mil caras

Despierta. No recuerda haber tenido un sueño tan vívido como ese, con alguien que creía conocer tan bien pero que en realidad no pues cuando acabó su acto, la puso a dormir, se vistió y se le quedó viendo fríamente. Demian no supo qué decirle, pero ese otro yo no era para nada lo que creía. Pensó que ese sería su ego recobrando fuerza, un niño quiere decir que el ego es muy peligroso pero que está siendo vencido; este no, se le veía fortalecido, engendrándose en su propia delicia. No le pudo decir nada y aquél le dijo un choro impresionante. O eso cree él. No recuerda muy bien. Pero su sensación es de estar sucio, de no poder aguantarse ni a sí mismo. Sus manos, su cuerpo, su mente están infectados por un virus que no es físico, sino que habita en otra dimensión; eso cree.

Entonces, para no pensar más las cosas, porque mi problema es que pienso mucho. No sé si hay más gente a la que le pase eso, creo que a mis amigos sí; pero yo al pensar tanto me hago un problema más grande del que en realidad es, porque cuando dejamos que la mente aflore, inmiscuimos problemas que en realidad no estaban ahí, y que no debían estarlo. El problema, el mío al menos, es que me gusta sufrir para sentirme especial, creo, y sintiéndome especial creo que hay una razón verdadera para seguir adelante, seguir viviendo, pues en algún momento, este sufrimiento deberá acabar. Entonces, este malestar es mental, por lo que no se puede quitar por medios físicos, y aún así buscamos erradicarlos de esa manera. Y eso es lo que yo trato.

Demian se levanta y sale de su habitación, nota su cama destendida, fruto de la acción que tuvo, y que no tuvo, porque se vio, y era él, pero él no era tan él. No se creería capaz de hacerlo. ¿Cuál sería su razón? Ella se ha ido, entonces supone que hay paz de nuevo en su hogar. La recuerda, o eso trata de hacer: era esbelta y sus ojos eran una mezcla de café y verde, únicos, casi divididos por la mitad. Su piel era tersa como un pétalo de una flor que no ha abierto a la primavera porque aún es invierno y debe cuidar esa juventud que no está preparada para lo que viene. Cuidase ella de no morir antes de tiempo. Su cabello era castaño pero con tintes amarillos, casi brillaba como una cadena de oro pulido. Su nariz era una Peña de Bernal tan esbelta en la cabeza del mundo que tenía una atracción casi orbital. Solamente quería girar en torno a ella. Sus labios eran carnosos, de esos que son buenos para dar un beso maternal. Y su cuerpo tenía estrías, pero no resultaba desagradable, no resultaba repulsivo, si no generaba quererla, un cariño de esos que un hijo tiene a su madre, un cuerpo vivido y tallado por la gracia de la vida que engendró, un cuerpo tan imperfecto como lo puede ser Dios o una Virgen María que recibió un fruto divino pervertido. Se va al baño y no puede dejar de pensar en ella, y a pesar de que la recuerda desnuda, no tiene una erección, porque no le genera ningún deseo enfermo.

Cuando la besaba él, yo, había algo encontrado, era como querer hacerlo y no querer hacerlo. No sé cómo explicarles. Por suerte el agua caliente que sube por mi cuerpo me ayuda a despejar mi mente, a pensar un poco más lo que en realidad pasó, a despejar la duda y el tormento. Mi problema, aunque tú no lo creas mi querido lector, es que sentía lujuria, sí, quería acabar en ella como lo hacemos en nuestra mano en un rato de soledad; pero al verme haciendo eso la enfermedad atacó mi mente como lo hace la enredadera con el muro: delgadas ramas se van multiplicando a lo largo y ancho, delgadas hojas se vuelven carpas, se afianzan, se aterrizan, se vuelven inmovibles. Inmóviles. Cuando el ego ataca, es tan difícil eliminarlo como lo sería renunciar a lo que más amamos en la vida. Y la enfermedad me atacó así: una implosión que todo lo jalaba y no dejaba libre, no liberaba, sólo carcomía. Se entrometía. Entorpecía. Diluía. Distopía. Es que no saben lo que es darse asco hasta que uno lo hace, uno no siente asco hasta que caes en eso que creías nunca sería algo propio de ti. Yo sentía que estaba teniendo esa relación con mi madre. No lo era ella, no, era Valeria, pero por alguna razón eran tan la misma persona que me parece difícil separarlas.

Acaba de bañarse y se seca. La pesadez radica sobre sus hombros, Demian siente un nudo en la garganta y en el estómago. De repente, sus alumnos se le vienen a la mente, y siente aún más culpabilidad. ¿Cómo es que él, un monstruo de esos que ve fusionándose con la gente que pensaba que era su amiga, pueda ser un ejemplo a seguir? Se apura a vestir dentro del baño pues siente que la misma desnudez es una razón más para la tristeza y la congoja que tanto le afecta. Una lágrima resbala por su rostro y la toma con su delgaducha mano, la observa y se seca con el antebrazo. Queda frente al espejo del baño, pero está empañado y no se puede ver bien, solamente hay una ilusión, un falso reflejo, una mirada con ojos cerrados. Una imaginaria semblanza planteada por un desdoblamiento potencial. No se ve, pero ve algo, un Demian pervertido, y no limpia el espejo porque tiene miedo de ver el verdadero monstruo ahí, reflejado, y que ese algo le confirme su miedo: que él sea él. Que él sea aquél, porque cuando caemos en las garras (manos, pezuñas, cuchillas, fauces, colmillos…) de un ego, sentimos que no somos esa persona, cuando recordamos algo culposo somos en realidad alguien más, alguien purificado, porque necesitamos no-ser para poder ser. ¿Cómo reconoceríamos o negaríamos a Dios de no ser así? No siendo él, de a ratos, y luego ser él de nuevo, de a ratos, justo luego de caer. Quien sabe, tal vez su hijo gozaba del dolor, y ese era su pecado, y después pudo ser divino porque separó esa parte placentera de su parte divina, porque lo divino no siente placer, solamente deber. Deber ser. No se siente ser, únicamente debe ser.

Ya vestido no siento miedo de verme al espejo, porque recuerdo que antes temía que el que estuviera en el espejo no fuera yo. No sé cómo explicarlo. ¿Cómo podemos confirmar que el reflejo somos nosotros? Si el ser humano estuviera hecho para verse, tendría ojos de caracol para girarlos y no dejar de contemplarse a sí mismo; pero no somos así, nos incomodamos al vernos en una foto, al espejo; sentimos que nuestra voz es terrible y suena muy diferente en una grabación; todo nuestro trabajo es inferior al que cualquier otra persona puede hacer. No estamos hechos para contemplarnos. Y eso lo noto en mi difuso y engañoso reflejo: mis ojos son demasiado grandes, parecen dos agujeros negros atrayendo luz, eliminándola de la faz de mi ser; mi nariz no parece más que dos fosas nasales, no tengo orejas, creo, y mi frente es muy grande. Imagino que mi piel sería cacariza, incolora; y a pesar de haberme bañado, de apenas salir, un terrible olor a encerrado y podrido flota en el aire, un muerto encerrado en la humedad, una cagada conservada, un pedo aguantado por mucho tiempo. Así me siento: insignificante como un gas que no tiene otro motivo que el de disolverse en el aire como la nada que es. Así nos sentiríamos todos si supiéramos lo que en realidad somos, en una constante búsqueda de un algo que no encontraremos porque nuestros ojos están pegados a nuestra cabeza y no podemos ver más que lo que hay enfrente. Eso soy yo, lo que está en frente, y lo que veo es el terrible monstruo que soy; terrible y miserable, ahí radica su miseria.

Demian separa la mirada, cierra los ojos y no puede dejar de pensar en el mal que se ha causado a sí mismo y a esa persona, quien quiera que sea. ¿Sofía?, ¿Valeria?, ¿Él mismo? No sabe, y solamente quiere morir, porque así escaparía de sus problemas, pero al mismo tiempo le da miedo, porque el miedo es propio de los miserables monstruos como él. Sin destino ni motivo para respirar, sale, se sienta en su cama y observa ese bulto desconocido; sin miedo, porque ya no hay nada que temer, encorva su infantil espalda y se queda ahí. El silencio resulta casi sepulcral en su casa, siempre está solo. Solo. Como esos pasos solitarios que suben las escaleras, calmados, pausados y aterrizados, tan ligeros como los del aire, como el de la persona que no quiere ser descubierta. Temería, pero no hay razón, ¿qué puede haber peor que él mismo? Una luz proyecta una sombra, una mujer desnuda se aproxima. Él ve cómo ella entra, y está vestida con una sedosa bata de dormir, su cabello negro llega hasta la cintura, y su enternecedora mirada lo llena gusto.

Levanto la mirada llorosa, los mocos invaden mi nariz y salen de esta, mi barbilla tiembla y miro como lo haría el niño que se arrepiente de haber hecho algo que sabe que le causará problemas con su tutor. Ella entra, mi madre hermosa, con una sonrisa casi divinal y me limpia la nariz con un pedazo de papel, se sienta a mi lado y me abraza, y yo hundo mi cabeza en su seno, escucho el latir de su corazón y ella canta una canción de cuna. Yo solamente soy su bebé desamparado, y ella mi razón de ser.

–Shhh, ya, ya mi estrellita, mi corazón, las cosas no pueden ser tan malas. Cuando un niño lagrimea es un delito, porque esa agua sagrada debe ser cambiada por una sonrisa.

–Yo no puedo sonreír, mamá.

–Sonreír es fruto de una felicidad interna, una falsa sonrisa es el peor pecado capital.

Me pregunto por qué me dirá eso si solamente soy un niño con mente de adulto.

–Es que ¿cómo puede alguien sonreír cuando no hay motivo para hacerlo?

–¿Por qué, el niño más hermoso de la Tierra, el mío, no tendría una razón para hacerlo?

–Porque no la encuentro.

–¿Entonces qué esperas?

Damián se aferra a ella y ve sobre su hombro, ese bulto, la cabeza de eso que hace bulto se asoma entre las sábanas, y su sus encías sangrantes denotan una sonrisa parecida a un cuarto menguante, si este se diera en la curvatura del abismo de la locura.