mil caras

Demian abre los ojos y observa a su rededor, cosa que se le complica no hacerlo. Una buena pintura tiene tantos detalles que cada vez que la mirada pasa a través de ella, un nuevo detalle revelador de la vida le es iluminado, y con eso un nuevo conocimiento de sí mismo. Y a final de cuentas, si nos ponemos a pensar en eso, es lo que diferencia al verdadero arte de las patrañas. Justamente estaba hablando de eso en la presentación que apenas tuve, de donde vengo con mi novia. Después de ahí nos vinimos al restaurante que me ha distraído mucho en específico por hoy. En la presentación se me preguntó qué tenía de diferente mi novela con las de las demás. Creo firmemente que una buena novela es aquella que te permite generar algo más aparte de simples emociones. Si somos conscientes o realistas, las emociones viscerales son fácilmente provocadas y hasta controladas, aunque dependiendo de nuestro ego, se salen también de control con suma sencillez. Creemos que una película, novela, pintura, lo que sea; es buena porque nos hace sentir algo en ese momento. Pero no. Debe de trascender, incluso si nos explica con manzanas y palitos qué es lo trascendente en la historia. A veces, incluso sea literal su relevancia, podemos sacar hebras que nos harán notar que no es solamente lo que el autor cree. A fin de cuentas, me pasa mucho, no sé a los demás que gustan de la escritura: cuando releo uno de mis títulos, de mis letras, algo nuevo que no recordaba nace, sale, y entiendo; y eso, amigos míos, creo yo, es literatura.

En fin, expliqué eso y al parecer a los medios de comunicación les fue una respuesta loable, aunque sudé un poco. Hacía mucho que no me ponía nervioso en una presentación, y es por eso que le propuse a mi novia y amigos que viniéramos a comer, a celebrarlo, porque a pesar de la urgencia momentánea, logré sacar la casta y sentir esa emoción de la victoria que hace mucho no sentía. Estaba acostumbrado a ganar porque quería y este altibajo vivido me ha vuelto a hacer vivir, a respirar, y a sentir lo que no sentía en mucho tiempo. A ellos se les hizo extraño, pero igual lo acompañaron. Casualmente, nadie tenía nada qué hacer. Aunque algo no pueden evitar notar es que he estado muy distraído desde que llegamos. En primer lugar, porque estoy al tanto de que no me vean los egos o de saber quiénes me ven. Creo que tiene que ver con lo mismo de la presentación. Esta leve sensación de inseguridad, de saber que no estoy tan al control de la situación como siempre he gozado de estar, me da una nueva vitalidad. Imagínense un mundo tan seguro que ustedes estén totalmente convencidos de que es cambiante de acuerdo a su voluntad. Obviamente, si no lo has vivido, te ha de parecer estupendo porque quién no querría estar sobre las cosas todo el tiempo; pero, como ser humano, me hacía falta emocionarme. Ya no me emocionaba. Todo, me di cuenta, lo hacía de forma totalmente robótica, maquinizada, alienado.

En fin, hay egos tan apoderados de su humano que tienen formas verdaderamente fantásticas y que en lo personal, me son más que magníficas de ver, un verdadero espectáculo mítico-animal-bestial. Hay un hombre peleando con el gerente justo ahora, mientras su familia parece estar cubriéndose la cara para que no los reconozcan en el futuro, aguantando la pena ajena que el hombre de la familia les está haciendo pasar. Y cada ademán, gesticulación y movimiento es guiado por su ego. Un magnífico lobezno, un hombre lobo de características andróginas, peludo y extremadamente musculoso, ha de medir cerca de dos metros, casi llegan al techo sus puntiagudas orejas; bueno, tal vez mide hasta más. El cuerpo es de un fisicoculturista, uno extremo, un nuevo terminator mitológico y voraz, tiene enormes garras que bien podrían penetrar un cráneo humano con suma facilidad, y tiene también una larga y esponjosa cola; sus ojos son rojos, sus colmillos sobresalen de su hocico como si fuera un dientes de sable, sus orejas son puntiagudas y extrañamente alargadas, su nariz negra y no deja de babear saliva negra. No lo ven y no lo oyen. Lanza poderosos aullidos que me ponen los pelos de punta, pero sé que no me hará daño, por lo que también me gusta prestarle atención. Si ese ser fuera real, podría destrozar a cualquiera, hacerlo pedazos.

Mis amigos me preguntan que por qué ando tan distraído, y mientras observo al monstruo salir y mis amigos hacer burlas del hombre al que, seguramente, escupieron y orinaron en su comida (o una que otra mierda, también puede ser); les digo que estaba pensando en la presentación. Mi amigo el alto me dice que es bueno que se hayan vendido todos los libros disponibles, y más que se haya quedado gente sin libros; mi otro amigo, con quien el nombre comparto y es la típica imagen de un roquero, le pregunta frunciendo el ceño que por qué dice eso; y le responde el alto que porque eso demuestra la gran demanda que hay del mismo. Estamos a punto de ir por la cuarta edición en apenas un año de ventas, lo cual es un sueño hecho realidad. Claro está, habríamos de considerar que las críticas de intelectuales y revistas especializadas no han sido muy positivas pues lo tildan de “superfluo” “básico” y “poco elaborado”; yo no me quejo, porque ninguna de esas malas críticas evitó que me comprara mi nuevo BMW. Me encanta leer sus críticas desde mi auto, digo a mis amigos, quienes ríen. Aunque también pienso que pude haber hecho un mejor trabajo, al menos esas negativas referencias me han ayudado a reconocer lo que necesito mejorar. Pero otro día será.

Continuamos la velada y noto, no puedo evitarlo, a una tierna niña verde que se me queda viendo fijamente; no asustada, pero sí penetrantemente, bastante distante y al mismo tiempo presente. La observo esperando que si ella se entera de que la veo se volteé, pero no lo hace y muy al contrario, yo soy el que se voltea porque no puedo aguantar mucho su linda mirada torpe. Va con una familia, en la que hay una niña de apenas, han de ser, unos cinco años. Por lo que veo, no es un ego, en realidad, creo más bien que es un amigo imaginario, por eso es verde y hasta creo que tiene antenas, o al menos algo por el estilo. No suelo esperar que se me queden viendo, pero no hay de qué preocuparse, ya empiezo a acostumbrarme a egos y seres de otra dimensión que se me quedan viendo… entonces, empieza a caminar hacia mí, y se queda justo a mi lado observándome sin tener noción alguna del espacio personal. No me dice nada, solamente se me queda viendo. Mis amigos y mi novia se dan cuenta de mi incomodidad y me preguntan si estoy bien, a lo cual contesto afirmativamente; pero, obvio, no lo es. Como desearía que fueran al baño para poder hablar, a lo mejor puedo, con ese ente y hacer que se vaya. Casualmente, mis dos amigos y mi novia dicen que tienen que ir al baño. Un excelente golpe de suerte. Ahora sí, volteo a la niña y le digo que qué es lo que gusta, y ella me contesta que soy muy feo; a lo cual, yo le digo que ella es muy verde. No he madurado mucho, me doy cuenta. Me dice que le sorprende que pueda verla porque, generalmente, únicamente entre los de la misma especie se pueden ver entre sí. Le pregunto de qué está hablando y me aseguro que nadie me observe, de los humanos, porque pensarán que estoy hablando solo. Ella me dice que es común que entre comunes se vean, o sea, que entre amigos imaginarios se observen, entre egos o ángeles; pero no sabía de uno que pudiera ver a otros, y que eso no puede estar muy bien. Ya intrigado por la forma de hablar de esa pequeña alienígena verde, le pregunto por qué no estaría bien algo así, y me dice que no sabe, pero que no cree que esté bien. Le digo que si no va a decir algo de importancia, que limite sus comentarios a su niña que la creó. Me frunce el ceño y me dice que no podía esperar nada más de un monstruo como yo, y la ignoro, aunque debo admitir que su estúpido comentario sí me ofendió un poco. Pero bueno, es una niña verde, qué más puede saber que la niña esa que se está metiendo los dedos a la nariz. Por eso, seguramente, es verde.

Sí, a veces mis propios comentarios me dan risa, creo que es algo estúpido, pero es así; y me estaba dando una buena risa cuando veo a mis amigos y a mi novia regresar. Mi amigo el alto tiene inseguridad en sí mismo, su ego es muy parecido al anciano ese de mi novia, pero el de él es un niño gordo, muy gordo, tanto que tiene que rodar para avanzar; tiene manos como de globo inflado y su cabeza se hunde en su gordura. No luce nada ligero, sin embargo. Mi otro amigo, el pequeño, tiene un ego peculiar: es una mantis religiosa gigante sin cabeza que va sangrando eternamente de su herida donde debería estar su cabeza, sangra un líquido espeso y verde. Curioso. Y cuando se sienta mi novia me asusto, porque no veo a su ego y sus ojos se han vuelto ciegos, se han entrecerrado y son los que eran de su ego, exactamente de él. Le pregunto que qué tiene, qué le pasó, pero ella no comprende, como mis amigos tampoco lo hacen y me observan extrañados. Me dicen que no haga las mismas estupideces del otro hombre que se fue, pero no puedo evitarlo, su rostro incluso se deforma con esos párpados caídos y densamente arrugados, su bello rostro se ve transfigurado, un pastiche inicial, algo repugnante en realidad.

No puedo permitirme seguir ahí, viendo esa cosa, viendo esa fusión. ¿Se estarán fusionando? ¿Por qué? Justo cuando estos cambios me parecían ser gratos y con un lado bueno, el pesimismo me ataca de nuevo y me hacen sentir pesado. Me hace pensar de la muerte como una buena alternativa. Pero todo esto se detiene al ver-me. No lo puedo creer, siento como todo se me vuelve confuso, como si el mundo se transformara en un embudo y yo fuera el centro donde toda la mierda va a ir a caer. Soy el ano del mundo. Estoy ahí, frente a mí mismo, pequeño y tierno, he de tener diez años, lo veo en mis mejillas morenas e infladas, en mis labios delgados y mi mirada enojona, mis enormes pestañas y esos ojazos. Todo lo que me decían. Ahí estoy, frente a mí mismo, observándome. Entonces, llega una muchacha, joven, la más hermosa que yo he visto en toda mi vida, pero su belleza no me suspira ganas de poseerla, sino de admirarla y respetarla, venerarla. Es casi divina. Y se lleva al niño, que es su hijo, y comprendo que no puede ser un ego o amigo imaginario; eso me relaja, pero no deja de zumbar en mi mente lo que la verde me dijo: sólo un monstruo puede reconocer a otro.