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En la fila para sacar dinero de un cajero automático el sol calentaba como lo haría el sartén en el fuego: lentamente, para luego ser insoportable y sin vuelta atrás. Bien es cierto que se enfriaría de nuevo, pero luego de haberse calentado, no sería el mismo sartén, así como el agua es distinta al correr por el río. En este caso, algo parecido a lo que ellos alguna vez conocieron como paz volvían a adoptar luego de algunos meses de fuerte trabajo arduo de sol a sol, como dicen. Tanto fue el desgaste físico, tan intenso resultó, que hubo un comunicado oficial a nivel internacional de ofrecer vacaciones pagadas a todos sin excepción. Se pagarían los meses de escuela con el dinero que habían obtenido los gobiernos, el exceso del mismo; algunos decían que hasta las deudas internacionales habían sido saldadas, que ya no había nada más que deber ni temer. Y sí, la derrama económica fue tremenda, pero incluso se seguía manteniendo en el periodo de vacaciones forzoso, pues la gente seguía comprando cosas más relacionadas a la farmacéutica, productos relacionados con estar en casa descansando, no en salir, pues demasiado tiempo habían pasado ya afuera como para seguir tratando de seguir una vida que no era la de ellos. Tan agotada estaba la gente que ya no había peleas, enojos ni nada que provocara desgaste físico o mental. Fuerte fue la impresión de no tener un equilibrio de trabajo y descanso.

Es el secretario de seguridad con quien nos encontramos, y mientras se asaba en su negro traje y las gotas de sudor resbalaban cansinas sobre su frente, notó una especie de tic en la persona de en frente. Movía el pie, taconeaba en una muestra de impaciencia. El secretario de seguridad no le dio mayor atención y volteó la mirada a la gente que caminaba con desgano. Todos estaban con hastío, pues sus energías, como ya dijimos, se fueron, y debían recuperarlas ahora. Comenzó a pensar el señor secretario de seguridad en cuándo se compraría más trajes de su talla, pues ahora todos le quedaban grandes gracias al haber ido a ejercitarse al gimnasio de forma incesante, tuvo esta consecuencia obvia. Una mujer salió a gran velocidad del estacionamiento, su gesto no era de prisa enfurecida, sino esa que hacemos al tener una ocupación urgente y pendiente por solucionar. El secretario frunció el ceño y su celular sonó un tono predeterminado. Era el vicepresidente. En seguida pensó que había problemas, que serían malas noticias; al mismo tiempo, alguien de atrás alegó que se apresuraran pues había más cosas que hacer. Un leve temblor sintió, pues esas palabras se habían llegado a prohibir de forma social, como cuando una grosería se dice: la decimos, sí, pero en ciertas situaciones y nuestro primer impulso es la de censurarla. Algo que hacer se había vuelto una pesadilla, al menos en lo que se reestablecía el equilibrio.

–Buenas tardes, señor vicepresidente. ¿En qué puedo ayudarlo?

–¿Dónde estás? Tu presencia es urgente en la casa-cuartel.

–¿La casa-cuartel? ¿Cuál? ¿Ha sucedido algo?

–Mataron a la pereza de nuevo.

Sintió el secretario de seguridad el frío sudor recorrer su espalda de la misma forma que lo haría una larga uña sobre un pizarrón, no los de plumones, sino los verdes, esos en los que se necesitaban los gises y que producían algún malestar a los asmáticos: ese sonido, ese chirrido que representa al terror, es ese el que sintió zumbar en su cabeza. Si bien, al ser el secretario de gobernación, debía tener una mente fría y calculadora; pero solemos olvidar que los políticos son humanos, de los más rastreros y desagradables tal vez, pero no por eso inmunes a las emociones, sentimientos y demás abstracciones humanas. Fue un terror supersticioso el que sintió, uno morboso, no el que te causa el león rugiéndote, sino el que te causa una historia boba contada en una velada y que, al llegar a tu casa de noche y a oscuras, te vuelve paranoico de todo lo que te rodea, hasta de ti mismo. Y es que, cuando el ahora llamado virus de la actividad comenzó, fue así, de uno por uno, no fue repentino, no fue de golpe: poco a poco como el avance del caracol; y él, al verlos, pensó que se contagiaría de una de las enfermedades más mortíferas de todas.

–Voy en seguida –dijo alejándose de la fila como si los gérmenes de la actividad fueran pululantes insectos siguiendo una luz, que era él. Y estos no lo volverían parapléjico, sino que le darían la necesidad de tantos deberes que necesitaría cuatro piernas y cuatro brazos como los antiguos hermafroditas que desafiaron a dios en su tiempo y fueron partidos por el relámpago de él. A su carro llegó con la respiración agitada, entró y un respiro de seguridad ahí le permitió descansar un rato. Recargó su cabeza sobre el volante y estuvo a punto de quedarse dormido, pero no fue así, y es que no tenía más energías en el momento, pero su mente comenzó a maquinar. Bien es sabido por todos que cuando tratamos dormir pareciera ser que es cuando nuestra mente se aviva más para no dejarnos descansar; así mismo, el secretario de seguridad sintió, pero no fue una imaginación incoherente la que invadió su pensar, sino el deber de trabajar, el tener que hacer algo, y debía actuar; tuvo él que sobreponer el deber a la somnolencia, y así fue que levantó la cabeza, se talló los ojos y la pereza desapareció de su cuerpo una vez más, regresó así el desequilibrio a su vida. En un abrir y cerrar de ojos, tan fugaz como un respiro, un parpadeo o, para los más bromistas, un pedo. Clavó la vista al frente y emprendió su viaje diciéndose a sí mismo:

–Nos va a cargar la chingada.

Él manejó. Sería algo monótono recorrer un viaje por auto como los que todos hemos recorrido, y si bien queremos imaginarnos lo que él recorre, pongamos nuestro viaje de los últimos días en el camino de él, para poder enfocarnos en otras cosas. No la chingada, que si bien, es un tema que podremos tratar con cuidado en páginas posteriores, algo hay que recalcar, y que ya se dijo: se sienten enfermos. Bien sabemos que la enfermedad es una señal de un cuerpo que tiene un defecto o denota la falta de algo. La muerte de la pereza resultó en su momento una fortaleza y salud, pero vivimos en un mundo de opuestos, y si no se tiene un equilibrio, en realidad tal salud no existe. Imaginemos lo que sigue: una balanza que tiene dos cosas en cada extremo, las que sean; cuando una es retirada, la otra cae. Toda esta gente, que bien podríamos haber sido nosotros, y tal vez sí lo somos; vio una parte de la balanza retirada, y ellos cayeron al suelo, incluso recalcando que la pereza es vista como un negativo, la pérdida de la misma ellos no la pueden ver como algo positivo, ni en apariencia, porque así su vida no fue concebida. Todas estas líneas afectan al secretario de seguridad, y lo hicieron pensar en que lo bueno, como tal, es el equilibrio del bien y del mal, mientras que lo que perjudica siempre es el exceso, ya sea del bien o del mal; y un exceso de bien es negativo, porque ahora ellos veían que el bien acrecentado de algo, y algo malo eliminado, no les ha traído nada más que dolores de cabeza, cuerpo y mente. Imaginémonos que esta gente amaría tener algo negativo ahora, como el niño que tiene el deber de decidir cuál de sus dos dulces favoritos elegir, y solamente puede elegir uno: el niño quiere los dos, no por egoísta ni avaro, sino por mantener un equilibrio. Un ejemplo tonto, pensará el lector, pero pregúntenle al niño: éste les dirá que es una cuestión de vida o muerte.

Dejando estas lucubraciones de lado, vemos ahora que el secretario de seguridad llegó a la casa-cuartel donde la pereza estaba. No había tanta presencia policíaca, pues las razones de seguridad nacional y los procesos adjuntos así lo indicaban. Entre más presencia del poder, más inseguridad se percibe en la sociedad, pues la normalidad se ve afectada. La seguridad nacional no depende de que la mayoría de los soberanos estén a salvo del peligro, sino que no se den cuenta de que están en riesgo, pues así pondrían al estado en una situación desventajosa. Esto significa que hay que salvar a los soberanos del mismo riesgo que ellos representan.

Entró, todos lo conocían, así que nadie le impidió el paso. Una personalidad ahí lo esperaba, y este hecho incomodaba al secretario de seguridad, pues ciertamente no esperaba contar con la honorable presencia de alguien tan importante como él mismo.

–Señor vicepresidente, qué milagro tenerlo aquí, y qué gusto.

No había gusto, eso es cierto, pero nunca hay que olvidar el detalle de la cordialidad y la educación. El vicepresidente no se veía para nada complacido, y de ser posible, rompería los lentes que usa para ver mejor con la sola mirada.

–Milagro sería que el cuerpo de seguridad cumpliera con su misión, señor secretario de seguridad.

Golpe bajo. El secretario de seguridad entró a la habitación del nuevo bebé que llegó al mundo para ser parte de los abstractos de los pecados, no sin ver antes a los padres con la yugular rebanada en una lúgubre sonrisa de oreja a oreja y la sangre en el suelo en un charco ennegrecido. Luego vio los juguetes en la cuna, ahí olvidados y el bebé en el suelo con la cabeza partida, su delicado cerebro ya se le había salido lo que se le tenía que salir por cada orificio, y un doctor o anatomista bien nos podría ayudar y decirnos si ese orificio es el llamado lamboidea o fontanela. O uno nuevo. En la pared también había sangre, pareciera que alguien hubiese inflado un globo con sangre y estrellado ahí, pero bien sabía el secretario que era la sangre del bebé. Peores cosas había visto, creyó. El secretario de seguridad regresó con el vicepresidente, quien ya estaba afuera de la casa-cuartel.

–Eso está muy de la chingada –dijo el vicepresidente encendiendo un cigarro. Una vez más, nos sorprendemos de la informalidad de un político tan reconocido, pero de nuevo recordemos: son seres humanos, y al no estar en un acto público, tienen más libertad, que en realidad es la misma que nosotros tenemos toda la vida–. A sangre fría.

–¿Qué? ¿No se supone que ustedes cuidarían de los abstractos? No me venga con que es algo que no se esperaba –le dijo el vicepresidente.

–Me pregunta en blanco, no tengo información, señor vicepresidente. Primero debo hablar con mis hombres para tener la información necesaria. La explicación tendrá que esperar.

–Esto no puede seguir así y lo sabe bien usted.

–Ya avisamos a todos los abstractos de que deben de tener un especial cuidado ahora que se está atentando contra ellos y todos tienen botones del pánico. En menos de diez segundos estarán rodeados de hombres del gobierno capacitados para contrarrestar cualquier complicación.

–Por si usted no se dio cuenta –dijo el vicepresidente–, mataron a los papás.

–Es por eso que no hubo acción de mis hombres, no hubo señal de ayuda. Pero no volverá a pasar. Cien por ciento de vigilancia para el siguiente abstracto-pereza. Bien sabemos, además, que un bebé no podría activar el botón del pánico.

–Eso lo sé, pero también sé que había infrarrojos, cámaras, láser y no sé más faramalla… ¿Qué se supone que deba decirle a la junta?

–La verdad, señor vicepresidente. Yo estaré ahí, yo lo diré.

–La verdad es que dijimos que los abstractos estarían a salvo y no es así, lo cual, convierte en mentira lo que ya habíamos dicho. Y bien sabes que no los podemos hacer salir de la frontera.

–Tengo a mis mejores hombres trabajando en la búsqueda del culpable –dijo el secretario de seguridad.

–No a los mejores, y eso lo sabemos perfectamente –dijo el vicepresidente. El secretario de seguridad hizo un gesto de decepción.

–No me contestó mi mensaje el detective y no lo podemos obligar a trabajar.

–¡Y quién dice que no! Tortúralo, eres experto en eso, y siempre lo has hecho –dijo el vicepresidente.

–No, mi señor, le recuerdo lo que sucedió con su familia, cosa que causamos de cierta forma…

–Causaste.

El secretario de seguridad cambió su pie de apoyo incómodamente.

–Sí, yo sé que yo lo hice…

–Sigues sin tener a tu mejor hombre trabajando y esto nos puede costar mucho.

–Ya no hay nada con qué… motivarlo a trabajar. Es un muerto viviente.

–Pero vive y el éxito de esta misión radica en que tú lo obligues a hacerlo. El bienestar nacional e internacional radican en tu actuar.

La forma en que lo dijo hizo sentir al secretario de seguridad realmente amenazado.

–¿Hay alguna pista de por qué nació la pereza de nuevo? –preguntó el secretario de seguridad para cambiar el tema.

–La esperanza.

–¿Perdón?

El vicepresidente tiró su colilla al suelo y a través de sus lentes de fondo de botella, le dijo con tono fastidiado:

–Es una teoría, y es la esperanza. Otro abstracto, y es el que hace renacer a los demás. A fin de cuentas, usted fíjese bien, y piense su respuesta antes de contestarme: ¿Qué más podría ser lo que muere al último cuando todo lo demás está perdido?

–Esperanza –el secretario de seguridad meneó negativamente la cabeza mientras suspiraba–, y es el único abstracto que no ubicamos, que desconocemos.

–Alguna complicación debería haber en esta historia, ¿no cree? Si no sería un libro aburrido por leer, u otro libro idiota del montón sin nada más que ofrecer que una historia moralina contada antes ya mil veces.

–¿A poco usted es un experto literario, señor vicepresidente?

–No, he leído poco, pero es cierto lo que le digo –guardó silencio, y luego agregó–: convéncelo, al detective, el fin del mundo está en sus manos. Yo trataré de conseguirte tiempo mañana, contigo ahí, con el presidente, pero también tienes tú que hacer lo tuyo.

–Fueron las órdenes del señor presidente las que hicieron pelearme con él, con todos.

–¡Eres su mejor amigo!

–Lo era, señor vicepresidente, lo era. Ya no.

El vicepresidente lo tomó del hombro, y podríamos interpretar esto como un gesto paternal, pero en realidad era de control.

–Señor secretario de seguridad, la cabeza de todos está en juego. Hágalo.

Y se fue en su camioneta blindada protegida por otros dos autos igual de listos para la guerra. El coraje lo invadió, así como una necesidad de hacer algo también. Un sargento vino a sacarlo de su mente y de su rabieta.

–Señor secretario de seguridad…

–Qué quieres.

–¿Qué hacemos con los cuerpos?

–Desaparécelos, ya sabes, entiérrenlos, desháganlos en ácido, yo qué carajos sé. Hagan algo útil luego de no poder protegerlos, ¡maldita sea! Es más, si no quieres ensuciarte las manos, haz que la mafia se encargue de ellos, pero haz algo ya. Si es verdad lo que dijo el vicepresidente, la pereza va a volver a nacer, y quiero que la ubiquen y la lleven a la casa de seguridad más segura de todas –apenas se dio cuenta de la redundancia, pero cuando estamos enojados, no medimos lo que decimos. Se talló los ojos.

–¿Y los medios de comunicación?

–No les digan nada, aparezcan a una niña muerta por ahí y que esa sea su nota. Además, las deliberaciones de la junta de mañana serán suficiente material.

–Como diga.

El secretario de seguridad decidió fumar luego de años de no hacerlo. Ya sabe usted, por hacer algo.