Hoy estoy de plácemes una vez más pues presento un texto original de otro muy estimado exalumno mío. Tuvo la capacidad que yo no he alcanzado en esto de las letras: proyectar a un personaje femenino hecho y derecho. Me recordó ligeramente a “La casa tomada” de Cortázar, y eso ya es mucho decir. Cris, te quiero, pequeño hermano. Te luciste. Ojalá veas que tienes talento y lo llegues a desarrollar.

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Atrapada en mi propio infierno…

La fiera

Normalmente no suelo hablar, mi soledad y el silencio son lo único que me acompañan, y me gusta, pero tuve que hacer una excepción con este caso. No siempre he sido una persona callada o lo que algunas personas denominan “tímida”, pero desde que llegó él todo cambió para mal, es lo que me ha llevado a escribir esto encerrada en el sótano de mi gran hacienda rezando para que “eso” no me encuentre y pueda relatar los hechos. Cabe aclarar que no puedo pronunciar su nombre ya que sabrá que estoy aquí y no sé qué pueda pasar…

Mi esposo, un hombre de dinero, y yo vivíamos en esta misma hacienda, la cual fue herencia de mi padre. Aunque de pequeña nunca vivimos aquí, yo sabía que la teníamos, y cada vez que preguntaba por ésta, mis padres sólo me cambiaban de tema, decían que luego iríamos ahí, solamente me daban el avión. Y ahora entiendo por qué. Recuerdo cuando “eso” llegó a nuestras vidas como un trabajador más, no le hubiera dado importancia de no haber sido porque él no hablaba y cuando quería conversar con él, me hacía preguntas poco relacionadas de lo que yo le platicaba, demasiado personales. Desde ahí me empecé a desconfiar de él, tanto así que una vez lo amenacé con despedirlo ya que estaba en mi clóset con mis vestidos. Le llamé la atención y él, como siempre, me preguntaba cosas aún más raras. Al día siguiente le comenté de lo ocurrido a mi marido pero no me creyó, repitió en varias ocasiones que él era buen trabajador y no lo iba a despedir, así que no me quedó de otra más que guardarme todo lo que ocurría, especialmente sobre lo que iba desapareciendo de mi recámara como perfumes, ropa interior, cepillos, velas, sábanas y juguetes de mi hija difunta de la cual no me gusta hablar, sino más bien recordar en mi interior y llenar el vacío con recuerdos de ella con sus juguetes. Todo eso se iba desapareciendo pero no le tomé importancia ya que, como lo dije, mi marido no me iba a creer y me iba a tomar por loca y la afectada iba a ser yo.

Él, el trabajador, es un tipo alto, moreno moreno, cabello largo, presentable, aspecto imponente y con voz grave. Sin duda, cuando lo ves, te intimida. No es que te inspire confianza y te den ganas de hablar con él, pero pues es lo que hay. Normalmente yo me quedaba en la hacienda y veía qué podía hacer: algunas veces iba al jardín, a la alberca, al roof garden, veía televisión o simplemente observaba qué había de nuevo en este mundo; y en todas las actividades me he percatado que él estaba presente en todos lados, según él para cuidarme. Le he dicho que no quiero que me cuide pero él insistía y en vez de sentirme segura me sentía mal y vigilada, evidentemente me espiaba y me volvía loca, literalmente, saber que me estaba viendo a cada minuto de mi día y yo sin poder hacer nada. Estoy segura de que quiere algo de mí pero ¿qué podría ser? Era la pregunta que me hacía cada día, cada noche y cada minuto de mi vida en el que él estaba presente y me penetraba con la mirada, eso y un mar de dudas más surgían cada día, y cada pregunta nueva más estrafalaria que la anterior.

Ese algo que quería de mí lo supe inmediatamente un día nublado, de los mejores días, era un día frío, sabía que iba a llover. Dicho y hecho: llegamos al anochecer y empezó a llover demasiado provocando que la luz de la vieja hacienda se fuera constantemente, ocasionó un ambiente tenso y de miedo, más de lo que ya era. Ese día entré al cuarto de lavado, no es usual que entre ahí; al abrir la puerta estaba él acostado viendo hacia el techo con los ojos blancos. Evidentemente me espanté y me hubiera ido corriendo por ayuda de no haber sido porque me percaté que todas las cosas que yo había dado por perdidas estaban ahí: juguetes, vestidos, ropa y todo lo desaparecido estaba ahí. Lo que más me llamó la atención, mi perfume, cubría un olor como de putrefacción entre animal muerto y hierbas mágicas. El aroma venía de un cajón del cuarto de lavado, lo abrí y antes de que pudiera ver qué era lo que producía ese nefasto olor, sentí su mirada en mí, su respiración cubriendo mi cuello. Sabía que algo malo iba a pasar y que tal vez no podría escapar de esa, pero no me hizo nada aunque pudo haberlo hecho, sólo observó detenidamente como si hubiera caído en su trampa. No giré mi cabeza por miedo hasta que ya no sentí su respiración y una luz de una vela se extinguía en el cuarto, en ese momento supe que tenía que huir y esconderme. Traté de salir corriendo pero él no me dejó: agarro mi brazo y trató de asfixiarme con su increíble fuerza, pero en un intento desesperado lleno de ira, tiré la vela que alcanzó su túnica roja con blanco haciendo que él se consumiera en llamas, o eso es lo que trataba, pues solo logré que me soltara y corrí desesperadamente hacia aquí, al sótano.

Espero a que mi marido llegue o que alguien se percate de los gritos desesperados de él, creo que ya no me queda de otra más que aceptar mi destino, aceptar que lo que comenzó como algo sin importancia y coincidencia, ahora será lo que acabe conmigo. Tengo la certeza de que sabe que estoy aquí sin poder escapar, y solamente para que todos sepan que pasó en realidad, estoy escribiendo esto con la esperanza que alguien me crea y vea que cualquiera puede estar atrapado en su mismo infierno.