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Y la pereza había muerto. Depuso el arma. Olvidó su propósito no porque quisiera así el destino, sino porque una bala, que significaba una vida, no cambiaría el curso de la historia. Solamente una noticia lo había impresionado de esa manera, un fatídico inicio de año en el que el hombre que lo sabía todo no dejaba de saber, sino que el mundo dejaba de saber de él, lo cual era peor. Lo vio en redes sociales, y como ahí mataban a todos todo el tiempo, no le dio gran importancia, hasta que los medios de comunicación que él consideraba serios comenzaron a lanzar gritos adoloridos por la muerte de un grande de grandes. Del más grande. Así como vio esa noticia, así sintió esta nueva, aunque no era la peor de todas, pues más funestas cosas había vivido, cosas que lo dejaron sin deseo pero vivo. Y así lo vio: “La muerte de la pereza”. Objetividad antes de sensibilidad. Un par de días fueron necesarios para darse cuenta, y se extendió, revelarían estudios posteriores, como una enfermedad epidémica mundial. Comenzó con uno, luego dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro; y siga usted con la cuenta porque aquí tratamos con hechos, no con matemáticas. Fue obvio pues se percataron que todos rendían más del cien por ciento cuando antes sufrían los peores tormentos infernales al momento de querer levantarse de la cama antes de que saliera el sol. Ahora, oscuridad y luz eran sinónimo de trabajo, talacha, jale, o como usted prefiera llamarlo. Ya era tan evidente la diferencia en su existencia común e individual que todos, sin excepción, sabían que algo había cambiado en lo que solían llamar vida cotidiana. Exigía la soberanía conocimiento y no quedó de otra más que comenzar a informar, dentro de lo que cabe, sobre lo nuevo que acontecía; porque no se puede llamar información verídica a algo que no conocemos en realidad, sino meras suposiciones; y aunque la gente se llena de suposiciones y creen que es lo mejor que puede  obtener, es por eso con ello se conforma; sin embargo, hasta el más descarado de los políticos sabe que a veces es necesario darles un poco más que una mera noción ficticia. Además, tendría este político imaginario la ventaja de que al ver que alguien más lo dice, ya se vuelve problema de alguien más aunque no sea. Empero, como ya se ha mencionado, no se podían callar más, y el grito se lanzó al cielo, y por eso no fue oído, pues no hay nadie que sea tan alto. Bien podríamos pensar que en algunos países lejanos, porque siempre lo lejano es extravagante, dedicados y trabajadores como si en sus genes tuvieran la predisposición a no ser flojos, no hubo gran diferencia, pues lo normal ahí era dar el máximo esfuerzo. Una pequeña aclaración hay que hacer, y es que es diferente la huevonada a la flojera, si no, pregúntele a quien tenga huevonada, y le dirá que no tiene flojera, sino algo más allá, más acá.

Él, por su parte, no sintió gran diferencia en su vida personal, pero sí se dio cuenta del cambio, incluso aunque no fuera aceptado por los medios de comunicación ni por el mismo gobierno. Cero faltas en el trabajo, máximo rendimiento, siestas vespertinas inexistentes, y todos enfocados a la actividad, buena o mala, eso queda de lado; el hecho es que a la gente le interesaba mucho saber por qué, a pesar de no tener más energía que antes, estaban terriblemente eufóricos por hacer algo y les parecía sin precedentes la idea de no hacer nada, no les era posible, les resultaba totalmente contraria a sus impulsos, necesidades y preferencias. Trabajar, descansar lo necesario apenas, y regresar a trabajar: eso era lo nuevo y lo necesario.

Sigue siendo un poco difícil imaginar esta nueva vida, sin embargo, podemos pensar en algunos ejemplos prácticos y concisos para iluminar la mente del lector y del mismo hombre que vio la noticia para poder hacer una clara diferencia respecto a la vida anterior. Podemos ver a la empresa automotriz aumentar en un cien por ciento su producción; podemos ver al doctor que hace hasta dos o tres operaciones más al día en comparación con lo que hacía antes, obviamente, dependiendo de la complejidad y el tiempo que tomara cada procedimiento; podemos ver los procesos burocráticos tardados llegar a su fin, podemos ver cómo todos tratan de alcanzar su objetivo sin intermedios forzosos y totalmente innecesarios; podemos ver cómo en las escuelas acaban todos los temas a mitad de bimestre, o semestre, según sea el caso, vemos que ya no hay inasistencias ni faltas de tarea, no hay butacas vacías y los maestros son tan activos como cuando empezaron a trabajar en el noble arte de la enseñanza, cuando eran jóvenes y llenos estaban de emoción, con ganas de marcar un cambio; podemos ver los gimnasios a reventar, y no solamente porque haya mucha más gente que antes, sino por esta cantidad de propósitos que no se habían cumplido, estos personajes con sobrepeso que son los que hacen que todo tenga sobrepeso; podemos ver las construcciones acabadas en tiempo récord; podemos ver el fin de las colas en los supermercados; podemos ver esos pobres libros olvidados en libreros y estanterías ser devorados por ávidos lectores que buscan ver un punto de vista diferente en aras de la imaginación; podemos ver tesis acabadas; podemos ver a esos políticos despiertos en las cámaras; en fin, tantos casos son que sería imposible de relatar en un texto tan limitado como éste, como la misma imaginación de quien narra este verídico testimonio. Bien podríamos pensar en las ventajas que esto acarrearía, e incluso, si cerramos la mente, pensaríamos que sólo cosas buenas han de suceder con base en la hipótesis de que la muerte de la pereza es la muerte de algo malo y, por ende, la multiplicación de lo bueno en un planeta casi tan inexistente en tamaño comparado con el universo. Pero tengamos un poco de perspectiva basada en el modelo económico imperante, y así sabemos que hay una sobreproducción en esa industria automotriz, donde se ven obligados a parar porque no hay lugar donde poner el excedente ya con cada carro que venden dos se producen, duplicando el caos; podemos ver a ese doctor desocupado desesperadamente porque ya ha salvado las vidas que debía salvar, y se ve imposibilitado a ejercer por días enteros; podemos ver los procesos burocráticos acabados, y a raíz de esto, la creación de nuevos procesos innecesarios y, a veces, inexistentes, que buscan solamente el mantenerse ocupados y mantener a alguien más ocupado, porque también esas señoras “deben” seguir trabajando; podemos ver cómo ya se acabaron los temas de clase, así que los maestros ponen a sus alumnos las tareas más absurdas como contar las hojas de todos los árboles para así mantenerlos y mantenerse a ellos mismos ocupados; podemos ver a esos gorditos y gorditas bajar tanto de peso que caen desmayados o simplemente ya no ven la necesidad de ejercitar los miembros y se vuelcan a un tedio asesino; podemos ver los supermercados vacíos porque ya todos hicieron las compras de los meses siguientes en su afán de hacer algo; podemos ver las librerías vacías o saqueadas bajo la más ávida de las necesidades: la de saber, la de seguir adquiriendo conocimiento aunque nos mate en una ensalivada vuelta de hoja; podemos ver constructores y albañiles ociosos porque ya no hay más que construir; podemos ver centros de investigación abarrotados y con más curas en menos de la mitad de lo que antes se podía producir en cincuenta años, obviamente, hablando proporcionalmente, pues decir que en un par de meses hubo el avance de lo de cincuenta años sería imposible, o como dirían en otro lado, absolutely impossible, cosa que en este lugar no se puede, pues no hay tonalidad en lo imposible, simplemente es o no es; finalmente, podemos ver a esos políticos robar más, pues en eso consiste su trabajo.

Y en este juego de presunciones, también podemos suponer que cuando la energía de algo es desbordante, o la necesidad, tiende la misma a ser expresada de forma distinta, paralela. Usemos un ejemplo sencillo para aclarar este punto. Tenemos a un adolescente que va a una escuela de varones exclusivamente y a esa edad del descubrimiento la energía sexual debe salir porque debe salir, y aunque se sienta atraído por las niñas, no las tiene a la mano, de manera que experimenta con otro niño. Así, la gente que ya no sentía pereza y que no tenía algo que hacer, sentía el deber de hacer algo y exigían a su ahora trabajador gobierno una solución a una problemática que se podía salir de control. Que se salió de control al momento de ser. Pero ni los infatigables filósofos, que espero nos ayuden en esta narrativa, podían deducir una explicación lógica, ni los doctores ni intelectuales matemáticos ni humanistas podían encontrar al corto plazo exigido, una posible solución a lo que imperaba en esta realidad. ¿Qué clase de problema sería? Todo bien podría apuntar a uno de salud, pues la gente ya empezaba a atentar contra la misma al buscar la salida a una energía desbordante. Pero la base no era esa, y todos lo sabían, sino que la base era el fin de la pereza, aunque suene imposible. Y ahí radica la diferencia: lo posible es lo que vivimos, mientras lo imposible es lo que no hemos vivido, así que cuando es real, se vuelve su opuesto. Ahora estaban viviendo lo imposible. Cada vez que un nuevo trabajo era publicado, había peleas por ganar un lugar, las escuelas fueron agrandadas, ampliadas, todas. Y miren, que libros eran robados, y todo consta en la más grande esperanza del redactor, es que el lector también se sienta algo contagiado de esta falta de pereza para que siga leyendo este verídico testimonio. Las cárceles eran fábricas de chucherías. Había quienes crímenes cometían para poder ir a trabajar a las cárceles, y estas se volvieron centros intelectuales tan grandes como las mismas universidades. Las parejas ahora eran conejos en reproducción, y los hermanos solamente peleaban por hacer algo. Era insoportable no hacer nada. Recordemos que este doble negativo es válido en español, aunque no en otros idiomas como el inglés. Y en las ingles del amado o la amada es convenientemente tener este doble negativo, pero en inglés, obviamente, para que el resultado sea ahí afirmativo en consecuencia. Al menos las protestas multitudinarias eran algo bueno, por decir de alguna forma, porque la gente se entretenía en algo que hacer; asimismo, los que no iban a las protestas también algo tenían qué hacer, pues el tráfico y la espera, también eran una actividad.

Todos estos hechos que en tan pocas palabras parecen muchos, nos hacen pensar en un gran tiempo transcurrido pero, en realidad, menos de un bimestre fue necesario para llegar a un caos social, para llegar a la inacción, al paro, por medio de su opuesto. Si todos estaban acostumbrados a ver al otro como un flojo, ahora que nadie lo era, su nuevo motivo de coraje era el que fueran trabajadores como ellos mismos y se rechazaban mutuamente. Ya sabe usted, para hacer algo.

Por cuestiones prácticas, dejaremos a la sociedad ligeramente de lado y nos enfocaremos en este amante del nombre de la rosa, quien apagó su computadora y reflexionó. No sentía él la necesidad de hacer algo, por esa que todos los demás parecían sentirse asediados. Se había tratado de mantener al margen y de no emitir juicios, pues ahora todos se enfrascaban en acaloradas discusiones. Por hacer algo. No podía dejar de pensar en cómo algo así de abstracto podía morir de repente y que nada se salvara de ello, excepto, claro, los animales; y él tampoco se ha visto afectado por esto, incluso él sin haber sido nunca una persona floja. Lo llamaremos el detective, por razones que veremos más a futuro en hojas abajo, y es que el nombramiento ya tiene una identificación, una individualización; aunque se trate de algo general, como llamarlo detective. Ahora, si le damos un nombre en específico como el del narrador de este verídico testimonio o el de quien lee el mismo, hay una de dos posibilidades: que el lector se sienta atraído por el nombre y siga la lectura, o que sienta repulsión por el nombre y cierre este texto. Un nombre específico sujeta por completo, no da libertades, así que algo genérico se adoptará aquí, aunque bien, se vuelve específico, la imaginación entra más en juego con algo menos universal como detective. Y es interesante, porque hay miles de personas con el mismo nombre y aun así se vuelve único quien lo tiene. Otra cosa es la descripción física del personaje. Aquí nos conformaremos con que el detective tiene barba, cabello canoso aunque predomina su color oscuro, y es vigoroso. Digamos que el equilibrio y las reglas de la belleza por medio de la simetría en el sexo masculino, es el macho que todos quieren ser o, bueno, para evitar confrontaciones innecesarias, el hombre ideal tanto para los de su mismo sexo y género, como para los opuestos. Es la sabiduría lo que se ve en su rostro arrugado armoniosamente.

Escuchó algo en la calle, y fue a la ventana para ver a tres de sus vecinos, todos de edades diferentes y distintas familias: estaban el adulto joven trabajador, el joven de preparatoria, y el niño de secundaria. Todos bien parecidos, y no porque al detective se le hicieran atractivos ellos de forma física, sino porque todos eran parecidos entre sí. Imagínense ustedes la incoherencia en la que caeríamos en esta narración al no dotar de nombre al detective pero sí de una parafilia; caeríamos en un error similar, pues resultaría repulsivo de cierta manera. Regresando a la narrativa, de hecho, bien podrían ser todos, contando al detective, las etapas de crecimiento de una misma persona. El adulto joven lo vio asomándose por la ventana y lo saludó sonriente, mientras el detective regresó el gesto con apenas el esbozo de una agradable mueca.

Salió a la calle a fumar un cigarrillo y el adulto joven fue con él para saludarlo con un confiable apretón de manos.

–¿Cómo está? ¿Cómo se la está pasando en estos tiempos de actividad sobreproductiva?

Conocía al adulto joven, le gusta mantenerse informado.

–Bien, bien, tratando de mantenerme ocupado, como todos –mintió.

–Lo sé. Es increíble, ¿no es cierto? Parece cosa de novela, ¿no lo cree así?

–Digno de novela, como has dicho.

–Dicen que es una epidemia pero nadie está seguro de cómo es la forma de contagio. Y para que esto suceda, nos falta hablar en portugués. Yo creo que ya pasará. Ayer salió en las noticias que un niño tenía flojera en la escuela. Sólo queda esperar. Yo hoy no quería salir, pero igual, quién sabe –dijo el adulto joven.

–Sí, la vi. Y fue un gran suceso internacional, al parecer, muy comentado por todos. Aunque ha sido muy repentino y no han aclarado nada los gobiernos. Han trabajado, pero no han dado el ancho.

–Recuerde: su único verdadero trabajo es no dar el ancho.

El detective sonrió.

–¡Ya vente a jugar! –gritó el niño de secundaria con su aún acaramelada voz.

–¡Ya voy, espera, morro!

–Los he visto seguido afuera. Ya sé por qué, aun así, cabía decirlo, creo.

–Pues ya todos acabamos con nuestras responsabilidades, así que nos ocupamos afuera, jugando.

–Está bien distraerse también.

–Yo no lo he visto salir. Me dijo mi novia que alguna vez usted debería ir a nuestra casa a platicar. Bueno, es que ella también quería tener cosas que hacer.

–Con mucho gusto acepto su invitación.

–¡Qué bien! Ya le diré luego qué día, a ver si usted puede.

–Claro que sí, seguimos en contacto.

–Bueno, regresaré a jugar, no vaya a ser que el morro se enoje.

–Ándale, pues.

Se despidieron con otro apretón de manos. El celular vibró. El detective lo sacó y vio un número que no veía en años y no tenía esperanza de saber de él. Un mensaje era, ni siquiera una llamada, por suerte, pues no la habría contestado. Es el número de quien fuera su jefe, cuando aún era detective privado; y, aparte, su mejor amigo. Unas pocas líneas para hacerlo sentir escalofríos de un futuro ya pasado, que cantaban así:

No te quería molestar, pero es fundamental que nos veamos. Eres el único que nos puede ayudar. Acepta, es cuestión de seguridad internacional.

El detective volteó su mirada a los que jugaban, y rememoró su vida anterior sin tantas preocupaciones más que las propias del trabajo, ni deseos extraordinarios; solamente el de ver en el juego infantil la mofa de un amigo. A su mujer. A su hijo.