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Me tuve que dar un descanso, llevo trabajando un capítulo, uno solo, en el que ya llevo más de dos meses. La desesperación me obligaría a estar trabajando esa guerra, pero hubo una especie de debate (aunque, en internet, todo lo que podría ser tomado en serio, nunca lo es) sobre la nueva película de Disney de “La sirenita”. ¿Cuál fue el pecado? Volver a la sirenita morena, como si Aquaman no hubiera venido ya a romper un poco el paradigma del estereotipo de estos seres acuáticos. Ahora, la lucha viene en que la versión original de Disney es una pelirroja de tez blanca, mientras que la actriz no es así. Entonces están los que creen que una versión un poco más fiel a la original siempre es bienvenida, y están los que dicen que la diversidad es lo de hoy. Y en parte sí: la inclusión es ya un negocio millonario. Pero de eso no trataremos aquí, ni de si está bien si la sirena es negra, blanca, morada o azul… creo que una mezcla de verde metálico y rojo hubiera quedado poca madre; pero el verdadero problema es ¿dónde quedó la creatividad hoy en día?

La cuestión es la que sigue: el hecho de poner a una sirenita de un tono distinto de piel ya tiene algo de creatividad. ¿Por qué? Porque en sí el acto de crear se ve influenciado por todas las vivencias, los mitos, trasfondos psicológicos, gustos del autor y su entorno, obviamente. Tal vez estamos en un punto en el que es imposible crear una historia totalmente nueva. Y digo tal vez porque puede que ya exista o pronto exista un genio que nos llene de nuevas historias; sin embargo, todo lo que ya se podía contar en el ámbito literario, ya se contó. Así como los arquetipos de Jung definen el comportamiento humano, los arquetipos literarios bien podrían ser las creaciones de los mitos griegos, incluso si nos queremos poner más modernos: la literatura moderna queda plasmada en la obra de Cervantes y Shakespeare; claro, también están Goethe,  Borges, Milton… son pocos, contados.

Un arquetipo de Jung es un comportamiento innato, inconsciente, que sale a relucir, por decir así, en un momento específico, característico del hombre. Es decir que estos comportamientos están en el hombre como ser humano, independientemente de su contexto sociocultural o posición espacio-temporal. Estos comportamientos vienen plasmados desde la literatura antigua hasta la más moderna, no cambian por el tono de piel, cultura, lengua, sexo, etc. Así, pues, en la literatura, más arriba he mencionado a unos pocos, estos grandes creadores considerados canon que se establecen como puntos cénit, lo más alto del arte, incluso insuperables todavía. Ni entre ellos podríase establecer una jerarquía.

Así, pues, la creatividad a la que los pobres diablos que nos gusta enfrentar el desafío de la creación nos vemos sujetos a, es a contar una historia ya contada pero de forma diferente. Que no parezca la historia ya contada. El mito de la caverna de Platón y la Caverna de Saramago, hasta que el portugués la hace literal en su historia, es lo mismo, pero diferente. Incontables las versiones de Romeo y Julieta sin esos nombres y no sólo de familias antagónicas por apellido o por estatus social, sino hasta por color de piel o equipo de futbol. Incluso, uno de mi cosecha: el mundo fantástico-mitológico de Tolkien llevado a un extremo de crudeza y amplias descripciones culinarias en Juego de Tronos.

Así, pues, esta creatividad incluso queda defendida al pasar de un medio a otro. Un caso específico que yo considero más que aplaudible: El Señor de los Anillos. Como obra literaria tiene todo el respeto posible desde cualquier punto de vista (incluso según Bloom); y como obra audiovisual, tiene más que todo respeto posible desde cualquier punto de vista. Sobre todo por el hecho de ser una adaptación de una obra difícil: ¿cómo integrar en una obra audiovisual todo el mundo de la Tercera Edad y con sus respectivos guiños a un pasado más que imposible de reproducir y aún así llevarla a ser una de las mejores obras de la historia del cine? Pues Peter Jackson lo logró, y claro que todo su equipo y él requirieron de mucha, mucha creatividad para esto. Se me dirá “Esos efectos especiales son comunes hoy en día”, y toda la razón: al ver películas taquilleras como Endgame, pues uno queda más que maravillado; pero establezcamos contexto: el Señor de los Anillos se hizo hace más de diez años, inventaron su propia tecnología de efectos especiales y hoy en día son más que respetables en términos de realismo.

O sea que las adaptaciones cinematográficas también requieren creatividad por el simple hecho de ser otro medio. Es diametralmente distinto leer a ver y escuchar. La cuestión de la adaptación es que hoy en día ya se ha llevado a un ridículo de cambiar tonos de piel o que sean mujeres en lugar de hombres. ¿Tiene algo de malo una película protagonizada por mujeres? No, para nada. ¿Tendría algo de malo rehacer el Señor de los Anillos con puro personaje de piel oscura porque en la original todos son caucásicos? Eso no es creatividad, eso es un grito desesperado, un berrinche. Una adaptación trabajada está bien y es hasta conveniente en términos artísticos; pero cambiar a Mefistófeles por un arcángel negro con voz de mujer, cambiar a Pedro Páramo por Juanita Hernández (niña abusada por su estatus social), o cambiar a Miguel, el niño de Coco por una niña en silla de ruedas que ya merito se muere… Bueno, eso sí sería una desgracia.

La creatividad no tiene límites, y justo ese es el chiste de la literatura. Me centro en esta porque, como saben, es a la que me dedico. Hasta hace poco me daba pena, a pesar de que nadie leerá mis novelas, escribir de cuestiones eróticas; hasta que hice un libro que bien sería la obra magna de una fusión de Orwell y su 1984 y del Marqués de Sade. ¿Me hizo algo malo? No. ¿Me ofendió escribir algo así? No. ¿He leído o visto obras que no van acorde a mi ideología? Sí. ¿Eso está mal? No. Justamente la literatura tiene su punto de incomodidad, esa de confrontar justamente eso que no va acorde a nuestra forma de pensar y que no por eso le resta su capital artístico. Veamos la forma en que se tratan a las putas (porque en la literatura latina, se les llama así): en los libros de autores gringos que he leído, son tratadas como basura y lo peor de la vida; en los libros de latinoamericanos, como la grandiosa Laura Restrepo, estas mujeres tienen un aura de diosas, de respeto, de que su labor es igual de digna que la de Marie Curie. ¿Qué ámbito, el gringo o el latinoamericano, en su descripción de la prostitución, tiene la razón? Los dos, incluso siendo tan diametralmente opuestos.

La creatividad queda diezmada con lo que hoy abunda, la estupidez de lo políticamente correcto. Una buena historia, la verdadera creatividad, tiene su toque de transgresión. ¿De qué sirve una historia que inicia y acaba como uno quiere? Si eso fuera así, uno no estaría al borde del asiento con los Olifantes de Jackson, con el Capitán América tomando Mjolnir, con los sintagmas paralelos de Réquiem por un Sueño, con el Exorcista y la niña poseída, con el detective que huele la escena del crimen de Thomas Pynchon, con los robots que sienten de Asimov, con el marciano de Bradbury, con la ceguera blanca de Saramago… ¿De qué serviría tener las mismas historias ya contadas pero adaptadas a que no nos ofendan, no nos hagan sentir mal, que sean totalmente inclusivas y que, aparte de todo, no tengan un verdadero conflicto porque ya las ideologías de género ponen el grito en el cielo? Pues no sé, pero ahí, justo ahí se muere la creatividad. Sin necesidad, sin confrontación, no hay satisfacción; y sin creatividad… pues ahí tenemos las live action de Disney.