La horrenda foto muestra las novelas que he escrito. Mi proceso literario consiste en escribir a mano primero y luego retocar al transcribir. Mi letra es casi incomprensible, además, así que si quiero que alguien lea, también pasarlas a computadora es de ayuda. Esto lo hago desde la segunda novela que hice, “Miego”; las primeras 5, 4 borradores y “La Casa” las hacía directamente a computadora antes de descubrir el gozoso dolor de escribir a mano…

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Impávidas, sentadas ahí están, observando cada movimiento que hago. Las letras son de sangre, como la que hervía de la sangre de mi abuela cuando sacaba a mi mamá, a su hija, a bailar. Mi abuelita no se acordaba de mí, comenzó el proceso de olvidar a todos excepto los que más la visitaban, y no era yo uno de ellos. Así que me observaba con odio pleno en su rostro avejentado por las añoranzas que aún lograba traer de vuelta a su mente. Yo no era una de ellas, yo era la amenaza que movía a su hija al ritmo de la música, de una cumbia alegrona y bien sabrosa. Y ella me veía sentada, justo como las letras: están ahí, sabes que te observan desde el rincón de sus páginas ojeadas, expectantes, deseando tu final. Letras eran sus ojos al verla en la cama, el último adiós, Ya vamos, hijo, porque de ésta no se levanta, dice que ve a mi pa, a tu abuelito, dice que hay ángeles, justo después de su levantamiento porque Parece que ya se va a poner bien, va a salir de esta, pero no, su corazón era del tamaño de todo su tórax. Entonces me fui a despedir y vi que las letras recuerdan, las letras son ojos de muerte que saben quién eres, porque en su lecho de muerte, mi abuelita, que no me recordaba, me dijo Sergio, ay, mijo, qué bueno que vienes.

Las palabras que suelto son como si las escupiera con los dedos, como si estuviera tosiendo sangre tratando de no ahogarme. Hace tanto que no me siento a leer, a escribir. Por mi mente corren fugaces las desdichadas, las hijas de perra, corren y escalan, se tiran de barrancos y luego se levantan indolentes y sin la más mínima muestra de dolor, todas cuestión de un momento y todas eternas en mi escritorio, en mi mente, en mi habitación, en mi computadora, en mi pluma, en la hoja blanca, en mis dedos revoloteando y bailando sobre las teclas como si fuera el mismísimo Chopin en un concierto en vivo; pero no produciendo música, sino escribiendo, produciendo la abstracción de la vida, y en cada interludio patético me veo en el reflejo de la pantalla llorando, bebiendo, ahogado de borracho, pero al mismo tiempo gozoso pues sé que al día siguiente no recordaré nada, y lo único que quedará serán esas letras que logré plasmar antes de caer agotado a dormir.

Las letras son un secreto personal contado a voces, que todos sospechan pero que no me atrevo a confirmar porque me da miedo ser yo mismo. Se mantienen secretas entre risas de morbo y expresiones asombradas en el Cómo puede ser que no lo acepte. Las letras me forman como los demás, a su vez, me transforman, porque no importa lo que diga: ellas nunca cambiarán, se mantendrán sórdidamente firmes como las capas de la tierra, pero movibles, cambiantes, como una opinión estúpida. Las letras son la sangre que corre a mi cabeza cuando alguien dice mi asqueroso ser plagado de secretos mundanos que en seguida trato de negar y olvidar. Pero a las letras no se les puede olvidar, así como no puedo olvidar quién soy yo.

He experimentado el silencio de la ignorancia y el desconocimiento personal, el silencio provocado por la negación de mí mismo y, por ende, de los demás. ¿Quién más lo ha hecho verdaderamente? Nunca lo sabré, porque eso sólo se logra en soledad, porque en la soledad es cuando el desconocimiento grita más desquiciadamente, me embrutece. Me mata.

¡Silencio!

Pero ellas nunca me dejaron en paz, lo recuerdo muy bien. Lo vivo aún: las ideas llegan a mi cabeza, y una vez ahí, echan raíz y crecen y crecen hasta volverse árboles cuyo líquido vital es mi sangre que corre a mi cabeza y alimenta mi deseo de morir. La única forma de librarme de ellas y evitar que me hagan enfermar es por medio de la hoja blanca y la pluma en mis manos. Ahí están los cayos, el dolor, el entumecimiento de mis antebrazos, el sudor mi frente, mis ojos rojos, secos, el sabor de la cerveza, el sentimiento de mareo, el asco personal. Pero es la única forma, porque las ideas gritan. Me gritan hasta dejarme sordo, ciego, moribundo. No puedo deshacerme de ellas. Recuerdo los diálogos y las descripciones una y otra vez dando vueltas como manada de lobos hambrientos atosigándome hasta llevarme enfermo a la cama. La única forma de extirpar la enfermedad, las ideas, es con las letras. Así que al poner la pluma en el papel es como el bisturí sobre el cuerpo inmóvil pero latente, y el sonido es similar al de rasgar la piel misma, arrancar el cuero cabelludo. Luego de eso está el sonido de las teclas porque, a fin de cuentas, son letras en la hoja que sólo yo entiendo pero quiero abrirlas al mundo. Que las entiendas. Y las teclas de la computadora son veloces, son claras, son martillazos contra la espada en forja. Todas candentes, rojas, humeantes, mis dedos no pueden parar porque se queman, así que escribo y escribo por horas y horas seguidas, siete, ocho horas hasta el amanecer, hasta que no puedo más. Y las hijas de perra, las letras, silenciosas y gritando la idea. Y nadie que las lea, nadie que las escuche, solamente yo, esquizofrenia, mi propia creación burlándose de mí en mi cara, viéndome y diciéndome que no soy más que el patético reflejo de lo que nunca llegaré a ser. Ellas son peores, están más deformes que yo, y a pesar de que me pinchan, me molestan, te hacen sufrir y llorar; las amo. Las amo a las hijas de perra. Las inimaginables destructoras de mi bienestar. Es una relación de dependencia mutua: ellas no pueden existir sin mí, y yo no puedo seguir sin su humillación, porque el acto de escribir es humillación: no puedo con las ideas, entonces las saco porque son mucho más fuerte que yo, y a pesar de tratar de imprimirlas lo más fiel posible a mi imaginario, siempre acaban igual de deformes que yo, un chiste, una burla, un escupitajo a la cara. Letras ilusorias, letras burlonas, letras-adefesio, pura mierda, chillidos de perro; y todo eso yo también, mi reflejo en las letras, en mi memoria, en mi conocimiento de inutilidad, inutilidad al doble: yo y ellas, ellas el fuego yo la estopa, ellas la mugre yo la uña, ellas el colon yo el ano flatulento, ellas el aroma yo la mierda, ellas la cucaracha yo el color café.

Y el silencio, el silencio de ellas con sus dientes de lobo muerto, de dragón sin fuego.

Burlonas.

Letras burlonas.

Las Hijas de Puta por excelencia.

Mis letras son una sombra sangrienta de muerte, son el fracaso por el que mataría justo ahora, ese es el problema: no queremos muerte, no queremos afrontarla aunque es tan normal como la sangre que corre por nuestras arterias, venas, que bombea el corazón. La muerte no es negra: es roja. Mis letras son el final.

¿Y qué viene con el final?

Suspiro, respiro. ¿Respiro? ¿Respiro al escribir?

¿Qué soy al escribir?

Soy yo y ahora un fantasma de un yo que jamás existió.

¡Silencio!

Y a pesar de que dicen silencio las letras, siguen haciendo ruido. Las Hijas de Perra siguen ahí presentes.

Siguen estentóreas.

Chillan.

¿Y cuándo las letras, en realidad, han sido silenciosas?

Siempre explotan.

¿A dónde llega la sangre sino al inicio? Y así son las letras: auguran el final, pero el final solamente es el siguiente inicio. Es un inicio. Son un ciclo.

Las letras de sangre son, y a pesar de que las saco todas, a pesar de que me desangro: no me muero.