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No comprendo. Había tratado de pasar más tiempo con Gaby para olvidar a Valeria, quien ha estado mucho más presente en mi vida que mi propia madre. De hecho, cosa de la que no me había dado cuenta: ambas tienen un parecido casi irónico, como un mal chiste. En fin, no entiendo por qué de repente ella me sale con eso, y lo peor: que soy la única persona a la que se lo ha contado. ¿Quieren saber qué es lo más gracioso? La estupidez que me dijo después, porque no contenta de decirme que está embarazada, me dijo que sentía los síntomas desde antes de que tuviera relaciones con él, porque tuvo relaciones con él para culparlo. Entonces había otro, un tercero en cuestión, y al preguntarle a mi amiga quién era, no me supo decir, porque lo único que le había sucedido es que había tenido un sueño. Conmigo. O sea, en pocas palabras, que yo la embaracé en un sueño. ¡Válgame Dios! Ahora yo soy el espíritu santo rondando y preñando vírgenes para traer hijos de Dios. Yo soy Dios, por lo que veo. Vaya estupidez. Lo peor de todo es el gran coraje que siento, porque no debería ser así. Ella es mi mejor amiga, y me cuenta todo, y yo la amo, pero no estoy para soportar esto. Eso es totalmente irreal, pero no importa, lo voy a solucionar, y vaya que lo haré.

Damián entra a su casa y ve a su madre sentada en la cocina, con el cabello más corto cada vez, o al menos eso le parece a él. Ella está comiendo una fruta. Va con ella, porque tiene la sensación que no ha estado con ella desde hace mucho tiempo. La observa de frente y la mujer tiene la mirada perdida en la nada, como una añoranza mal traída, y mastica lentamente; aunque una muy leve sonrisa se le alcanza a iluminar en el rostro. Siente un ligero escalofrío al recordar las primeras veces que visitaba el otro mundo, pero no le da más importancia.

–Hola, ma, ¿cómo estás?

Ella voltea hacia él con una especie de rencor en los ojos, en el reflejo, pero su voz dice lo contrario.

–Hola, hijo. Bien, bien, descansando un rato del mundo real. He estado demasiado tiempo trabajando, estoy cansada.

Damián observa sus ojos, que recordaba que eran color café, ya no lo son.

–¿Acabas de llegar?

–No estoy segura. No fui, según yo.

–¿Cómo que no estás segura?

Ella sonríe y lo toma de la mano dulcemente.

–No te preocupes, solamente estoy distraída, algo… escindida.

–¿Escindida?

–Dividida.

–No te entiendo, ma.

–No te preocupes, cosas de mujeres. Deberías ir a escribir, esos libros no se van a hacer solos y, no sé si has visto las noticias: tu novela está vendiéndose relativamente bien.

–Ah, sí… respecto a eso, ¿recuerdas hace cuánto fue?

–Dos semanas. Vamos bien, hijo, a pedir de boca. Pero deberías hacer más, si a esto te quieres dedicar…

–¿Y eso no te molestaría?

–Lo que te haga feliz a mí me hace feliz.

Su sonrisa es fingida, como si dos ganchos jalaran sus comisuras.

–Valeria me dijo algo muy pesado, ma.

–¿Qué pasó, hijo? ¿Qué te dijo tu amiga?

–Se embarazó. De su novio.

Ella arquea las cejas para decir:

–Pero ya acabó de estudiar, supongo. Al menos la universidad.

–Sí, eso sí, la acabó, pero aún siento que es muy pronto. Lo peor es que lleva como cinco meses, y no me había dado cuenta. Eso ya ha de ser más humano que nada.

–Pues sí, tienes razón, debió haber vivido un poco más, salido y conocido; pero al menos ya tiene la universidad, y quieras o no, eso ya es una ayuda. ¿Su novio va a corresponder?

–Me dijo que sí, pero ella no le ha dicho nada a su familia, y está nerviosa.

–Bueno, es una pésima noticia, o no, quién sabe. Ya debió haberles dicho.

–Ojalá pudiera ayudarla de alguna forma.

–No puedes, es su vida. No te puedes meter en la vida ajena. Recuerda, cada quién es responsable de su destino.

–Acabas de decir algo contradictorio, ¿sabes?

Ella sonríe y dice:

–¿Por qué?

–El destino es algo que no podemos controlar. ¿Cómo ser responsable de algo que no está en nuestras manos?

–Sí está en nuestras manos el afrontar la consecuencia de nuestro acto, que incluso estando designado divinamente, sigue siendo al momento, personal y voluntario. Cuando no lo podemos cambiar, o sea, cuando quedó en el pasado, es cuando nos damos cuenta que era incontrolable.

Damián escucha a su madre anonadado, se siente, por momentos, como si tuviera diez u once años de nuevo.

–¿Y si estuviera en nuestras manos cambiar una consecuencia?

–Sería… un problema.

–¿Por qué?

–No podríamos soportar la carga de una consecuencia que no esperábamos.

–No esperamos ninguna consecuencia, ma.

–No, pero cuando la sabemos, y pudiendo, la cambiamos; ¿podríamos con el peso de ella? Creo que no, no puede ser peor afrontar algo por primera vez con la ilusión de que no estaba en nuestras manos, cuando sí lo estuvo; que afrontar una consecuencia que definitivamente está en nuestro poder el que suceda o no.

Damián sube las escaleras luego de besar en la mejilla a su madre y sentir un leve escozor en la nariz con su aroma. Delicioso. Sin mal pensar las cosas aún. Y al abrir la puerta casi se cae, se queda calvo, y se hace del baño. Ahí está él, esperándolo. Es él cuando era niño.

–Ni se te ocurra.

No entendía, no podía respirar y me caí de sentón porque mis piernas dejaron de funcionar, eran de cartón mojado. Un sudor repentino cubrió mi cuerpo como cuando un peligro sucedáneo nos ataca. Me mareé. No sabía dónde estaba. Me levanté del suelo, no grité, por suerte, así no alarmé a mi madre. Él está ahí, o bueno, yo estoy ahí, sentadito en la cama, con su carita reluciente y sus cabellos suaves, pequeño e inocente en su apariencia, porque su mirada es esa del roble envejecido, esa del ent de Fangorn, o esa de Soggoth, pero aún mucho más primigenio. No lo comprendo bien, recupero mi respiración y me doy cuenta que me oriné un poco, por lo que la seco. Sólo lo imagino. Es lo bueno de este mundo. Me levanto rápidamente y entro.

–¿Qué haces aquí?

–Yo soy yo, voy a donde quiera que vaya.

–No empieces con tus juegos raros de palabras, por favor. No es momento.

Me dirijo campeador hacia el espejo cuando mi vocecilla me interrumpe:

–No es un juego de palabras, no lo hagas. Suficiente has hecho ya a ella.

–¿A quién?

–Valeria.

–¿Dónde? Mentiroso, yo solo la escuché.

–Aquí…

Me detengo frunciendo el ceño, tratando de dilucidar lo que dice. Me doy la media vuelta y me observo a mis tiernos ojos.

–Mira, no sabía que era tan lindo. Segundo… ¿qué?

–¿Qué vas a hacer?

–Ayudar.

–No eres tú en este momento.

–¿Cómo puedo dejar de ser yo, si yo soy yo? Además, estoy hablando conmigo mismo, y me veo en forma infantil, no me digas que no soy…

–¿Damián? ¿Con quién hablas?

Es Sofía, su madre. Damián se alarma y piensa rápido.

–¡Nadie! Es mi… celular.

–¿Tu celular?

Ella no abre la puerta, habla a través de lo material.

–¡Sí!, un video que hice en la escuela…

–Esta bien… iré a hacer ejercicio. Nos vemos al rato.

–Con mucho cuidado, ma…

Escucha pasos que se van y se dice, al pequeño yo.

–¡Eres un idiota!

Y siente la ofensa a sí mismo, así como cuando alguien más nos ofende, ese encenderse en nuestro interior; así siente cuando se ofende a sí mismo, con una mezcla de inferioridad, porque es peor decirse algo a que alguien más nos lo diga.

Traspasa el espejo y el sol brilla, aunque a través de la ventana, que no se da cuenta que ya hay cristales en las ventanas, a diferencia de la primera vez que visitó este mundo; hay algunas nubes moviéndose cubriendo el sol aleatoriamente en ciertos puntos del planeta, si es que es el mismo planeta.

–Es hora de ayudar –se dice a sí mismo, y no es el yo niño, sino él mismo. Camina hacia la salida, parpadea, ya no está en su casa.

El amor es hacer lo que sea por el bien de nuestra gente, de nuestros amigos. Ahora mismo ya no estoy en mi casa, porque he llegado con Valeria. Mi amor platónico, llamémosle. Ella tiene un problema, sí, no quiere estar embarazada. ¿Qué haría un mejor amigo? Ayudarla. Yo no soy su amor platónico, y el papel de estos es ignorar por completo (o más que eso, porque ignorar es haber tenido acceso a un conocimiento del que no hay cuenta en nuestra cabeza) lo que pasa en el mundo; entonces, yo no soy amor platónico, yo no puedo ignorar, solamente ayudar. Y lo haré. Ella está triste, verás, y yo no lo puedo ignorar. Pero esa puta voz, ¡maldita sea! Creo que es mi consciencia… ¡Ja, ja, ja! No lo es, soy yo, pero en pequeño. Bueno, yo también estoy pequeño aquí, pero soy el otro yo, ¿comprenden? No me deja de molestar, no me deja de castrar con que lo que estoy a punto de hacer no está bien y lo que sea, pero ¿a quién le importa su pequeña y puberta opinión? Todos sabemos que los preadolescentes son imbéciles para ser humanos, porque no son ni niños ni adultos, sino un pastiche mal hecho por ellos mismos. Pobres diablos. En fin, es más fácil ignorar a un niño que quitarle un dulce, ¡incluso más si ese niño somos nosotros! Tal vez por eso somos tan inseguros de grandes, por quitarnos a nosotros mismos lo que somos. Voy con ella y aquí tiene la panza especialmente grande, como si estuviera a punto de parir. ¿Qué perra se embaraza de su novio cuando puede tener la felicidad segura conmigo? Pero bueno, ella no sabe de mi mundo en el espejo. Qué más da. Incluso así, la voy a ayudar, para que vea que aquí hay compañerismo. Me la imagino cómo estará. Estoy en mi casa. Llego a mi cuarto, el de adulto, y la veo ahí, como dios la trajo al mundo, con esa desagradable panza que significa que alguien más la ha polinizado. Ella está más húmeda que yo. Me le acerco y le beso el cuello, los labios y luego la boca. Ella se prepara, entonces yo entro.

No sabe por qué hay tanta sangre, no debería, pero no lo puede evitar, le está haciendo daño, pero sus alaridos son gemidos para él, sus ganas de liberarse son ganas de seguir para él, su torcerse es igual a placer para él. Damián hunde la mano, seca, entre las piernas de ella, y complicaciones encuentra para hacerlo, de hecho se atora en momentos, y los gritos de ella son tales que los tiene que acallar de un golpe; y hunde la mano, se siente baboso ahí, caliente y latente, es como tratar de encontrar una aguja en un pajar de sesos y mierda. El olor es increíblemente desagradable, ella se ha hecho del baño, del uno del dos y del tres; pero a él no le importa, porque lo hace por ayudarla.

–Espera, espera… aguanta, esto es lo mejor para ti, te estoy ayudando, ¿recuerdas? Soy tu amigo, tu amigo nada más. Esto es por tu bien, por tu bien…

Hunde más y más su antebrazo hasta cubrir casi hasta su codo con sus labios vaginales, como si ella se lo fuera comer entero. Y unas cosquillas lo distraen, un desliz de terror. Pero vuelve a buscar ciegamente, vuelve a encontrar. Deditos, diminutos. Se escapa. Un miembro, diminuto. Se escapa. Dedos de nuevo, de las manos. Se escapa. Está resbaloso. Sangriento. Pero ella no grita, gime de placentero dolor. Damián busca aún, explora la selva negra. Y encuentra. Toma un bracito. Lo jala delicadamente como quien planea la muerte de algo más. Así de simple y delicado es la muerte, como la forma de él de sacar el bracito. Y ve las manitas llenas de sangre, y los dedos aferrarse a los suyos propios. Vomita sobre sí mismo. Enfermo, y guiado por algo que no es él mismo, jala y ve el hombrito, la cabecita, el otro hombrito, sus ojitos, el cuerpecito, sus piernitas y deditos de las patitas. Y el cordón umbilical. Se da cuenta de la delicadeza. Toma un brazo y lo arranca. Un silbido en su cabeza. Toma el otro y lo arranca con la misma facilidad, ve las venas y arterias alargarse hasta un punto que parecen látigos regresar. Tira el otro bracito. Quedan patitas. Toma una y la arranca de la rodilla. Nada suena. El bebé grita pero no hay voz. Ella sigue gimiendo de placer. La madre goza entre más afuera tiene al bebé, porque el bebé es un parásito, y entre menos tenga, mejor vive. Arranca la otra pierna desde el muslo. Siente una gran paz al hacerlo.

Le estoy ayudando. La imbécil poco puede hacer con un bebé. Le tomo de la cintura. El bebé, si es que a semejante adefesio lleno de mierda se le puede llamar así, se retuerce en algo parecido a convulsiones, en fin, lo tomo del cuello con una mano, y con la otra, sin ver, jalo hasta que siento que jalado lo suficiente. Vomito una vez más. Le quité la maternidad a una madre. Cierro los ojos, todo me da vueltas, no entiendo. Las manos las siento pegajosas, llenas de pecado y sangre. Y volteo, y la veo. Limpia, así como mi cama. Nada entre las piernas. Sensual. Nada en mis manos. Deseosa. Poca cosa. Entregada. Y yo me entrego, y la hago ser mujer, así como yo me hago hombre. Su cabello negro. Sus ojos cafés. Su nariz achatada. Su legacía. Su maternidad. Su yo. Ella es tan sensual como yo mismo lo soy, porque ella y yo somos. Entonces, ella suspira, y alguien hay detrás, me doy cuenta, pero yo no me detengo; tuerzo el cuello y me veo, juzgador, pequeño y con un bulto entre las piernas.

–No me veas así, Demian, no lo hagas, Damián, que ni sabes quién eres. ¿Esto está mal? Eso crees tú. ¿Qué es lo incorrecto, en realidad? ¿Te has puesto a pensar en la frugalidad de la vida? ¿En su banalidad? ¿En su poca importancia? ¿En la lucha constante de sueños? Y peor aún: ¿En la búsqueda implacable de la verdad y el bien? Te diré algo, Demian, Damián, que lo peor que ha hecho el ser humano ha sido ligar la verdad con el bien. El bien es un ente inmaterial, y la verdad es un ente materialmente inmaterial. Lo bueno se ha reducido a lo que es aceptado socialmente, mientras que la verdad es lo que sucede independientemente de las normas. Imagínate ser maestro, imagínate que un alumno tiene problemas fuera del aula, ¿qué papel juegas? El de monstruo o el de salvador. Vaya dicotomía bastarda. Si eres monstruo, le mentirás al niño para que logre algo por su vida, y la verdad será mentir, y estará mal; o puedes ser salvador, decir la verdad y que el niño o niña se hunda en su miseria fuera del aula. ¿Qué está bien, qué está mal? Solamente nos queda lo tangible: lo verdadero. Hay que alcanzar lo que es por lo que sea. No, no es el Maquiavelo de Joyce lo que cuenta, el fin no justifica los medios, no, sino lo bueno justifica los medios. En el momento en que comprendamos que la finalidad es lo que cuenta, siempre y cuando esté encaminada al bien, entonces todo será bueno. Y lo bueno es lo del momento. Al instante. ¿Estoy pecando mientras te digo esto y lo hago? No. O sí. Pero justo ahora quiero esto. ¿Qué tan mal está? ¿Preferiría limitarme a lo correcto para luego caer en una peor monstruosidad? Porque eso es lo que pasa, quien se aguanta, recurre a peores pecados. ¡Permitamos el libertinaje, el pecado y el horror! Que los santos se vayan al suelo, la víctima que vaya al infierno, y nosotros aquí en la tierra hagamos lo que es bueno y está bien, la hacemos el cielo, porque así no afectamos a terceros. Si te fijas, así pensando, hasta el peor monstruo se vuelve el mejor santo. Dios. Así todos somos Dios. Hijos del salvador, el salvador encarnizado. Fíjate bien, cómo consiguiendo lo que queremos al momento, somos santos. Si nos aguatamos, aguas, es ahí cuando el problema viene. Que sufra quien quiera, que goce quien quiera y que se vaya al cielo quien no hizo nada. Porque el cielo es para esos que no hicieron nada. Y yo prefiero gozar a sufrir, porque arriba todos rezan, abajo todos seguimos la fiesta. ¿No es lo que todos queremos? No hay más vida que esta, mi amigo, mi yo querido; hay de venidas a venidas, como la del señor hijo de Dios, pero de su venida a venida, yo me vengo, y esta es la verdadera venida, ¿no es cierto? ¿Lo que todos creemos? ¿No es así como todos actuamos? ¿Lo que todos…

Y acabo en ella, y esa ella, tan parecida a mi madre es, que por un momento me la creo.