mil caras

No entiendo por qué le gustan este tipo de películas bobas y carentes de sentido, llenas de absurdos eventos dignos de una mente que no tiene habilidad para generar ni la más mínima de las ideas. Hasta las historias de amor de las películas de Disney son mejores que estas jaladas de vampiros que se enamoran de mujeres. Vampiros que brillan en la luz del sol, que la embaraza en furibundo sexo desmesurado. Lo único roto debieron haber sido sus cuellos. Y al final, la morra se embaraza de un vampiro que le chupa la sangre. Seguimos con una escena de pelea ficticia y es aquí donde sale lo más enfermo: el hombre lobo se queda con la hija de la imbécil a la que quería, que toda la vida la estuvo esperando. ¿En serio? Y para que le guste esta película a mi novia, demuestra que debe estar muy retrasada. Claro, que con esos ojos verdes que se carga, no puedo evitar amarla. Por eso también me gusta salir con Gaby, sus gustos son un poco más excelsos, más centrados, prefiere una historia más aterrizada y verosímil que un montón de granujas desangrados peleando por una pobre diabla que está más rígida que una vaca muerta.

Salimos del cine y la llevo directamente a su casa. Si yo tuve que soportar su pésima película de la que no deja de parlotear, yo también puedo llevarme un poco de buen sabor luego de la función. Es extraño porque cada vez que me acuesto con ella tiene el cuerpo diferente, incluso sabe diferente, se mueve diferente; ella es diferente cada vez. No me molesta, al contrario, es un plus, casi como si yo decidiera con quién acostarme, con quién gozar este nuevo día. Casualmente, resulta ser ella justo como yo esperaba. No necesito ni imaginarlo para cambiarla, porque resulta afín a mi expectativa. Hoy tiene caderas anchas y limpias. Esa es la parte que más loco me vuelve, las caderas, los lados. Sí, caderas exuberantes y luego sus piernas macizas, bien hechas, como de obra de arte, bien pensadas, como de mente trabajada, educada. Si subo por su abdomen puedo ver su ombligo y ahí meto la lengua, pero no me detengo, porque hay otras cosas qué gozar. Llego a sus pechos, firmes y mirándome a los ojos con esas pupilas rosadas. ¡Ah, pero qué cosas estas de la vida! Si ustedes pudieran ver y sentir esto, comprenderían que el paraíso terrenal existe y tiene tetas y papaya. Bueno, no se enojen, de vez en cuando está bien ser vulgar, más para una persona tan seria y preparada como yo. Me pregunto también, por qué alguien elegiría el camino de la castidad pudiendo tener estas maravillas de tetas en su rostro; ¿qué tan sabio puede ser aquél que eligió morir en la cruz luego de indecibles tormentos? Yo no soy como él, soy más que él, así que la obligo a levantarse y yo me acuesto, y le bajo la cabeza para que ella sea ahora la que mame, así como yo le mamé las tetas a mi madre, que ella me la mame para alimentarse. ¡Y vaya que lo hace bien! Tiene hambre. Bajo la mirada y por un momento, en la oscuridad de su habitación, observo mi cuerpo y no es el mío. Es diferente. No tengo vello, y me veo mucho más chico, menor; y mi novia no es mi novia, es un hombre de quijada poco prominente y cabello negro que me da la sensación de haberlo visto antes. Tengo una rápida sensación de que ya viví esto, y me lleno de asco y culpa porque el placer que él me da no es el mismo, no lo quiero. Me zafo en seguida y me alejo, me tallo los ojos. Siento sus suaves manos en mi pecho. Mi novia me pregunta que qué me sucede. Abro los ojos y la veo a ella, despeinada y sensual. No importa, le digo, y ella me vuelve a encender, y termina el trabajo que había empezado mientras yo no dejo de temblar de las piernas. Siempre me pasa eso, parezco señorita: mis piernas revolotean como campanita.

De ahí, ya relajado, me dirijo a mi casa. Hace mucho que no visito a mi madre, y debería, la pobre se la pasa sola. Lo peor es que vive en mi misma casa, pero no la veo casi, se la pasa encerrada en el cuarto que antes era mío. No recuerdo ni por qué cambié de habitación. Ella se la pasa ahí encerrada llorando todo el tiempo. Ha sido un cuento de nunca acabar, y yo no quiero entrar ahí, porque pues me resulta bastante terrorífico y deprimente. No sé cuál sea más fuerte, el caso es que no quiero. Abro la puerta de mi casa. Escucho pasos arriba, inconfundibles, pasos veloces. No creo que sea mi madre, ella nunca sale. Mi ego. Un ligero temblar de piernas, el mismo que cuando alcanzo el éxtasis, me invade. Yo no enciendo las luces porque, tal vez, mi ego se esconde y sabe que soy yo. Quiero sorprenderlo. Cierro la puerta tan silenciosamente como puedo y camino. Hay una luz encendida, viene de mi habitación. Sí, ahí debió haber estado, debe ser mi ego, seguramente es él. O ella. O eso. Los pasos ahora van al baño, o a la habitación de mi madre, donde mi madre está todo el tiempo. En oscuridad, yo camino, subo las escaleras lentamente como si yo no estuviera buscando nada. Me detengo, puedo oír su respiración, puedo palpar su aliento, ahí está, su presencia es más fuerte que sansón, es más obvia que el sol en primavera. Y me está viendo. Siento su mirada. Volteo. No puedo ver muy bien, la oscuridad juega en mi contra, pero hay una silueta ahí, la de un niño, alguien que no ha alcanzado la adolescencia. Está viendo a la puerta donde mi madre está. No alcanzo a ver si está vestido, no alcanzo a ver su cabello, solo veo eso: una figura infantil que voltea su mirar hacia mí. Por un momento siento que voy a caer. Su mirada, ¡oh, su mirada!, es como un extraño martillar, un fuerte golpe en la sien, un puñetazo en el oído; siento que pierdo el equilibrio, que voy a caer. No entiendo qué sucede. Me siento a morir, me siento sucio, siento que mi piel está llena de mierda y que mi aliento huele a pescado, siento que sangro de la boca y que mis ojos no pueden ver la luz, siento que soy un cerdo de hueso, un manjar para los aberrantes gusanos que comen restos e inmundicia. Si las ganas de morir se sienten, así deben ser. Por un momento me planteo la mísera razón de mi existencia, de cómo puede alguien como yo seguir respirando en este mundo que, aunque de porquería es, no se compara conmigo mismo.

Abro los ojos, ya no está ahí. Enseguida recupero la compostura y la dignidad, que la perdí momentáneamente, conmigo solamente, por lo que no hay nada qué lamentar. Camino hacia arriba y veo la puerta oscurecida. Por momentos veo un leve vaho en los lados de la misma, pero supongo que son las lágrimas que me seco avergonzadamente en seguida. Estoy a punto de abrirla cuando mejor me alejo. Me percato que la luz de mi habitación ahora está apagada. Según yo estaba encendida. Ignoro eso y me bajo, abro una cerveza y me quiero calmar, pero mi mente está llena con nada más que un sentimiento de bajeza e inferioridad. Me pregunto de verdad si ese habrá sido mi ego o si estoy imaginando cosas. Por un momento tiemblo y recuerdo los cálidos abrazos que mi madre solía darme, y recuerdo que eso cambió de golpe, ese mismo día que yo me desmayé antes de entrar a la casa del pedófilo, ella ya no me abrazó y estableció una gran distancia encerrándose en el cuarto que era mío. ¡Ándale! Ahora que lo recuerdo, es por eso que me tuve que mover de habitación, porque ella se encerró ahí para siempre. Me pregunto si debería ir a verla o no. El único contacto que tengo con ella es cuando le toco la puerta para avisarle que afuera le dejo la comida. Yo únicamente escucho la puerta cerrarse, señal de que los platos están limpios y relucientes. Gracioso también se me hace que de repente quiera un poco de ese amor maternal que no tengo desde hace tiempo, y que me ha permitido también ser lo que soy ya. No es pura suerte, es forjar un carácter, y todas nuestras vivencias nos permiten forjarnos uno. Me pregunto solamente si ella quisiera abrazarme de nuevo. Vaya que lo necesito.