Impresionistas

En una ocasión tuve el gusto de ir a un museo con una generación de alumnos que nunca voy a olvidar. Ahí, viendo pinturas de los más famosos, de repente uno llegó y me dijo que lloró viendo una pintura, y como mi interés fue mucho, en seguida lo acompañe a verla. Era una composición impresionista, estoy casi seguro, pero no soy experto, así que igual y me equivoco. Vi la pintura y no me generó gran emoción, sólo pensé: “¿Por esto lloró Dany?”. Claro, luego vi una pintura de Van Gogh y yo fui el lelo. No lloré. Sin embargo, he de admitir que el pasaje que quizá más emoción me ha generado tanto por su estilo, su narrativa, sus palabras fue ese donde Fingolin desafía a Morgoth, en el Silmarillion. Nunca pensé que podía sentir tantos escalofríos por un conjunto de letras acomodadas de forma específica.

¿Qué tienen de parecido ambos casos? Que ambos reflejan la contemplación de las cosas tal y como Schopenhauer lo llegó a plantear. Esto lo leí en Houellebecq, o sea: el francés escribía un fragmento literal de Schopenhauer y él daba su punto de vista. Claro que si Michel Houellebecq dice que está bien lamer patas, pues yo le hago caso. Sin embargo, ese no es el caso (peores cosas narra en sus novelas): hay que dejarse invadir por la cuestión con una perspectiva de contemplación, algo así como perderse al mismo tiempo que replicamos ese sentimiento, esa paz, esa observación del mundo que nos rodea. Dejarse llevar, bajo estos estatutos, no es simplemente proyectarse con lo observado: es volverse uno con lo que se observa. El cerebro en sí tiene procesos que facilitan de alguna manera este convertirse en un único ente con lo observado, por lo que, en teoría, no es cosa del otro mundo.

Sin embargo, aquí viene el contraste. E incluso podría ser generacional, ahora sí que quién sabe. Mi experiencia fue la que sigue: soy amante de ciertas películas de antaño del género terror como “El exorcista” de William Friedkin y “El resplandor” de Stanley Kubrick. Así que invité a dos amigos a ver la primera en mi casa porque quería compartirles lo que, a opinión personal, considero buen cine: nada de screamers, sonidos atronadores y demás faramallas y recursos sobreexplotados hoy en día. Eran actuaciones de primera clase, efectos especiales avanzados, al menos para su época, efectos de sonido maravillosos y una banda sonora más que respetable. Así que yo, emocionado, volteaba cuando sucedían las escenas fuertes, las de voces guturales horrorosas, las conversiones de la niña, sus groserías, la madre desesperada, esos pequeños detalles con los que antes se construía una película: mis dos amigos en sus celulares.

De ahí ya no he invitado a nadie, ni lo haré en el futuro. A menos no para ver películas a las que yo tengo tanto respeto, en todo caso las veo solo y me sigo emocionando e intrigando casi tanto como la primera vez.

¿A qué voy con todo esto? Considero que, con todo y todo, es una estupidez esa de dejarse llevar por cuestiones tan vagas como un celular mientras estás haciendo algo. Yo voy al café a escribir, es parte de mi ritual personal, y voy solo, por lo tanto no hay problema si saco mi celular, mi computadora, mis audífonos y me clavo; justo porque voy solo. Sin embargo, veo a señores, padres y madres de familia, con sus párvulos, y cada uno tiene su pinche tableta, celular, videojuego, lo que sea. Veo señores o señoras en el celular viendo quién sabe qué mientras sus vástagos de cinco o seis años se maravillan de una puerta corrediza. ¡Señor, señora, no mame, deje su pinche celular y póngale atención a su criatura!

Ahora, es obvio que yo caigo en un error: tomarme personal el hecho de haber invitado a mis amigos a mi casa a compartirles algo que yo considero algo bien hecho y que ellos, en lugar de poner atención, hayan estado bien clavados con la conversación de la chava que les gusta o lo que sea que hayan hecho en su celular; es cuestión de gusto, momento y personalidad. O sea, yo de vez en cuando, al momento de estar con alguien, checo el celular. Generalmente apago mis datos para el internet no me moleste, si es una emergencia para lo que alguien requiere contactarme, que me llame, y así nos evitamos problemas. Pero en sí, cuando ando con gente, elimino factores de distracción porque el tiempo que dedico es para esa persona. Cuando veo una película o leo un libro, elimino factores de distracción para poner real atención. Me pregunto si habrá sido la misma emoción al leer “El péndulo de Foucault” si hubiera estado revisando mi celular a cada página leída.

Porque, claro, ambos me dijeron que les gustó la película, pero yo me quedé con un sinsabor. Una amargura, aunque sea contradictorio. Más que nada porque cualquier tontería me la tomo a pecho, pero ésta es la cuestión: el tiempo que te tomas para pensar en alguien es lo que le da ese toque especial a las cosas. Por ejemplo, yo cuando regalaba cosas, que ya no lo hago porque mis regalos acaban olvidados, son libros. Regalaba libros que ya había leído con anterioridad. ¿Por qué? Porque es lo que más consumo y “mejor conozco”, además de que cada libro tiene su personalidad, y cuando pensaba en alguien, pensaba en qué libro gozaría. Resulta que sólo una persona me ha dicho “Gracias, estoy leyendo el libro que me diste”. Los demás no los leyeron siquiera. ¿Qué aprendí de esto? Que te puedes tomar tu tiempo, independientemente del gasto, eso es lo de menos; también puedes pensar en alguien, que esa persona sienta algo específico o que satisfaga sus gustos o necesidades: no vale la pena. No van a leer lo que les das, no van a respetar lo que les enseñas, no van a darte el tiempo que tú les das a ellos.

Claro que, si encuentras a quien sí, no lo sueltes.

La cuestión sin embargo puede ser también de generaciones, gustos, incluso formas de adquirir información o el mensaje, como ya lo dije. Bien podría ser que esa es su forma de disfrutar las cosas, al menos en el ejemplo de mis amigos. No obstante, no lo creo así: creo que para gozar una buena ficción, que no olvidemos que somos seres que gustan de contar historias, y ¿por qué no?, de escucharlas también; necesitamos contemplar, observar, volvernos uno con la historia contada, con la ficción, reconocernos en esa situación y pensar qué miedos tendríamos, qué valentías trataríamos, qué decisiones tomaríamos, a qué consecuencias nos confrontaríamos. Pero no, tanto en la vida como en la ficción otras cosas son más importantes, a pesar de que no son ni la mitad de estas dos. Olvidemos el esfuerzo que se toman por nosotros, olvidemos que la atención se da físicamente, olvidemos que la interacción humana es de contacto, olvidemos que un detalle dice cosas más bellas que un “te amo”, olvidemos que somos más que una pantalla. No, no dejemos esa notificación infame y superflua sin respuesta, sin un “ja, ja, ja” con cara seria y sin emoción. No mostremos emociones, no son necesarias si mejor podemos estar en el pinche celular todo el tiempo.