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Una de las diferencias entre lo que la realidad y la literatura indican es la de, con todo permiso del lector, una movilidad en el tiempo que no sucede a voluntad, al menos en la vida del personaje en cuestión. Podemos comprender a cualquier lector como personaje, así como los que, invadiendo su privacidad, conocemos de esta narrativa testimonial. Y habría de señalar que cuando uno es lector puede haber, e incluso hacer, estas variaciones en el tiempo, como la de ir lento o ir rápido, en una página hay un cambio de horas, o un minuto se pueden volver diez de lectura. Ahora, uno piensa así, pero habría de preguntarse también si esta relatividad en la que a veces sentimos, como lector, que el tiempo se pasa más rápido o más lento, no serán en realidad las indicaciones narrativas que el que escribió señala. Esto lo veremos más adelante con un abstracto que nos concederá su opinión y que además también nos ayudó a retroceder un poco en el tiempo, pues mientras los políticos estaban en la junta, el detective, sin embargo, no estaba ni en su tiempo ni en su mundo por decirlo de alguna manera. Estaba él, sí, eso quiere decir que existía, y a pesar de que la verbalización la vuelve en pasado, lo que podría significar que ahora no lo hace; para el que lee, en realidad, es justo en el momento de leerlo, presente; así de relativa y singular sigue siendo la temporalidad. Ahora, él estaba ahí, sentado en su sillón, con su mujer a un lado, y su hijo sobre sus piernas. El pequeño que le hacía sentir el corazón salirse de su cavidad pectoral, por ese fuerte sentimiento, estaba recargado en el cuerpo de su padre, y el adulto podía sentir la respiración del pequeño, así como su calor y cariño. Curioso que sea por medio del tacto la mejor forma de sentir el amor de alguien más, a tal nivel que las palabras nunca lo igualarán, no pueden, no son suficientes; no son más que abstracciones de lo que es. Como sea, él se sentía dichoso como nadie en el mundo.

–Mira, se está moviendo –dijo su hermosísima mujer tomándolo de la mano y colocándosela en el vientre abultado, y él sintió el cuerpecillo de su hija moverse ahí, en una oscuridad y liquidez espacial. Al verla a los ojos, y luego ver a su hijo que le sonreía, fue tan dichoso que sintió que lloraba; hasta que volteó a su izquierda, lado opuesto al que estaba su esposa, y vio las luces acercarse de un auto, y el chirrido, y el humo, y los vidrios en su rostro. Despertó. Fue justo en ese momento cuando él se dio cuenta que no había sido un sueño, sino una terrible pesadilla. No podía recordar él, no era capaz ya de ver una diferenciación de si era ese un recuerdo que sucedió en una realidad consciente o si de fue algo creado artificialmente por su mente; el hecho es que era profundamente feliz, perdidamente dichoso, y bien se nos dirá que perdido y dichoso no son similares, por eso no se pueden conjuntar, pero ya vimos que la desaparición de algo negativo no siempre atrae algo positivo, así que estas disparidades se pueden olvidar por el bien de esta narrativa. Entonces era para él una terrible pesadilla, pues esta diferencia de sueño-pesadilla se da al momento de despertar. Se sintió tan lleno de esperanza, cosa que alguna vez hizo, que verse separado de ello, ese sentimiento honesto y venerable fue, en contra de lo que debería, exultantemente doloroso. No podía huir, se sentía como en una prensa, una enorme roca aplastándolo contra su vida, pero que no lo mataba, simplemente lo hacía dejar de ser él. Desesperanza era él. A pesar de que la luz que entraba por la ventana no era mucha, sabía que ya no podría reconciliar el sueño, y por casi una hora se estuvo retorciendo en las sábanas de su amplia cama tratando de olvidar el sueño en ojos cerrados a la fuerza pero no lo logró. Ahora no se podría quitar de encima la doble muerte: una real, la que fue hace tantos años, y la de justo ahora, que le anunció su sueño, y le recordó que ya no estaban, por eso era una segunda muerte. Si pusiéramos la empatía en acción, sentiríamos su sabor de boca, y no el amargo que tenemos en las mañanas, sino el de la desesperación y la pena. El detective lloraría pero estaba seco, ya no podía hacerlo nunca más, solamente llevaba a cabo una vida conforme a lo que un vacío existencial podía permitirle: ver las cosas como un cúmulo de intermitentes e inevitables y casuales encuentros y haberes de los cuales un personaje poco puede hacer. Revisó su celular y eliminó los mensajes que quien fuera su mejor amigo le había mandado sin siquiera revisarlos, pues no tenía pensado ocupar su mente en cosas que él mismo sabía que ignoraría. Se talló los ojos y recordó que hoy tenía la dichosa junta a la que el vecino adulto joven lo había invitado, y no podría faltar, incluso habiendo pensado ya en mil y una excusas diferentes, ninguna sonaba infalible. Además, cabría que le recordáramos, porque de no ser así, se le olvidaría; prometió llevar algo de comer, y decidió mejor, a pesar de que su cuerpo no parecía responderle de la mejor manera, poner las manos en la masa. Se levantó y se fue al supermercado. Para su suerte, y un poco de ayuda del narrador, logró encontrar lo que buscaba, a pesar de que en los estantes menos de la mitad del producto ofertado era el que había en sus mejores días. Algo curioso habría de mencionar de esta visita al mundo exterior, y es que al pasar por uno de los pasillos, vio algo que no esperaba: dos jóvenes de sexo opuesto con el respectivo pantalón y falda abajo, comparando lo que tenían ahí entre las piernas, totalmente quitados de la pena, y ambos ya con un creciente vello ahí embadurnado. Él frunció el ceño y se alejó de la misma forma que llegó, pues tampoco él quería sonar la alarma que, seguramente, daría a conocer el hecho que ambos estaban dando a conocer. Además, si nos ponemos a pensar, una persona en su sano juicio haría lo que él: dejar que pase lo que tenga que pasar, pues si bien, a lo mejor diríamos a esos dos que lo que están haciendo debería ser en privado, pues las reglas de la moralidad y la ética ellos dos estaban rompiendo; él ahí sería más visto como criminal, porque es mejor y más divertido pensar lo peor de los demás a darles el lujo de la duda, así que él solamente acabaría criminalizado. Mejor se fue por la pasta que le faltaba. Una cosa, sin embargo, podemos dilucidar en su mente, y es que la expresión de aquellos dos jóvenes no era de morbo, sino de curiosidad. Al estar en la sección de pasta, tomando el espagueti que usaría, escuchó a una mujer gritando y luego la vio, regordeta, ir jalando a la muchachita de la oreja, lo cual justificaría la conclusión del detective, que no necesitaba usar al máximo sus habilidades, y supuso que era la mamá de aquella menor. La señorita, por su parte, no dejaba de tratar de justificarse, llorando, sobre que lo que hacía no era nada malo, simplemente algo normal del exploramiento propio y ajeno cien por ciento necesario para el crecimiento saludable de cualquiera. Ahora, también podemos pensar que la mujer le gritaba a la menor por el hecho de que ella estuviera rompiendo la norma, para protegerla y cuidarla de los peligros que podían haber afuera, y así pensaríamos que su enojo es sano pues su papel de tutora o protectora le obligaba a actuar en pro del bienestar de la menor; sin embargo, también podemos deducir que la mujer pregonaba enojada la buena costumbre para verse ella bien y no salir tan perjudicada de dicho acto inocente, pues al haber criado ella a una pervertida, ella misma se volvía la perversión en persona, pues una mente joven que absorbe lo que cree necesario para su desarrollo sano, no lo hace de conceptos o ejemplo inexistentes, sino de lo que hay. Así ella también estaría rompiendo las reglas, y también sería una criminal porque es más que sabido, al menos eso parece, que para la sociedad de la que estamos hablando, es tan culpable quien lleva a cabo el delito como el que lo promueve. Sin embargo, el detective no le dio más importancia. No pudo evitar escuchar a una empleada del área de ropa para damas, que había una mujer que se probaba lo que le interesaba justo en donde la encontraba, en lugar de ir a los probadores para ver si es de su agrado o no, en total privacidad, como se supone que debería hacer; y no solamente eso, sino que no entendía razones y no iría a los probadores pues sería una falta de tiempo y ella no enseñaba nada que nadie no haya visto ya en su vida. El detective solamente arqueó las cejas.

En la cocina ya comenzaba él su arte de cocinar, lo que hacía siempre con su mujer, en medio de bromas, pláticas y algunas risas o provocaciones e insinuaciones. Pero ahora el proceso le resultaba indiferente y de cierta manera engorroso. Por eso encendía siempre la televisión, para que el silencio no le permitiera a su mente generar tantos pesimistas pensamientos que siempre iban al ataque de él. En las noticias cantaban casos de exhibicionismo y parejas realizando actos desinhibidos y en donde el recato y la buena costumbre eran fundamentales. Mientras la pasta hervía y él preparaba la salsa verde, pensó, o tal vez se vio obligado a hacerlo al externarlo nosotros en estas líneas, que la decencia radica más en una sonrisa de dientes para afuera que en un actuar consciente y personal, porque en realidad es mucho más común ver al enfermo defender lo correcto que al buen hombre tratar de imponer su forma y norma a los demás, incluso sabiendo que está bien y que es lo que debería hacer.

Y en un abrir y cerrar de ojos, y no porque en realidad así haya sido, más bien porque así los recursos literarios lo permiten, pues de no ser por esto todas las narraciones serían excesivas y con demasiado lujo de detalle que las haría caer en el aburrimiento total; el detective se encontraba ya sentado a la mesa en la casa del adulto joven, justo a su lado derecho, luego estaba su novia de aquél, y frente a ellos, los padres del niño de secundaria, que se encontraba jugando en el comedor justo al lado, videojuegos, junto con el joven de preparatoria. No sabía el detective que habría más gente a parte de él, de esos giros que no prevemos a tiempo para evitarlos, pero se puso a pensar también que poco podría haber hecho en caso de que le dijeran, pues su presencia había asegurado ya en la reunión que no tenía otra finalidad que la de ocupar a los presentes ante esa insistente necesidad de hacer algo y no dar lugar a la pereza que no existía ya para ellos.

–No, la verdad es que no estaba mal, o sea, no me sentía mal en la fiesta, fue solamente un accidente al que todos estamos expuestos a vivir; sin embargo, las palabras son siempre premeditadas aunque sean guiadas por el sentimiento, y esas que salieron de ella, denotaban a que mi querida novia era una delicada flor –dijo el joven adulto. Hablaban de cómo se habían conocido ellos en una fiesta, en la que él dejó caer su bebida y ella dijo un refrán: “Dios perdona los pecados, pero no las pendejadas”.

–Bueno, haya sido como haya sido, funcionó, ¿o no? Ya estamos a punto de llegar a los cuatro años de relación.

–Es una historia muy interesante –dijo la mamá del niño de secundaria.

–Sí, aunque es poco ortodoxa, creo yo. ¿O usted qué cree? –le preguntó al detective para luego llamarlo por su nombre. El detective, cabe mencionar, en esta plática se la ha pasado comiendo ya que gran cosa no podía proporcionar a la conversación, y no porque no tuviera cosa alguna que decir, sino porque no se animaba o porque pensaba que no era algo ad hoc al tema. Era mejor quedarse callado. Hasta más ganas de ir a jugar videojuegos tenía con los otros dos, pues sí, estaban muy metidos en su juego, tanto que no tenían que dirigirse ni la más mínima expresión o palabra. Parecían idiotizados, como quien lee un libro en el transporte público.

–Sí, curiosa, sí, con toda la razón.

–¿Y usted, señor? ¿Se la ha pasado toda la vida en soledad o hay alguna mujer que lo traiga con el corazón partido?

El detective sonrió a la novia del adulto joven.

–Sí, tenía una esposa y un hijo. Eran mi familia.

–¿Tenía? –Preguntó por fin el papá del niño de secundaria, quien ha aportado poco también, y todo el tiempo se ha mantenido con un semblante serio y con un silencio casi especulador.

–Fallecieron hace algunos ayeres –contestó tranquilamente para luego beber de su refresco. Todos estiraron los labios a los lados, no en una sonrisa, obviamente, pues qué clase de ofensa social sería esa de atacar a alguien sonriendo por su desgracia, sino en ese gesto que hacemos cuando decimos algo que no debimos, o que no queda acorde a la situación en la que se encuentran.

–Espero no sea una incumbencia, pero su rostro me es familiar… –dijo el papá del niño de secundaria no sin antes entornar sus ojos como para tratar de verlo mejor.

–Bueno, es que antes trabajaba para los altos mandos del gobierno, al menos por un tiempo, en cuestiones de investigación y protección.

–¡Pero cómo lo pude haber dejado pasar! Es el detective que descubrió al asesino.

Todos lo voltearon a ver admirados de tener a una celebridad de ese tipo junto con ellos en su mesa, aunque en cierta manera él no le parecía indicado estar en el centro de atención, pues nunca fue de su preferencia. Por eso le gustaba ser detective o guardaespaldas, porque era un trabajo secreto en el que no era necesario estar en grupos donde la social era la principal actividad. Sin embargo, logró anteponerse a la inseguridad que estar en el ojo del huracán le causaba.

–Sí, soy ese mismo.

–¡Vaya! Pero si esto es una grata sorpresa, y un gran honor, en realidad, por qué no; debió tener un gran valor para hacer lo que tuvo que hacer.

–Sí, gracias. Ese fue, como ustedes ya sabrán, mi último gran trabajo. Actualmente no ejerzo y no creo regresar a hacer en mucho tiempo.

–Un detective, y de los grandes.

El detective sonrió solamente y prestó atención a la comida que entre los dedos jugaba, porque sería lo mismo decir que era él quien jugaba con la comida.

–Supongo, por lo que acaba de decir, que ya no le han ofrecido más casos –dijo el papá del niño de secundaria.

–Sí, han estado muy insistentes en un caso actualmente, pero no los he escuchado, no estoy interesado.

–No sé si han escuchado, o si sabían, pero hay un loco suelto, dicen, y es el que ha causado tantos estragos en nuestro país –dijo la mamá del niño de secundaria.

–Sí, claro, aunque es muy fácil culpar a los demás por los problemas que nos afectan como sociedad. Yo creo que es algo más interno –dijo el adulto joven.

–Bueno, eso explicaría, al menos, que no hay pereza ya.

–Y con lo que he visto en las noticias, dicen que ya murió otro.

–¿Otro qué? –preguntó su novia.

–Abstractos, les llaman.

–¿Cómo que abstractos?

–Pues, querida, todos los conceptos que reconocemos como abstractos, pero que sí existen, como las emociones y los sentimientos, al parecer, están personificados por ciertos sujetos, y que están matando a estas personas, y por eso es que hay tantos problemas en la actualidad.

–¡Eso es tonto, mi amor! No puedes matar a la pereza, no es una persona, es una abstracción, por eso mismo es una abstracción –le contestó su novia.

–Pues sería una obvia explicación: que, aparte de la pereza, el pudor ha muerto, que por eso hay tanto exhibicionismo actualmente –finalizó él.

–Eso es enfermedad –contestó ella de vuelta– ahora resulta que quieren justificarse culpando a los demás de sus propios problemas mentales. Eso es cobardía solamente, nada más –volteó a ver al detective y le preguntó sin pena ni gloria–. ¿Usted cómo conoció a su mujer?

Esta pregunta que acabamos de escuchar bien podría ser tomada como de mal gusto, pues no preguntaríamos así de abiertamente sobre cómo se conoció a alguien amado estando esta persona ya muerta. Tanto así que podemos observar a los dos padres notarse incómodos y revolverse en sus asientos así como el adulto joven la reprende como reprendería el maestro que busca que su alumno no caiga en un error mayor del que ahora está.

–¡Oye!

–No hay problema –dijo el detective acompañando su comentario con un ademán para indicar que se tranquilicen todos–. De hecho, ahorita que ustedes contaron cómo se conocieron, me recordaron mucho a nosotros. Fue como un clic, de mi parte, la vi en una fiesta y supe que siempre querría estar con ella, sin embargo, como suele suceder con la gente que es como yo, no sabía cómo acercármele ni mucho menos hablarle. Yo sí estaba un poco tomado, para qué les digo que no, y escuché que dijo ella que se quedaría con aquél que le dijera un albur intelectual.

La novia del adulto joven sonrió, y luego le preguntó casi juguetona:

–¿En serio?

–Sí, aunque parezca de novela, así fue. Le dije a mis amigos que nos acercáramos a su grupo, que fingiéramos que jugábamos, y así fue, entonces me empujaron a ella y le pedí disculpas por chocar, y entonces fue cuando le dije…

Podremos aquí independizarnos un poco de lo que a la narración respecta, porque en sí la situación ya parece muy extraña para que el lector pretenda considerarla como verdad, pero la verdad, como ya hemos dicho más arriba, radica en que otra persona la confirme: un pensamiento propio dicho por alguien más. Así, pues, un albur intelectual fue lo que le dijo él a ella en esa ocasión, y así como el lector seguramente espera, habrán dos cosas: primero, el adulto joven y su novia, que están ligeramente versados en la literatura, comprenderán todos y cada uno de los comentarios que el detective está a punto de decir; mientras que los papás del niño de secundaria sonreirán como sonreímos cuando los demás ríen y no queremos quedar fuera del grupo, y lo hacemos a pesar de no entender el chiste en cuestión. Ahora, no se necesita estar ampliamente versado en cuestiones literarias para comprender lo que viene, algunas no tan literarias; son alusiones simples y vagas fácilmente identificables en un buscador actual, Quién fuera el que golpeó al creador del amor en tiempos de cólera para lavar mi dinero en tu paraíso fiscal, además de que las que vienen no fueron todas las que se dijeron y se dijeron más de las que fueron; en caso de no poder preguntarle al redactor de este verídico testimonio, entonces espere algunos años, lea algunos libros, y comprenderá todos y cada uno de estos chistes malos y de pésimo gusto. Ya aclarado el asunto, el detective soltó su letanía: Quién fuera el hombre que lo sabía todo para estudiarte la semiosis, Quién fuera compositor para llenarte el lago de cisnes, Quién fuera el loco de remate para cabalgar contra tus molinos de vientos, Quién fuera zar y mago para romperte la sintaxis, Quién fuera alfa para abrirte las puertas de la percepción, Quién fuera panóptico para poder observarte y ejercerte el poder, Quién fuera páramo para llegarte con todos los muertos, Yo sólo sé que te quiero saber a ti, Quién fuera bombero para no quemar tus libros sino quemarte a ti en la cama, Quién fuera aleph para poder perderme en tu laberinto, Conmigo vas a volar hasta llegar a ser uno de los cometas en el cielo, Conmigo todos tendrán buen día y las hormigas no se los comerán por la cólera, Me encantaría perderme en las montañas de tu locura, El gato negro te va a latir más que mi corazón delator, Te voy a besar hasta volverte mujer araña, En nuestro club de la pelea nadie hablará de lo que solamente tú y yo haremos, Las moscas huirán de tu señor, Pachecos o no hasta cinco patas le encontraremos al gato, Un libro que hable de tus abrazos perdidos en espejos, Ni el gran hermano podrá con nosotros… y muchas cosas más. Quién dijo qué, no es importante en realidad, porque lo importante es el juego de imaginación que ellos tuvieron al hacer esto. Ahora, otro lector nos dirá que es totalmente imposible que algo así pase, más que una pareja entienda o se decidan querer ante semejante maraña de incomprensibles barbaridades, y además, con una imaginación bastante reprochable, poco trabajada, y que no vale ni siquiera leer lo que esa mente pueda prodigar. Si es que de prodigios podemos hablar. Es más, si nos vamos a un extremo, sería humanamente imposible que alguien sea seguidor de tan ridículo intercambio de frases monótonas. Pero la gente, es bien sabido, se conoce por tonterías o por cosas muy simples, y si bien, en este caso, pareciera ser que la situación es muy compleja; para el detective y quien fue su mujer, era de las cosas más sencillas, porque fue y no fue, porque su imaginación creó y desapareció. Además, veamos algunos ejemplos: la novia del adulto joven lo enamoró llamándole pendejo, el adulto joven se hizo amigo del niño de secundaria porque, por accidente, le pegó jugando futbol, a pesar de la gran diferencia de edad son unidos, y se hizo amigo del joven de preparatoria porque fue el único que escuchó sus historias de fantasmas que sucedían en La Casa de antes. Ahora el lector podrá aquí añadir su propia historia personal, la que sea, y se dará cuenta de que tiene fantasía de sobra, así que todo lo dicho en este verídico testimonio no tiene por qué ser sujeto a los cuestionamientos de lo que puede o podría ser posible o imposible.

El joven de preparatoria fue al baño.

–Así que, pues, es lector –dijo el adulto joven.

–El intento de uno –le contestó para luego llamarlo por su nombre.

–Creo que usted y nosotros nos llevaremos muy bien –dijo la novia del adulto joven para sonreír cálidamente. Y una velada de bienestar seguía desarrollándose para todos, incluso para el detective, hasta que regresó el joven de preparatoria. Y no se volcó el bienestar a su opuesto solamente porque sí, o porque haya dicho algo que no debía, como una grosería; sino porque regresó el joven con su pálido y lampiño cuerpo al descubierto, incluso de ahí donde las partes se les pueden llamar pudendas.

–¡Qué pasa aquí! –Preguntó el papá del niño de secundaria encolerizado mientras su esposa corría a cubrirle los ojos a su retoño fácilmente pervertible–, ¡qué sucede aquí!

–¡Está desnudo! –obvió la mamá del niño de secundaria, porque ya sabemos que las cosas son, pero al estar alebrestados, las confirmamos como si eso las fuera a revertir, pero tampoco tiene el efecto contrario, pues no las vuelve más obvias, porque eso no se puede.

–¿Y qué? –preguntó la novia del adulto joven.

–Sí, ¿y qué? –preguntó el niño de secundaria a su madre, quién aún lo cubría.

–¡Cómo que y qué!

–Señor, con todo respeto, no veo el problema ni el motivo de alboroto –dijo el adulto joven apoyando a su novia.

El papá del niño de secundaria, al igual que la mamá que páginas arriba hablamos con su hija que comparaba su cuerpo; igual tiene dos motivos de alarma: una, el pensar que ese joven es un pervertido que se desenmascara estúpidamente en una reunión casi familiar, lo cual no tendría ni el más mínimo de los sentidos; o que en realidad sean celos lo que le causa el ver el cuerpo desnudo de un joven que no tiene nada colgando y que, al contrario de él, ni la más mínima de las penas a mostrarse. Además, en realidad, no habrá alguna o alguno que le agradezcan al joven de preparatoria la invitación imaginativa al lector sobre lo narrado.

Mientras se excusaban y todos luchaban por ver qué voz era más ruidosa y potente, el detective tomó una chaqueta, la del joven, y lo cubrió para evitar que el problema subiera de tono más de lo que ya era. Poco a poco se dio cuenta la mamá del niño de secundaria que no tenía nada de malo, y comenzaba a dejar a su hijo libre. Luego notó el detective su celular sonar y contestó sin ver el origen de la llamada.

–¡Por fin contestas!, pero, por favor, no cuelgues.

El detective arrugó la frente y se separó del joven de preparatoria que se quitó la chaqueta y se sentó como si nada a seguir jugando, pues ahora, hasta el papá del niño de secundaria que se estaba volviendo loco, se tranquilizaba y pedía disculpas por su incoherente actuar.

–De haber sabido que eras tú…

–Necesitamos tu ayuda…

–Ya tomaron todo lo que podían de mí, ¿qué más necesitan?

–No entiendes…

Lo interrumpió para dar dramatismo a la escena. Más del que ya había.

–¡No! Tú no entiendes que ya no trabajaré para ustedes.

–Lo que pasó, pasó, sí, pero ¡ve a tu alrededor, carajo! ¡Algo malo está pasando, y no te das cuenta! ¡Maldición, y es que el pudor ha muerto!