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Damián

Despierta. Está sobre su cama, desnudo. La boca la tiene pastosa, seca, la lengua acartonada. Sus ojos hinchados, grotescamente latentes, al igual que su cabeza: laten dolorosamente. Le duele la cabeza, pero no puede seguir dormido, está suficientemente descansado. Abre los ojos y la oscuridad aún es total, alguna luz se proyecta del exterior. Damián se levanta y siente una repentina punzada en las sienes, que recorre al resto de su cerebro como un maremoto asesino. Trata de comprender lo que sucede. Solamente se siente así cuando sale de parranda, con sus amigos, cuando llega a las cuatro o cinco de la mañana, el cansancio acumulado en la semana se mezcla con su brutal esfuerzo de estar pedo. Hoy, sin embargo, no siente cansancio, solamente la potente cruda, el dolor cefálico. Busca su botella de agua pero no la encuentra, esta vez no la llevó. Se levanta aún atontado, se tambalea para caer de nuevo en la cama. Se queja por un rayo de dolor. Se vuelve a levantar, se pone un short y sale de su habitación. La luz lo lastima. Llega a la cocina y bebe agua para poder empezar a olvidar su pastosa lengua y poder concentrarse en lo que pasó. Baja su madre con su ropa deportiva, observa extrañada a Damián, quien trata de despejar su mente. Descansado está, pero tanta información que procesar le resulta una carga más pesada que la que tiene que cargar en el gimnasio.

–Damián, ¿qué haces levantado tan temprano?

–Lo mismo te pregunto, qué son, ¿las cinco?

–Las tres de la mañana.

Damián la observa extrañado, luego vuelve a beber.

–¿Y tú qué haces disfrazada, pues?

–Voy a correr.

–¿A esta hora? No crees que es peligroso, digo, por tu juicio y demás.

–No puedo dormir y tengo, protección; que pase lo que tenga que pasar, digo yo.

Ella pasa a su lado para tomar un vaso con agua. Olfatea, escucha Damián el aire pasar y filtrarse por las fosas limpias de la nariz de su madre.

–Damián… ¿ayer saliste? Ahora que recuerdo, no te vi cuando llegué.

–No, no salí.

Un leve nerviosismo lo invade, como si de verdad hubiera hecho algo malo.

–Hueles a… teporcho.

Damián sonríe.

–Vaya forma de demostrar amor.

–En serio, hueles a que bebiste, y a cigarro. ¿Saliste? ¿Por qué no me avisaste?

–No salí, ma –dice alejándose de ella–, ya te dije.

–¿Estuviste tomando solo?

–No, tampoco.

–¿Entonces por qué apestas?

Damián se percata de su cabello negro. Eso lo ayuda a despertar.

–A lo mejor no me bañé.

Sofía lo observa con el semblante ensombrecido.

–Si tienes algún problema, sabes muy bien que puedes contarme. Guardarte secretos puede ser muy difícil. Y puedes contarme lo que sea. Para eso estamos tú y yo, para apoyarnos.

Un repentino impulso viene desde muy dentro de él, tan fuerte que se sorprende al no poder detenerlo, frenarlo, como cuando vomitamos en la enfermedad para dejar fuera lo que nos hace mal.

–¿Y qué tal de mi padre?

Sofía entorna tanto los ojos que por momentos podría ser una alienígena, de esos que visitan en sueños con sus enormes ovalados saltones ojos.

–¿Qué hay con él? Ya te he dicho la historia.

–No me parece suficiente. Una noche de copas, él nunca apareció. Nunca. ¿No te parece sospechoso? Hasta un ebrio, creo yo, dejaría más rastro que él. Más si lo buscaste. Más si eres abogada. Pudiste haberlo buscado, usado tus contactos.

–Solamente desapareció. Se fue. Era yo muy joven.

–¿Se fue a otra dimensión?

Un extraño coraje aflora en él, algo totalmente desconocido.

–Seguramente.

–Eso es imposible, mujer.

Ella desvía su camino, con los ojos obviamente inyectados en sangre, con lágrimas atoradas en forma de nudo en la garganta.

–Si lo fuera, no te lo estaría diciendo.

Sale de la casa dando un portazo, mientras Daniel siente que se relaja, sus pupilas se contraen y regresa al mundo real. Sale, trata de alcanzarla para disculparse pero no está ya. El dolor de cabeza se le ha reducido, ya solo tiene un latente golpeteo interno. Sube a bañarse y lee, pues aún faltan tres horas para entrar a trabajar.

Después de perder la noción de la ficción con una verdadera realidad, va a su clóset y recuerda: habían quinientos pesos en su pantalón, los que creó. Cosa inútil, pues crear dinero en un mundo donde no se necesita es algo es casi real. De repente se da cuenta que compra cosas que la naturaleza da gratis, pero que no puede tener si no paga por ellas a un mediador que, generalmente, es un mentiroso. Si la vida valiera dinero, todos seríamos árboles. Se pregunta qué pasaría si encontrara el billete en su pantalón. Dos cosas: un cambio de paradigma; de encontrarlo, comprobaría algo que por toda la vida le han dicho que no puede ser posible; por el otro lado, una cruda física causada por algo que no fue real le dejaría dudas, lo cual sería peor. Sería su pecado original: la duda es la muerte de Dios, piensa él, por eso es mejor mantenerse dogmáticos. A lo mejor, Eva y Adán fueron expulsados del paraíso porque Dios era (es) el totalitario por excelencia, por eso todos queremos mandar, porque somos como él: nuestra palabra es lo correcto, lo demás es erróneo. Lo externo es erróneo. Dios es externo, él (eso, esa, ella) es erróneo.

Toma el pantalón que lavó la semana pasada. Tiene un penetrante olor a cenizas y bebida, como si hubiese vomitado en él. Busca en la bolsa derecha lateral. Vacía. La opuesta. Vacía. Quedan las dos traseras. Checa la bolsa derecha trasera. Vacía. Una potencial decepción se comienza a formar en su interior, una lástima por él mismo y por la posibilidad de tener el control sobre su propio destino. El problema es que Dios tiene el poder de nuestro destino, por eso no lo podemos modificarlo, y por eso odiamos nuestro destino. Dios es un rey que sólo hace lo que quiere. Mete la mano en el bolsillo izquierdo trasero, sus dedos rozan algo afilado, pero no lo suficiente para cortar sus dedos, solamente se dobla y el sonido es de fricción. Sus pensamientos se ven interrumpidos. Lo verdadero ha tomado lugar a la ficción. Con los dedos saca el papel marrón, con un histórico personaje y tres números: 500.

Pudo haberlo olvidado un día, pudieron habérselo puesto, puede ser falso… No, este billete apareció de la nada. Es la explicación más lógica. Él, Damián, puede hacer dinero de la nada. Recuerda que también tenía que preparar sus clases. Enciende su computadora sin soltar el billete, va a la carpeta del trabajo, luego al ciclo escolar en curso, a la carpeta de planeaciones y ahí está todo el año en archivos electrónicos. Abre un par y todo está relacionado a sus libros del curso y a sus materias impartidas. No es únicamente eso, sino que todo lo recuerda como si lo hubiese hecho. En su mente, todo lo hizo, incluso cuando no es así; para él sucedió en realidad.

Damián sonríe.

Llega a su trabajo renovado y lleno de energías, casi bailando y empoderado. Como animal con nuevos derechos porque, seguramente, los animales con derechos se vuelven seres de razón. Y él ahora tiene la razón. Gracias a lo que hizo en el espejo, aunque no tenga la razón, sí la tiene. Acaba sus dos primeras clases, y hasta llena de energía a sus alumnos. Cosa rara. Lo que el maestro hace, el alumno rehace; lo que el maestro pide, el alumno exige; lo que el maestro es, el alumno revoluciona en sí mismo. En el recreo, va con Gaby, y justo al tenerla en frente recuerda lo que soñó, y un poco de pudor siente, pero luego comprende que no hay ningún problema, pues si un sueño tuvo con ella, no significa que ella lo haya soñado. Además, solamente se besaron.

–¡Ay, pero si mira, hasta vienes contento! Se te ve en la cara.

–¡Hola, Gaby! O sea, primero saluda, y luego me bulleas.

–¿Qué te pasó? Te ves muy contento… –sus fosas nasales se expanden para jalar aire y olores–, hueles… hueles raro. ¿Te largaste de fiesta y no me invitaste, maldito?

–¿Qué? No, no fui, te hubiera avisado, ya me conoces.

–No manches, no dejes que te acerquen, van a saber que estabas de alcohólico. Pero tomaste un buen. Te hubieras bañado ja, ja, ja.

–No, no fui, te lo juro, o sea, ayer fue martes, ¿cómo me iba a ir de briago el martes? Sabes que no soy así, sólo fines de semana.

–Eso no explica tu aroma. Es en serio, te pueden despedir, a un amigo mío le pasó lo mismo.

Un leve nerviosismo lo invade porque no podría vivir sin trabajar. Eso sería el peor de sus problemas, pues es lo único que lo mantiene vivo. Y eso, extrañamente, lo mantiene deprimido al mismo tiempo.

–O sea, tampoco quieras asustarme con lo que le pasó al primo de un amigo, yo no soy así contigo. Ja, ja, ja, además bien casual que conoces a alguien que le pasó lo mismo.

–¡Ay, tonto! Te estoy hablando en serio. O sea, se me hace raro de ti, que salgas a fiestas cuando, generalmente, como dices, no sales; pero pues, aún así, es sospechoso que hayas amanecido oliendo así.

–Sí, bueno, ya, mejor vámonos.

Se dirigen a la sala de maestros, se sientan en una mesa.

–Por cierto, Damián, soñé ayer contigo.

Damián la observa pícaramente y le pregunta:

–Entonces, dime la verdad, ¿me muevo bien en la cama o no?

–¡Ay, cerdo! No, no fue ese tipo de sueños.

–¿A caso, Gaby, quieres tener hijos conmigo?

–¡Ya cállate, ja, ja, ja!

–¿Quieres que sea tu esclavo sexual?

Gaby no para de reír ruidosamente, mientras Damián sonríe efusivamente. Al momento, llega Juan con ellos.

–¡Ora! ¿Qué le pasa a la Gaby? ¿Ya la volviste loca con tu poca capacidad de abstracción?

–¡Ja, ja, ja, ya vas a empezar! De por sí, el joven tiene problemas, luego tú vienes a pervertirlo.

–O sea, es obvio, Juancho, tengo problemas de abstracción y, a parte, creo que dejé embarazada a Gaby.

–¡No! –Casi grita ella para reírse después.

–¡A, caray! Y eso a qué viene –pregunta no con poco interés y sorpresa Juan, el profe de prepa.

–Es que acá, Gaby, soñó conmigo.

–Vaya, vaya, eso suena bastante interesante –dice Juan haciendo una mueca pícara así como le pica la costilla.

–¡Ay, no! Hombres… le dije que soñé, o sea, estábamos en una fiesta en una especie de baldío, y había muchísima gente. De hecho, estaban sus amigos, los tuyos, Damián. Era muy curioso, bebíamos en unas especies de bolsas ja, ja, ja.

Todos se ríen junto a Gaby, aunque Damián no se puede explicar las grandes similitudes con su propio sueño.

–En fin, fue solamente un sueño. No fue real, así que no hay nada de qué preocuparse –finaliza Damián, por primera vez, agradecido de que el timbre anuncie el fin del recreo.

Camino a casa, en el auto, que es de los pocos lugares donde puede pensar libremente sin interrupciones de ningún tipo, a excepción de música. No se puede quitar de la mente las palabras de Gaby. Decide repasar los hechos: según él, entró al espejo, pero despertó, no recuerda haber salido de ahí; su madre olió la fiesta en la que estuvo, y Gaby ahora recuerda su sueño. Soñó con ella, eso lo recuerda. No está muy convencido de que haya sido un sueño, pareciera ser, en realidad, no fue un simple sueño, sino algo más. ¿Pero qué? No sabe si le gusta la perspectiva de esto. En un alto, voltea al auto que está a su lado. El reflejo le imposibilita una imagen clara de lo que hay, pero cree alcanzar a ver al otro conductor. Es muy delgado, casi raquítico, y su cabeza es demasiado grande para que un cuello tan delgado la soporte. Su cabeza, Damián siente, emite un silbido, adentro del cráneo. El corazón empieza a acelerársele. Los ojos de esa persona calva, son grandes y negros, demasiado grandes para ser humanos, y su piel parece verde, seca. Por un momento tiene miedo. Un carro suena el claxon, él brinca como los sustos de las malas películas de terror. Ve hacia el frente, no hay nadie, y el otro auto no avanza. Ve al lado de nuevo. El auto no está. Ve al frente. El auto no está. Entorna los ojos y la persona de atrás vuelve a sonar el claxon. Avanza para que el pobre diablo pueda llegar a su destino.