mil caras

Ya no soy el mismo. No he cambiado, pero ya no soy el mismo. Pasó algo desde que esos egos comenzaron a verme, a sentirlos yo, que ya no me quedó lugar a dudas: he cambiado. He sido invadido. Los egos eran una realidad ajena a la mía hasta hace poco, hasta que se hicieron conscientes de mí. A veces me pregunto si no habrá sido al revés, que, en realidad, yo me haya hecho consciente de ellos. Uno vive su vida con las condicionantes que la misma vida le plantea, hasta que viene algo a, como dice el vulgo, partir la madre. O sea, ¿por qué el cambio? Yo vivía bien, feliz, sin problemas, sin complicaciones. Llegó esto y todo cambió. Me cambió. ¿Por qué tenía que suceder? No me lo explico, pero aquí ando, tratando de encontrarle tres patas al gato. Curioso, el gato tiene cuatro patas, encontrarle tres, es eliminar una, es decir: eliminar un conocimiento previo porque eso queremos, lo suprimimos. Sí, bien Pacheco la onda. Creo que es la primera vez que me planteo mi habilidad como una maldición. ¿Habrá alguna diferencia? Pongámoslo en perspectiva: el talento es algo que te hace sobresalir, no sobre los demás, sino personalmente en comparación de los demás, incluso si nadie sabe de tu talento. Un talento es una diferenciación de lo común. Una maldición es ser elegido para un acto o evento externo a ti. Un talento, una maldición. No tienen diferencia. Pero hasta apenas ahorita me planteo este talento como maldición. Sí, el hombre tiene palabras diferentes y hasta antagonistas para un mismo trasfondo. Todas las palabras son lo mismo en su trascendencia. Son pensamiento. Todo es todo, o, en otras palabras, nada es nada, o todo es nada, nada es todo. A fin de cuentas, abstracción es igual a concreción. Acto a pensamiento. Pecado a virtud.

Me invadieron, ese es el problema. Cuando yo era el único que los veía, yo no tenía problema, pero ahora ellos me ven a mí también. Sin embargo, el terror no radica en el terror de saber que eres observado. El mundo, a fin de cuentas, es un enorme panóptico. Panochptico. Eres observado por doquier, ya me di cuenta de eso. Es horrible. Creo que la cosa es la que sigue: uno se cree ser algo, y todos creemos ser más que los demás, pero cuando nos empezamos a dar cuenta que no somos tanto como pensábamos, es cuando nos cae el veinte de que somos igual que los demás, o sea, no somos especiales. O todos somos especiales, que es exactamente lo mismo. Los egos son la muestra de ello. Hasta ese entonces, que, extrañamente, no recuerdo hace cuánto fue, pudo haber sido ayer, o antier, hace un año; incluso pudo haber sido mañana… desde que lo vi, me di cuenta que no soy tan distinto a los demás. Eso es lo que me incomoda de sobremanera. Uno es Dios en su mente, hasta que se da cuenta que Dios debe ser externo para que pueda ser. Así de miserable debe ser el salvador: algo tan fuera y externo, tan lejano para que sea ideal, tan ideal que no dé lugar a lo humano.

En pocas palabras: no hay ego que no me vea. Tengo miedo. Soy observado de todos lados. Soy observado porque quiero ser observado. Porque, ahora, no hay cosa que no haga sin saber que me ven, que me veo. Soy consciente de cada uno de mis actos. Qué asco. Creo que la felicidad radica en algo más que el saberse superior a los demás: en saberse superior a los demás sabiendo que ellos no saben que eres superior. Era una mentira: uno es superior porque lo quiere ser. Como Jesús. Seamos sinceros: él se autoproclamaba el hijo de Dios, y por eso era superior, se sentía como tal, por eso sufrió como quiso. Como quiso. Pero nadie querría hacerlo. ¿Por qué? Yo creo que si él lo quiso fue solamente para creerse diferente. Creerse. Como el talento mismo. El talento es tan personal que cada uno lo posee, no necesitamos a nadie que nos diga que lo tenemos. Lo practicamos, lo ejecutamos. Qué belleza. Si fuera externo, estaríamos en el limbo. No necesitamos la confirmación de nadie. Ahí radica la diferencia. Pero cuando eso tan personal, tan de uno, se vuelve externo; ahí viene el problema. No queremos ser reconocidos, porque eso nos hace especiales. Cuando uno es famoso por algo propio, deja de ser propio. No hay ego que no me vea, y me hace sentir poco.

Ahora, se llama poder, y es diferente entre ejercerlo y ser víctima del mismo. Los egos me ven ahora, y nada puedo hacer al respecto. Malditos egos. Ya no soy especial. Ya nadie lo es. Soy víctima del poder, pues me tengo que cuidar. ¿Quién no lo haría? Si eres observado de todos lados, obviamente cambias tu comportamiento. Nadie sabe que lo tengo que cambiar por sentirme observado, pero lo he cambiado, porque así me siento. La gente piensa que uno actúa porque quiere, pero somos constantemente analizados. Así son los egos: si un ego de lujuria me observa, me siento lujurioso; si uno de egoísmo me observa, quiero todo para mí; si uno de tristeza me observa, todo me parece un peso que cargar. Ahora yo soy todo lo que siempre odié. Sin embargo, no los culpo a ellos, porque solamente yo sé que ellos me ven; me culpo a mí, porque me ven y me siento como ellos. ¿Cómo se le llama a eso? No sé, pero no es autocrítica, sino autodestrucción.

Casual, dicen por ahí, es que solamente sean los egos los que me ven, como si fueran el recordatorio permanente de que solamente hay pecado en nuestra alma. He visto ángeles, amigos imaginarios y fantasmas. No tienen diferencia alguna: viven en otro plano, o bueno, son, en otro plano. Los he visto, sí que sí, sé cómo son, cómo actúan, cómo interactúan incluso. Pero ellos no me ven. Les doy asco, pena, yo no sé. Solamente me ven egos como si únicamente tuviera egos en mi interior. Eso no es cierto. ¿A caso sentirse Dios no es exaltar lo que Dios era? ¿Pura bondad, amor y buena onda? El problema también radica en que no sabemos cuándo separar lo que es bueno de lo que es malo, pues cuando somos realmente buenos, creemos que es el mal en nuestro corazón habita, porque el mortal no puede ser bueno, porque ser bueno es malo.

Me pregunto si es puro ego lo que nos rige, porque si es lo único que me ve, entonces es lo único que existe. ¿Quién, en sus cinco sentidos, me asegura que la virtud existe? Yo bien pienso que no lo hace, que no existe, porque no he visto que me vea. No he visto ángeles percatándose de mi existencia, venga, que ni amigos imaginarios que ve vean o hablen. Es muy cansado que sea solamente lo malo lo que se da cuenta de mí. Y esto es deprimente en su totalidad. Dios no se da cuenta de nosotros, esa es la verdad.

He decidido romper el hechizo e ir a la puerta negra. Ahí está mi madre. Siempre le dejo su comida y no me acerco, pero hoy creo que es diferente. La puerta está abierta. Es una habitación para niños, o como ésta estaría arreglada si fuera para tal: hay juguetes, colores vivos, repisas llenas de libros de dinosaurios y del universo, zapatitos y shorts, porque niño sin rodillas raspadas, no lo es. Hay juegos, juguetes y jugadas. Dibujos, dibujas y dibujando. Hay juguetes nuevos, viejos y usados. Hay y no hay. Es triste, porque falta el niño. Solamente hay ahí, donde la cama con forma de carrito, al madre sin hijo. Así de triste es la habitación sin niño, como una madre sin hijo. Mi madre está ahí, esquelética, con el cabello amarillo y las facciones afiladas, los ojos tristes, la nariz ganchuda, el cuerpo acabado. Hay una mujer que parece urraca. Hay un algo que parece bestia. Una mujer sin hijo. Una mujer que no puede ser. Pero yo me siento mal, tal vez, su necesidad de ser madre, se reanime un poco. Me acerco silenciosamente y sin distraerla. Tararea una canción de cuna o de juego o videojuego, esos tonos que un niño sabría. Niño, no niña, ¿cómo lo sé? Pues solamente lo sé. Ella observa un algo que no sucedió, que fue arrebatado. Me siento a su lado, en la cama.

Me dice que eso pude haber sido yo. No la comprendo, ni quiero, tengo un pesar más grande: el ser yo. Le digo que mejor no piense en lo que pudo haber sido sino en lo que soy ahora, y me dice que gracias a ella soy lo que soy. Y no entiendo. Le digo que soy escritor, tengo fama, ayer me gasté la muñeca escribiendo quiénsabecuántos autógrafos, y hoy solamente quiero descansar. No comprende. Me dice que eso pude haber sido yo. Le digo que me abrace, y un esquelético brazo pasa sobre mis hombros. A veces creo que mi madre es mi propio ego, pero luego recuerdo que ya lo vi, que es un niño, entonces casi lo he eliminado de mi ser, y me siento bien.

Me dice ella que mucho ha estado esperando este momento, pero nunca supo cómo dármelo a conocer, que solamente yo podría hacerlo. Que todo es panóptico. Ni sé qué es eso. Podría ser su mano de palo totalmente, y así la quiero en mis hombros. Me conformo con lo que sea. Veo su cabello amarillo, sus faltos dientes y su calavera dibujada en sus ojeras. Y la amo. Ella no tiene ego, ella misma es su ego, y no hay nada más hermoso que alguien que es lo que no quiere ser, porque a eso se le llama honestidad. No somos, somos lo que no queremos. Eso es ser humano. Veo esa habitación familiar y le digo que he sufrido, que necesito algo más. Me dice que no hay nada más que sufrir, que yo decidiré. Yo decidiré. No entiendo, mejor lo dejo así. Le doy un beso en la ceniza mejilla y me levanto. Veo la cama, veo a mi rededor. Me siento de nuevo y le digo que por qué no me ve. Me dice que la mirada está para lo irreal, pero que soy tan real que la lastimo. No comprendo. Le digo que quiero un abrazo. Me pone la mano sobre los hombros. Le digo que quiero un beso. Me dice que ya me lo dieron. Ella no me lo puede dar porque me perdió. Le digo que justamente por eso me siento perdido. Me dice que no sé nada. Que no he observado lo suficiente. Pobre diabla. No sabe que me observan. Maldita mujer. De repente le siento un enorme coraje. Si ella sabe, ¿por qué no lo evita? Me alejo, la veo sufriendo y gozo. Se lo merece. Qué perra. Si quisiera sufrir, solamente veo lo que pasa a mi rededor y ya. Pero no, ella quiere agregar dolor al dolor. Su dolor al mío. Aunque, algo me dice, es el mismo dolor.