más impensable pero talentoso, el más sagaz y hasta efectivo: el hombre por el hombre. Hemos logrado lo que ni los personajes de las distopías de Orwell o Bradbury hubiesen imaginado: hemos vuelto al libro su propio némesis. Porque en las distopías se prohíbe al libro, se le quema, se le destruye, se le trata como plaga, como veneno; pero jamás hubiéramos imaginado que el libro podría acabar con el mismo libro.

Ya que entramos al tema delirante, ¿cómo el libro puede acabar con el mismo libro? Suena a chiste, a contradicción y, sobre todo: a estar ardido, dolido; pues sí, lo estoy como escritor de este artículo. Lo estoy como escritor de novelas. Lo estoy como lector. Por eso me tomo la libertad de decirlo: lo que tiene auge, uno moderado-fuerte, hoy en día, en cuestiones de libros (no ya de literatura) es el libro chatarra. Porque si hay comida chatarra, podemos denominar al libro también así: chatarra. Si tuviera en este instante una manzana y unas papas, me como las segundas; si tuviera ensalada y una hamburguesa, me como la hamburguesa. Si tenemos libros con interlineado de 3.5, letra tamaño 20, una prosa raquítica y una historia que ya fue contada mil y una veces pero en esta no son humanos, son robots; pues ¿para qué quiero leer la estructura fragmentada de los del Boom o la intensidad psicológica de los rusos o las metáforas duras que me hacen sentir mal? Y no, no digo que se satanice a los libros de historias baratas, yo también los consumo, yo también los leo; pero de eso a usarlos como si fueran lo máximo, como si de ahí no existiera nada más… bueno, esa sería una excelente novela distópica.

Cuando estoy escribiendo, la gente me invita a salir. Me dicen que es hora de vivir. Cuando salgo, me ofrecen su tiempo libre a cambio de mi tiempo libre. Hay que aclarar: el doctor no salva vidas en su tiempo libre, el arquitecto no diseña en su tiempo libre, el abogado no litigia en su tiempo libre, el maestro no enseña en su tiempo libre; ¿por qué el escritor sí escribe en su tiempo libre? ¿Por qué el arte sólo puede ser contemplado en el tiempo libre? ¿Por qué si a un doctor no le diríamos “Güey, jala a la fiesta, déjalo abierto, a tu paciente, y mañana le cierras la panza y acabas de aliviarlo; al escritor le decimos que deje de escribir porque mañana puede hacerlo? Uso el ejemplo del escritor porque ese soy yo, pero los artistas en general, creo, están en la misma situación. Aunque, bueno, el libro no puede vivir sin el hombre, pero el hombre sí puede vivir sin el libro; vivir estúpidamente, sí, pero vivir.