Imagínense un mundo sin guerras ni catástrofes, imagínense un mundo sin gobiernos opresores y malhechores, malvivientes, malvividos, malparidos, mal nacidos, malandrosos, mal formados. Imagínense que ningún evento es más importante que el del maestro que logra que sus alumnos aprendan, que el del bombero salvando un gatito atrapado en un árbol. Imagínense un mundo donde los dictadores promueven políticas en pro de la sociedad, generan propuestas útiles socialmente. Imagínense un mundo sin pobres, sin suicidio y sin tecnología abrumadora. Imagínense que todos supiéramos usar correctamente los masivos medios de comunicación, que cuando vamos en grupo no vemos pantallas, sino nos vemos en los ojos de nuestros seres queridos y reímos y gozamos de un momento de paz y amor. Imagínense que solamente sabemos dar la mano para ayudar a levantarse a otro. Imagínense que no haya violaciones y que todos somos bendiciones. Imagínense un mundo donde el infierno está arriba y vivimos en el paraíso. Eso es lo que yo he logrado en el mundo del espejo, he modificado todo para que no haya habido un solo motivo de horror, degradación, ni muerte injustificada, porque todos morimos de viejitos, dormidos en nuestra cama, sin dolor y sin hacer sufrir tanto a los demás.

Viajar en el tiempo me ha permitido conocer a enormes figuras antes de yo darles inexistencia, porque algunos eran innecesarios, y otros eran lo suficiente. Conocí a Pancho Villa, ese Doroteo era como un tío buena onda y sus fiestas eran geniales. Vi cómo a Maximiliano, a punto de ser asesinado, lo rescataba yo con su caballo y lo llevaba a palacio de gobierno. Me disfracé de alemán y saqué a todos de sus campos de concentración, vi que Napoleón Bonaparte no era tan enano como todos creen, y también vi cómo la teoría de la relatividad de Einstein era usada para generar energía limpia y llevar soluciones a todos. Me metí en el caballo de Troya y salí por su agujero trasero. Vi a Circe convertir a hombres en cerdos y luego comérselos en tacos. Enseñé a mexicas a luchar contra las armas españolas, y luego se hicieron amigos y cofundaron una civilización de primer mundo, el cuerno de la abundancia de todos: México. Vi la lengua náhuatl, la aprendí, y me di cuenta que el alemán es un juego de niños en comparación. Nezahualcóyotl me enseñó a ser poeta y gobernante. Reduje el agujero en la capa de ozono y ahora hay edificios verdes en todos lados. Reivindiqué las culturas milenarias en África, Oriente y América y se volvieron supremos orbes de cultura, ciencias y progreso. Conocí a Churchill y le dije Keep calm and go on, pero él lo modificó. Volé con los voladores de Papantla. Previne a Marie Curie para que no le diera cáncer, y a Hipatia la salvé de morir en manos de ese imbécil y ahora la cadena educativa más grande del mundo tiene su hombre, y la lucha por la equidad de género no se llama equidad, se llama feminismo. Le regalé una guitarra a Juan Gabriel y a José José le quité su alcoholismo. Monté un oso junto a Vladimir Putin y borré las barreras artificiales entre continentes. Las armas no existen, porque no hay necesidad de usarlas. En fin, hice tantas cosas que ya vivo mejor que en mi realidad, creo que me mudaré, de ser posible. Ya no paso tiempo allá, todo el tiempo aquí, porque aquí yo soy el amo y señor, nadie es mejor que yo, y soy la modestia andando. A la única que no le fue bien fue mi compañera de trabajo, a ella la hice mudarse lejos de mí.

Pero una cosa no he logrado, y a pesar de haberlo buscado por todos lados, no logro toparme con mi padre. He regresado en el tiempo, modificado su línea, pero no lo veo. Justo ahora estoy desnudo descansando en mi cama, observo a esta mujer que me volvió loco; lo interesante de ella es que cambia, puede ser quien yo quiera, y he descubierto que aquí puedo ser lo que quiera también, así que si me ven con un hombre o con una mujer, nada pasa. Es más, ella, esta mujer, cambia dependiendo de mis ganas, a veces es él, a veces es ella. Nunca los dos, eso no me gustaría. Hoy tenía ganas de leche, y ella me dio a mamar de sus senos. Observo su espalda desnuda y el nacimiento de la unión de sus dos nalgas, veo su respiración y su torso ondulante, su cabello claro. No sé por qué no la conozco en la realidad, allá, en donde voy a parar cuando no estoy en el espejo; la he buscado, pero creo que no está en mi línea temporal. Ella se despierta y se da la vuelta, sus senos se van de lado y yo los toco con mis manos: firmes y sus pezones se endurecen. Me pregunta que si quiero otra vez, y le digo que sí, pero que esta vez hablemos, porque necesito desahogarme, y ella se sienta sobre mi miembro endurecido y empieza a hacer el trabajo, porque ahorita me quiero concentrar en mí mismo y lo que le tengo que decir. Solamente pongo mis manos en sus piernas para yo guiar el paso y la velocidad. Empiezo a sudar y le digo que aún no he encontrado a mi padre, y no entiendo por qué eso me hace tan infeliz ahora que tengo un mundo perfecto. Ella, entre gemidos que tanto me excitan, me dice que tal vez lo que estoy buscando es lo que soy. Pone sus manos en mis pectorales y se muerde los labios mientras sigue haciendo su trabajo. Dice que le encanta que no la tengo tan grande, porque se lastimaría. Yo sigo pensativo, llenándome del placer que viene desde mi estómago y crece y crece. Pronto volveré a acabar y no controlaré mis tembloricas piernas, mi respiración se agita y ambos empezamos a sudar. Veo sus senos rebotar y su piel tornarse roja como la de mi madre al hacer ejercicio. Le digo que no comprendo lo que me dice. Empezamos a llegar al clímax. Está pronto. Ella gime que está embarazada. Le pregunto de quién. Ella me dice que de mí, y le digo que es obvio, porque somos pareja y ella no se acuesta con alguien más, sólo conmigo. El placer está ya en todo el cuerpo. Me dice que la imagine mayor, de grande, para que yo comprenda. Cierro los ojos, y justo cuando deposito mis hijos en ella, abro mis ojos y veo a mi propia madre emanando calostro sobre mi rostro. Mi madre es esa mujer con la que siempre me he acostado. Y comprendo lo que me dice, justo en este momento de éxtasis en el que no controlo mis temblores y yo también gimo, gimo y me doy cuenta que yo embaracé a mi madre cuando era menor, y me tuvo, y ella nunca conoció al padre hasta que lo vio nacer, hasta que yo nací en la otra realidad, que me parece más ficticia que esta. No, hermanitos, no me siento enfermo ni sucio, porque creo que esta unión que tengo con ella, de pareja, amante e hijo es la forma más holísticamente perfecta, religiosa y tumultosa de amor. Ahora comprendo que yo soy mi propio padre, y que ella es mi amante y mi madre. Y ahora la amo mucho más, hundo mi rostro en sus senos y siento que me llena de ese cálido caldo blanco y por momentos me siento como un bebé en brazos de su protectora y gentil madre, madre patria. Nos abrazamos y nos unificamos como uno. ¿Por qué habría de sentirme atolondrado por leyes que no existen aquí? Si quiero ser mi propio padre, puedo serlo, y soy mi hijo también, y ella es mi amante madre, amada amante. No hay por qué sentirse mal de lo que uno hace, y lo que yo hice fue por consciencia, fue porque quise. No es error, no hay errores, soy la perfección innata en todos ustedes. Yo soy lo que quieren ser. Y me alegro.

Me levanto de la cama y salgo. Ahora he descubierto uno de los más grandes misterios que solapaban mi vida y la volvían miserable, pero aún no comprendo por qué no soy feliz, por qué no he encontrado algo que me haga ser feliz. Tengo que encontrar eso que me hace sentir mal aún. Voy al pasado en un parpadeo y me observo de niño para tratar de encontrar qué me pasó, porque cuando uno es niño, se supone uno feliz; así que ahí debe estar el detalle. ¿Qué es la felicidad entonces? La sigo buscando. Me observo en la escuela, en la casa, en mi cuarto y en mi vida. Él  no me ve, él no ve que todos se están viendo a sí mismos, veo por duplicado a todos, cada quién se sigue, pero uno observa a su yo, y el yo no puede ver a su otro yo; o sea, así como yo me veo, actuar, todos se ven actuar. Imagínense que todos somos seguidos por otro yo invisible que nos obliga a actuar de forma determinada. Yo veo eso ahora, que todos actuamos por otro yo invisible presente ahí todo el tiempo. Espero haberme explicado. Somos como títeres de este otro yo, que en este caso soy yo, y actuamos a como este yo invisible, nos indica, incita u ordena. Soy como el subconsciente de mí mismo justo ahora. Me aíslo, o aíslo a mi yo niño, para poder pensar bien qué es lo que me hace feliz, qué es lo que me motiva, lo que me hace respirar, ser, oler, morder. No sé, no comprendo. ¿Estaré buscando algo que no existe, algo que no es verdad? No puede ser, porque en este mundo todo es lo que yo digo, y si busco algo, lo encuentro, y eso quiere decir que la felicidad está al alcance de mi mano, así como, justo ahora, estoy al alcance de mí mismo; me veo en pequeño, cómo golpeo a ese abusador en la cabeza con una botella, y como ese otro gordo me manoseó (que, he de admitir, de momento me gustó, pero era una sensación nueva, entonces me incomodó, porque todo lo nuevo es incómodo). Y también veo a ese profesor joven hablar con unos niños extrovertidos, que todo les es fácil porque son felices. Pero, ¡por qué fregados no puedo serlo yo! ¿Estaré buscando en el lugar equivocado, el incorrecto? No, no puede ser, debe ser aquí y ahora que…un momento, queridos hermanitos, creo que mi mente se ha puesto a trabajar. Voy sentado al lado de mí mismo, mi yo niño ve por la ventana y tiene ganas de llorar al mismo tiempo que vamos a la clase de regularización. Es que soy idiota. La felicidad no es un ente material, es etéreo, y no es un objetivo, sino la búsqueda de un objetivo; es decir, eso que hacemos para ser felices, eso es la felicidad, porque es lo que nos mantiene activos, en movimiento. La felicidad, básicamente, es no ser feliz, es estar tratando de satisfacer un deseo, la felicidad es una animadversión, maldita perra. Yo soy la felicidad, porque yo soy el que hace moverme, aunque yo no me pueda ver. Somos felices solamente cuando buscamos lo que nos hace felices. ¡Qué tonto fui todo este tiempo! Y lo peor es que no me lo puedo decir porque no me veo, no me escucho; Demian que soy yo, no me escucha, y no le puedo crear un pensamiento consciente, así que debo encontrar una forma de mantenerme en esa búsqueda para mi futuro, debo hacerme ser feliz, de mantener siempre en una búsqueda de la felicidad para ser genuinamente elevado y superior. ¿Cómo lo haré? Debo romper con mi círculo de confort, debo hacerme infeliz, debo hacerme desgraciado para poder ser Jesucristo… Y ya sé qué voy a hacer.

Entro a la casa para prepararme, y me espero a mí mismo en la puerta de la cocina, a donde llega Demian y me observa, se llena de miedo, lo puedo sentir yo, soy una visión tan horrenda que casi me hago del baño, lo cual quiere decir que mi yo niño también lo iba a hacer; pero logro aguantarme. Me he presentado ante mí mismo, y el horror de mi acción ya es previsible, sabe y sé que es monstruoso, pero necesario; horriblemente necesario. No quiere entrar, pero mi amada madre lo hace entrar, me hace entrar. Esto es como un mal sueño para él. Sube las escaleras ensimismado, casi maquinalmente, como si no tuviera voluntad, como el condenado a muerte caminaría hacia donde le cortarán la cabeza: ya no hay razón para huir, el destino es así, llega aunque uno no quiera que llegue. Me veo dirigirme al baño, Demian ahí se queda, estático, ante el espejo, acomplejado y acongojado de lo que viene, porque al pensarlo yo, él sabe también. Me paro atrás y lo comprende, y yo lo comprendo. Él nunca pudo ver su propio ego, nunca, porque ahora lo está viendo; me está viendo a mí. Soy mi propio ego, soy mi propio monstruo; soy eso que me hace temblar y tener pesadillas, soy el ser acechante debajo de la cama, soy una bomba de dolor, se da cuenta que siempre supo quién era su ego, quién era el terror en persona; se da cuenta que siempre pudo ver su ego, y que al darse cuenta de esto, dejaría de ver egos para siempre. Yo soy mi ego. Mi-ego. Miego. Me acerco a él y lo tomo de la mano, lo jalo, y aunque hay un poco de resistencia, no le queda de otra opción. Lo llevo a su recámara llena de juguetes, apago la luz y me empiezo a desvestir. Demian no hace nada para impedirlo, luce absorto, perdido. Lo siento en la cama y lo hago sentir lo que yo más disfruto, y yo mismo lo siento, es como si me lo hiciera a mí mismo, porque en realidad es así. Al principio me cuesta trabajo, pero luego es mucho más fácil. Una vez que acabo, veo que se está quedando dormido, pero no lo dejaré, y lo tomo y le doy la vuelta para traumarlo de verdad, de por vida, porque solamente así será feliz buscando eso que lo haga gozar de alegría, porque nunca lo tendrá, y deberá regresar a este momento, para volverse a desgraciar para poder encontrar la gracia, porque yo ya estoy feliz, y aunque siento que me estoy violando a mí mismo, me siento a mí mismo dentro de mí, y un terrible dolor me desgarra las entrañas, aunque veo sangre saliendo, y siento la sangre saliendo de mí mismo, de mi recto; estoy feliz, porque por fin encontré el motivo de vivir: chingarme. Solo así promuevo el que nunca me detenga, el que nunca pare. El dolor es terrible, amigos, hermanos, y también lloro, así como llora Demian, lloro porque me gusta, y lloro porque se me nubla la mente de tanta enfermedad que se me mete, de mi ego propio, de yo mismo siendo lo peor para mí. Es ahora cuando sé que no hay peor juez que uno mismo, y no hay peor verdugo que uno mismo; y el dolor se vuelve placer, y el placer se vuelve explosión, un big bang de asquerosidad y putridez mental, un salvajismo inesperado, un roce de lija entre mis entrañas. Quiero más enfermedad, quiero más dolor, quiero más pesadumbres, necesito pesimismo, sentirme nada, saber que soy una puta mierda pisoteada y seca en el pasto, soy ese perro amarrado cuyos amos golpean para liberar su tensión, soy esa irritante cucaracha que se pasea sobre tus platos donde luego comerás, la araña que se mete en tu boca mientras duermes, soy el semen que echas al escusado cuando te masturbas escondido, soy la pornografía ilegal del internet y el pederasta disfrazado de tu amigo, soy la sangre que sale de tu vagina y que te mancha el pantalón en medio de la escuela, soy un aborto sangrante que cae desde el cielo, un chillido repugnante de cerdo en matadero, soy la mierda que le gusta comer al cropofílico y el látigo que el cura masoquista usa para purgar sus pecados, soy una erección incómoda y el pelo que te causa comezón, soy una irritación en el ojo y la ceguera del ensayo, soy el ronquido, el silbido nasal, un arrepentimiento, soy vómito que es tragado de vuelta, una bacanal ardiente de cuerpos deformes, soy la grasa que te causará un infarto, y diabetes, soy todas las enfermedades sexuales en una sola invadiendo tu mente, soy un testículo arrancado y un hermafrodita castrado, soy una prostituta malcomida, un atropellado y la ilegalidad andante, soy el peor de todos, soy el Diablo en persona, soy la servidumbre, la esclavitud y la guerra, soy el llanto y quien mata al hijo a la madre desesperada, la virginidad robada, soy fisting y desgarres internos, soy prolapsos anales, soy el cáncer que mata y duele, osteoporosis, un anciano abandonado por sus hijos, soy el acarreo y la ignorancia, soy la precocidad en los jóvenes, la perversión de los santos, soy la herejía y el encubrimiento del mal, un libro mal hecho, un literato imbécil, soy la fama de los mediocres, un cantante con voz de máquina, soy la humillación del más fuerte, y la involución de la raza, soy el gusto culposo, el cigarro, la mota y las drogas, soy el mal ejemplo a seguir, soy una grosería, un golpe a una madre o a un padre, la fealdad de una oreja ausente, un chiste cruel, soy el sexismo, soy el racismo, el miedo y la ira, soy el coraje injustificado y soy también la pereza, soy el que no estudia ni trabaja, un asesino a sangre fría, un saco de huesos, soy la trata de blancas y de negras, la conquista del nuevo mundo, soy la enfermedad y la razón por la que los indígenas son prietos feos, soy la inferioridad de la raza, soy el estereotipo, un niño de ojos claros y hermoso, soy la cagada que hizo Jesús luego de comer, soy la tentación en la que cayó, soy el placer del mundo, soy tu placer, soy tu placer, soy tu placer, todo eso placentero para mí, soy tu placer, soy tu placer, soy Dios, soy Dios, Soy Dio… Soy D… Soy… Ssssssssss…

Y acabo, me vengo, por segunda vez, y me subo sobre mí mismo porque todo eso que soy me hace sentir superior y un placer inimaginable, por un momento tiemblo y trato de despejar mi mente, siento mi sangre y veo sangre en mis nalgas de niño, las aprieto y veo en las mías propias cómo la piel se sume como si una mano invisible, que es la mía, se posara ahí. Tengo mucho sueño y cansancio, y Demian ya duerme como un angelito. Me limpio la sangre con su almohada y luego lo pongo a dormir ahí, cubro su desnudez con una cobija y me doy un beso en la boca, le limpio los dientes con mi lengua. No he hecho nada malo, solamente he comprobado la inexistencia de Dios a través de destruir su teórico libre albedrío, porque nadie es libre, todos somos objeto de nuestras pasiones. El libre albedrío no existe, y ahora yo soy Dios. Me observo dormir al mismo tiempo que mis ojos pesan como el demonio. La culpabilidad me invade, y quiero llorar, y veo a Demian lagrimear. Y regresaré cada noche, Demian pensará que se masturba dormido, pero no, soy yo, maldito íncubo, enfermándolo y pervirtiéndolo para que busque su felicidad, que se ponga un objetivo a seguir. Me violaré tanto que nos volveremos uno consecuentemente. Me salgo de la habitación de niños, apago la luz y cierro la puerta con candado, cierro mi inocencia, porque me hace sentir mal, encierro al niño, a la pureza y la bondad; porque soy un cerdo, un monstruo, un maldito animal, y si pienso lo que alguna vez fui, lo que alguna vez me robé a mí mismo, no lograré ser exitoso. La puerta se torna negra, porque ahí ha muerto mi conciencia, lo que me hacía bueno. No soy más que lo que su inexistente Dios quiere que sea: un pendejo.

La somnolencia se acaba.

El éxtasis regresa.

Te contaré algo.

¿Sabes por qué lloran los bebés? Seguramente los padres de familia mil y una cosas me podrían decir, pero hay un llanto que nadie conoce, es ese llanto que no puede ser aplacado pues no es de hambre, sueño, suciedad. No, el llanto de miedo no puede ser calmado con nada, porque los padres no ven lo que el bebé puede ver. De nacimiento, nacemos noventa y siete por ciento ego y tres por ciento virtud (o, bueno, conciencia). Esta nos permite ver cosas que no están ahí, mejor dicho, que nos son invisibles. Conforme crecemos, las reglas sociales se convierten en ego en nuestro ser. ¿Qué es ego? Es lo que rige nuestra conducta consciente e inconscientemente. Son monstruos. Para hacerlo más claro: los pecados capitales. Todos, dentro, no somos una sola persona. No nos cuesta identificar nuestras virtudes y defectos, no porque no podamos vernos a nosotros mismos, sino porque tenemos tantos de nosotros mismos dentro que nos es imposible saberlo. Cada una de nuestras actitudes es regida por un ego distinto en algún momento de nuestras vidas, de repente nos gana la pereza, la gula, la avaricia, la soberbia, la ira, la envidia y la lujuria… ah, la lujuria, esa es la más fuerte, madre de todos los demás pecados capitales. Entonces, por cada vez que tomamos una decisión, uno de los pecados nos rige, y todos tienen lugar, y todos tienen una personalidad distinta. Tenemos tantos dentro de nosotros que sería imposible, sin el trabajo adecuado, el eliminarlos. Personajes legendarios de distintas religiones lo han hecho, cosa que parece complicada para todos nosotros; sin embargo, es posible. No nos gusta sufrir, y ese es parte del ego…