20190906_221953

A continuación presentamos tres puntos irrefutables sobre por qué el pesimismo es la verdadera clave para la vida:

Primer punto: interaccionismo simbólico

Hace muy poco estaba conversando con mi mejor amiga sobre un problema de índole personal que no narraré en estas líneas. Le dije que limitaría una actitud mía pues lo que me trae son problemas y dolores increíbles. Ella me dijo que eso sucedía porque la felicidad que sentía era aparente, simulada, no era real; a esto yo pregunté: ¿Cómo puede ser si en el momento yo era genuinamente feliz? Entonces me dio un golpe y me dijo: justo por lo que te acabo de decir, era felicidad simulada. Nos preguntaremos ahora, ¿por qué felicidad simulada? Porque usamos máscaras. Al interactuar con la gente, necesitamos disfrazarnos, depende de con quién estemos cómo nos comportaremos, es decir: no somos igual con la familia, amigos, compañeros de trabajo, etc. O sea que todos mentimos y necesitamos que nos mientan para poder, no solamente encajar en la sociedad, sino también para que esta se mantenga a flote, funcional.

De esto podemos concluir que nadie es genuino, todos mentimos, a todos nos mienten, no hay forma de conocer a nadie de verdad, ni a nosotros mismos, porque nos vamos creyendo nuestras propias máscaras. Así, pues, no se preocupe usted por generar relaciones duraderas: siempre estará tratando con una fachada simulada, totalmente irreal, un engaño vil y traicionero.

Segundo punto: somos, primordialmente, egoístas

Ahí están las santas enseñanzas guiando nuestro camino y diciéndonos qué hacer según la palabra del señor. Del señor que mató a su hijo para que se hiciera dios, porque en lugar de compartir el secreto para vencer a la muerte, convertir el agua en vino o ser uno mismo una divinidad; pues mejor se dejó morir. ¿Qué nos enseña este bello cuento de hadas? Que todos somos egoístas. El egoísmo es esa parte inherente de nosotros que nos lleva a actuar de la forma que tanto nos define. Cualquier cosa que hagamos estará guiada por un sentimiento personal, un sentimiento de egoísmo puro: primero yo, luego yo, y al final yo. O sea: primero chingo a que me chinguen y que se chinguen los demás.

Es una mentira, una gran mentira lo que la gente dice sobre los actos totalmente desinteresados. Nadie actúa solamente para ver el bien ajeno, porque eso no nos retribuye nada. Solamente actuamos en pro de alguien más cuando vemos que ese logro nos traerá una consecuencia ligeramente positiva hacia nuestra persona; ya sea materialmente o emocionalmente o sentimentalmente. Incluso una madre actúa egoístamente: procura el bien de su vástago porque solamente así ella tendrá un recipiente en el cual verter su amor y sus prejuicios personales sin que nadie lo evite.

De esto podemos concluir que al ser todos primariamente seres egoístas, no hay acto de amor desinteresado por el cual inspirarnos. Eso sólo sucede en historias ficticias como novelas o cuentos. En mentiras. Aquél que profese su amor solamente por ver a otra persona triunfar y verla bien, aquél que promueva este tipo de mentira enajenante, debería ser quemado en la hoguera de la infamia por disfrazar la realidad de forma tan estúpida y libertina. Si algo no nos trae algo conveniente a nosotros, no nos es de interés.

Tercer punto: nada es para siempre, excepto el dolor

Tal y como el maestro Arthur Schopenhauer dijo sabiamente alguna vez: lo único que es constante y consciente es el dolor. Cuando enfermamos, nos damos cuenta de la enfermedad, estira el tiempo y lo hace parecer correr mucho más lento, nos vuelve fardos que los demás deben de cargar. Cuando estamos sanos, no nos damos cuenta, y hasta buscamos razones y quehaceres que nos hagan sentir miserables: el trabajo para llegar a casa y gastar el poco dinero en necesidades básicas que nos obligan a regresar a trabajar en algo que no nos gusta, las relaciones enfermizas que tanto nos gusta entablar, los problemas del mundo que lejos de ser solucionados crecen y crecen como incendio, el simple acto de despertar sin una verdadera meta en la vida… Eso y más es a lo que se reduce nuestra existencia.

Si comprendemos la vida como un para siempre, entonces lo único constante es el sufrimiento. Solamente hay pequeños lapsos de descanso que nos desacostumbran, y justo cuando comenzábamos a tener resistencia y callo ante las adversidades; llega otra cosa que nos hace tambalear y nos suaviza. Los buenos tiempos son un verdadero cáncer: nos hacen débiles, nos acostumbran a la mala vida, no son más que una mentira que nos contamos a nosotros mismos, duran menos que un parpadeo y siempre se burlan de nosotros en nuestra desgracia. Mientras tanto, el dolor siempre estará ahí para recibirnos con brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja.

De esto podemos concluir que nada vale la pena porque siempre va a perecer: las amistades, los amores, nuestro éxito, los buenos tiempos, la felicidad, las sonrisas, el bienestar personal, la salud, el sol brillando en el cielo. Todo eso acaba: el amigo te cambia por alguien mejor, el amante te cambia por alguien de belleza superior, el éxito es un sueño húmedo generalizado, los buenos tiempos significan pesadillas para los demás, la felicidad es un suspiro, las sonrisas cansan, el bienestar personal es una simulación, la salud se acaba, el sol brilla y nos enceguece. Nada dura ni un simple pedo.

Así, pues, ¿para qué sorprendernos ante la vejación y el dolor continuos? Lo mejor es aceptar cómo las cosas son, verlas de frente y simplemente dejarse llevar por la marea de la sinrazón y el pesimismo. Siempre que uno se siente bien, la caída será diez veces peor; pero cuando uno cae, se entrena para la siguiente, que será mucho más profunda. El dolor no tiene fin, la felicidad es solamente la fugaz ausencia de sufrimiento, pero en sí no es un estado del ser humano. Hay que ser conscientes de nuestras limitaciones humanas y aceptarlo: nacimos para llorar. Seamos conscientes de esto y las cosas no nos serán una desagradable sorpresa, solamente un desagradable evento anticipado que nunca nos haga tambalear. Quedémonos en el suelo para que no nos lastimen más.