Bueno, Lectófilos, hoy me congratulo en compartirles el discurso que dije a una generación que acabó su secundaria. Una generación que marcó mi vida de modo profesional y, sobre todo, personal. Es algo personal, sí, pero así como ellos me dieron felicidad, yo la comparto con ustedes. Espero sea de su agrado.

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Algunos recordarán del campamento una actividad, y para los que no fueron, la explico: cualquiera, voluntariamente, podía pasar al frente a decir lo que quisiera, lo que fuera, a quien fuera, como fuera. Cuando esta actividad iba a acabar, un par de alumnos… Bueno, dos pares de alumnos…  Bueno, un grupo de alumnos como que pedía que yo pasara a decir algo. No lo hice porque quería a toda la generación conmigo para yo poder hablar. Además, yo no soy orador, mis habilidades no son esas. Solamente conozco a un orador que me ha hecho cambiar de opinión a mí, como él, terco como una mula. Tanta es su habilidad que le he encargado un discurso digno un rey nórdico, Herlief Bingot, un personaje que llevo trabajando, escribiendo, tanto como esa misma historia: 14 años y un poquito más. Luis Alberto es el único orador que yo respeto. En fin, yo no hablo: yo escribo.

Esta es la primera vez que digo unas palabras en una graduación a pesar de ser, el presente, mi quinto año en la escuela; porque sí, esta generación es especial, ustedes son especiales para mí. Tan especiales que a algunos los tuve tres años, en diferentes materias, pero los tres años… sinceramente no sé qué hice para merecerme semejante castigo pero bueno. Otros no fueron mis alumnos pero igual les agarré mucho cariño ante las adversidades con las que nos enfrentamos en ese viaje a Inglaterra… A los demás no los conozco pero igual se ve que son bien chidos. Básicamente los vi llegar a primero con sus caras de bebé hasta convertirse en… bueno, lo que sea que son ahorita.

Y a este respecto me puse a meditar un poco en dos cuestiones: la docencia y el aprendizaje. Ambos están infravalorados. Ambos se han vuelto cliché.

Cliché es un conjunto de palabras que han perdido su razón de ser; de otra forma planteada: cliché es una frase que ha perdido su significado. Hoy en día, por desgracia, ya nada tiene significado. Todo se reduce a una mínima, una efímera parte de lo que es: el amor, la amistad, las virtudes, incluso los egos. Ya todo es relativo, y lo es tanto, que hay amistades buenas y malas, hay maestros buenos y malos, hay celos buenos y malos. ¿De qué depende que sean buenos o malos? De nuestro punto de vista. Así es: en la actualidad, todo se ha reducido a un punto: el personal. O sea que si a mí me parece, está bien; y si no, no lo está. Alguno me dirá: bueno, eso significa que la pluralidad de opiniones ya es válida, lo cual es un avance en materia de tolerancia. Pero no. Solamente estamos perdiendo lo que nos hace humanos.

Cliché se ha vuelto la escuela: ya no es vista más que como un mundo de socialización, en lugar de aprendizaje también. Cliché se han vuelto los maestros: no son más que los segundos castigadores luego de los padres de familia. Cliché se han vuelto los padres de familia: no son más que verdugos, esos que cortan las cabezas a los condenados. Cliché se han vuelto los alumnos: ya no son el futuro de la nación, sino el futuro pago de mi carro.

Si yo dijera ahora mismo: levante la mano quien no sea cliché, quien aún tenga una meta que seguir… no lo haría, le daría pena. Primero, esperarían ver quién más lo hace para no ser lo únicos, porque si son los únicos, si tuvieran un significado, lo cual es lo opuesto al cliché; se volverían la burla de los demás, porque serían minoría. Serían la burla de los demás, por ser los menos. ¿Qué es lo peor: ser minoría, o ser los que se burlan de los que aspiran a algo más?

Pongamos la cuestión en perspectiva: pensaríamos que el alumno y el maestro son opuestos. Uno busca enseñar, el otro aprender. Sin embargo, el meollo es: la mejor forma de aprender es enseñando. Eso quiere decir que el maestro adquiere esas habilidades que lo vuelven docente a través de la clase. No obstante, el maestro estudia y se forma por años para enseñar… el alumno solamente va a clase y enseña al maestro. Da cátedra al maestro.

Decimos: qué vino primero: ¿El huevo, o la gallina? Los dinosaurios ponían huevos, así que el huevo… pero el dinosaurio es el antepasado de la gallina, así que la gallina.

¿Quién le enseña a quién: el maestro al alumno o el alumno al maestro?

Ahora, dejemos un poco de lado la verborrera pseudointelectual y vayamos al sentimentalismo: uno de los pilares de la docencia es la de mantener una distancia con el alumno. No debe ser tu amigo. Debo admitir que yo fallé en eso con un par de ustedes. Bueno, dos pares. Bueno, mejor no contemos, y es que esta generación me es tan especial no sólo por el hecho de que me caen bien: me robaban toda la energía, pero me daban vitalidad. Me llenaron de vida. Profesionalmente estuvo mal mi acercamiento a esta generación, pero si me preguntan si me arrepiento, les diré que no. Hasta me alegro. Aquí está mi mejor amigo, mi hermanito, y lo digo con orgullo.

No hablemos de la loable labor docente, hablemos de la loable labor de ser. De ser uno mismo. Y esta, mi generación, me mostró que puedo ser yo porque ellos mismos son genuinos. Originales. Hay que ser uno mismo para poder enseñar al otro. Y ustedes lograron eso conmigo. Me hicieron ver una cosa: que debo tener algo bueno para que marcaran mi vida de esa manera. Porque nadie más lo había hecho a este nivel, con esta intensidad, y con tanta bondad. Con tanta humanidad. Con tanto cariño. Sí los quiero, y como no tienen idea.

No voy a decir nombres porque no acabaría y porque van a tener su último pase de lista. El último. El fin. Y todos tememos al fin, ¿o no? Pero yo le temo más al inicio, al qué hacer, cómo hacerlo. Lloramos al nacer, pero sonreímos al morir. Somos nada al iniciar, pero somos todo al terminar. Yo cuando los vi, a ustedes, dije “Por favor, hazlo bien, por ellos”. Cuando los conocí, no fui capaz de ver ni un ápice, ni lo más mínimo de lo que veo ahora. Y ahora que los veo, no me da tristeza, porque han crecido, se han hecho más de lo que eran antes, ya no son niños: son promesas. Ahora los veo y me digo “No, no lo hiciste bien… pero ustedes lo han hecho perfectamente”.

El maestro no enseña la materia de su especialidad: enseña de la vida. La docencia no consiste en control de grupos, sino en manejo de conciencia. El que sabe no es aquél que tiene la respuesta, sino el que plantea a la pregunta correcta. Mis maestros favoritos, son ustedes.

Y para acabar, una pequeña anécdota personal. Cuando era chico, mi madre me llevaba al hospital para hacerme análisis por la situación de mi oreja. Ahí nos dimos cuenta que, en realidad, no se formó el oído interno así que no escucho nada, y a parte que la operación sólo sería estética. En una de esas, yo habría de tener unos… siete, ocho años, íbamos en el metro de la Ciudad de México, todos los lugares estaban ocupados y yo me quería sentar. Entonces, mi madre me dijo “Sergio, mijo, esa señora ya se va a levantar. Vete a sentar”. Pero yo vi a la doña sentada todavía. Entonces, el metro se detuvo, y ella se bajó. Y yo pensé… bueno, la verdad es que no recuerdo. Yo sentí que fue magia.

A mi padre le gustaba mucho, cuando éramos más chicos, sacarnos a tronar cuetes en la calle. Yo me asombraba mucho cuando él tomaba las varillas, las prendía, y en el momento preciso él las lanzaba al cielo y éstas volaban, se hacían estrellitas fugaces arriba donde yo no alcanzaba. Y yo sonreía y lo veía poseer poder sobre el fuego. Sentí que era magia.

Yo no tengo poderes, supongo que porque todavía no tengo hijos, y cuando los tenga también pensarán que soy mago; sin embargo esa sensación de la existencia de la magia nunca me dejó a gusto, y tuve que encontrar la forma de proyectarla: porque mis papás me la mostraron, yo tenía que mostrarla al mundo. Y es ahí cuando adopté mi maldición de la escritura. En el ámbito literario, esta magia de la que les hablo es la ficción, y el escritor que no cree en la magia, no debería ensuciar el nombre de la literatura. Y a través de estos años de fracaso literario, tengo que admitir que perdí un poco de esa creencia. El año pasado, solamente, me rechazaron cerca de 20 editoriales diferentes aquí en México y en España.

Entonces, lo más fácil sería dejarlo de lado y dedicarme a algo, como dicen, útil. Algo productivo. Pero eso sería negarme, y al negarse uno, muere. Admito que hay días donde, de verdad, no quiero ni levantarme. ¿Para qué hacerlo si no logro el más mínimo de los éxitos en lo que más me llena? ¿Qué motivación tengo cuando el fracaso es la única constante? Es entonces cuando ustedes me vienen a la mente y digo: Espera, sí existe la magia, sí hay motivo para seguirle dando, sí tienes una razón para seguir. Y esa razón, son ustedes.

Aquí llegamos al fin, mis queridos babyfaces. Yo ya no soy su maestro, ustedes ya no son mis alumnos: somos algo mejor, algo más constante. Yo le dije a mi mejor amigo: hay una sola diferencia entre el amor de pareja y el amor de amigos: en el amor de pareja, la familia se forma en conjunto; mientras tanto, en la amistad, la familia se elige. Y yo los elijo a ustedes como mi familia.

No les deseo suerte porque esa no deja, no podemos comprar nada con ella: les deseo dinero, carros, casas con alberca, novias, novios y, sobre todo: éxito. Espero que les vaya bonito, y si no, yo siempre estaré ahí para recordarles y darles un poco de la luz que ustedes me brindaron cuando la oscuridad parecía ser la única constante. Los quiero mucho.