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Despierta. Ha encanecido, la vitalidad que antes radicaba en una simple hebra de su cabello ahora se ha esfumado como el brillo se esfuma de la mirada de un muerto. El silencio es inmutable en la casa, y esa camioneta afuera atrae más curiosos de los que debería repeler. Es el miedo, una de las pocas sensaciones como el amor, que se percibe por los cinco sentidos. Ya la comida no le sabe igual, más parece arena que trata de tragar y la ahoga, y el agua es un vómito bilioso de algún ebrio tirado en un bar; su cuerpo se está marchitando, sus ojos se están cerrando, los párpados caen lentamente jalados como por dos tabiques sostenidos con ganchos curvilíneos, ella ya no siente nada; su vista no es ya la del halcón que puede ver hasta el más mínimo detalle en una sentencia, ya no puede poner una coma o un punto y aparte; ya no percibe olores, ya todo huele a lo mismo: pólvora, pólvora quemándose, su vida ondeando en el aire y desapareciendo como el tabaco que él tanto goza; sus oídos nada más perciben explosiones, cada fonema es una explosión de disparo que amenaza su ya mísera vida. Hablando del concepto zombi, ella es uno, que no es más que un caminante, un ser que no vive, pero se mueve. Creemos que porque algo se mueve, vida tiene, cuando no es así en todos los casos. Sí, todos somos zombis (¿homo videns?) que andamos, comemos, sacamos y metemos como si todo fuera una relación sexual; pero eso no quiere decir que vivamos. Vivir es nunca dejar de afrontar la consecuencia, sea cual sea, de nuestros actos; y eso conlleva a una forzosa madurez. Pero ella ya no es capaz de vivir, y él, al verla así, lentamente se va sumiendo en una terrible depresión asesina, esas que no te dan la suficiente cobardía de quitarte la vida, pero que tampoco te dejan pensar en que te quieres morir. Ahí radica la estupidez infinita de la que hablaba Einstein.

Lleva cerca de un mes sin ver ese espejo, y eso es también lo que lo está matando: cuando uno prueba el gozo de la tentación, esta nunca se acaba, nunca cede hasta que es satisfecha de nuevo, y así volver a nacer; por eso es que no importa la sensación, negativa o positiva, siempre queremos más, y más: sexo, enojo, amor, cobardía, todo. Todo es tentativo hasta que se demuestre lo contrario. No es igual en los demás espejos, porque ha tratado pasar a través de ellos, porque también la tentación conlleva confusión, y la búsqueda satisfactorias por medio de caminos paralelos y parafílicos. Lleva su madre dos semanas sin salir de la habitación que era de él, a la que no ha entrado, y no deja de llorar. Eso le remuerde el alma. Ha intentado llamar a todos sus familiares, a distraerla y sacarla de su confinamiento; pero ella es reticente en que quiere sufrir a solas. Ya no lo llama Damián, lo llama Oye, Oye se ha vuelto su nombre; él duda que recuerde cómo antes le decía. Sigue confundido, no sabe si fue un sueño o la realidad, y desea fervorosamente que sea real, que no haya sido una chaqueta mental, que no haya sido un sueño húmedo. Si ahí pudo crear dinero, ¿qué no podrá hacer? Ahora, su parte científica nace en él, y esa es la que sacó a Adán y Eva del paraíso: ¿podrá esa realidad alterna en la que él decide todo, modificar su actual realidad? Es ahí donde la literatura que tanto lee le dice que sí, lo ficticio modifica lo real, y lo hace a tal nivel que es capaz de transformar lo que es verdad. Eso dijo el hombre que lo sabía todo. Si la ficción puede hacer eso, transforma, entonces, ese mundo, transforma. Tesis, hipótesis, catástasis.

Damián se coloca frente al espejo y extiende la mano, duda momentáneamente. Cuando uno fuma, sabe que es malo, por eso tiembla la mano al tratar de encender el cigarro, por eso el aire conspira a su favor y apaga el fuego, por eso el sabor grotesco y su mal social, marginalidad por estupidez, estupidez por masificación. Pela el oído y escucha los llantos lastimeros y casi quiméricos de su madre, y entra.

Suspira.

Expira.

Todo luce como la otra vez: el espléndido sol, el clima perfecto para él, que es perfecto. Observa por la ventana y un repentino optimismo lo invade, cosa rara en él, que no es más que un pobre diablo que siempre se queja de lo fea y mala que es la vida. Eso en sus propias palabras, yo no tengo ninguna autoridad de hacer alguna clase de juicio de valor respecto a cómo es la gente en su vida personal. Damián camina hacia el exterior de su habitación, y un morbo extraño lo invade, por lo que camina a la habitación donde su madre se supone está llorando. La puerta es negra, ahí el sol no se atreve a alumbrar. El latido de su corazón se hace fuerte y rimbombante, jadeante, electrizante. No va, sin embargo, tiene pruebas que hacer. Baja las escaleras y se sobresalta, así como cuando caminamos y no vemos ese escalón en bajada y sentimos que nos caeremos y nos partiremos toda la cara; así siente Damián. Su madre está en la cocina, rubia, comiendo.

–Hola, mamá… ¡Ay, cabrón!

–¡Hola! –grita ella como niña pequeña, girando su cabeza ciento ochenta grados para verlo con su plastificada y solidificada sonrisa de concreto macizo, para luego dar los otros ciento ochenta grados de vuelta y seguir normal. Eso es lo que encuentra la gente que busca un giro radical en su vida: la obviedad de la mismidad. Come, siempre come, aunque a su fruta nunca quita pedazos, ella mastica. ¿Qué masticará? No es momento, debe impactar por medio de literatura… ¡ficción!, que diga, a veces me confundo.

Sale a la calle, y el clima primaveral perfecto lo hace aspirar tanto aire como sus pulmones se lo permiten. Toma una roca del suelo y la lanza. Es exactamente igual que en su realidad, aunque esta es ahora su realidad, por lo que la otra es la vida de ensueño. O bueno, si sabe que esta es su vida de ensueño, entonces la otra es real, aunque estando en el ensueño conscientemente, ¿cuál de las dos es su realidad o su ensoñación? La realidad radica en lo que tenemos en la mente, no. Entonces piensa. Cuando a su madre o amigos, aquí, les habla de tiempo, no parecen comprender, aquí ese concepto  no está interiorizado, por lo tanto, no existe. Es otra creación mental-física del hombre. Y así modifica su realidad. Por eso es relativo, porque no existe, porque puede cambiar. Asimismo, entonces, el universo exterior con su velocidad luz no es más que otra ensoñación generalizada. No existe el tiempo, así que las fórmulas físicas pueden ser revertidas en su totalidad, pueden ser burladas, porque burlonas fueron hechas: para hacernos conscientes de que no hay cosa más allá de lo normal. Cierra los ojos, y piensa que no ha lanzado la roca. Ve a sus pies. Y ahí está, y la otra, también está allá. O una de dos, o creó una roca, o es la misma roca afectada por su mente. Toma esa roca y la lanza pensando en que hace el mismo lanzamiento anterior. Y así es. Cae exactamente donde la otra, pero no mueve la que ya estaba lejos, sino que esta toma su lugar y se vuelven una. Está bien, piensa, comenzamos a entender qué pasa. El cambio se vuelve consciente al momento de quererlo pensantemente. Y ve a la roca, y regresa su movimiento parabólico a su mano, retrocede en el tiempo, diríamos, cuando en realidad solamente hace posible lo que es posible: la reversión del sistema y de la realidad. Tiempo no hay aquí, solamente posibilidades, al igual que en su realidad. Sonríe.

Sería normal pensar que en un mundo como este, o ese, a uno le tome una infinidad comprender las reglas, más si uno está acostumbrado a sus cuarenta y ocho cromosomas, pues con esos nació. Pero no. La libertad en la que su mente está, le permite comprender las cosas mucho más rápido de lo que haría normalmente. No hay tiempo, por lo que elhubierasíexiste. Elhubiera. Quépasaríasí. Nadaesimposible. Y todos esos clichés mortales y redundantemente huevones.

Ahora, fue un hecho el que cambió la vida de su madre para siempre, pero cree conveniente probar antes de hacer algo. Lanza la roca de nuevo, y ahora la detiene en el aire, en medio de su vuelo. Camina él hacia la roca, y la toma, la desvía, y deja que su curso siga, para que esta caiga donde debía de caer con ese diferente curso. Y la roca es igual, por lo que él parte de ahí listo para su siguiente misión.

La roca se parte en dos.

Comounabrirycerrardeojos.

El juzgado, vaya mierda. Toda la justicia divina y mortal aquí encausada, aquí concentrada, canalizada y amaestrada. Damián ha hecho mierda mejor oliente que este lugar, ha tenido pensamientos morbosos más atractivos que aquí, ha vomitado comida más sólida que estos argumentos. Observa a los hombres entrar, los reconoce, de aquí al otro lado del universo uno puede reconocer a los malhechores de un acto perverso. Se ve en su mirada perdida, de muerto. Damián, confiado en sus habilidades sobrehumanas, o creadoras (¿hay alguna diferencia acaso?), camina decidido a evitar esta catástrofe natural e incorpórea, porque la consecuencia fue sentimental, por lo tanto, no es física, es meramente mental, es totalmente subjetiva, relativamente humana. Relativamente en su relación causa-consecuencia, que no es, generalmente, pareja, porque no queremos que así sea. Se detiene antes de entrar, prefiere ver lo que sucederá, lo que va a acontecer: observa cómo entran los hombres, disparan y los gritos de terror se generalizan y el miedo suena en forma de alarma silenciosa. Muda. A rastras, sacan a un hombre el cabello, suben a sus camionetas y escapan rechinando las llantas, y justo cuando el humo blanco se disipa, llegan de nuevo. Se repite la historia.

O no.

Deja que la escena se desarrolle, y justo en el momento de más terror, los gritos se paralizan, se detienen, y el mundo deja de girar, con todo dentro de sí porque si el aire no se paralizara también se crearía una superventisca que destruiría todo y causaría maremotos brutales; o si los humanos no se detuvieran y todo en su superficie también, se desintegrarían a nivel molecular. Así es, amiguitos, todos nos movemos a una velocidad exorbitantemente ridícula. Tan ridícula como el universo y el verso que lo describe. Entonces, todo se detiene, y ve con lujo de detalle de película hollywoodense, el pájaro a medio aletear, el moco del niño a medio salir, y la mujer a medio caer. Entra, y ve las balas paralizadas, el humo flotante inmóvil, y la gente asustada petrificada. Con la calma del mundo, toma cada una de las balas y las pone con dirección a las cabezas de los malhechores. Hasta se da el lujo de abofetear a uno y la ondulación en su asquerosa piel rechoncha parece la ola de un océano malparido de Dios. Bueno, de Damián, porque aquí y ahora, Damián es Dios. Hasta empiezan y terminan con la misma letra, porque si Dios lo es todo, también es todas las letras, así que su nombre y el de Dios son el mismo. Se para a la entrada y deja la escena fluir. Las cabezas explotan en sangre y sesos, ojos detonantes y dientes voladores. Los gritos ceden, y la gente que asustada estaba, cambian su rostro, todo en cámara lenta, a una de seguir su trabajo. Siguen todos con su trabajo. Damián voltea al frente, su madre lo ve, y él siente que cae. En serio cae. De repente, todo se vuelve un vacío abismo, y él se siente morir.

Despierta.

Sobresaltado se revuelve en su cama. No comprende dónde está. La oscuridad lo rodea, las estrellas deberían estar brillando en el cielo negro, en el universo; o bueno, están muertas, la frase más bien es: la luz de estrellas muertas como nuestros sueños sigue viajando a través de la luz. Aunque eso suena poco romántico y muy petulante. Bueno, cualquier cosa es petulante. Se levanta aún sin comprender. Eran las dos o tres de la tarde cuando entró al espejo, y ya es de noche, seguramente madrugada. La temporalidad es diferente. O, al menos, lo que aquí entiende por temporalidad. Escucha ruido abajo, en el piso inferior. En silencio, va a la habitación de su madre y la ve vacía, piensa que no funcionó, que ella sigue encerrada en el cuarto que era de él. Va hacia la ventana para cerciorarse de que los guaruras siguen vigilando. No hay camioneta negra. Se alarma. Hay luz abajo. De ser maleantes, son pésimos, pues encendieron las luces. Damián baja sin hacer ruido, con sus pies cubiertos con calcetas, es aún más eficiente su secrecía. Ve, en la cocina, a su madre lista para salir a correr. Él frunce el ceño, ella luce su cabello negro amarrado y su buena figura, luce casi esplendorosa, como si la luz que proviene del foco se alimentara del brillo de ella y la reflejara, así como la luna hace con el sol.

–Buenos días.

Su madre voltea y sonríe jovialmente, totalmente cambiada.

–Buenos días, mi amor, ¿ya te vas a ir al gimnasio? Hoy toca.

–Sí… uhm… ¿cómo estás?

–Yo, muy bien –le contesta sin dejar de preparar su licuado matutino.

–Okey… oye, necesito preguntarte algo, es que se me fue el avión y me preguntaron mis amigos.

Ella contesta sin verlo.

–Dime, Damián.

–¿Cómo te fue en tu juicio?

Por fin ella voltea a su hijo, frunciendo el ceño, y le pregunta:

–¿Qué juicio?

–El del sujeto que fue implicado en un asesinato que no cometió, del hijo del narco…

–¡Ah! Pero sí te dije… muy bien, las pruebas fueron contundentes, no hubo nada qué hacer. De hecho, fue muy raro, te dije que encontraron a los hombres de “La pepa” muertos. Les dieron el tiro de gracia. Varias veces. Puros sesos. Yo vi la escena. Algo asqueroso. Ahí encontraron las pruebas más fehacientes. Fue un éxito total, y yo esto totalmente asegurada, pues metieron al juez, que tenía vínculos con ese sujeto, a prisión. Se está haciendo una depuración de los congresos. Hay muchas colas qué pisar. Sí, tengo mucho qué hacer, pero es una maravilla. Si hasta nos pusimos a festejar, me extraña que me lo preguntes…

–¡Ah, sí! Es que ya sabes, se me va el avión.

–Pero gacho… en fin, ya mejor prepárate, que se te va a hacer tarde. Hay que trabajar. Cambiar el mundo. Hacer algo mejor.

Damián piensa que es cierto, es hora de hacer un mejor mundo, aunque no de la manera que ella piensa. Vaya que sí, hacer mejor las cosas. Sonríe como lo haría el villano de una novela barata mexicana.