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Despierta. Volvió a ir a una fiesta en el otro mundo, y como no le causan resacas, no se preocupa. Nunca recuerda salir de ese mundo, pero la diversión es extrema. Igualmente, cambió de temporalidad el momento de conocer a su editor de la vida real, por lo que adelantó ya seis meses de su vida para tener muy prontamente sus libros impresos y listos para vender. Se preocupa a veces que tendrá que venderlos todos y lo difícil que será eso, pero luego recuerda que puede crear dinero a voluntad y se le pasa. Lleva a cabo sus actividades rutinarias. No ha ido al gimnasio, porque ahora en ese otro mundo puede ir, cargar tremendos pesos imposibles y notar verdaderos cambios en su vida real. Ya todo lo tiene solucionado.

La popularidad de su madre va en aumento, sin embargo, y todos los días puede ver al menos una nota en el periódico que menciona cómo el caso que ella ganó contra el hijo del afamado criminal ha encauzado una actividad económica a nivel estatal sin precedentes. Al parecer, ese hombre tenía en su poder la economía regional, y liberados de su yugo, pequeñas y medianas empresas están teniendo un boom nunca antes visto. Damián se siente bastante alegre por esto, pero tampoco es reconocido como tal; aunque piensa que el anonimato también puede tener sus pros, sus ventajas.

En el trabajo, hoy toca que los alumnos presenten sus proyectos. Para este ciclo escolar, él propuso una serie de libros, de los cuales, en cada uno de sus grupos de literatura tenían que elegir uno. Como la clase es en inglés, los libros él los proporcionó en inglés (todo por vía electrónica, internet). Un grupo eligió “Fahrenheit 451” de Bradbury, y el otro “Un mundo feliz” de Huxley; ambas obras que él ya ha leído, pues qué clase de maestro podría proponer una obra que no conoce. Y la sorpresa es mayúscula. Dos o tres en un grupo de veintiséis son los que pudieron contestar sus preguntas, los demás apenas y habían leído los primeros párrafos de sus respectivas novelas. Y un coraje no ciego, pero sí pernicioso, lo invade.

–Jóvenes, les dejé leer, a lo más, cuarenta páginas del libro. Les dije con el suficiente tiempo de anticipación como para que tuvieran que leer una página diaria, una sola, y así poder acabar a tiempo y relajados. Ni eso pudieron hacer. De ser por mí, yo los pondría a leer un libro cada bimestre, pero eso no funcionaría, por eso les dije que sería un libro, uno solo, incluso que sea el primero que van a acabar en sus vidas, uno para todo el ciclo escolar ¿y ni eso pueden hacer? No se vale, la verdad es que ese es un extremo de mediocridad. Los que no respondieron mi pregunta ya tienen su cero asegurado, y ni me vengan con que les deje trabajitos extras, porque les di demasiadas oportunidades. Que esta sea la consecuencia de sus actos, los suyos, no los del maestro; yo no tengo la culpa de que no quieran hacer ni el mínimo esfuerzo.

Nadie repela.

En el auto, de vuelta a su casa, con su música metal a todo volumen para sacarse de su mente y de su propio coraje. Reflexiona. Lo que pasa es que no toda es la culpa de esos niños, sino de su entorno, de su contexto social. Ellos son el fruto de lo que él también está planteando. Que él, siendo millennial, es consciente que desde su generación todo el mundo se está yendo por un agujero negro; y es justo con este tipo de ejercicios en la escuela que trata de equilibrar el planeta, pero si nadie tiene la inclinación a hacer algo para mejorarlo, ¿qué culpa tiene él? Tal vez toda porque no supo animarlos lo suficiente a trabajar, tal vez ninguna porque no es los papás de esos niños para educarlos como él cree que es lo mejor. Tal vez el maestro en sí es una figura totalmente innecesaria porque todos podemos educarnos a nosotros mismos como mejor nos parezca, pero sin un maestro que te guíe o te quite de dudas, que te confronte y que confronte tus conocimientos, entonces no hay verdadera educación. No lo entiende, no sabe, en realidad últimamente no ha sido capaz de enfrentar sus problemas reales porque sabe que en el otro mundo puede solucionarlos con solo quererlo así.

Llega a su casa ensimismado en sus pesimistas pensamientos, no tiene humor de escribir ni leer ni trabajar (ya calificó por adelantado todo lo que tenía que calificar a lo largo del semestre, y él sabe que irá apareciendo su trabajo gradualmente, conforme los alumnos vayan avanzando). No está su mamá, y ahora que lo piensa, hace tiempo que no pasa un momento a solas con ella; pero eso no le importa, va directamente al espejo. Frío. Llega.

Un bienestar generalizado lo invade, se siente él mismo de nuevo, optimista y buena onda como le gusta tanto estar. Hasta sonríe. Sale casi brincando de su habitación y recuerda la puerta negra. Se detiene al filo de las escaleras para bajar, va a un lado y ahí está. Luce lúgubre, letal casi, como araña venenosa que advierte con su siseo vengativo, una puerta que con sólo verla se mete hasta el más profundo de tus pensamientos y te los revela en forma de película, es más, pareciera ser esta la verdadera identificación del alma humana. Tiene una característica de temor, revela temor, revela miedo, es aquello que uno tanto teme. La puerta es soledad, y esta es complicada porque permite a uno estar solo con sus pensamientos, y es así como uno puede reconocerse por completo. ¿Habrá uno mismo de estar preparado para ello? No lo sabe.

Así como esa puerta parece ser repulsiva, me es totalmente tentativa, es ese temor lo que me hace querer ir a ella, es ese saber de arrepentimiento lo que me hace querer abrirla, el morbo de querer saber lo que hay más allá.

Damián lucha contra esa sensación de lejanía, la puerta parece alejarse al mismo tiempo que una especie de presión invade todo su cuerpo. Hay una extraña neblina fría como el hielo. Damián lucha, lucha, avanza al mismo tiempo que retrocede, con la mano toca la manilla y abre.

El frío se extingue y entra a una oscura habitación de niño pequeño, muy familiar al mismo tiempo que extraña. Hay una mesita con múltiples libros para menores así como juegos, hay bloques armables y rompecabezas, patines, patineta, tenis coloridos arrumbados por el suelo, juguetes vistosos en muebles, aviones atados con hilos al techo. Damián sonríe nostálgicamente, de alguna forma esta habitación le recuerda un pasado lejano e ido, que no regresará. Y la cama destendida le es una especie de pesadilla, su cuerpo se le pone rígido y tiene repentinas ganas de gritar; esa cama guarda algo… sí, en la cobija hay algo, alguien duerme en la cama. Hasta puede notar la respiración de ese alguien y le da un pánico tremendo, hasta se haría del baño de no ser porque fue al mismo antes de ir a este mundo. Comienza a respirar aceleradamente al mismo tiempo que se acerca a la cama movido por un motor de horror cuando una voz tan peculiar y desagradable lo hace caer al suelo, pues era la última persona que se esperaba encontrar en cualquier parte del mundo. Ni en esta realidad lo esperaba.

–Yo no lo haría si fuera yo.

Yo. No. Lo. Haría. Si. Fuera. Yo. Repite cada una de esas palabras en su mente al mismo tiempo que emite un gemido de terror al verse a sí mismo, Demian de pie en el marco de la puerta, observando el bulto de la cama. Damián que pasó a través del espejo no comprende y siente que la locura se apodera de sí mismo, siente ganas de vomitar y de gritar hasta darse cuenta que todo esto no es más que una terrible pesadilla. Son exactamente iguales porque son la misma persona, son uno. Su cabello, tono de voz, ojos, nariz, cejas, orejas, labios, cuerpo. La mirada es la que cambia. Demian que está de pie parece calculador y frío, un Damián que ha vivido, que sabe de experiencias; mientras el que quiere aún vomitar es inocente y desprevenido, poco precavido y latente de conocimiento. Damián trata de decir algo pero la voz la tiene ahogada en un irrompible nudo.

–Mi nombre es Demian –se dice a sí mismo–, pero igual, sigo siendo tú. No te asustes, lo último que querría es hacerte daño. Lo que te pasa a ti, me pasa a mí. Tranquilízate, ¿sí? Pareces vieja pariendo.

Damián frunce el ceño y respira, controla su latir, ya no siente su corazón retumbando en sus sienes y sus piernas tembleques parecen responder a los impulsos de ponerse de pie.

–¿Quién eres?

Demian lo ve exasperado, como cuando el menor de edad no comprende razones.

–Ya te dije, soy tú.

–Yo soy Damián.

–Yo soy Demian.

–Nos llamamos diferente.

–Somos la misma persona.

–¿Quién eres tú?

–Yo soy yo.

–¿Tú eres yo?

–No, yo soy tú.

–Entonces sí eres yo.

–No, yo soy yo.

–¿Entonces quién eres?

–Ya te dije.

Damián sacude la cabeza y trata de limpiar su mente.

–No es difícil de aceptarlo, somos exactamente la misma persona. No sé por qué te asustas.

–Si eres yo, ¿cómo es que estás fuera de mí?

–Los genios hablan consigo mismos –dice viendo el bulto en la cama. Su mirada luce cansada, como si mil vidas hubiese pasado y estuviera fatigado de la misma.

–Pero no de esta forma.

–¿Cuál forma entonces, me pregunto yo?

Y en su mente, Damián también se hace esa pregunta.

–¿Ya ves? –Le pregunta Demian con esos ojos de roble milenario caído. Ahora que lo nota, no es él, es el Damián que ve en las fotos de cuando era pequeño, un niñito de diez años, once, con problemas de crecimiento, algo fofo, con los cachetes hinchados y sus ojazos delirantes, pestañas enamoradizas y delgados labios.

–No es cierto, no eres yo, eres… yo cuando era niño.

Demian lo ve con la mirada fatigada y un obvio gesto de enojo.

–Por Dios, niño, somos la misma persona.

–Yo tengo veintitrés años, tú diez… aunque suenas como alguien mayor.

–Escucha tu voz, idiota.

–Mi voz no…

Damián se queda callado.

–Mi voz no…

Jala aire, asustado, impresionado. No es su voz. Es la voz de un impúber, de un joven que apenas aprende lo que sucede con su propio cuerpo y que su mente empieza a maquinar cosas que antes ni lo hubiera sabido, que ahí, su pequeña tercera pierna se endurece de vez en cuando y que los otros niños y niñas le son más atractivos de formas distintas. Se jala el pantalón hacia arriba y su piel lisa y lampiña le rebela la realidad, alza el brazo, asustado, y ve en su axila la limpieza propia de un niño. Y su delgadez. De repente, apenas se percata, todo se ve más alto, más grande, más imponente. Empieza a respirar agitadamente y las ganas de llorar, que no sentía hace mucho, se hacen presentes.

–No, no, no, mira, no. No llores, que con eso no arreglas nada.

Lágrimas de sal resbalan por sus mejillas almidonadas.

–Pero no entiendo.

–Yo tampoco, la verdad.

–Yo tengo trece años más que tú, ¡trece!, y me siento incluso…

–Menor, ya sé, yo también lo pensé.

–¡Pero cómo!

–¡Somos el mismo!

–¡Tú no pareces niño, hablas como adulto! Eres… diferente.

–Ya sé, tonto… ¡Vaya que puedo ser desesperante a veces!

Damián frunce el ceño y baja la cabeza, enojado, irritado. Demian se observa y dice:

–No vengas con juegos de niños, tonto.

–Tonto tú.

Demian tuerce la mirada inocente y cansada. Damián se limpia las lágrimas sin acostumbrarse a su cuerpo de niño que desde hacía años no tenía.

–Bueno, nunca me gustaron los pelos.

–Ya sé, ya sé, soy tú, ¿recuerdas? –Dice Demian para luego voltear a la cama, para preguntar con un atisbo de miedo–: ¿Qué crees que sea?

Damián se levanta sorbiendo su moco y dice:

–Dijiste que era un mostruo.

–Monstruo, monstruo, tonto.

–¡No me digas así!

–¡Es que sí lo estoy!

–No seas malo.

–No lo soy, solamente soy.

Ambos se voltean a ver y por pocos momentos sienten un poco de compañerismo.

–Mejor vámonos antes de que el mostruo se despierte.

Sabe que lo dijo mal, o a lo mejor fue Demian el que supo; igual, como sea, sabe de su error y se disculpa consigo mismo. Se sientan en el primer escalón, con la cabeza entre las manos y estas apoyadas en sus delgaduchas piernas, sin saber qué hacer. Damián ya no siente coraje, sino una gran confusión.

–¿Entonces tú sabes todo lo que yo sé?

–Sí, lo sé todo –contesta Demian–, yo soy tú, somos uno. Yo soy yo.

–Ya veo.

Demian le pasa el brazo sobre sus propios hombros y se dice:

–Soy esa parte que te recuerda lo que eras antes, la buena, la parte niño de ti.

Damián lo observa incomprensible.

–Pero suenas como un adulto –desvía la mirada al frente–, yo me siento como el niño.

–Inmaduro, pero eso no quiere decir que un niño sea menos inteligente que un adulto. Generalmente somos más inteligentes, menos escuchados solamente por ser pequeños.

Damián se siente resguardado consigo mismo, con Demian, y por momentos agradece su soledad y la presencia de sí mismo.

–No sé qué pensar ahora, yo solamente quería desquitarme.

–¿Y qué habrías hecho? ¿Pensaste en el daño que pudiste haber causado?

–Lo que no entiendo es por qué la puerta era tan tenebrosa si tú… bueno, yo no lo soy.

–Tal vez es algo que no conoces de ti.

Demian y Damián se ven a los ojos y se sonríen cálidamente.