mil caras

Hacía tanto que no tenía un sueño que por una parte le resulta complaciente y por la otra totalmente enfermizo. ¿No es curioso, lectores, cómo una cosa tan ridícula como un sueño le pueda quitar su paz a Demian? Entre todas las cosas que puedan afectar a uno como ser humano, una tan irreal como un sueño debería ser el menor de nuestros problemas. Pero este no fue un sueño cualquiera, no que no, fue una verdadera revelación maldita, llena de una desequilibrante coyuntura patológica: él se veía a sí mismo teniendo relaciones con una joven, más grande que él en su sueño, pues él era un niño púber, y ella con un parecido ignoto a su madre. Eso cree él que vio, pues todo era tan borroso que no tuvo claridad alguna de lo que sucedía. La parte que casi lo hizo despertar, pero que no logró hacerlo pues algo lo sostuvo en esa inconsciencia, ese sopor de pesadilla, fue cuando se vio niño girando la cabeza ciento ochenta grados para decirse un sermón digno de un defensor de las enfermedades y obscenidades del ser humano, todas esas que él siempre vio en otras personas, esa única y tan poderosa como para incitar a la separación del ser en hombre y mujer, y así provocar su expulsión del paraíso terrenal divino: la lujuria. Ese, el origen de todos los males. Despertó sudando, sobresaltado, frío y pegajoso. Se baña enseguida para quitarse el malestar de enfermedad y se sale de su casa. Su madre ha estado presente y no la quiere ver, es lo último que quiere, verla, a ella, la que le dio la vida. Lo último que logra vislumbrar es su cuerpo propio desarrollado por el ejercicio en el espejo.

Quedó de verse con su amigo, Rafael. Ya no tiene miedo de salir a la calle porque todos los egos se han fusionado tan perfectamente con todos los seres humanos que ya no hay diferenciación, todos son iguales a él, todos son él mismo. Ya no puede usar sus habilidades intrínsecas para lograr que ellos hagan lo que él quiera, y por una parte le trae paz porque ya no se siente superior a ellos. La superioridad es un veneno, no un arma, porque al sentirte más también tienes la falsa responsabilidad de actuar como tal. Y ahora que es un igual, puede degustar del sinsabor de ser nadie y alguien. Es tranquilizante y efervescente, por momentos quiere regresar a ser ese alguien al que todos asistían para solucionar dudas o complejos mentales; pero también puede gozar de un rato personal, buscando su propio motivo de ser, de vivir, que creía tener, pero que ya no encuentra, ya no posee.

Se sienta en el café, con su bebida a un precio desorbitante y observa a la gente. Su amigo tenía la maña de llegar a la hora, pero hoy parece que se le ha hecho tarde. Entonces observa, si bien, no hay ego para comparar su vida y actuar con esa bestialidad interna que no podemos ver fácilmente, hay reminiscencias del mismo: la felicidad. Sentados, con su ropa de marca, su cigarro en mano y sus palabras desbocadas, oraciones sin sentido que salen disparadas al aire y ahí se pierden, conceptos que son escuchados y comprendidos, vaguedades de la vida cotidiana que se vuelven tema de importancia en la vida, elementos tan míseros que no deberían ni ser mencionados. La vida del hombre gira en torno a encumbrar todo eso que no debería serlo. Pareciera ser que todos queremos ser víctimas y eso es lo que nos hace ser. La inferioridad personal es motivo para volvernos importantes ante los que estimamos, al menos en el momento en que lo recalcamos y nos volvemos miserables roedores de un mundo hecho para felinos.

–Qué onda, Demian.

–Qué onda, mi buen. Siéntate, amigo.

–¿Cómo estás?, ¿tienes mucho tiempo esperando? –pregunta el enorme Rafael con su estentórea voz mientras se sienta.

–No llevo mucho aquí, casi acabo de llegar, y ando bien, amigo. Algo pensativo, pero bien.

–¡Qué caray, amigo! Pero pues nada se le puede hacer. Yo también he estado algo ocupado, cansado y agobiado. Fíjate que salí con una chava, la conocí en la uni y como que nos perdimos el rastro, pero otra vez la encontré en redes sociales y me puse a platicar con ella, y me invitó a su fiesta de cumpleaños. No te dije porque no son el tipo de tus fiestas, puros abogados mamones, ya sabes.

–Sí, sí, claro, como tú.

Rafael sonríe mientras bebe.

–¡No!, ¿yo? ¿Cómo crees? –contesta risueño.

–¿Cómo no? Mamón es tu tercer nombre.

Ríen.

–En fin, amigo –hace ese gesto común en él: pasa sus dedos índice y pulgar, cada uno, a los lados de sus labios como para limpiarse algo que no tiene–, fíjate que sí fui. Yo iba acá, en plan de echar desmadre a gusto, cotorrear y pasar un buen rato; pero no pude, incluso ya tomado, no me sentía como que en ambiente, ¿sabes? No sé si es porque ya crecí o lo que sea, pero no, ya no puedo andar como antes con ellos. He perdido eso que me hacía feliz con ellos.

–¿Qué te hacía feliz con ellos? –Pregunta Demian.

–Pues no sé, no sé si te has dado cuenta cómo hemos cambiado a lo largo de estos años que salimos de la uni. Ya no salimos tanto. ¿Recuerdas la preparatoria? Eso era felicidad.

Demian sonríe añorando su pasado cercano.

–Sí, sí, claro, los siete pecados capitales, todos juntos yendo por donas a la tienda cuando no había clases ja, ja, ja; pinches donas mosqueadas, güey, qué asco ja, ja, ja.

–Ni que lo digas ja, ja, ja; pero pues, no nos preocupábamos por nada, la verdad, vivíamos el momento sin importarnos lo demás. Creo que eso es lo que extraño de antes, de nuestra felicidad, que no estábamos embarrados todo el tiempo de estos malos ratos, malas emociones, malos momentos.

–Pues sí, pero tenemos que crecer, no nos podemos quedar todo el tiempo siendo niños, ¿verdad? O sea, hay que enfrentar la realidad: la felicidad son momentos muy definidos, muy específicos.

–A ver, güey –dice Rafael–, ¿tú cuándo eres feliz?

–Esa es una excelente pregunta, que no sabría contestar ja, ja, ja. Últimamente he estado muy confundido, la verdad. Yo era feliz en mi trabajo, aquí contigo; digo, aún soy feliz cuando ando contigo; pero pues son momentos muy específicos, siento que todo el tiempo ando cargando cosas que o son, que ando esperando un algo que no sé ni siquiera que llegará. Cuando escribo… antes tenía más ganas de hacerlo, ahora no, no sé, siento que no tengo la capacidad, la he perdido.

–Es que ese es nuestro pedo, cabrón –ambos encienden un cigarro–: ya no podemos asombrarnos con facilidad. Bueno, no, mejor dicho, esa capacidad en los demás se ha perdido, ya no nos asombramos, ya no somos curiosos como antes. Todo eso que nos hacía movernos ya no es más que un simple suceso que a cualquiera le puede pasar. Aunque sea con una película, güey, con la cosa más estúpida, ya no. Hemos perdido la niñez. Yo siento que no la tuve.

–Ni yo, güey –dice Demian expulsando el humo, clavando su mirada en el café–, no recuerdo nada de mi niñez… con eso de que ni sé quién es mi padre…

Guardan silencio un momento.

–¿Y tu mamá no te quiere decir?

–Es muy evasiva con el tema, ¿sabes? No me quiere decir, cuando le pregunto se pone loca y no sabe qué contestarme o no quiere. No sé ni siquiera si existe… ja, ja, ja, bueno, obvio que existe porque yo existo, pero pues no sé, todo se vuelve muy confuso. Y soñé algo hoy, bastante raro pero casi revelador, sobre mí mismo.

–¿Qué soñaste, güey?

–Pues hablé conmigo mismo –dice, ocultando el detalle de patología digna de clínica a vista de todos al estilo Foucault–, pero yo era menor y era un… pervertido.

–¿Pervertido?

–Sí, güey, no hay otra forma de describirlo. Estaba loco en mi sueño, decía cosas incoherentes para nuestra realidad. Estaba justificando la maldad en el ser humano, prácticamente y eso me dio miedo. Estaba justificando que no tuviera padre, o que mi padre fuera enfermo.

–Qué caray, amigo, ni qué decir. Mira, independientemente de lo que sean los sueños, con una cosa nos podemos quedar: son irreales, no son lo que somos. Son proyecciones.

–Eso sí, pero ya sabes, son el tipo de cosas que te sacan un pedo al momento, y que hasta te hacen replantearte la situación, la tuya propia, pues.

–Eso que ni qué. Oye, y cambiando de tema, ¿qué onda con la Gaby? No mames, me encantó esa mujer.

–¿Verdad que sí? Te digo que es bien chida, me super cae bien, además es bien lectora, digo, conoce mucho de literatura latina, pero nos echamos unas pláticas bien interesantes –dice Demian sonriendo, recordándola a ella.

–Me imagino, amigo. A ver cuándo nos volvemos a ver para echarnos unas cervecitas, una plática, era superrelax.

–Te dije que te iba a caer bien. Simón, le voy a decir que cuándo volvemos a salir. A huevo dice que sí.

–Pero ¿cuántos años tiene, güey?

–Pues diez más que nosotros.

–No mames, se ve bien joven y actúa como tal. A lo mejor no creció ja, ja, ja.

–No seas mamón, güey, ja, ja, ja, respétala. No mames, no tienes vergüenza.

–Que la vergüenza la tengan los cerdos, que yo no.

Ambos ríen y se terminan su café entre platicas más tranquilas y amistosas, igual que los demás ahí.

Ya en su carro, Demian maneja hacia su casa. Piensa en cómo la felicidad radica en la ignorancia hacia los verdaderos problemas del humano, piensa que, tal vez, es cierto eso de que entre más ignorante uno, más genuinamente feliz es. Cierra la puerta y ve a su casa, extrañado por no ver egos ya, pero también agradecido de no tener que lidiar con ellos, de que no le sacan sustos repentinos por su presencia invisible y también evidente. Nunca vio a su ego con claridad, aunque bien sabe que ese niño podría serlo, lo cual significaría que él mismo es su ego pero; ¿por qué tendría él esa suerte si los demás eran monstruos fuera de ellos mismos? Ahora no lo están, pero igual, sería demasiado fácil no lidiar con su ego.

Entra a la casa, en la que todas las luces están apagadas. Una vez más, escucha ese forcejeo que le causa escalofríos, el mismo de la otra noche.

–¿Mamá? –Pregunta con un creciente terror en el alma. Su piel se pone lívida y siente que entrará en shock en cualquier momento. Escucha pasos que vienen desde el nivel superior, descalzos. Entonces ve a su madre, crecida y madura, como dios la trajo al mundo, con senos turgentes y su sexo húmedo.

–¡Mamá, por Dios!

–Dios no existe, hijo, solamente yo. Hazme tu diosa, como siempre lo has hecho.

–¡Qué!

Su cabello se vuelve oscuro y le crece hasta la cintura, esa falsa sonrisa se transfigura a una mueca de dolor y sus lágrimas caen desde sus ojos hasta toda su lisa piel, los mocos aguados y espesos salen de su nariz directamente a su boca que ella sorbe como si fuera granada verde, su voz se corrompe en un chillido de rata. Observa, Demian, a su otro yo, que la abraza por detrás de forma viciosa y arremete contra ella con su endurecido sexo empequeñecido.

–Es una delicia, ¿no crees? Hay de venidas a venidas, como la de Dios, pero mis venidas en ella son aún mejores.

Todo se nubla para él, y cae en un abismo de oscuridad más profundo que cualquier universo existente.