mil caras

Mi madre ya no está. Se ha ido. Cada vez que voy a la puerta, está vacía, no hay nadie. Ya no es una puerta negra, ya no hay puerta. La habitación, sin embargo, sigue intacta, y cada vez que voy ahí, un ligero sopor me ataca. Me invade. He sido invadido. Pero esta vez, es diferente. Todo está oscuro, no hay foco para encender, y todo forma sombras curiosas. A pesar de que afuera hay sol, aquí dentro la oscuridad es permanente. Me siento incómodo aquí, como si algo me recordara algo que he olvidado, como si aquí dentro un reprimido evento tratara de hacerse notar. Pero no sé qué es. Este lugar me es familiar tan en demasía que cada vez que entro, me creo conocer más. Es curioso cómo creemos conocernos más justo cuando actuamos como menos pensábamos. En momentos de miedo, reaccionamos impulsivamente, sin embargo, una generalidad podemos mantener, y no salimos de ella, y creemos que así actuaremos todo el tiempo. Pero eso es porque nunca hemos sentido las emociones en su puro estado, ese que nos revela en realidad como estamos. Hasta ahora que yo conocí el miedo en realidad, con todos esos egos viéndome, sé que me cohíbo y evito salir con gente. Yo antes era la persona más sociable, hablaba con todos de lo que fuera, por más burda o complicada que fuera la plática; ahora cada vez salgo menos, me recluyo en mis pensamientos solitarios y fatalistas. El optimismo se está yendo de mi vida, ahora empiezo a ver la vida de forma distinta, más realista, creo yo.

Esto es lo que yo creo que me pasaba (y todo esto lo descubro solo, en esta habitación llena de juguetes, colores apagados y sueños. No sé por qué dije sueños, pero sí, son sueños): cuando uno es feliz, la vida se vuelve un ideal. El ideal es a lo que deberíamos querer ascender, sin embargo, cuando somos felices, el ideal es el momento, entonces dejamos de querer ser algo mejor y nos estancamos. El optimismo conlleva la falta de acción pues ya creemos estar en lo mejor que podemos estar. Entonces al estar yo en el ideal de mi vida, yo creía tenerlo todo: amigos, novia… familia no tanto, pero aún así podía suplantar esa necesidad en otras cosas. Era lo mejor del mundo, yo era el mejor, pues podía hacer lo que yo quisiera porque yo creía que era así.

Ahora me doy cuenta que no es tanto así, que en realidad yo no era tan perfecto como pensaba, ni siquiera como hubiera querido que así fuera. Cuando confrontamos algo que es totalmente opuesto a nosotros es cuando vemos que no somos lo que pensábamos. Yo antes era el que observaba, el que dominaba, el que veía a los demás, el que juzgaba y jugaba; ahora soy uno del montón, y no porque la gente me vea… bueno, sí me ven, pero ahora los egos también, y es esa mirada la que me incomoda, la que no me deja ver. Es ahora que ya no estoy a gusto. Cuando salgo a la calle todos se me quedan viendo, cuando el ego me observa y yo lo veo para ver si con el juego de miradas, si haciéndole notar que yo ya sé que me observan, se voltean; no lo hacen, en cambio su mascota me voltea a ver. Su mascota es la persona que tiene ese ego, ¿es gracioso, no? Ja, ja, ja. O sea, es que somos esclavos de nuestras pasiones. De hecho, esa frase se refiere a eso, que  nuestro ego nos domina, siempre está atrás de nosotros, como titiritero y nosotros sus marionetas. No somos libres, los hilos son nuestras pasiones y nuestro cuerpo la razón para movernos, todo dirigido al placer. En fin, ahora que me observan, me siento culpable, me siento mal, me siento arrastrado por un torrente de amargura y malos pensamientos a mi propio respecto. Ya no tengo razón para seguir.

De todo esto me doy cuenta estando aquí, en esta habitación vacía, oscura. Toda la casa reluce, y me es raro que esta no, como si la vitalidad aquí fuera succionada por algo o alguien. Pero al mismo tiempo es estar perdido, es estar en una obsolescencia mental provocada. Aunque sé que pareciera ser así, no comprendo qué o quién es lo que causa esta sensación de vacío interno y mental. Apenas que descubrí esta habitación donde mi madre estaba, todo se fue por la borda. ¿A caso es la necesidad de una madre lo que me causó este malestar generalizado en mi ser? ¿A caso es el descubrimiento de un espacio vacío en mi casa que necesito rellenar? Hasta donde yo sabía, por lo poco que sabía, era esta habitación la única razón de vivir de mi madre, aferrada a su última esperanza por algo, por respirar, por creer ser alguien, sentirse alguien, por lo menos sentirse humano; sobrellevar todo eso que pudo llegar a ser pero que ese niño le quitó… ¿qué niño?

Ahora comprendo, y es aquí donde mi búsqueda empieza. Al parecer, mi madre estaba aquí asediándose mentalmente tratando de ser alguien a través de otro alguien perdido. Su mente no cedió, no cedió cual muralla con defensas poderosas no cae ante el ejército que sitia la ciudad. Claro que, todo depende de la perspectiva: ella es fuerte y débil. Su fortaleza radica en que, a pesar de que se quiso engañar con esta vacía habitación y de que quiso recuperar un poco de su vida perdida, no lo logró. Un recóndito lugar en su cerebro, en su ofuscada mente, algo por ahí en su pensamiento le decía que ya no era posible regresar y que, por lo tanto, no quedaba otra cosa más que el sublime sufrimiento de un enfrentamiento eterno. Nosotros, los humanos, somos los únicos que gustamos de sufrir, porque nos recuerda que sí vivimos alguna vez.  Su debilidad radicaba en que no quería avanzar de la situación, porque el cambio conlleva una diferenciación en el paradigma, y este nuevo mundo que a sus rutilantes ojitos existía, no era lo que ella esperaba, ni mucho menos quería comprender.

Ahora compréndola, así como veo su error. Nunca salió de una habitación vacía, y una habitación vacía es igual a una mente sin recuerdos: uno cree estar recordando y pensando todo el tiempo, porque es imposible que crea uno que no lo hace, pues tiene ocupada la mente. Ahí radica la diferencia entre un imbécil y un sabio: el sabio sabe que hay oquedad en su mente, mientras el imbécil cree saberlo todo, porque no hay lugar a dudas. Entonces, yo debo salir de esta habitación que me llena de tantas esperanzas, que espero no sean falsas, de encontrar una nueva vida, o mejor: la razón para vivir. Me doy cuenta que todo dado a mí como si yo mismo controlara el destino es una pérdida de tiempo, no tiene sentido; al parecer, la verdadera sublimidad de la vida radica en su complejidad. La vida es bella para el que no tiene problemas, la vida es sublime para el que los tiene. Al parecer, prefiero lo segundo, al menos, me inclina a la acción. Es hora de empezar, así que me levanto decidido y me dirijo a la puerta de entrada de mi casa cuando mi novia me marca, hay una fiesta. Bueno, creo un poco de diversión luego de usar tanto mi cerebro para encontrar lo que he hallado es algo bien merecido.