A pesar de ser un capítulo excepcionalmente largo, es uno de los mejores de la novela. Si que el mejor: el mundo del espejo es mostrado por primera vez. El principio del fin ha llegado.

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Una obsesión no radica en el tiempo que algo esté en tu mente, eso es solamente estar enajenado. Una obsesión va más allá, pues cada acto consciente o inconsciente que lleves a cabo está regido por ese objeto de placer. Produce un placer indescriptible porque, como un buen libro o una buena sesión de sexo; entre más dure, entre más aguante uno para llegar al clímax, más sublime; resulta una experiencia más humana y humanizante, refleja lo que hay en el interior de uno. Una obsesión es aquello que se separa de uno y por eso hay que tenerlo de vuelta, por eso es tanta la necesidad, todo centrado en obtener ese objeto de placer. Aunque, a diferencia de lo ya dicho, el placer se produce no cuando estamos con ese objeto, sino cuando estamos a la espera del mismo; la imaginación, el juego mental personal que llevamos a cabo es eso que se llama obsesión, pues al tener el objeto en cuestión, ésta se termina y no hay más necesidad, no hay razón para vivir. La obsesión es el preámbulo del paraíso, es tan necesaria para el gozo y la felicidad, como el Diablo es necesario para Dios. La obsesión es tan necesaria para el hombre como los ojos lo son para ver.

Desde ese primer acercamiento al espejo, Damián no se lo ha podido sacar de la cabeza. Su mirada ahí tiene algo tan enajenante que Marx quedaría como tonto con su alienación. Experimenta Damián un gozo que va más allá de lo terrenal, como nunca lo había sentido, ni siquiera con Valeria. Es más, pareciera que en el espejo están en conjunto Valeria y él, lo cual lo vuelve aún más perfecto de lo que era antes; a él mismo, por supuesto. Y sí, en la vida personal sí hay niveles de perfección, aunque esta sea un concepto intangible y único, la perfectibilidad, se ha dado cuenta con el espejo, se puede subdividir en niveles. Si es como él, es perfecto y digno de ser incluso mejor; si no es él, ahí están los siete círculos dantescos. Que también tienen algún chiste. Se apresura a llegar de la escuela, sin olvidar sus responsabilidades, pero tampoco sin poder quitarse al espejo de su mente. Su reflejo. A él mismo. En el gimnasio, se da cuenta que no es lo mismo, pues los espejos ahí no tienen ese toque malévolo pero interesante. Hay algo a lo que reglas refiere. Son necesarias, pero poco atractivas; y su rompimiento genera una realización de poder, de poder trasgredir, por eso es que resulta tan agradable romperlas. Dos horas después, sale y va directamente a su casa. Sube casi apresuradamente las escaleras olvidando todo y desea no haberlo hecho. Lo estaba esperando. Su reflejo lo estaba esperando. Ese Damián distinto. Hasta una sonrisa tenía. Pero al verse él frente al espejo, este volvió a arremedar sus movimientos a la perfección, con su milésima-millonésima-milmillonésima fracción de segundo de viaje de la luz. Se cae hacia atrás y se golpea en la cabeza contra la pared y se da cuenta que era cierto lo que ponían en las caricaturas: ve estrellas revoloteando en su campo visual. Muy curiosa la cosa. Se recupera de su momentáneo mareo para ponerse de pie y percatarse, de nuevo, de la novedad. El short que lleva actualmente está por debajo de sus velludas piernas, en el espejo el short acaba encima de ellas. Maravillado y asustado, porque en eso radica lo sublime, conversó alguna vez con Kant… bueno, lo leyó, pero ¿cuál es la diferencia? Siente una terrible tentación de crucifixión de tocar el espejo y ver si es tan real y físico como parece. Pero sospechando que no podrá con las siete caídas, prefiere alejarse, tener un leve remordimiento propio de masturbación, y mejor se aleja.

Llega la noche, y consigo, su madre. Escucha el auto acercarse y estacionarse, se asoma por la ventana del cuarto de ella, que da directamente a la calle, y ve, oh sorpresa, que las ventanas están estrelladas. Frunce el ceño y baja aceleradamente con ella. Al abrir la puerta, ella voltea: está despeinada y luce atemorizada. Deja caer su maletín y lo va a abrazar enseguida, para convulsionarse levemente fruto del llanto que la ataca de momento.

–¡Mamá! Mamá… tranquila, estás bien. ¿Pues qué pasó?

–Vamos dentro, ahí te digo.

Un auto negro tipo sicario se estaciona afuera, hay dos corpulentos hombres-bestia dentro. Damián los observa y saca el pecho, como si de verdad pudiera hacerles algo a esos brutos.

–Tranquilo, nos los ha contratado el Estado, por protección.

Y, como todo buen ser humano, cuando más protegido está, más a la intemperie se siente. Damián recoge su maletín y entra para prepararle un té, que siempre la relaja. Se sientan a la mesa y ella se queda con la mirada clavada a la taza, para luego tomarla, con una pequeña temblorina, y bebe para cerrar los ojos y suspirar tranquilamente.

–¿Qué pasó?

–Mi cliente se metió con la gente equivocada. Está siendo inculpado por un delito que, él dice, no cometió. Un incendio, un muerto dentro de la camioneta. El conductor estaba tan ebrio que no se dio cuenta que estaba en llamas. Sucedió justo frente a su hogar, de mi cliente. Era el hijo de “La pepa” el muerto.

–¿Del narcotraficante?

–Ese mismo. Justamente hoy tuve en mi poder unas fotos tomadas con celular en las que mi cliente se ve en otro estado, había ido a ver a una mujer que conoció por redes sociales. Las subieron al internet, por eso vimos hora y fecha. Justamente al mismo tiempo del incidente con este muerto. Sin embargo, al presentarlas, cinco minutos después, se fue la luz, hubo un loquerío en la delegación, dispararon y todos nos fuimos al suelo. Autos llegaron y se fueron a gran velocidad. Se llevaron a mi cliente y mis pruebas, y al salir, mi auto estaba así, y una manta dejaron a la entrada. Me amenazaron, y a ti también…

La voz se le quiebra. Abogada estrella, poderosa y elegante, rota por un evento de violencia que tanto defiende o ataca ella. Por el momento, no es el peligro de un grupo delincuencial sin escrúpulos lo que le preocupa, sino el ver a ese pilar de su vida tan roto y preocupado.

–No te preocupes, ma, estamos protegidos.

–No confío en ellos hijo, en nadie que tenga que ver con el gobierno. Están tan coludidos… No me hubiera metido a este caso de saber que tendría tan grandes consecuencias, pero apenas ahora entendí todo esto. Era un giro dramático, ya tenía el caso ganado, y pasó todo eso. No sé ni qué pensar.

–Pues ya, déjalo, que otro se encargue.

–No huyo de los problemas, aunque ya no puedo hacer nada. No tengo cliente, no tengo pruebas. No sé qué vayan a hacer. Gané el caso oficialmente, están mecanografiados los folios del caso. Sé que alguien ahí, en la delegación, está coludido porque si no, ¿cómo se habrían dado cuenta de mis pruebas?

Se queda callada súbditamente. Damián sabe que se está callando algo, no ha acabado de hablar, tanto tiempo lleva con ella que sabe cuando ella un secreto tiene.

–No es todo, ¿cierto?

Ella lo ve a los ojos, ella, inyectados en sangre e hinchados.

–Yo… creo que… –hay perplejidad en sus ojos, propia de aquellos que creen ver algo. Los que ven, están seguros, los que creen haber visto algo, no lo están, algo ciegos lucen. Los de ella lucen ofuscados.

–¿Mamá? Vamos, sabes que puedes contarme lo que sea. Estamos tú y yo para apoyarnos.

–Te vi.

Damián guarda silencio y frunce el ceño, trata de comprenderla.

–¿Cómo?

–Te vi, ahí, cuando llegaron disparando estabas tú de pie, en la entrada, y los hombres armados yendo a tus lados. Como si tú… contemplaras todo.

Damián se aleja y trata de comprenderla.

–¿Estaba yo ahí?

–Creí verte, por una fracción de segundo. Me eché al suelo, y al ver de nuevo, no estabas ahí.

Reflexiona.

–Bueno, estabas asustada, a lo mejor te pareció ver algo que no. El miedo nos hace ver cosas que no son. Es normal. A fin de cuentas, eres la mejor abogada de todas, pero también eres humana.

Ella sonríe por primera vez en la noche, y le acaricia el cabello.

–Gracias, hijo.

Tarde se retiran a dormir. Después de bañarse, Damián va a su clóset y trata de ignorar la vista al espejo, pero como si lo llamaran, él observa y se observa, se refleja, y esa tentación lo invade de nuevo. Igual que el adolescente viendo pornografía que no se puede detener, él se planta frente al espejo y se observa de pies a cabeza, y luego se centra en los ojos. Qué ojos que no son suyos pero sí lo son. Contradicciones literarias. El ojo es el oxímoron original. Respira. Hay un silbido en su cabeza. Levanta su mano y toca la lívida superficie del espejo, lisa y fría como su alma y su corazón marchito en el reflejo. Y cede. Su dedo se hunde en el espejo. Siente ese vuelco en el estómago que a todos nos da con una impresión fuerte, un nudo en la garganta; sin embargo, extrañamente, no siente miedo: morbo, lo que en verdad mató al gato, invade todo su ser. Su dedo hundido en el espejo se siente frío, como si estuviera en un pedazo de hielo, a un centímetro a la redonda el espejo pareciera haberse cuarteado, miles de rayitas aparecen alrededor del dedo de Damián como si al hielo lo hubieran estrellado. No sabe si trata de sacarlo pues es tanta su curiosidad que prefiere seguir, aunque si hubiese querido sacarlo no hubiera podido, es algo muy extraño pues el espejo jala, mas no deja ir. Comienza a meter su mano, ¿o el espejo la jala? No sabe, se siente atraído pero a la vez siente algo, esa sensación de lo desconocido que te advierte del peligro que puede estar acechando; pero sin conocer lo desconocido no se avanza en esta vida. El frío comienza a invadir su cuerpo. Damián jala aire con la boca como cuando nos cae agua fría, siente lo mismo. Es como si se hundiera en una especie de gelatina, así se ve el espejo, como gelatina, como cuando enterramos el tenedor o nuestro dedo en la misma, nada más que esta gelatina es reflejante y muy fría. Su antebrazo comienza a hundirse y ahora siente que en verdad es jalado, voltea a verse a su reflejo pues cada vez se hunde más rápido; él no está sonriendo, lo sabe, pues cuando sonreímos lo sabemos, o al menos deberíamos; cuando se ve al espejo sí se espanta, pues no se está riendo él, pero su reflejo sí, una sonrisa enorme y malévola como de un loco, como de alguna clase de enfermo mental que no quiere hacer otra cosa más que hacer sentir mal a la gente, matar gente; se siente superior a todos, como sexista, se siente más que todos, como un Dios; para él todos son esclavos y seres que no merecen ni verlo a los ojos, seres que lo único que saben hacer es arrastrarse a cambio de favores; una mirada de lujuria que no importa en donde o a qué, su lema es: todo hoyo es trinchera; una mirada de un cobarde que lo único que busca es su bien personal, que le teme a la vida y a la muerte, que le teme a todo, que no sabe vivir; una mirada que desea todo, todo lo material para sí, todo lo que pueda tener que sea suyo y solamente para él; una mirada racista que no deja ver nada de belleza interna; una mirada del mal; una mirada egoísta. Es succionado por el espejo, hacia sí mismo, hacia ese mal que ve reflejado.

Todo su cuerpo se ve invadido por ese frío intenso, no se puede mover; es como si estuviera en un gran bloque de hielo. Todo su cuerpo ha quedado entumecido. Ahora no ve nada, solo una infinidad y más allá; todo está completamente oscuro, una nada, mancha negra, abismo… nada. Luego ve un recuadro a lo lejos, un rectángulo alargado hacia arriba y hacia abajo que se acerca a una velocidad impresionante, un cuadro que deja ver una recámara, su recámara. Siente que va a la velocidad de la luz, pero por lo oscuro no ve que avance, solo ve el recuadro acercarse, su recámara acercarse. No escucha nada, únicamente ese vértigo que sentimos cuando estamos al lado de una gran caída, esa sensación de no poder gritar, una especie de tapón en la garganta, nuestros músculos contraídos todo lo que se puede, un pánico aglutinado, las ganas de detener la caída pero (obviamente) sin poder. Siente que chocará y morirá contra el muro contrario al que estaba su espejo, es eso, es donde estaba el espejo.

Su muerte segura.

Ese frío comienza a ceder. Al llegar al recuadro, al espejo, algo lo detiene o pareciera sentir que se detiene. Del otro lado podemos ver como comienza a atravesar esa gelatina reflejante, su mano primero, pero no se ve como su mano, ha quedado como espejo estrellado, una estatua de grietas diminutas y blancas que comienza a atravesar la falsa solidez del cristal; el espejo es más como una especie de masa que refleja y mantiene su dureza, se ve inestable, hay ondas a través del mismo. Hay un momento en el que es una estatua de espejo estrellado pasando, una estatua blanca. Cuando todo su cuerpo pasa pierde ese físico y vuelve  a ser él. Cae al suelo de forma violenta, extrañamente no se lastima, es más, ese golpe que se da en la frente no le duele, pero produce un estruendo en toda la casa.

–¿Qué pasa allá arriba! –Es Sofía. Damián se levanta sin un poquito de dolor, nada pasó, al contrario, se siente fenomenal.

–¡Ah!… ¡Sí, estoy bien mamá!

Observa su recámara, es casi igual nada más que la cama está donde en la otra recámara estaba la puerta y la puerta está donde estaba la cama; es decir, intercambiaron lugar. Lo demás parece estar igual; excepto el color de la recámara, que es más claro. Su escritorio con su laptop nueva. Hace calor, el clima perfecto para él. Todavía hay luz afuera, no es de noche como pensó, o mejor dicho, como vio en el otro mundo. Se pregunta dónde estará, como si en realidad supiéramos la respuesta a esa pregunta. Todo es casi igual, nada más que los colores parecen brillar un poco más, como en un sueño, y las cosas como recuadros, enchufes, apagadores, elementos sueltos cambian de lugar. Hay un ambiente un tanto agradable. Le cuesta lidiar con esos ligeros cambios de lugar, no  porque sean difíciles de percibir si no que se ha acostumbrado a siempre lo mismo, entonces le si cambian algo, lo más mínimo, le cambian todo. Fuera de su recámara se dirige a las escaleras, no hay barandal negro de metal como en la “realidad”. Supone que está soñando. Se pellizca pero no le duele. Comienza a bajar las escaleras, siente una extraña ligereza en sus pies, como si no pesara. Por un momento se siente Légolas en “el Señor de los Anillos” y sonríe por su ocurrencia. Voltea hacia arriba, la luz del sol pasa por el domo de cristal. Sigue bajando las escaleras, llega a la planta baja y los muebles no son los mismos, estos son de cuero blanco, la televisión es aún más grande y las ventanas son extrañas, parecen no tener vidrio, solamente los marcos están. El tono de las paredes es más claro. El suelo es lo más extraño que ha visto pues parece obsidiana, pero es como una cápsula a lo largo de todo el suelo con líquido negro que se mueve de un lado para otro, marea si te le quedas viendo por un buen rato. Camina, siente que el suelo se le mueve, debe acostumbrarse, es como cuando corres en una caminadora, esa sensación cuando acabas, de que el suelo se sigue moviendo y te vas a caer. Camina recargándose en la pared. Va a la cocina, ¡El refrigerador está de cabeza al igual que el garrafón de agua! Sin embargo, no se cae el agua. Una mujer rubia está sentada en la mesa comiendo una fruta.

–¿Mamá? –Pregunta dudoso.

–¡Damián!

La mujer voltea, es su madre pero tiene el cabello rubio, le sienta bien pero se ve mejor de cabello negro. Además que rubio lo tiene hasta los hombros, el cabello negro lo tiene hasta la cintura.

–¿Qué te paso? –Pregunta anonadado.

–¿En dónde? –Pregunta ella cambiando el rostro de felicidad a duda.

–¡Tu cabello!

Ella ríe un poco.

–¡De qué hablas! Siempre lo he tenido así –sonriendo, siempre sonriendo.

–¿En serio?

–¿Te pegaste en la cabeza o algo por el estilo?

–No –dice conservando la calma. Nada raro sucedió, solamente atravesé el espejo.

–Tus amigos vinieron a verte.

–¿Qué amigos?

–Tus amigos de la prepa, Rafael y Damián.

–¿Vinieron? ¿Para qué vinieron? –Dice frunciendo de ceño.

–Pues no sé… hoy estás muy preguntón y un poco distraído, me preguntas cosas que ya te dije.

No deja de sonreír.

–Es que se me hace raro que Rafa y Damián hayan venido, ellos nunca vienen.

–¿De qué hablas?, siempre vienen.

–Claro que no, viven bien lejos… ¿a qué vendrían de todos modos?

–Como si la distancia fuese un impedimento para ti, amor.

Su sonrisa es agradablemente incómoda, como un tierno bebé que no deja de llorar.

–Cómo que no es un impedimento, obvio es un impedimento, no tengo tanto dinero para ir y venir cada vez que quiera.

Ella suelta una carcajada; Damián no entiende, se queda en silencio. Ella se calla después de reír pero no deja de sonreír, ni siquiera cuando frunció el ceño hace rato dejó de sonreír.

–¿Es en serio lo del dinero? Si tenemos a montones, cuando quieras puedes hacer dinero. Damián no sabe ni qué pensar.

–¿Puedo hacer dinero?

–¿Cariño, te sientes bien?

–Este… uhm… voy para arriba… ahorita vengo –dice. Lo último que ve es la sonrisa de su madre. Siente que se va acostumbrando al suelo que se mueve. Maldito suelo. Va a su recámara, no se había dado cuenta de que su puerta es blanca. Mejor no, sale de la recámara y va al baño, agua fría en la cara, eso necesita pues no sabe qué sucede. Entra. La bañera es un poco más grande y tiene dos regaderas, el espejo sigue en su lugar y el lavamanos está en el suelo, especial para que cuando apriete un pequeño pedal salga agua. Va al lavamanos, presiona el pedal con cuidado, como si temiera; ve como el agua no va de arriba para abajo, pues el grifo también está en el suelo, apuntando hacia arriba, donde está la coladera. Ve el agua subir, sube rápido como si cayera, pero para arriba. Decide salir del baño un poco asustado. Pasa de largo por una puerta negra que parece tener un halo de oscuridad, no la ve, no le hace caso. Es como un sueño, y recuerda el espejo, por lo que regresa a él como si fuera su última salvación. Llega frente al espejo. Se queda contemplándose a sí mismo, se ve borroso, es como si el espejo estuviese en un baño con mucho vapor. Comienza a acercar su mano al espejo cuando le viene a la mente lo que su madre le dijo: crear dinero, dijo que podía crear dinero cuando quisiera, dijo que Rafa y Damián vinieron. Va su cama, abre el cajón donde tiene su ropa interior, ¡vaya!, ningún bóxer, puras trusas. No le toma importancia. Esculca entre sus calcetines blancos y trusas, todo se ve nuevo. Toma lo que fue la caja de su reproductor que le robaron hace mucho tiempo; ahora ahí guarda su dinero para gastos personales. Lo abre: vacío. Siente un poco de decepción y desilusión. Pensó que iba a encontrar dinero… aunque ella dijo crear. Cierra la caja. Se imagina como si ya tuviera el dinero, no desea tener dinero, pues el desear tener dinero lo único que le va a traer es seguir deseando dinero; es algo simple: si quieres algo no lo desees, actúa y siente como si ya lo tuvieras, pues obtienes lo que quieres. Eso sonó a que el universo conspira a su favor, pero eso es una estupidez. Abre la caja. Un billete aparece, un billete de quinientos pesos aparece de la nada. Voltea a su alrededor, todo le es familiar pero desconocido, no sabe dónde está, ese mundo donde puede materializar todo lo que quiere no puede ser posible. Se pone de pie y va a checar su clóset; el espejo sigue borroso. Nada de la ropa que tiene la reconoce, toda se parece a la que conoce, pero no es la que tiene, no es la que conoce ¿o la es? Toma unos pantalones y una playera y se las pone, pues no saldrá en pijama. Toma su billete y se baja rápido hasta que llega al suelo que se mueve, ahí va más lento.

–¿Hace cuánto vinieron mis amigos? –le pregunta a su madre quien sigue comiendo la misma fruta, de hecho, desde que él se fue, no ha avanzado mucho

–¿Qué?

Sonríe.

–¿Que hace cuánto vinieron mis amigos?

–¿Qué es eso?

–¿Qué es qué?

–Eso que dijiste.

–Te pregunte hace cuánto tiempo vinieron.

Ella se queda perpleja, no entiende, en verdad no entiende lo que le pregunta su hijo. Damián agrega:

–¿Qué pasa?

–Es que no te entiendo.

Da una diminuta mordida a la fruta que come, ¿será una manzana o una pera?

–¡Qué no entiendes!

Ella se queda callada. Es una peranzana. Damián ve su mano, donde se supone que debe tener su reloj; se le olvidó ponérselo antes de pasar por el espejo y su madre no está usando el suyo.

–Bueno, ya me voy, regreso al rato.

–¿Qué?

Damián estaba en camino a la  puerta y se detiene, voltea hacia su madre.

–Que voy a regresar al rato.

–No entiendo hijo, ¡qué pasa contigo!, qué cosas dices… –dice ella regresando a comer su fruta. Damián no entiende lo que sucede, ella no entiende lo que él dice. De todos modos, mejor sale de ahí antes de ver esa sonrisa de su madre que en lugar de dar confianza da algo de miedo, de ese que es tan interno y personal que bien sabemos que es propio, por eso lo proyectamos a alguien más, porque qué horror ser así. Sale a donde se supone que debe estar el patio de servicio pero lo único que hay es un patio con un hermoso césped verde, unos árboles frutales y un pino. No hay autos. Retorna rápidamente y le dice a su madre lo que no acaba de ver.

–¡Mamá, donde están los carros?

–¿Qué? –Le pregunta volteando a verlo con esa sonrisita que parece estar hecha con dos grapas en sus mejillas, ni siquiera se ve realista

–¿Por qué sonríes tanto?

–Porque es bueno sonreír, para el alma, para vivir; una sonrisa lo puede todo. Vence males y tempestades, ventiscas, chubascos y ascos, temblores, horrores y amores.

–Pero no es necesario hacerlo todo el tiempo.

–¿Cómo?

Damián hace esos gestos que todos hacemos cuando algo es molesto y repetitivo, entre cierra los ojos y voltea hacia arriba, como si quisiera ver su propio cerebro; al mismo exclama un pequeño y casi inaudible “ash”.

–¿Qué pasó con los autos?

–¿Por qué dices cosas que no entiendo?

–¡Qué no entiendes! Hemos vivido todo el tiempo con esos carros y ahora no están.

Su madre lo ve sin quitar esa sonrisa, luego dice un poco más seria:

–No me contestes así que soy tu madre, me debes respeto, hijo.

Se voltea a seguir comiendo su fruta como si Damián no le hubiese preguntado nada. Él se sale de su casa un poco dudoso pues no sabe a dónde se irá, ni siquiera sabe dónde está. Abre la puerta de su casa, la del jardín, que antes era para entrar a la superficie de cemento donde dejaban los autos; ahí afuera faltaban plantas, pues su madre únicamente había puesto al interior de la casa. Camina a la puerta y la abre para salir a la calle.

Un parpadeo.

Al abrir los ojos no está en la calle de su casa, que es lo que más le impresiona: está en el centro de la ciudad, el cual también está un poco cambiado. Los postes de luz no alumbran, a parte porque es de día, dentro tienen luciérnagas dormidas. Las rejas que impiden que los peatones vayan a los jardines no existen y todos pueden caminar por donde quieran. Los edificios han cambiado de lugar, por lo que le cuesta ubicarse: la iglesia ha cambiado de lugar, el banco, la librería, el andador; todo está diferente. El kiosco está sobre un delgado pilar y en el espacio entre el kiosco y el suelo hay bancas donde la gente puede sentarse. Él, en lo personal, no se sentaría ahí por miedo a que el kiosco le cayera encima. Apareció de la nada en el centro de la ciudad donde vive, sin siquiera saberlo, no se acuerda de cómo llegó ahí, simplemente llegó. Le cuesta acostumbrarse a la posición de los edificios. De hecho, la librería que está en esa calle, también está de cabeza, los libros flotan en el espacio como si no hubiese gravedad; es algo alucinante. Ve a un par de niños jugando, se pasan la calle sin fijarse; aunque no es necesario, no hay autos ahí; corren contra un muro y cuando están a punto de chocar Damián piensa que se desviarían a uno de los lados, pero no: cuando llegan a la pared brincan, como si se hubieran tropezado, pero están sobre la pared; luego se levantan y siguen corriendo. Nuestro protagonista se queda perplejo al ver como siguen corriendo hasta llegar arriba, ir sobre el techo y seguir corriendo; abre tanto los ojos que piensa que se le podrían salir de sus órbitas. Un vientecillo lo obliga a cerrar entrecerrarlos y parpadear, a seguir viendo ese extraño mundo. Los pájaros vuelan pero con las alas pegadas a su cuerpo, y cuando se paran en cualquier lado es cuando las extienden como si buscaran aparearse. Los cables de luz están rodeados por miles de pequeños rayos de electricidad, son rayos de electricidad que rodean al caucho; sin embargo, los pájaros que ahí se paran no mueren rostizados. Luego ve bajar una ardilla de un árbol, una ardilla en plena ciudad, pero tiene dos colas y tres pares de patas; es algo muy feo, sin embargo es tierna, muy tierna; los niños se acercan a darle de comer. Comienza a ver a la gente. Las personas no se ven con preocupaciones, al contrario, se ven felices: parejas, niños, hermanos, hombres y mujeres; todos disfrutando de la vida por igual. Hay un ambiente de felicidad en el lugar, el sol brilla en lo alto y los pájaros vuelan y entonan bonitas canciones, los niños gritan y ríen, las mujeres con sus parejas disfrutan de esa buena tarde en Querétaro. El aire se ve limpio, los árboles, que parecen respirar, son verdes y vivos; los insectos se ven bonitos, a pesar de haber unos desagradables para la otra realidad, ahí se ven bien. Es un ambiente espectacular, todo está en equilibrio, todo está bien: perfecto. Olvida, por un momento, invadido por ese bienestar, cómo llegó ahí.

–¡Mira, ahí está Damián!

Es la voz de un hombre, parece un poco grande, un hombre que él conoce. Se voltea a verlo.

–¡Qué pedo, Rafa! –Le dice Damián emocionado, saludándose de mano y dándose un fraternal abrazo.

–¡Qué onda, perro! –Dice a su tocayo, separándose del grande

–¡Qué onda, cómo andamos! –Le pregunta Rafael al recién llegado.

–¡Muy bien!, y ustedes, ¿qué pedo?

–Pues aquí, como siempre.

Ríe de la misma forma que lo haría uno de esos hombres malos de película con su voz atronadora.

–¿Entonces para dónde jalamos? –Pregunta Damián tocayo del hijo de Sofía.

–Jálamesta.

Todos ríen por lo que dice Rafael.

–Cerdo asqueroso. Pues vámonos a mi casa a pistear un rato –dice Damián chico.

–¿Va a ir más gente aparte de nosotros? –pregunta Rafael.

–Pues invité a Gaby, y a otros de la uni, güey.

–¿Gaby?

–Simón.

Perplejo, y pensando en que será otra persona, no su compañera de trabajo, Damián dice:

–Va que va, entonces vamos… ¿Pero cómo nos vamos a ir?

–Pues caminando, güey –le dice el grandote.

–No mames caminando, está bien lejos.

–Y qué, siempre nos vamos así –dice su tocayo.

–Pero nos vamos a tardar un chingo –dice Damián otra vez medio enojado, recordando lo que le sucedió con su madre.

–¿Qué? –Preguntan los dos al unísono, volteando a verlo con una cara de incomprensión total.

–Que nos tardaremos mucho.

–¿Qué quieres decir con eso? –Le pregunta Damián chico.

–Pues que… Nada, vámonos –dice Damián incorporándose con sus dos amigos.

Ya caminando a la casa del Damián chico, les dice a los dos.

–Pero, ¿y el trabajo?, mañana me tengo que levantar temprano y no he preparado clase. Debo entregar planeación semanal.

–¿Traes dinero? Si es así, allá también –le dice Rafael.

–¿Eso qué, no tiene nada que ver con lo que dije… espera, ¿quieres decir que lo que hago aquí funcionará para el otro mundo?

Rafael se voltea, muy seriamente, incluso fuera de sí, como si su cuerpo fuera poseído por alguien más, y le dice:

–¿Por qué crees que lo que imaginas no puede ser real?

Se voltea y se sigue de largo. Damián se queda detenido y los alcanza después.

–¿Esto es real? –Le pregunta a los dos.

–¿Qué? – Pregunta Damián chico.

–Pues esto, donde estamos.

–¿Por qué preguntas esas cosas, acaso no las sabes? –Le pregunta Rafael pero sin esa cara sombría que tenía hace rato.

–Pues lo digo por lo que me acabas de decir.

–¿Qué dije? –Pregunta Rafael deteniéndose y viéndolo un poco incrédulo.

–Pues lo que me preguntaste hace rato –le contesta Damián con una sonrisita, esas que hacemos cuando tratamos de recordarle a alguien lo que parecen haber olvidado.

–Yo no dije nada, hermano.

Siguen caminando.

–Además toma, es tu plan –dice Damián chico dándole a Damián, quien pasó a través del espejo, un fajo de hojas blancas. Damián las toma y las va pasando una por una: todas están en blanco, por los dos lados; las hojea una y otra vez como si esperara a que lo que deberían tener escrito fuera a aparecer por arte de magia.

–¿Esto qué significa?

–¿Qué?

–Estas hojas que me diste.

–Yo no te di nada –dice Damián chico frunciendo un poco el ceño pero con una sonrisa; siguen caminando. Se detiene el hijo de Sofía. Voltea a las hojas que Damián chico le dio, se da un pequeño susto al ver que no las tiene.

–Cuando las… –iba a decir “tiré” pero al voltearse no ve nada, las hojas no están en el suelo y no hay aire que se las pueda haber llevado; además, qué clase de loco se robaría unas hojas; no sintió cuando se las arrebataron, si es que sucedió… ¿A caso se habrán desecho por arte de magia? ¿Se desmaterializaron? ¿Será que los Illuminati son reales y acaban de hacer de las suyas? ¿Neonazis? ¿Aliens? ¿Infraterrestres? ¿Dios? ¿Tú? ¿Yo? ¿El ello? ¿Yo soy otro? ¿Yo sólo sé que no sé nada? Pues quién sabe, lo único que sabe es que sus amigos lo dejarán atrás si no se pone a caminar. Se da la vuelta parpadeando.

–¡Ay, cabrón! –Dice sobresaltado y con el corazón latiéndole rápidamente; casi lo grita. Justo cuando abre los ojos se da cuenta que no está ya en el centro: ahora está en la avenida que dirige a la casa de su amigo, que está de subida. Por la calle no transita ningún auto y el clima es tan espectacular como el del centro. El cielo se ve despejado a lo lejos, pues como están subiendo pueden tener un mejor panorama de la ciudad de Querétaro. El cielo es azul y despejado, el sol brilla en lo alto y esa sensación de ligereza no se ha ido. Sus amigos voltean casi al instante a ver qué es lo que sucede, van con él rápidamente.

–¿Qué pasa, güey?

–Damián, ¿estás bien?

–¡Güey, no mames! ¡Estábamos en el centro y en un parpadeo estamos en Pie de la Cuesta! ¡En un parpadeo!

Cuando dice parpadeo hace un movimiento con la mano, el mismo que hacemos para hacer la sombra de un pato sobre una pared.

–¡Pues es obvio!… vamos, hay que seguir –dicen los dos con toda naturalidad; luego caminando a la casa de Damián chico. Damián, nuestro protagonista, no tiene otra opción más que seguir adelante pues ya que está en ese mundo no puede hacer otra cosa más que tratar de comprender qué es lo que sucede, si es posible. Es como tratar de comprender a las mujeres: puedes intentarlo, pero nunca lo lograrás. Siguen. El camino es normal, como si estuviera en el otro mundo; no ve niños subiendo por las paredes por ahora, pero sabe que es una opción; cosa que le gustaría intentar pero no sabe si le saldría, su mente está tan acostumbrada a no poder hacer cosas “fuera de lo real” que incluso ahí pueden ser traicioneras. Llegan hasta la casa de su amigo, todo sigue siendo parecido. Su tocayo tiene un terreno al lado de su casa, un terreno baldío, pero limpio. Ahí, en este mundo, es un pequeño salón de fiestas, sólo para usos familiares, no lo rentan pues no hay necesidad: el dinero se crea a voluntad. Llegan a la casa, entran, no es tan parecida como la recordaba, es un poco más amplia, modernista; las ventanas se oscurecen con el sol y se aclaran con la sombra, algo así como los lentes, pero dejan ver a través de las mismas aunque estén oscuras; el piso no se mueve como el de su madre pero es negro e igual parece obsidiana.

Damián chico ha ido por un vaso gigante y dentro tiene muchas bolsas de plástico y popotes. También trae una botella de cerveza, una de tequila, otra de ron, whisky, etc., lo raro es que son botellas vacías pero nuevas, cerradas como si tuvieran líquido dentro.

–Vamos –les dice Damián a los otros dos haciendo un movimiento con la cabeza pidiendo que lo sigan. Salen de la casa y van al salón de fiestas. El que pasó por el espejo se queda perplejo pues ya está lleno de gente, varios de sus amigos de la prepa y de la universidad, de los tres; es decir, amigos de Rafael de la facultad de Derecho, de Damián chico de la facultad de Ingeniería y de él, de la facultad pobre… ¡digo!, de Ciencias Políticas y Sociales. Entran y saludan a todos. Cuando entran al salón de fiestas el sol desaparece y ahora es una noche clara con cientos de estrellas en el cielo y una luna llena que es lo doble de grande que en los solsticios, una luna que podría hacer bailar a la serpiente de Chichen Itzá. Las estrellas son brillantes y enormes, algunas estrellas fugaces pasan surcando el cielo. La música comienza a tocar y el ambiente se alegra. Damián ve con curiosidad como todos sacan bolsitas de plástico del vaso gigante, de plástico también, y se sirven de todas las bebidas que llevó su tocayo, las beben con ayuda de un popote. Esto le da un poco de risa al visitante, así como se pone un poco nervioso pues con popote, generalmente, se te sube más rápidamente el alcohol. Va con sus dos mejores amigos mientras siente alguien que lo observa. Por ahora no le da mucha importancia.

–¿En bolsitas, güey? ¿Por qué no usamos vasos?

Los dos se le quedan viendo y comienzan a carcajear, verdaderas risotadas, como si hubiera dicho un chiste muy genial; Rafael casi llora de la risa.

–¡No mames, ja, ja, ja!

–¡Güey, ahora sí te la pelaste con esa! –Dicen los dos entre risotadas y bastante alegres. Damián no comprende, sonríe pero por no comprende qué es lo que sucede: ahí se toman las cosas en bolsitas en lugar de vasos; vaya que son raros. Bueno, para él, pues quién puede ser para criticar las cosas que se hacen en ciertos lugares, para decir qué es raro o normal; por eso nuestro protagonista siempre trata ver el buen lado de las cosas, siempre indaga antes de tomar juicio; es decir, si hablamos de normalidad, qué puede ser lo normal o lo raro, nadie es normal ni raro, es más, esos dos conceptos fueron creados con la simple ilusión de tratar de comprender mejor un mundo que es mucho más complicado para ser comprendido con meros conceptos. Como si con normal y raro ya fuesen a comprender todo; si así fuera, qué estupidez sería la vida.

–¡Pero ya sírvete, güey! –le dice Adrián dándole una bolsita de plástico con un popote. Sin importarle que mañana trabaja, se sirve cerveza y comienza a tomar. Lo extraño es que la cerveza está bien fría pero sale de la botella que pareciera estar vacía; no hay líquido, pero cuando la voltean sale cerveza. ¿Será ilimitada?

Siguen festejando, no festejan nada en especial pero festejan, para eso son las fiestas, para celebrar de la vida. La música es excelente, al menos a Damián le gusta; ponen de todo, es una lista de un celular. Todos parecen estar pasándola de maravilla, las estrellas, el clima es estupendo; no sudan pero tampoco hace frío. La cerveza siempre está fría e incluso hay gente bailando; aunque prefiere quedarse con sus amigos que, a diferencia de la otra realidad, aquí parece que sólo les interesan las vaguedades de la vida, cosas bobas. En realidad se le hace extraño que sean tan superficiales. Damián comienza a observar su alrededor, todos bebiendo alcohol a través de popotes blancos, las bolsitas se vacían y se van a llenarlas al instante, algunas chavas con chavos bailan, unos andan medio borrachos, se escuchan risas, chistes, gritos, uno se cae, otros lo ayudan a levantarse.

–Hola –escucha que le dicen. Damián se voltea a ver quién es pues la voz no se le hace conocida, es ella, Gabriela, su compañera de trabajo.

–¿Hola?…

–¿Cómo estás? –le pregunta ella con una gran sonrisa que le invita a hablar, que le da confianza.

–Bien, ¿y tú? ¿Qué haces aquí? No sabía que conocías a Damián.

–No lo conozco, pero igual, aquí estoy.

–Okey… ¿y ya preparaste clase? –le pregunta aún desconcertado.

–¿Qué? Ja, ja, ja –es su misa risa–, ni que fuera qué. Ya está lista desde el inicio del año.

–Bueno, pues… déjame ir tantito con mi novio, ahorita voy contigo.

–¡Claro, yo te espero!

Le guiña el ojo. Damián se sonroja.

–¡Güey, o sea, qué pedo!

–¿Qué? –le pregunta Rafael.

–Gaby me acaba de guiñar el ojo y me agarró una nalga… bueno, no, sólo me guiñó el ojo.

–¿Y qué tiene?

–¿Cómo que qué tiene?… somos amigos de trabajo y me estaba tirando el pedo. –Voltea a verla–, de seguro ha de estar bien ebria, aunque sabe disimularlo –dice arqueando un poco las cejas; esa chica con la que está es su amiga y se da cuenta de que lo estaban viendo a él.

–¡Güey! Eso no tiene nada de raro… que te hable; además, pues se llevan bien chido tú y ella –le dice el grandote. Damián voltea a ver a sus amigos todavía con las cejas arqueadas.

–¿Qué? O sea, si es cierto, pero ustedes qué saben –pregunta frunciendo el ceño.

–Güey, que son bien buenos amigos… Ya neta güey, estás actuando bien raro; ¿qué tienes? –Le pregunta su tocayo.

–Nada… no tengo nada.

–Además pues le gustas, obvio que te hable bonito –dice Rafael.

–¡QUÉ! –Le pregunta con la boca bien abierta al igual que sus ojos; de hecho esto sí lo grita.

–¿Qué de qué, güey? –Le contesta el grande.

–¡Lo que dijiste!

–No dije nada.

Damián no sabe qué pensar. Los otros dos regresan a tu tema vago de conversación, es algo de música o de marca de zapatos, algo como eso, algo básico. El visitante sigue bebiendo y conforme va pasando la noche se va poniendo más y más ebrio. Se sirve varias veces en su bolsita de plástico, pues la noche no parece acabar y todos le invitan a tomar con ellos, todos le dan de algo diferente; también se pone a fumar como farola.

Llega un momento en el que no controla muy bien lo que hace por causa del alcohol, se encuentra tirado en el suelo recargado en una pared, platicando con alguien. Con Gaby. Están los dos solos. Todo lo ve muy borroso, de hecho hay una neblina extraña alrededor de sus ojos que no le permite ver muy bien, solo ve lo que está al frente. Se siente muy mareado pero no con ganas de vomitar. Está fumando, de seguro es uno de vaquero: jala humo, una gran bocanada mientras escucha lo que le dice ella, pero la verdad es que no le presta mucha atención. Algo le dice y algo le contesta pero no está seguro de lo que dice aquella y de lo que le contesta, en realidad es como si estuviera pero nada más físicamente; no entiende bien lo que sucede. Su cuerpo pareciera no responderle, ¿o sí? Siguen hablando de lo que sea mientras Damián expulsa el aire por su boca, ese mal sabor lo comienza a marear; de hecho siente un escalofrío cada vez que jala humo, pero no le importa, le gusta más la sensación de la nicotina en la sangre que lo que le desagrada el sabor del cigarro. Toma del popote, es whisky, o será ron con algo… no está muy seguro. Siguen hablando.

–¿Desde cuándo te gusto?, que no sabía.

–Pues creo que desde siempre, pero ¿qué no lo habías dudado algún día?

–Pues sí pero es lo que menos pensé, menos contigo contándome de tus novios.

–Pues es para esconder lo que en verdad pasa.

–Muchos hacemos eso, las máscaras son las que dan una buena imagen de nosotros mismos, aunque me pregunto si eso será malo o bueno.

–No es lo peor, la máscara, sino el mirar.

–¿O sea?

–Dicen que los ojos son el reflejo del alma. ¡Qué frase tan absurda, Damián! Creemos que podemos conocer a alguien por verlo o verla a los ojos, creemos que ahí, en la oscuridad universal de su pupila, podemos ver su personalidad; pero la frase dice: son el reflejo. ¿Qué vemos pues? Nuestra propia alma. Peor. Vemos reflejado lo que queremos ver en la persona. Nos mentimos al creer que con la mirada podemos conocer a alguien más, porque vemos lo que queremos que la otra persona sea. Proyectamos lo que queremos ser, la bondad que queremos en nuestro propio ser en alguien más, para no ver lo monstruosos que somos nosotros mismos en realidad.

–No había pensado en eso, Gaby.

–¿Gaby? Yo soy Girard.

Damián ríe por la broma.

–Tú crees que algo entre nosotros nunca funcionaría… ¿verdad? –lanza ella de repente.

–No lo sé –contesta Damián.

Alguien se pone frente a ellos pero él no ve quien es por la niebla, algo extraño está sucediendo. Alcanza a notar que está vestido de la misma manera en la que él va: su pantalón, su playera, lo que alcanza a ver y sus zapatos son iguales. Voltea hacia ella como si fuese un autómata, como si algo lo controlara… algo controla su cuerpo, pero no es algo externo, es algo interno, es un “él mismo”. Siente cierta desesperación por soltarse de eso, por volver a ser dueño de su propio cuerpo. Gaby Girard voltea hacia él. Damián tira el cigarro. Se acercan el uno al otro. El corazón de Damián late a toda velocidad, suda como nunca, le tiemblan las manos y los pies. Algo recorre su esófago, no es vómito, es otra cosa; desde su estómago se origina y es como si tratara de salir por su boca, pero no es algo material. Su cabeza se pone caliente y siente que le va a explotar. Sus extremidades ahora están frías. Cierra los ojos, sus labios hacen contacto…