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¿Cómo podríamos imaginarnos las juntas o reuniones de gobierno en las que se decide el destino, rumbo o Historia de un país, lugar o incluso de un pueblo? ¿O el de esta Historia? Se le perdonará al narrador de este testimonio la soberbia tomada de llamar Historia a su Historia, pero también podríamos preguntarnos: ¿y por qué no? Qué gran diferencia es la que marca una letra, esta de ver historia e Historia; y también nos podemos poner a pensar en qué curioso y sublime es el lenguaje al poder marcar semejante diferencia entre dos homónimos; aunque también podríamos pensar en su ironía intrínseca. Si nos damos cuenta, una sola letra marca una disparidad total, una palabra marca un mundo distinto, un párrafo un universo conocido y ahí, en el libro, el infinito por conocer. Debemos tener en cuenta que si esto no fuera así, si un libro no fuese una historia o Historia por descubrir, no tendría razón de ser. En fin, hablando de la junta, el hecho nos trae ahora omniscientemente a esta habitación, que tiene una gran mesa circular que refleja a quien se asome, a prueba de sonidos, la habitación obviamente, no la mesa; lugar a donde nadie puede entrar con aparatos electrónicos, ni plumas ni nada por el estilo, solamente la ropa que llevan puesta, donde hay botellas de agua nuevas para ser estrenadas, sillas acolchonadas cómodas que sólo el erario público es capaz de costear y, obviamente, un objetivo en común: marcar una pauta, un camino a seguir. Una sala así es solamente para gente especial, personalidades que toman decisiones sobre la vida diaria, esto quiere decir que si el lector o el narrador quisiéramos entrar, no tendríamos la posibilidad, pues podríamos manchar la pureza de ahí con nuestra antipolítica natural. Sin embargo, somos omniscientes y omnipresentes por esta ocasión, así que podemos estar aquí, para ver cómo se las arreglarían unos políticos que no tienen gran experiencia en su área, y no porque no la tengan en realidad, sino porque la narrativa de este testimonio nos debe facilitar la comprensión de su lenguaje, de lo que dicen y de la forma de solucionar sus problemas. La mejor parte es que ellos no se darán cuenta que estamos viéndolos y modificando lo que dicen para llevar esta narrativa a un nivel simple de comprensión. Así que ahora los vemos entrar: venían el presidente, el vicepresidente, el capitán general del ejército, el secretario de seguridad, el secretario de finanzas, el secretario de cultura y el secretario de relaciones exteriores. Con estos nos conformamos. ¿Quién movería al mundo sino ellos? O bueno, al menos el de esta nación independiente narrada en este testimonio verídico.

El presidente se sentó, espero a que los demás se pudieran acomodar, y se quedó ahí con el semblante serio, pero no molesto; parecía más bien un poco sombrío, aburrido de una repetición redundante pero necesaria al mismo tiempo. Abrió su botella de agua, bebió un poco para refrescar su garganta, y luego dijo al aire, pero al mismo tiempo, a todos los presentes:

–¿Y bien? ¿Qué fue lo que pasó?

Hagamos esto interesante, y si esto fuera una película, haríamos un llamado close up al que se puede considerar responsable de lo que se vive, que es el secretario de seguridad. Todos clavaron la mirada en él, quien por un momento deseó e incluso sintió que se hundía en su silla cómoda acolchonada, un ligero sudor perló su frente; pero pronto tomó posesión de la situación. Recordemos que él es una persona de mente calculadora, así que lidiar con situaciones tensas y complejas es su especialidad de vida. Se fortaleció a sí mismo, se reacomodó en la silla, y dijo:

–Ya se han hecho las pesquisas necesarias y se han tomado cartas en el asunto, así como creemos ya haber identificado al abstracto-pereza. Nació al norte. Respecto al asesinato, concluimos que, por obvias razones y como ustedes ya lo sospecharán, a los padres mataron antes de al bebé, pero éste ya estaba muerto antes de que lo arrojaran al muro. Ahora, tenemos la sospecha de que no estaba trabajando solo el asesino, sino que cuenta con ayuda de alguien hay alguien que lleva a cabo sus tremendas acciones. Pudimos checar un resultado de las cámaras y hay dos sombras en la habitación. Hay dos posibilidades, pues la corriente eléctrica fue afectada: uno, que se usó tecnología avanzada para intervenir con las comunicaciones, o dos, estas personas estaban extrañamente disfrazadas. Recalco: el bebé estaba muerto antes de ser lanzado. El bebé abstracto-pereza fue adormilado, y de hecho durmió, por eso murió, por eso pudimos ver los juguetes en la cuna, pero el bebé fuera, ya los había soltado; además, como ya sabemos todos aquí, no hubiera importado el salvajismo, el bebé no hubiera muerto a menos que se le pusiera a hacer su opuesto. No estaba activo al momento de morir.

–Eso lo sabemos –dijo el capitán general–, al igual que al otro abstracto-pereza lo encontraron degollado, pero ya estaba muerto antes de que le dieran el toque final, o en su caso, el dramatismo inesperado que tu bien comentas. Estaba dormido en su bañera, ya estaba muerto. Lo que todos aquí queremos saber es quién es el culpable.

Ahora, el narrador de este testimonio ya sabe que en este punto el lector tendrá más de una pregunta qué hacer, al menos el lector que esté de verdad tratando de dar un seguimiento a lo que se ha venido diciendo. Pero, por tratar de facilitar la lectura, para que este hecho no se vuelva a repetir, no vaya a ser que otra nación se vea terriblemente asediada por estos terribles hechos aquí narrados e inmortalizados; se facilitarán algunas de esas cuestiones que el ávido lector en busca de respuestas podría bien tener. Digamos, por ejemplo, ¿por qué estos abstracto-pereza estaban muertos antes de ser violentados? Esa es la principal, ahora, de esta pregunta, otras podrían haber como: ¿a poco la gente no sabe de la existencia de estas personas? ¿Por qué, en este caso, la pereza murió de su propio hecho, el de la inactividad? ¿No se supone que pereza es no hacer nada, y ésta misma murió por no hacer nada? ¿Cuál es el fundamento para sostener que la pereza es la muerte de la pereza? Y otras preguntas habrán, pero debemos atendernos a una cosa, y es que todas estas cuestiones serán solucionadas a su momento y en forma. Tenemos que conformarnos con esto, y es que si no, la narrativa perdería ritmo: estas personas saben de lo que hablan, y no dejemos que nuestra personal ignorancia momentánea se vuelva una excusa para extender engorrosamente y, obvio, innecesariamente esta reunión para ellos, que también tienen más cosas qué hacer. Paciencia, eso habría de pedir al lector que puede encontrar confusión en la comprensión de este testimonio. Así como dios el verbo creó, nosotros conoceremos más abajo, las razones de por qué sucede lo que sucede a través del verbo.

–Eso lo ignoramos, capitán general, sin embargo, al menos tenemos, por esto que ha venido pasando, una cosa que decir: no es una persona solamente, sino que podemos pensar que hay un grupo, y el asesinato se lleva a cabo en conjunto.

–¿Incluso el primero? –Indagó el capitán general.

–Nuestras fuentes así lo indican.

–¿Y cuáles son sus fuentes?

–Dos tipos de huella dactilar inexistente, pues pudo haber sido borrada.

–Si es una huella dactilar inexistente, hay que investigar quién se ha cortado las yemas de los dedos –sugirió el capitán general.

–Tenemos, en este país, más de cien millones de personas; y en esta ciudad, al menos ocho millones… no es que no sea una tarea fácil, sino imposible.

–Entonces es alguien que no tiene huellas dactilares.

–Y por eso, inexistente, porque tal vez tenemos su perfil, pero como ya se quitó las huellas, en caso de haberlo hecho, habría de revisar a todos, de nuevo.

–Eso, pero también conocemos a quién no tiene huellas dactilares de nacimiento, señor secretario de seguridad –dijo el capitán general.

–No podemos dudar de los abstractos, capitán general.

–Pues parece que el problema es mayúsculo y, tal vez, fuera de su alcance, señor secretario de seguridad –dijo el presidente para interrumpir el intercambio y dejar un tanto en ridículo al secretario de seguridad.

–Se está trabajando arduamente, señor presidente, no olvidemos además, los aquí presentes, que esto nos ha tomado por sorpresa y nos ha hecho vivir hechos y cosas que nunca antes habíamos experimentado ni vivido. Señalar a un culpable solamente porque queremos sería el peor de los errores. Todo esto es nuevo para todos –apoyó el vicepresidente.

–Al menos hay trabajo en ello, de eso no hay duda, y más qué hacer –dijo el presidente cambiando su punto anterior–. ¿Qué proponen para sobrellevar la actualidad ridículamente crítica? Recordemos que hay que salvaguardar a un país.

–Sitio, estado de sitio, hasta dar con el asesino –dijo terminantemente el capitán general.

–Eso es inconstitucional, pues no estamos hablando de una sublevación armada, sino de una crisis social. Además, no olvidemos que debemos mantener en secreto la situación, casi como un problema aislado. No podemos tirar la casa por la ventana, como quien dice –dijo el vicepresidente.

–Recalco aquí la necesidad de encontrar a un culpable –dijo el capitán general–, con la gente libre y caminando por las calles como si de en su casa se tratara, nos dará muchos más problemas de los que podríamos pensar. Esto es diametralmente más complicado a que si la tuviéramos controlada. Los ciudadanos comprenderán, y si no, habrá formas de hacerlos comprender.

–Claro, capitán general, pero el sitio significa cerrar fronteras, y por la situación que vivimos, le recuerdo que el trabajo es cosa fundamental. No creo que a los países vecinos les guste la idea de perder los empleos relacionados con la frontera, y mucho menos nosotros perderlos, estando en el ojo del huracán, como quien dice. No queremos tener este problema interno y, a parte, los de relaciones exteriores. Yo los he sabido manejar hasta ahora, pero un estado de sitio tiraría a la basura todas las negociaciones que he logrado. Así que yo pido a esta mesa directiva que no sea así, por el bien de todos –dijo el secretario de relaciones exteriores con gran respeto, seguridad y habilidad.

–Hay que crear una nueva forma de trabajo, creo yo, para contrarrestar la creciente demanda –dijo el presidente–, o ésta misma nos comerá a todos antes de que cante el… –se calló, no acabó su refrán, extrañado.

–Podríamos –dijo el secretario de cultura para seguir el debate– crear una campaña que retrate el descanso como forma de trabajo, necesario es, para contrarrestar el efecto de la excesiva actividad de la gente.

–O convocar a la gente que nos ayuden a buscar al culpable –dijo el capitán general.

–Esto del apoyo de la gente–dijo el secretario de seguridad– podría no ser tan descabellado. Hemos visto que la gente es capaz de derrumbar gobiernos, por lo que podríamos hacerlos nuestros aliados. No nos hagamos, y es que nosotros mismos la respetamos justamente por eso, por el poder que tienen. Un llamado a la soberanía no me suena tan de locos.

–Eso es propio de utopías comunistas sinsentido. Demostraríamos una debilidad, y ellos tratarían de tomar el poder para poder gobernarse. No olvidemos que un ciego no puede guiar a otro ciego, como quien dice, y mucho menos gobernarlo –dijo el vicepresidente.

–Creo que el dicho era más que suficiente –dijo el capitán general.

–No parece, creo yo.

El presidente retomó la palabra.

–Esa propuesta, capitán general, la de que la gente nos ayude a buscar, volvería a nuestro país una enorme cacería de brujas, lo cual, transformaría la situación de nuestra gran nación en algo igual o peor que un estado de sitio. Además, revelaríamos la existencia de los abstractos, lo cual, los pondría en una situación aún más vulnerable.

–Ya lo son, mataron a un bebé –contraargumentó el capitán general.

–Y por eso, el estado de sitio queda aplazado, mas no descartado, señor capitán general, al igual de una participación activa de una soberanía que no sabe lo que quiere. Somos más de cien millones en total, en esta bella nación, un sitio sería costoso y muy trabajoso.

–Un soldado vale cien hombres civiles.

–Eso hasta que se le acaban las balas –remató el vicepresidente.

–Una campaña de descanso visto como trabajo, en cambio, nos ayudaría, a ellos les daría una ocupación, y a nosotros nos daría tiempo. Televisión, radio e internet. Démosles el ocio como otra forma de trabajo –insistió el presidente.

–Sólo quiero mencionar que ya se duplicó la producción de las televisoras y ya no hay ideas nuevas para transmitir –dijo el secretario de cultura.

–Hagamos convocatorias, hay otras formas de participación y trabajo aún por explotar. Pero, definitivamente, debemos atacar esta fuga de información. No podemos hacer cundir el pánico diciendo que una abstracción ha muerto, y por ende, un abstracto. Si la gente sabe que su bienestar personal está en juego, estaremos en más problemas todos –dijo el presidente.

–Sin embargo, la cuestión principal sigue en el aire, pues no hay pista de quién es el asesino –dijo el capitán general.

–¿No habrá un espía o un traidor que tenga odio a la humanidad y por eso la quiere ver arder como está sucediendo justo ahora? –preguntó el secretario de finanzas.

–¿Odio? Sería una cosa muy simple. Odiar por odiar y querer dañar solamente porque sí. No habría un mensaje, algo digno por decir.

–Mi buen secretario de cultura, usted que lee debería saber que la vida, como la literatura, no debe tener un mensaje solamente por serla. ¿O me dirá que todo debe ser denuncia social? ¿Me dirá que la literatura forma mejores y más inteligentes personas? –dijo el vicepresidente.

–No sabía que usted era un conocedor en el tema, señor vicepresidente. Y no, tiene razón, la literatura no debe denunciar siempre y también cedo ese punto: la literatura nunca hará de alguien una persona más inteligente, y mucho menos una persona más buena. Pero sí tiene algo que decir…

–Una historia per se –terminó el vicepresidente.

–Sin embargo, creo que aquí hay gato encerrado, como dicen –dijo el secretario de seguridad.

–Bueno, bueno, mucha teoría literaria y filosofía, no hemos traído a los especialistas, y aun así están presentes, hasta tenemos refranes enriquecedores de nuestra habla. Lo que quiero saber quién lo hace y por qué –dijo el presidente.

–¿Quién tiene acceso al conocimiento de los abstractos? –preguntó el capitán general.

–Esta mesa directiva –dijo el vicepresidente– y, obvio, los demás abstractos.

–¿Los abstractos se reconocen entre sí? –preguntó el secretario de finanzas.

–Es una especie de radar, como el de los homosexuales, no sé si lo han escuchado. Dicen que estos pueden reconocerse entre sí solamente con mirarse, una especie de corazonada es la que sienten, digamos.

–Pues no sabía eso, señor vicepresidente. Bien dicen que dios los hace y ellos se juntan –dijo el capitán general para aportar su granito de arena.

–¿Entonces qué sospechosos tenemos?

–Pues nosotros y los otros abstractos –contestó al presidente el capitán general.

–Pero vigilamos a los abstractos, no pueden ser ellos, digo, por lo mismo que los cuidamos –dijo el vicepresidente.

–No hay sospechosos entonces –dijo el secretario de seguridad.

El silencio que se formó se tornó incómodo.

–Entonces ya tenemos un plan de acción. Hay que entrarle antes de que…

El secretario de finanzas interrumpió al secretario de cultura, pues se levantó y desabotonó la camisa, para luego quitarse una faja que ocultaba y apretaba una enorme panza que bajó hasta más allá de sus partes pudendas. Todos se incomodaron al instante, y fruncieron el ceño, pues nadie podía dejar de ver esa enorme masa de grasa abdominal adornada por una pelambrera ya blanca.

–Pediría perdón, pero extrañamente no quiero. Por alguna razón, no tengo más pena por ocultar esto –dijo palmeando su piel inflada.

Podríamos narrar lo que cada uno pensó, sintió, o dedujo; pero eso sería una tarea interminable. Un ejemplo basta: digamos que una mujer en vía pública es atacada. Un lector pensará que es víctima ella de sexismo. Otro querrá indagar y dirá que hasta no tener información no puede emitir juicio. Otro dirá que ella hizo algo malo, y por eso la atacaron. Otro dirá que es mal karma. Otro dirá que el hecho no tiene importancia porque miles de personas en todo el mundo son atacadas. Y otro dirá que es pura coincidencia. Pues bien, mil interpretaciones hay de un solo hecho, así como éste, usted saque su propia interpretación de por qué el secretario de finanzas lució su enorme lonja y con esa nos quedamos, con la conclusión, aunque se quede para usted solamente, gracias a dios. El hecho real es que le pidieron que se abotonara la camisa, de perdida, pero no se pudo, porque ésta no cerraba, porque su humanidad era tan grande que, simplemente, no era posible. Al menos podían explicarse todos su necesidad constante de ir al baño: el querer desviar la mirada de aquello grotesco. Eso a menos de que fuera ridículamente rico, no faltaría alguien que hasta decidiera dormir en esa enorme bola de grasa y pelos. Bueno, eso sucedió, le pidieron que se reabotonara la camisa, pero para esto debía ponerse la faja de vuelta, y el secretario de finanzas no quería, pues dijo que era muy incómoda y lo apretaba.

El presidente se fue a trabajar y vio a tres o cuatro más compañeros de trabajo quitarse sus camisas a media jornada. Camino a casa, vio por lo menos a una docena de arrestados por ir luciendo sus miserias, o bueno, dependiendo del lector, puede que no hayan sido miserias, sino cosas verdaderamente antojables en plena vía pública. Incluso alcanzó a ver a un policía ser convencido de despojar su cuerpo de esa ropa que lo mantenía sumiso. Cuerpo que debió seguir así, escondido, por la antiestética que causaba. Cuando llegó a casa, el presidente vio una cantidad exorbitante de noticias en las que gente desnuda era arrestada, violentada o atacada, festejada, animada o apoyada por ir así en la calle. No docenas, sino cientos, miles de desnudas y desnudos de todas las edades como si nada pasara: en la calle, en restaurantes, en baños, en edificios, en escuelas, en hospitales, en playas, en centros comerciales, en parques, en casas, en condominios, en gimnasios, en restaurantes, en puestos callejeros, en riñas, en centros de acopio, en centros de enseñanza, en spas, en peluquerías, en supermercados, en cafés, en librerías, en oficinas, en autos, en camiones, en autobuses, en edificios de gobierno; y bueno, la lista sigue, pero nosotros no para generar tanto tedio. Fue cuando se dio cuenta el presidente de que había un problema, lo olió al darse cuenta él, justo frente a su hija adolescente y a su mujer, que no veía chiste a estar vestido, que el estar desnudo nunca había sido un verdadero problema. Era la forma natural del ser humano, pues hasta nacemos desnudos y así nos morimos, ¿o no? Entonces, su celular sonó, era el vicepresidente. Contestó y escuchó.

–Mataron a otro abstracto, señor presidente.