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Despierta. En mucho tiempo de vida adulta, o lo que él cree que es vida adulta, se había despertado como ahora: tan de buen humor, con ganas de ver a los ojos a la gente y decirles que los quiere y que sin ellos su vida no tiene sentido. A cualquiera. Irradia felicidad como el sol irradia luz, se siente tan positivo como un pobre diablo podría. Quiere, además, contagiar a los demás de su felicidad, lo cual es el peor pecado que se le puede imaginar a él. Ese otro yo, en niño, lo reconfortó de alguna u otra forma, incluso siendo él mismo, era como una muestra de que aún queda esa parte buena en él. Fue un gran autodescubrimiento. Por primera vez, al reflejarse en el espejo de su habitación, es él mismo.

Se baña y va al trabajo, de buenas, lo cual es raro cuando te tienes que despertar antes de que salga el sol. En el salón, decide desobedecer su plan de clases, que él sabe y siendo todos los profesores de vocación sinceros: un plan nunca podrá seguirse al pie de la letra porque no tratas con computadoras, sino con alumnos. Juega, y él se inmiscuye en el juego para darle un nuevo toque al mismo. Es raro que sus alumnos se emocionen tanto por un maestro que juega con ellos, como si rompieran la ilusión de que el maestro no es un ser humano como cualquiera, porque, al parecer, no son seres, son máquinas que obligan a obedecer. Aunque, ¿qué mundo viviría sin hegemonías? Son necesarias, anárquicamente necesarias.

Al salir, decido llamar a mis amigos para ver si alguien puede o tiene la tarde libre, a fin de cuentas es viernes y no hay muchas cosas que hacer. Bueno, sí, calificar, pero hoy es descanso, todos lo necesitamos, y luego de una ajetreada semana, más que necesario. Y casi por arte de magia, lo cual me sorprende mucho, todos tienen la tarde libre y saldrán conmigo. Quedamos de vernos en un restaurante-bar, donde la cerveza es excesivamente barata. O una de dos: nexos ilegales o la rebajan. Yo creo que la rebajan, pero no hay tanto problema si lo pensamos, porque todos nos rebajamos ante los demás, tememos de nuestra luz propia, tememos porque podemos cegar a los demás, y eso problemas nos puede acarrear. Si nos rebajamos al nivel de los demás, que no rebajen el de la cerveza.

La última en llegar es Gaby quien saluda de beso a todos y se sienta al lado de Damián, porque en ese momento Rafael fue al baño y “lo siento, mi judicial, el que se va a la villa pierde su silla… ja, ja, ja, no, las leyes no te ayudan en este caso. La injusticia divina es la de la mujer, ¿recuerdas? Anda y sufre tu papel de víctima”. ¿Qué se le puede decir si tiene razón? A medias, al menos, ¿quién no nos dice que Adán y Eva en realidad eran un cuerpo hermafrodita? ¿Que la costilla de Adán no era la creación de un falo y de una copa para recibirlo? ¿Quién se atrevería a afirmar que ellos no eran uno? ¿Que el pecado original es la lujuria, sí, porque ya podían serlo, y gozarse entre ellos mismos? Vaya que a Dios le salió mal esta, porque en lugar de hacernos sentir mal, gozamos con el mal. Está bien que nos ponga pruebas, pero esta le salió mal, muy mal.

–No mamen, estaba leyendo un libro que me dejó muy impactadarks… ja, ja, ja, sí, es que soy tan Darks que cago murciélagos… ja, ja, ja; no ya, en serio, fue una verdadera revolución interna para mí.

–¿Cuál leíste, Damián?

También está Valeria, pero esta vez va sin su novio. Justo como Damián quería.

El péndulo de Foucault, de Umberto Eco.

–Es que, güey, tú estás enamorado de ese escritor –dice Damián su tocayo.

–Ja, ja, ja, no es cierto, es que no mames, escribía super chido; se debió morir el brasileño ese, no Eco –y finge que llora. Sus amigos ríen. Han pedido un “bocón”, así se llama la cerveza: son cinco litros de bebida en un recipiente con llaves para estarse sirviendo continuamente.

–¿Qué es lo que te tiene tan emocionado? –Pregunta Gaby. La pregunta ideal.

–Es que fíjate que todo el libro es una gran burla, un círculo de burla. Básicamente trata de unos intelectuales que, si los conociéramos en persona, seguramente los odiaríamos por pesados. Pero estos no, creo que porque sabemos que no son reales y eso es bueno para todos. Entonces, estos intelectuales comienzan a hacer una investigación sobre los caballeros templarios y los ritos de iniciación, y ponen cada cosa más bárbara como que comen fetos y así… ¡neta!, bueno, al menos eso dice en el libro, que sea verdad o no, pues ya sabes que la realidad muchas veces es peor que la ficción. Como sea, sin intelectuales y hacen estas investigaciones de conspiraciones y control mundial, sabiendo que son falsas y burlándose de ellas; pero a lo largo del libro se van confrontando con personas que sí las creen ciertas y que incluso participan en ellas. Mira, que para no hacértela tan larga… sí, como a este güey le gustan ja, ja, ja; no, ya, en serio: se ven inmiscuidos en una conspiración real, y sus vidas corren peligros por “saber” tantas cosas ¡que ellos inventaron!, o sea, es una jalada. Lo peor, y es lo que no viene en la novela pero un poco de pensarle te permite darte cuenta de esto: te acabas creyendo todo. ¿Te das cuenta? Empiezas sabiendo que es burla, pero Eco logra entusiasmarte y meterte tanto en la novela, que te crees todo, y con eso, se burla de ti. No, no, no mames, no; maestrazo, el puto amo.

–Entonces me lo recomiendas, supongo –dice Gaby.

–Sí, claro, totalmente; pero no es latino, para que le bajes a tu xenofobia.

Sus amigos ríen. Ella bebe. Todos beben.

–Pues ya veremos, amigo, tal vez tú puedas causar algo similar en alguien –dice Rafael luego de brindar.

–No, no manches, escribir como Eco sería como esos morritos de cuatro años que son maestros en el fútbol. Creo que hay unos que sí nacen con un talento innato. Él era uno de esos, verdaderos artistas e intelectuales. De gente como él hay que hacer películas, no de rastreros insectos como Justin Bieber.

–¡Cálmate kakaroto!

Ríen.

–Es que es neta, güey.

–Pero no manches –dice Valeria quien estaba revisando su celular. Algo ausente estaba.

–Pero es que, no sé si ustedes estén de acuerdo, pero eso que dijiste en tu presentación estuvo rudísimo. Me encantó. Creo yo que sí tienes un don con las palabras, la verdad, sentí mucha emoción; al borde de llorar estuve, en serio, fue algo padrísimo.

–Sí, güey, sí, no manches, fue algo muy cabrón lo que dijiste. Una invitación a las artes, que tanto falta nos hace. Casi una especie de promoción de la cultura. Eso estuvo muy denso –secunda Damián, su tocayo. Damián, nuestro protagonista, les sigue la corriente pero no comprende de lo que están hablando, se nota perdido, y ellos lo notan.

–¿Qué pedo, Damián?

–Es que… estoy un poco perdido… ¿presentación?, ¿de qué están hablando?

–¡Ja, ja, ja, no te hagas!, la semana pasada que fuimos a tu presentación, de tu libro que acabas de hacer, el del don que puede ver los egos y no sé qué. No lo he acabado, por eso no te puedo decir más, pero sí tratas temas muy densos, güey.

Damián sigue incrédulo.

–¡No mames!, ni lo has leído, tonto –le dice su tocayo al grande. Todos ríen. Damián se une a sus risas para dejar atrás este tema, pues de verdad no comprende.

Empiezan a retirarse, pues a pesar de estar hoy casi en un ideal de su propia mente, también ellos actúan tomando sus decisiones personales. Al final sólo quedan Damián y Valeria, quien luce ensimismada.

–¿Qué tienes, Vale? Te noto muy seria, no has hablado casi y pareces distraída.

Ella desvía la mirada, pensando. Parece haber hecho algo malo, y el peso de un secreto siempre es demasiado para nosotros, siempre necesitamos compartirlo, porque de eso depende nuestra salud mental y física.

–Es que mi novio… –está a punto de quebrarse, tiene los ojos llorosos y la voz le tiembla, tiene un tic en el ojo y su pierna la mueve insistentemente.

–¿Te hizo algo? –Pregunta Damián con un súbito furor de calor en él, con un coraje innombrable. La debe proteger.

–Estoy embarazada.

De repente siente que cae, como cuando va a despertar de un sueño. Todo se le oscurece, y la ebriedad parece nunca haber estado en su cuerpo.