mil caras

Despierta. Olvida. Demian conocía la felicidad, pero ahora no sabe si lo que era, era eso, ser feliz, pues ¿cómo saber que uno es feliz cuando ese concepto mismo es en sí inalcanzable? Bueno, él cree, y es que ¿qué concepto no lo es? Vaya, que vive en la época en que todo es un constructo social, hasta el constructo social es un constructo social, ya ni hay experiencia ni nada innato; porque todo es social, y lo social es innato, social y divino. Demian creía conocer la felicidad, y ahora se da cuenta que no es eso, entonces, ¿qué es? Conocía él la felicidad, o eso creía, al ver a los seres de luz, como los amigos imaginarios o los ángeles, que no eran otra cosa más que inocencia y luz pura; ahora no ve ni oscuridad ni luz, entonces se da cuenta que su felicidad radica en algo parecido, no en algo más allá. ¿Cómo sabemos que somos felices?

Demian tiene problemas para levantarse, nunca se había sentido así de cansado, es más, no recuerda sentirse cansado desde hace mucho tiempo. Ni recuerda haber dormido. Se levanta con una resaca y observa a su rededor: la común habitación de un niño como él: un desorden en la ropa tirada en el suelo, una silla llena de cosas que ya usó, pero que podría volver a usar porque no están tan sucias, el escritorio lleno de papeles inservibles que servirán algún día, plumas, lápices y ápices, una lámpara y papeles con ideas por todos lados, carpetas llenas de papeles que algún día serán útiles, tenis y zapatos regados por el suelo, y su librero, que es lo único que lo enorgullece, como si toda su mente estuviera ahí, en esos libros, juguetes, colores, legos, patines y maquetas, aviones pegados al techo que vuelan por la eternidad, sonrisas, metal y plástico.

Al despertar, bien podríamos pensar que es cuando estamos más lúcidos, aunque, en realidad, es cuando nos sentimos más decaídos. Es el sueño de un descanso que nos deje libres de una vida llena de terrores llamados, en su conjunto, realidad; es morir un poquito, dormir es dar pie al inconsciente que, si lo conociéramos, nos sería peor que la realidad. Bueno, eso sería ser algo que no somos, o que ignoramos ser, entonces ¿cómo podríamos ser algo que no sabemos que somos?

Tiene una sensación de fatalismo, una especie de alucinación, un preámbulo de muerte. Se siente enfermo y no se quiere mover de la cama, sabe que si se va, enfrentará problemas. Una pesadez mental lo aletarga, hace que sienta el cuerpo moroso, como si sus brazos, piernas y demás partes de su cuerpo no fueran suyos, como si hubiera despertado de un sueño que no quería ser soñado, una realidad exorbitada y llena de placeres, como una fantasiosa ensoñación; y ahora su cuerpo mismo lo paga, dolo, lo hace con maña, como si quisiera prevenirlo del peligro que correrá en algún momento de este día, porque lo que viene será el fin y el inicio.

Se sienta en la cama, recuerda un ego que vio hace unas semanas, tan lleno de ámpulas que se enfermó del estómago, le dio diarrea y vómito al mismo tiempo, justo en ese momento, y su madre tuvo que luchar con un desagradable olor en el carro. Se le eriza la piel y observa sus delgadas piernas, sus calzones tiesos la dureza entre sus ingles. Tiene un mal presentimiento, le tiemblan las piernas, se siente ansioso, quiere apretar algo, quiere morder. Su cabeza le retumba desde dentro y la boca la tiene espinosa, seca en su totalidad, la garganta le duele, le raspa como si fuera a enfermarse, lo que espera que no. Trata de recordar sus sueño pero apenas una especie de tonadita es la que logra a formarse en su recuerdo. No siente que haya descansado. Quiere cerrar los ojos de nuevo pero le duele la espalda. No quiere levantarse. No debe levantarse, eso es lo que piensa, pero no puede evitarlo, hay que seguir la rutina.

Su puerta está abierta y ahí está, lívido y respirando, el ego de su madre. Salta de vuelta a la cama, y respira agitadamente. Demian siente miedo, miedo genuino. ¿Cómo podemos definir una emoción? En realidad nunca lo hemos hecho, solamente describimos la sensación física, así de limitados estamos. Confundimos la sensación con la emoción, pues la primera es física y consecuencia; la segunda es etérea, inmaterial y, por ende, a menos que nuestra comprensión de lo que es y no es sea sobresaliente, se sale de nuestro poder a la más mínima distracción. Cuando describimos una emoción, describimos lo que sentimos físicamente y disfrazamos lo que en realidad es con lo que creemos que es. ¿Podría ser que las sensaciones también sean creencias? Pues bien, Demian siente miedo, un miedo que se arrastra desde su estómago hasta la parte más alarmante de su cerebro, funciona como una pelota que rebota y hace tanto ruido que no lo deja idear pensamiento alguno y se pierde en una especie de zumbido letal que lo hinche de latidos acelerados de su corazón. Lo había olvidado, ese sobresalto de ver un ego cuando no se lo esperaba. Y ahí está el de su madre. Su piel es de madera, parece un roble avejentado y lleno de vida en su interior, llora desde sus ojos de obsidiana ámbar que petrifica la vida, su nariz está caída como por efecto de la gravedad y su cabello son ramas sin hojas, va dejando a su paso un sendero de muerte, de tierra y sangre. Sus manos alargadas llegan al suelo y parecen lianas secas a punto de quebrarse, dedos larguiruchos que se retuercen como gusanos inmundos tratando de encontrar vida, sus pies son ramas que se mueven en multifacéticos y rastreros pasos confundidos. Su hedor es el de la putrefacción avanzada, el de la muerte prematura, el de la vida que teme. Pero todo se centra en su mirada y su respiración que escupe. Su mirada es la propia de un ser que se quiere morir. Porque la mirada del vivo está llena de luz, la del muerto está perdida; pero la del que se quiere morir está desorientada buscando la luz.

Respira y observa a su hijo, lo observa como se observaría a un muerto. Lo amaba. El ego da la media vuelta y se aleja caminando, aunque más parece que se va flotando pues sus raíces se mueven todas a un unísono repetitivo. Demian se recupera y ve una luz afuera encenderse. Sale y la ve, a su madre, de cabello negro y hasta la cintura, cuerpo de aquella que no tuvo hijos, una mujer preparada y bien capaz de hacer cualquier cosa que se proponga, sin importar este objetivo. No comprende. La recordaba diferente. El tono de su cabello más claro, menos activa, menos movida.

–Hijo, qué bueno que te levantas. Pensé que se te iba a hacer tarde.

–No, no te preocupes. Sí tengo sueño pero ya estoy bien, listo.

–Bien, bien, las responsabilidades esperan.

–Tú no… ¿tú no tenías el cabello diferente?

–¿A qué te refieres? –pregunta ella frunciendo el ceño.

–Más claro, tal vez…

–No, hijo, ja, ja, ja, qué flojera estarme despintando el cabello. Que eso lo hagan las que no tienen nada qué hacer.

Demian le sonríe.

–Apúrate que te voy a llevar a la escuela.

Demian frunce el ceño.

–¿Me vas a llevar a dónde?

Y se da cuenta, ya no es el adulto que él creía ser, ha vuelto a ser ese niño pequeño que siempre ha sido.

Ve su uniforme que luce muy pequeño comparado con lo que él ya estaba acostumbrado a ver, pero al ponerle las manos encima luce grande y normal. Luce normal. Se prepara, se peina, desayuna cereal y parte para la escuela. Siente un gran nerviosismo pues no piensa como niño, sin embargo irá con un montón de estos, en esa etapa que nunca le gustó: la secundaria. Demian piensa que podría ser bueno, o sea, quién nunca ha soñado con la posibilidad de ser pequeño con la mente del adulto que ya es, con esa madurez y conocimiento sobresaliente sobre los demás. Piensa él que algo bueno podría resultar de esto.

Se despide de su madre de beso y entra con su pesada mochila. Todos los edificios lucen enormes, el blanco refleja la luz, los árboles son garras y las rejas son sonrisas infructuosas. A todos sus compañeros los observa como si fueran un ente fuera de este mundo, algo que no debió haber nacido, algo como un esperpento, un aborto mal logrado, un pobre diablo que apenas sabe que es diablo. Entra a su salón y se sienta en su lugar, y ve al maestro entrar. Es joven, y les ha contado su vida. Observa a sus favoritos ir con él, Julián y Agustín; el docente se llama Alejandro, y tiene una novia, Valeria; poco les ha contado de ella, pero lo último fue que está embarazada. Se lleva muy bien con ellos dos. Facilidad también tienen, son extrovertidos, a diferencia de Demian, que se encierra en su pensamiento y prefiere no hablar para no arruinar cualquier situación a la que se esté enfrentando. El profesor inicia su clase, la más relajada de todas, con solo hacer acto de presencia y respirar, para hacer notar al maestro que estás vivo, es más que suficiente. Y hoy viene de buenas, por lo que chistes, bromas y buena vibra es lo que se vive.

Las clases continúan sin más problema que la del cambio de salón, uno que otro acosador, y una sola amiga de la que después se enteraría que es homosexual. De todos modos ni le gustaba. Solamente era su amiga. Una buena. También ve a Benjamín, con quien no dejaba de pelear en la primaria, ahora no se dejan de juntar para hacer equipos en las materias y los trabajos en grupo. Es un güerito de sonrisa amistosa. Es gracioso pues, se odiaban a muerte (o lo que un preadolescente pueda entender por muerte) y ahora son tan inseparables que cada uno va a la casa del otro a jugar videojuegos. Aunque Demian se enoja enseguida al perder, por lo que prefiere no ir. Al menos no con su mentalidad de adulto.

Luego viene la extraclase y consigo una de las pesadillas más ensoñadas y recordadas por él: va a Taekwondo, y tiene que cambiarse junto a un montón de otros niños en los baños de la escuela. No es problema ver a los demás niños, sino ver que se tiene que desnudar en frente de ellos. Alguna vez le pasó que otro niño de su mismo nombre lo viera en calzones blancos y le dijera “mira sus calzones” y le tocara lo que lo hace hombre. Sintió que el mundo se le caía a pedazos, o eso también se le cayó y se transformó en otro ser. Sin embargo, a otros les iba peor, y él lo veía: algunos se encerraban en los baños que cuidan un inodoro, cerraban la puerta para conservar su privacidad; les iba peor. Les quitaban la ropa y la ponían en lugares poco aseados, se la llevaban y los dejaban ahí abandonados, no los dejaban de molestar porque, qué maricas, encerrarse cuando los verdaderos hombres se ven todo a todo y hasta se lo tocan, porque no hay muestra más varonil que la de sentir bien con otro hombre y aún así no dejar de serlo. Prefiere él sentir pudor frente a muchos a que se burlen sin que él pueda hacer nada.

Sube a su salón después de eso, porque no recuerda si eso pasó otro día o el mismo, y ahí está Iturriaga, maldito Iturriaga, es enorme y tiene pésimas calificaciones, huele feo, tiene mentón de hombre mayor, y caga lo que la inmundicia caga: pendejadas. Bueno, pues, dice puras tonterías. Llega con él y le dice:

–¿Qué te gusta Andrea?

Demian voltea a la niña, quien se va del salón de clases y se quedan él, Iturriaga, y otro niño escuálido y pálido como lo sería el hijo de Drácula.

–Sí.

Y el golpe lo sintió en la mejilla, aunque logró esquivar la mayoría de la fuerza, la sangre llena su boca con su ferroso sabor de hoja vieja de librería prohibida. Otro. Lo esquiva. Iturriaga lo embiste y tira al suelo. No hacen nada más que forcejear, como si Iturriaga solamente quisiera sentir contacto físico, no enfermizo, sino el abrazo que su padre nunca le dio. Demian, por su parte, toma una botella de plástico y lo golpea con fuerza en la cabeza para liberarse de él.

Luego del incidente, se vuelven amigos.

Se le hace tarde a su madre para recogerlo, otra vez es el último, y está ahí con el guardia. Llega ella y él se sube.

–Recuerda que hoy tienes tus clases de regularización, por eso llegué tarde.

Le duele la cabeza, tiene hambre, no se siente bien y quiere echarse fuera del carro en movimiento a ver si se muere o algo.

–Ok, mamá.

–¿Cómo te fue?

“Me tocaron, me golpearon, me quiero morir, y me choca ir a regularización porque la escuela es una tontería”.

–Bien.

–Qué bueno, hijo.

Llegan a la casa. Es su casa propia.

–¿No dijiste que me llevarías a regularización?

–Así es.

–Estamos en nuestra casa.

–Pues entonces la regularización vendrá a nosotros.

Demian camina hacia la entrada, mientras su madre se entretiene con la otra madre que llevaría a su hija. Ve un patio. Decide adentrarse. Es una casa rectangular con un enorme jardín al lado, y ahí, en la casa, hay una puerta que dirige a la cocina, y tiene un cristal por el que se puede ver a través. Los demás se han quedado atrás. Va él solo. Mira el pasto, el cielo raso, la casa cuadrada, cemento, flores marchitas y amarillo; ve la imponencia, el dolor, el azul y el reflejo. Hay alguien asomándose. Esa visión tuvo en la casa, pero fue su imaginación, él no tiene por qué ver monstruos en todos lados. Camina campante, explorando, conociendo, viendo, recordando. Observa una lagartija. Escucha un hueco sonido, el del sonar de la ventana con el nudillo con piel. Lo ve. Es reptiliano. Es andrógino. Un ser primigienio. Una persona que no es persona, o bueno, alguien que sí lo quiere ser. Tiene el físico de un ser humano que salió fallido. Que no quería ser humano. Tiene orejas puntiagudas que llegan al cielo, ojos de mosca que ven todo en vitral, una nariz desaparecida reducida a un par de orificios nasales, una cresta que nace en la cabeza y se cae en la barbilla, labios desaparecidos, encías sangrantes, delgadez cadavérica, ojos negros y hundidos en la locura, cejas arqueadas, dientes puntiagudos, saliva de semen, sonrisa enferma, mirada pizpireta, respiración agitada, músculos agrandados, cuello desaparecido, venas elevadas, barbilla prominente, piel putrefacta, pelos de espina de nopal, joroba de Notre Dam. Y esa mirada. La suya propia. Demian se observa y cae.

Se ve al espejo, y ve su ego en el reflejo.

Su ego camina y lo toma de la mano para guiarlo.

Entran a la habitación.

Se desnuda a sí mismo siendo otro.

Damián lo levanta ya desnudo y lo sienta en la cama.

Demian no comprende por qué se está haciendo esto.

El placer enfermo de verse a sí mismo dándose placer oral nubla su mente, tiembla y no controla las contracciones y esa poderosa sensación en el pubis lo hace sentir ensoñado.

Se acuesta en la cama y siente en su propia boca, a pesar de no ser él mismo, su propio miembro.

Gime y llora al mismo tiempo, porque quiere y no quiere.

No aguanta.

Se retuerce.

Se le corta la voz.

Siente el líquido espeso y caliente, saborea, se le llena la boca, y Damián lo coloca boca abajo para después desabrocharse el pantalón. No siente pudor, uno nunca se siente apenado de verse a sí mismo.

Se pierde. Se ve a él mismo. Se muere. Desaparece. Y comprende lo que la felicidad es.

Despierta. Ese sueño lo estuvo molestando de nuevo. Es extraño, no es propio ni siquiera, parece prestado. ¿Cómo que cómo es un sueño prestado? Pues sólo puedes saberlo si lo tienes. Bueno, pues: un sueño ajeno es aquél que no quieres tener pero que aún así sueñas. O sea, es ajeno porque no es lo que generalmente pensarías de ti, pero es tuyo porque tú lo tuviste. Ese es un sueño prestado. Damián se levanta de su cama y se talla los ojos, no se quiere levantar, el entrenamiento de ayer le fue brutal. Entrenamiento de pierna en el gimnasio. Su cabeza aún le da vueltas. Trata de palpar el frío suelo, ve a través de la oscuridad lo que puede ver de su habitación. Se quita el cinturón que sostiene su pants para dormir. Sí, Damián duerme con un cinturón sosteniendo su ropa para dormir, entre más apriete su cintura, mejor. ¿Por qué? Se masturba dormido, y a él no le gusta. Lo sabe porque despierta justo al momento del clímax. Todo lo anterior es desconocido para él. ¿Cómo puede ser que haga un acto de onanismo sin siquiera saberlo? Le cuelgan los pies, cierra los ojos, cansado, y a su mente llegan unas manos llenas de callos que resultan lastimeras a su piel, lo raspan, ahí, donde más blando está. Vuelve a abrir los ojos, sobresaltado, y decide levantarse. Tambaleante, enciende la luz y se pone una playera, para recorrer esa rutina que es casi exasperante, pero necesaria…