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Despierta. Damián pasa frente a la habitación de su madre, la cual tiene la puerta abierta. Frente a la cama tiene un mueble con un espejo de cuerpo entero y ahí se refleja alguien. Iba él a pasar de largo pero ahí ve a un niño sentado meciendo los pies que no alcanzan hasta el suelo y observa directamente a Damián, quien entorna los ojos tanto como platos poder así ayudarse a ver mejor, como si haciéndolo fuera a borrar o a engañar al espejismo que trata de amedrentarlo. No es tierno como los niños a esa edad, es delgado como si una tremenda hambruna lo acomplejara, sus pies y brazos son hueso puro, su piel tiene un tono grisáceo y sus ojos parecen demasiado grandes, pareciera no tener nariz y su cabeza ser un peso enorme para esa columna encorvada. El niño le sonríe. Siente que le tiemblan los pies y que la respiración le falla, no puede jalar aire a sus pulmones y un repentino furor de salir corriendo de ahí lo invade. Alguien lo toma del hombro y él salta y se libera agresivamente de ese suave yugo que era más una caricia.

–¡Tranquilo, tranquilo, hijo! Soy yo, tu madre, soy yo…

–¡Mamá! Dios, pff.

–¿Qué tienes?, ¿qué te pasa?

–No, nada, nada, es que… ¡Dios! Me pareció ver algo… –regresa la mirada al espejo y ya no está el niño–. Olvídalo. En fin, ¿qué pasa? Se supone que a esta hora estás trabajando.

–Me dieron el día libre, te avisé que así sucedería… como sea, prepárate, te voy a llevar a conocer a alguien.

–¿A alguien? ¿A qué clase de alguien?

–Tú nada más vístete y vámonos, es una sorpresa. Te va a gustar –dice ella espléndida y jovial, pareciera que los años se atrasan en su piel, en lugar de avanzar en forma de surcos y sabias arrugas.

Se baña y sale con su madre, se irán en el carro de ella. Suben y ella comienza a manejar. Damián la observa extrañada y le dice:

–Tu cabello se ve… distinto.

–¿A qué te refieres hijo? Yo no me he hecho nada en el cabello.

–Se ve más claro… más corto.

–Bueno, ayer me lo fui a cortar. Pero de lo claro, ha de ser el sol.

Ella tiene una tímida sonrisa dibujada en el rostro.

–¿Estás feliz, mamá?

–¿Y por qué no habría de estarlo? La vida nos ha sonreído bastante últimamente. Y esto de hoy, estoy segura que te pondrá feliz.

–¿A dónde vamos?

–Espera y verás, creo yo que harás un buen papel.

–¿Un buen papel? Al menos podrías decirme algo para no ir de improvisto.

–Tú tranquilo. Si no te conociera, supondría que no podrías con esto. Pero sí podrás.

Llegan a un café y, luego de comprar sus bebidas, van a una mesa donde un hombre ya los espera. Va elegantemente vestido, pero es una elegancia de dientes para fuera: el cabello bien engominado, pareciera que si un golpe recibiera sería mejor que tener un casco de seguridad, su traje limpio y planchado, camisa de manga larga y una corbata simple, de un color generalizado, nada de dibujos. Su perfil es afilado, y sus facciones medidas casi matemáticamente. Damián, con solamente verlo, siente un choque, es de esos abogados casi pretenciosos, parece un perro gruñendo porque demuestra una falsa agresividad para proteger su miedo casi de muerte.

–Buenas tardes, Sofía.

–Mucho gusto de verte de nuevo, Margarito. Hijo, Damián, te presento a Margarito.

–Con que él es el joven escritor, ¿eh? Mucho gusto en conocerte, Damián.

–Sí… el gusto es mío –le da la mano, y nota un apretón apenas perceptible, aguantando la risa por su nombre. No es burlón en ese sentido, pero esta vez sí siente ganas de soltar una risotada.

Se sientan.

–Bien, bien, me dijo tu madre que te gusta escribir, Damián. ¿Es eso cierto?

–Escribir y leer, sí, siempre han sido actividades primordiales en mi vida.

–¿Qué clase de libros te gusta más leer?

–Novelas y filosofía, algunos estudios humanísticos también.

Bebe de su café al mismo tiempo que su madre, aún no comprende muy bien qué es lo que está haciendo o qué está tratando de obtener.

–¿Qué estudiaste y a qué te dedicas?

–Soy maestro y estudié comunicación y periodismo.

–Y te gusta escribir, tengo entendido –dice Margarito, siempre recto, formal y serio. Parece estar diciendo lo que dice de memoria, como si hubiera estudiado un guion para antes de la función.

–Así es. Novelas, más que nada. Puras novelas de hecho. Yo no podría escribir poesía porque me parece muy elevado para mis habilidades, al igual que filosofía o literatura infantil. Se me hacen bastante difíciles esos tópicos.

–¿A qué público irían dirigidas tus novelas que escribes actualmente?

–Un público joven, quiero creer.

–¿Y por qué escribir? ¿Cuál es tu razón, tu motivo?

Damián lo piensa un rato. Cómo le caería bien un cigarro en este momento, pero no lo busca porque siente pena fumar frente a su madre. Para él, hacerlo ante ella, sería casi ofensivo, una especie de grosería no dicha pero implícita en el facto de matarse frente a esa mujer que le dio la vida.

–Creo que es un convencimiento filosófico, creo yo. A través de la lectura y la escritura uno puede descubrir la verdad. La verdad no radica en la veracidad de un acto, sino en qué tanto afecta en la vida de uno mismo. Claro que eso es igual a decir que la relatividad es imperante y que todo puede ser verdad, y al hacer una confirmación genérica como esa es igual a decir que nada lo es. Entonces la literatura ayuda a descubrir la verdad en la vida a través de su uso práctico que es la generación de humanismo, de la parte humana del ser humano; para así generar una crítica social que genere una argumentación propositiva. Es erróneo el pensar que la literatura es solamente leer, abrir un libro, y pasarse horas sentado interpretando símbolos y signos. Obviamente, no cualquier libro es literatura. El libro debe tener, a través de la ficción, una argumentación propositiva crítica de su realidad literaria, para así ser traspasada a la realidad del lector, que es la realidad de todos. Se trata de modificar la verdad. No nos hace mejores personas, no nos va a hacer buenos, ni malos; nos va a hacer críticos y propositivos, eso es lo que hace la literatura.

Tanto Margarito como Sofía se quedan con el ojo cuadrado. Margarito sonríe para beber de su café y decir.

–Muy bien, excelente. Ahora, yo te diré qué es lo que sucede, por qué estamos aquí, porque, seguramente, esa es tu duda, es tu pregunta y quieres saber qué pasa. Yo acabo de generar una editorial dirigida a un público joven quiero despertar o ayudar a despertar, una cultura de lectura y generación literaria. Quería conocerte porque tu madre me ha platicado bastante de ti y estoy buscando un primer libro que me ayude a generar esto. Estoy sumamente comprometido y quiero que eso lo sepas, a que tu proyecto, tu libro, recibirá el trato adecuado, así como la difusión necesaria. ¿Tienes algo escrito?

–Sí, tengo una novela. La acabo de terminar –contesta con una ligera emoción creciente en su ser–. Se llama “Mi reflejo y yo”. Trata sobre un sujeto que puede ver egos, o sea, los pecados de la gente, pero no puede encontrar el suyo propio; entonces, está en esta búsqueda constante para descubrirse y descubrir qué es su ego. Al final, resulta que él mismo es su ego, eso lo logra ver viéndose al espejo, que todo lo que creía ver no era más que una extrapolación de su propia personalidad y sus propios pensamientos.

Margarito hace un gesto impresionado y confirma con la cabeza.

–Eso suena bastante interesante, aunque algo complejo. ¿De verdad crees que pueda ser un proyecto para jóvenes?

–Sí, yo nunca me he identificado por un lenguaje soberbio ni complejo, solamente escribo lo que hay que hacerse, tratando de cubrir este concepto literario que yo creo que es. No sé si lo hago, la verdad, yo quiero pensar que sí… pero pues ahí está el intento. Sin embargo, creo que sí es una buena historia.

–Muy bien. Mira, obviamente nos enfocamos también a las ventas, necesitamos algo bueno y digerible, pero igual, diferente a los típicos libros. No queremos otra saga juvenil, queremos algo rentable pero de calidad, que guste y promueva su venta.

–Pues con la ayuda necesaria, creo que se podrá hacer algo.

–Perfecto. Mira, el siguiente paso es que te voy a mandar el contrato para poder comenzar con la edición. Voy a necesitar que me mandes un pequeño semblante personal así como propuestas para la portada y una foto tuya. El proceso de corrección de estilo es largo. Ahora, como esta empresa es nueva, no sé qué tan dispuesto estés a solventar un poco de los gastos del libro…

–Tengo algunos ahorros.

–Y yo le podría ayudar a completarlo.

–¡Perfecto! Autopublicación será. Bienvenido a la máquina, Damián, creo que podremos hacer muy grandes cosas con tu historia…

En camino de vuelta a la casa, Damián se siente, por primera vez en mucho tiempo, un gran optimismo respecto a lo que le sucede. Desde hace mucho se lo imaginaba, porque sólo en su cabeza se permitía este lujo de creerse alguien en la vida, y ahora la vida real parece darle una oportunidad. Ya pensaba en ir a la otra dimensión y hacer algo al respecto, pero ahora que lo ve, no es necesario. O tal vez sí.

–¿De dónde conociste a ese sujeto, ma?

–Me lo presentaron, de un caso. También es abogado. Y me pareció buena idea presentarte con él para que pudieras sacar algo, si tanto te gusta escribir, me parece mejor que empieces lo antes posible.

–Me dio una espina muy extraña, me cayó bien pero al mismo tiempo no mucho.

–Tranquilo, con que haga su trabajo como debe, no tenemos de qué preocuparnos.

–¿Y por qué haces esto, madre? Generalmente, cuando se trata de cosas de profesión, prefieres que yo lo haga por mis propios medios, para aprender y no sé qué cosas dices.

Ella ríe un poco.

–No sé, siento que te lo debo.

–¿Me lo debes?

–Tuve un sueño, hace poco, un sueño muy extraño. Soñé que estaba en este último caso, del el hijo de “la Pepa”, y entraban al ministerio a balacear, pero que el tiempo se detenía y tú llegabas para cambiar todo. Y gracias a eso la vida no resultó negativa. De hecho, estaba un poco nerviosa en el ministerio, pues todo se repetía vívidamente, exactamente; a excepción de que no llegaron maleantes a balacear. De alguna u otra forma yo lo relacioné contigo y lo agradezco.

–Eso suena… raro.

–Lo sé, lo sé, pero al menos te estoy ayudando a crecer. Ambos salimos ganando.

Una vez más una terrible confianza lo invade, una seguridad sin igual, pero se da cuenta también del gran secreto que está viéndose a guardar. Por alguna razón, ninguna responsabilidad. Sonríe como lo haría el niño que le roba el dulce a otro y que lo amenaza para resguardar su mal acto.