mil caras

Dígame usted (o dime si no te gusta que te hablen de usted, porque hay cada acongojado que por cualquier idiotez se siente más viejo o vieja): ¿qué haría, qué le pasaría si se llegara a ver a sí mismo durante esa etapa de desnudez? ¿Por qué desnudez? Porque esa transición niño-adulto, que se llama pubertad-adolescencia, ahí es cuando más desnudos nos sentimos. Y no porque nos desnudemos de verdad para descubrir nuestra sexualidad, no, sino porque es cuando más buscamos no ser nosotros mismos, y cuando más lo somos. Por eso es vernos así. ¿Y saben qué me pasó a mí?

Demian se sintió liberado de algo, no sabe qué, pero de algo liberado se sintió. Tal vez de esa mentalidad de que siempre fue malo o de que nació para enfermarse. Al verse como alguna vez fue, como cualquier luz en el universo, limpia y pura, él también se sintió así.

Y por primera vez en mi vida tuve una verdadera razón para vivir y para ser. Suena ridículo, tal vez, y hasta contradictorio, pero ustedes qué saben si no han vivido lo que yo. Que, sin duda, es el ensueño. Es que ustedes creen que tener una vida llena de lujos, placeres y quehaceres es un puto sueño vuelto realidad. ¿Saben lo que es vivir sin tener un verdadero motivo para hacerlo? Obviamente no, porque al momento de vivir una vida de lucha, uno no sabe lo que es tenerlo todo solucionado a nivel que todo se vuelve superfluo. Y no hablo del absurdo de Camus, no, hablo del absurdo del absurdo, de un sin-chiste que no es nada más que esperar a morir. Eso es lo que hacemos los que tenemos la vida solucionada: esperamos a morir, y eso es mucho más desgastante, porque no queremos morirnos, nos da miedo, le tememos. Sin embargo, no me siento asustado, enojado ni deprimido, sino inspirado.

Inspirado, sí, esa es la palabra. Digamos que la inspiración de un artista es la búsqueda incondicional de aquello a lo que nunca llegará, y aún así no se rinde. Sabe que no lo obtendrá, pero dará lo mejor de sí para obtenerlo. Sin ser optimistas. Me caga el optimismo. Sino siendo realistas, existencialistas incluso. La cruda realidad solamente se puede ver a través del realismo mágico de una novela cruda y real, tan irreal que confrontas tu realidad para rehacerla. Y dura cien años, más o menos.

Eso, o que la realidad te rehaga. He visto otro cambio generalizado bastante fuerte, muy remarcado en mi vida: al parecer, todos los egos se están fusionando con su humano para volverse uno mismo. O sea, siempre han sido uno mismo, pero al menos yo podía verlos como dos entes distintos, ahora ya no. Son uno mismo, físicamente incluso, y eso me está crispando los nervios más de lo que debería. Comenzó con mi novia y sus ojos de anciano, luego mis amigos: se estaba empequeñeciendo el alto, y se hizo más regordete, como niño de secundaria; y el otro comienza a tener facciones animales. No he visto a nadie más, a mi compañera de trabajo, por ejemplo, pero cuando ya voy por la calle no puedo evitar sentir un miedo irreparable a donde quiera que volteo.

Este jardín de las delicias se está volviendo caótico. Justamente ayer iba por la calle y vi a una bella familia reunida, padre, madre, hija e hijo. Cada uno transformando su ideal realidad de una forma grotesca. El hombre de familia, en extremo egoísta, tenía los brazos crecidos hasta el suelo y los ojos tan grandes que no había lugar para nada más en su cabeza; la madre una total falta de autoestima, con unos senos enormes y lactantes, así como un trasero digno de hogar para el chamuco; la niña, desde su adolescencia, una lujuriosa de lo peor, con sus piernas eternamente sangrantes y la cara llena de fluidos, sudaba fluidos de hombres; y al final el niño, embobado en la idiotez de sus juegos imbéciles, caminaba raquíticamente, y los pies los tenía en lugar de manos, y manos en lugar de pies, sin dedos, muñones inservibles. No pude evitarlo, vomité. Me tuve que alejar de ahí, más enfermo que vivo o muerto. Un policía fue a auxiliarme y solamente logró hacerme enfermar más con su aliento sulfuroso, tenía uñas de pies en lugar de pestañas, ennegrecidas, atacadas por hongos agresivos, Los labios eran babosos y como de tentáculos de pulpo, su nariz era de ratón. Era uno de los peores pastiches que había visto en mucho tiempo. Su piel llena de pelo como de rata asquerosa, y de su pantalón salía una cola de roedor en lugar de pene. Me desmayé, no pude evitarlo.

Algo bueno, relativamente hablando, resultó de ello. Me llevaron al hospital, obviamente, a uno de los mejores. Raro es que todos son excelentes hospitales, todos familiares y concesionados a nuestro excelente gobierno democrático-griego. Algún tiempo yo también fui representante popular. Un buen trabajo, no pagado, y constructivo. Como sea, desperté desnudo sobre una cama blanca, y la luz era casi purificadora. Lo que pasa con los hospitales es que son filtros excelentes antiegos. Uno pensaría que sería más un lugar espiritual como una iglesia, pero hay padres, no todos, eso lo aclaro; que están más atacados por sus egos que nada. Lo veo en sus miradas pervertidas contra todos, sobretodo contra los puros. Tal vez un ego se siente atraído hacia eso que es opuesto a él, hacia la pureza, por eso todos tenemos uno, porque en el fondo también somos puros. Como sea, una vez más, vi algo increíblemente hermoso. Los egos aquí, en los hospitales, se ven controlados porque al estar preocupados por alguien más, todos dejamos de lado las satisfacciones personales en pro de la necesidad de otra persona, sea quien sea, entonces aflora nuestra alma, aflora eso que dicen que es Dios en todos nosotros. Hay amigos imaginarios ahí con los niños, animándolos y haciendo graciosadas, y los ángeles de la guarda se ponen como regazo para ayudar y salvar las vidas que valen la pena.

Y así como es un lugar de paz donde, ya me di cuenta, puedo ir para relajarme de las grotescas visiones de mi realidad, es un campo de batalla tan voraz que a veces creo que no hay peor guerra que esta. Ángeles y demonios luchan por las almas de aquellos que perecen, por las vidas de los que ya no merecen vivirla, luchan por la superioridad en la mente del enfermo para que, una vez recuperado,  este guíe su vida de tal manera como para que mejore y no regrese. Faunos, mantícoras y quimeras luchando contra celestiales seres de luz cuyos vestidos se vuelven arcoíris y sus voces son rugidos de relámpago; enormes troles con su pene de garrote eximiendo la vida de un ser, contra valkirias cabalgantes que dejan un arcoíris atrás de ellas y cantan a voz soprano de la libre elección; voraces mujeres pájaro que comen las entrañas ennegrecidas de los enfermos contra beatificadas aladas mujeres que son tan perfectas que hasta Dios comprende la magnanimidad de su poder.

Una niña se me acerca, sus mejillas están retocadas por un brillo de manzana roja madura, sus ojos parecen esmeraldas que proyectan su propia luz como lo hace el sol, su nariz pequeña y enternecida la hace ver como todo lo que queremos ser, y sus cabellos no están, enferma de cáncer terminal, pero la luz de la aureola en su cabeza la hace lucir como un baño, un rebozo que llega hasta el suelo y la hace flotar. Lleva un juguete en la mano, un oso de peluche. Yo acostado, ella tiene que ver para arriba, y solamente me dan ganas de apretarle sus cachetitos y decirle lo linda que se ve. Me pregunta que qué me pasó, que por qué estoy en este desahuciado antro, camino de Belcebú. Le digo que he tenido problemas, que veo a la gente como monstruos, y que eso me ha hecho enfermar diarreicamente. Ella ríe y su vocecilla suena como el himno a la alegría de Beethoven. Me dice que sí, que todos somos monstruos, pero que todos tenemos luz, porque así como matamos, salvamos. Me dice que, tal vez, veo monstruos porque me gusta enfocarme en ellos, y que si viera lo que hay en la vida, y la vida misma, podría transformar mi talento en algo mejor que esto.

–¿Cómo sabes que puedo ver cosas que la demás gente no puede ver? –le pregunta Demian mientras se acomoda en la cama, alarmado y entusiasmado.

–Porque yo también puedo verlos, bueno, al menos desde que llegué aquí. Los angelitos son muy bonitos, ¿no crees?

–Son hermosos.

–Tú también, pero no lo quieres ver.

Demian frunce el ceño y le pregunta:

–¿Por qué me dices eso?

–Porque creo que no entiendes que también eres bueno. Crees que eres como los demás, pero sólo en lo malo, Demian.

–¿Cómo sabes mi nombre?

–Ya te había visto, pero no eras tú. Te llamabas Damián, o algo así. No recuerdo bien, pero eres bueno también tú, sólo trata de esforzarte para ver eso también.

Sonriente, la niña se va bailando ballet. Demian le sonríe y la observa irse. Ella murió dos días después. Así de repentina, como su plática, ella se fue.

Demian regresa a casa, en un parpadeo lo hace, y ve que hay una luz encendida en la planta alta. Camina sospechoso, silencioso para no encender alarmas y agarrar in fraganti al malhechor. Hay un gemido, una especie de bufido inmaduro y estúpido; dos, de hecho, dos bufidos, masculino y femenino. Entra en su habitación y se queda duro como roca, al mismo tiempo que un terrible placer lo ataca, como si él mismo estuviera en ese acto sexual: una muchacha universitaria, al parecer, con la falda arriba y su tesoro al descubierto, siendo enterrada y machacada por un jovencito que no sabe lo que es un pelo enterrado. Bufan como animales idiotas, embrutecidos por la mala vida de carga que llevan; y el clímax él también lo siente, siente su pantalón mojado, su poca resistencia al caliente placer de ella también. Y en ese clímax cae dormido, se da cuenta que ese niño es él mismo.