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Común que escuchemos una suerte de frase para justificar acciones de tipo, en su generalidad, abusivas: la supervivencia del más fuerte. Porque, es obvio que el más fuerte es el que se queda con las hembras, el que se queda con la comida, el que llega al final del día. Pero supongamos, el caso de dos perros: uno grande y uno chico. Ejemplo dado: hay comida en un hueco. El que pueda hacerse de la comida, se la queda. El perro grande no puede porque su boca es muy grande para tomarla, y el chico hace algo que no hizo el grande: si bien su hocico no es tan grande, todavía así no la puede tomar, sin embargo lengüetea. Alcanza la comida. Se la come. Al final, el perro grande se come al chico en su desesperación hambrienta cuando el pequeño dormitaba víctima del mal del puerco. Entonces no es tanto de fortaleza, sino de adaptabilidad.

Nos olvidamos, sin embargo, de que la misma sociedad exige ciertas actitudes que indican parámetros de supervivencia. El hecho de que estemos en una ciudad con algunos bienes y servicios que nos facilitan el no tener que ir a beber agua a un estanque lleno de cocodrilos o que no tenemos que cazar para tener un pedazo de carne en la boca; no quiere decir que no tengamos que adaptarnos. Un ejemplo muy simple: la cuestión laboral. En apariencia, hoy en día se buscan profesionales con la energía y viveza de nuestros años mozos, pero con la experiencia de nuestros mismos padres a cambio de un salario apenas competente, que con limitaciones casi extremas te permita vivir a ti solo. Te adaptas: por el momento un trabajo de paga miserable es mejor a no tener nada. O sea que de nada a una miseria, pues nos quedamos con lo mínimo.

Además, viene esta frase: “lo único constante es el cambio”. Una de esas verdades dolorosas. La cuestión viene aquí: ¿es necesario ser más fuerte o más adaptable para seguir con nuestras vidas?, ¿cómo adaptarse correctamente al cambio si en su gran mayoría de casos nos resulta poco menos que incómodo?

Como me lo dijo mi psicóloga: si fuera la supervivencia del más fuerte, entonces todos seríamos altos y fornidos. Pero hay algunos que no lo somos. En realidad, varios. El más fuerte tiene su poder justamente en el estancamiento, en el no-cambio. Seguramente, además, el más fuerte buscaría que no cambie la situación precisamente porque, de ser así, se le quitaría su razón de ser el superior.

Al parecer, lo único a lo que debemos volvernos lo más expertos posibles es al cambio. Claro es que no resulta factible, tal vez ni siquiera posible, pues es el mismo cambio lo que rompe con el balance natural de las cosas, o al menos el que nosotros creíamos que era. La verdadera fortaleza está, pues, no en demostrarlo de manera física ni mental: está en mostrar una actitud abierta a que las cosas no van a mantenerse siempre como uno lo espera o como uno quiere.

Si ya sabemos que nuestros amigos lo más probable es que se vayan, que en nuestro trabajo adquiramos nuevas responsabilidades en el mejor de los casos, que la gente misma va a cambiar de pareceres y de actividades; ¿por qué nos mostramos tan reacios a que esto suceda y, en lugar de promover que nos adaptemos y nos facilitemos esta transición, nos ponemos en contra de esta transformación?

La cuestión también está en la básica situación de los extremos: sí cambiamos, pero lo no sabríamos si eso que cambió no se mantuvo estable de momentos al menos. Estamos propensos a una constante permutación en todo ámbito: personal, biológico, social… y es normal que tendamos a que, al menos algo, se nos mantenga relativamente sin cambio. Al menos de momento. Creo que cualquiera de nosotros agradecería de sobremanera que el cambio fuera gradual, y de hecho eso sería lo ideal en todo sentido, pero no siempre es así. Y a pesar de todo esto, considero importante que sí tengamos una base, un tipo de centro que, a pesar de la metamorfosis, en su parte más profunda, algo quede de constante.

Es cierto que el que no se adapta no avanza pero ¿todo, absolutamente todo tiene que cambiar? Supongo que en esta cuestión no soy la mejor autoridad para mencionarlo, sin embargo, lo que sí creo desde mi experiencia es que sí, las cosas cambian y deben hacerlo, pero no tenemos que morir (metafóricamente) para ser crecer, para considerarse a uno mismo como quien cuenta con la facilidad de adaptarse. A fin de cuentas, todos somos alguien, algo particular; de ahí que no todos los Sergios somos iguales, y al menos 3 o 4 Albertos he conocido (entre ellos, mi mejor amigo) y sí hay parecidos, pero no somos iguales. Nadie lo es. Mi punto aquí es: debemos lograr lidiar con los cambios que vienen de la mejor forma, sí, pero no debemos olvidar que hay algo que nos define, y ese algo es lo que constante debería permanecer.

Y aquí viene lo interesante: cuando uno entra a un estado de cambio agresivo, uno que modifique hasta tus características más básicas, ¿qué queda después? Otro tema recurrente, mucho, que trato con mi psicóloga es el de: ¿por qué la gente se va de nuestra vida? Resulta, pues, que cuando alguien toma la decisión de irse es porque nuestra personalidad, o alguna otra cosa intangible, resulta ya no ser compatible con esa otra persona. Nuestra energía cambia, y así la persona decide irse; o tal vez la energía de la otra persona cambia, y ya no es compatible con la nuestra. Esto querría decir que todos se van a ir y todos nos vamos a ir. ¿Qué queda de uno, entonces?

Es una cuestión a la que no le he podido hallar respuesta, igual y hasta no es posible encontrarla. Tal vez todos estamos destinados a cambiar, y con ese cambio, a no tener a nadie de los que tenemos hoy en día. Igual y podría ser que esa frase “nada es para siempre” no significa una eternidad, sino un periodo mucho más corto. O, tal vez, solamente necesitamos encontrar a alguien tan necio como nosotros mismos que diga “Yo contigo me quedo, y sólo muriéndome me voy, y me vale madres”. No sé, pero al menos, con todo y cambios, me quedo con que un poco de necedad, como Alberto me lo ha mostrado, no es nada malo.