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Estuve checando números y, al parecer, el primer artículo de este blog fue subido el día 3 de diciembre del 2017. Eso quiere decir que llevamos apenas más de dos años con este proyecto. Decir “creciendo poco a poco” caería en un absurdo egoísmo casi mentiroso. Ahora, dejando de lado cuestiones nihilistas y pseudoexistencialistas que están en torno a que el tiempo es una mera construcción social que en sí no tiene una verdadera validez puesto que el planeta en realidad gira alrededor de una estrella diminuta en medio de la nada y que el mismo sistema solar junto con la galaxia; todo gira y se mueve de la nada a la nada; veamos las cosas desde esta perspectiva, la del autor, una ironía pesimista que es la única que nos permite sobrellevar las cosas medianamente.

Cada año nuevo el patrón se repite pero lleva consigo una serie de distinciones que es lo que nos permite la diferenciación entre el pasado y el ahora. Cuando era más pequeño, las fiestas de navidad y de año nuevo eran para reunirnos en familia: tíos, abuelos, primos, y demás miembros. Era divertido. Me la pasaba muy bien. De hecho, añoraba y esperaba con ansias estas fiestas que tenían un aroma distinto, quizá el del ponche; que sigue siendo el mismo, pero hoy en día no tienen nada especial. Son una fiesta forzada. Ya no nos reunimos en familia que no sea la nuclear. Y lo agradezco de sobremanera, porque mi misma familia piensa que no: creen que me molesta estar con ellos. Más equivocados no podrían estar. Sin embargo, siempre queda esa añoranza de fiestas multitudinarias, por decir así, y las de ahora que están apenas más que improvisadas. Ojalá toda mi familia nos podamos seguir reuniendo por muchos años más; el problema, sobra decir, no son ellos: mi padre, mi madre, mi hermano y mi hermana, nunca serán problema, para nada, son los únicos que me quedan, los únicos en los que puedo confiar, ellos son mis doce deseos de las uvas… el problema es todo lo demás.

El problema del año es que siempre está lleno de deseos, estos falsos deseos con nuestro ritual de las uvas. Desear no está mal, nos permite conocer qué es lo que queremos, a qué aspiramos, sin deseos nosotros no tendríamos por lo cual vivir. Morimos también al dejar de desear. Pero estos deseos fútiles de bajar de peso, viajar, dinero… siempre empezamos con un optimismo aberrante con reflexiones sobre cómo será y como no debería ser. Este optimismo, este tratar de ver lo bueno, es solamente la confirmación de que no estamos bien. No los deseos que nacen del alma o del corazón o de lo que su religión diga que es: este optimismo es solamente poner una bandita en una fractura expuesta. No estamos bien, no podemos darnos el lujo de sentarnos en nuestros laureles y dejar la vida pasar. El año no empezó bien, una superficial mirada a las noticias de la guerra que viene (tomando en cuenta que cada mandatario gringo hace una guerra para quedarse otros 4 años y que este 2020 es año de elecciones en EUA), incendios que están acabando con nuestro planeta, economías en eterna recesión… ¿podemos tapar el sol con un dedo?

Cuando llega este tiempo de renovarse y de cambio, siempre llega con unas ganas falsas. Nadie quiere cambiar en realidad. Conscientemente nos quejamos de nuestra mala suerte, pero subconscientemente repetimos los patrones, o sea: cada uno sabe que algo le duele, y hacemos todo lo posible para repetirlo. No es cuestión de que dios o la vida o el universo así lo planee, si fuera cierta la frase “Dios da sus peores batallas a sus mejores guerreros” entonces esta sociedad está llena de puros Aquiles, Leónidas, Cuauhtémocs, Reginleifs, Atalantas, Juanas de Arco… ¿Y a cambio qué hacemos al ver que nuestro patrón autodestructivo llega a repetirse? Pues, como he dicho en alguno de los podcasts: desahogarnos con alguien más que no tiene la culpa. Yo lo he hecho, todos lo hemos hecho. Nos falta inteligencia emocional, término que me parece ligeramente absurdo por el contexto en que más lo he visto (coaching empresarial y esas cosas) pero es muy cierto: no sabemos sobrellevar nuestras emociones. Creemos que un inicio como el año nuevo nos va a llevar a mejorarlo y cambiarlo. Pobres ilusos. Si cuando nos vemos afectados no logramos cambiarlo, en año nuevo mucho menos.

Llenamos estas fiestas y todo lo que conllevan, o sea a la gente a la que les mandamos hermosos mensajes de bienestar y buenas vibras, como quien dice; de proyecciones psicopáticas y de puros “ojalá”. Buscamos la atención que nos falta a nosotros mismos, nos automenospreciamos y queremos que alguien nos lo venga a negar, que venga a decir “No, vales la pena” y sí lo hacen: sólo porque es una festividad forzada. O sea, los buenos deseos también están forzados. Es decir: estas fiestas no sirven para nada más que para autoconsolarnos con mentiras que giran en torno a un destino que deseamos puramente que sea mejor pero en sí no hacemos algo para que así sea, o nuestros intentos resultan insuficientes. ¿Qué se debe hacer para cambiar el rededor? Cambiar uno mismo antes de que lo que nos rodea nos lleve al punto de rompimiento que solamente acaba en la resignación.

Es obvio que encontrar un motivo para cambiar en una fecha tan aleatoria como estas que vivimos recientemente, en sí no es un motivo de burla ni de crítica; al contrario: si la intensión de verdad se va a llevar a cabo, entonces es más que respetable, pero si se queda en otro ritual vacío que sólo es llevado a cabo porque así lo hacen los demás (e incluso si los demás no lo hacen así) pues es normal que las cosas no salgan bien. El cambio conlleva un cambio interno que, muchas veces, no llega a ser porque no estamos conscientes de que lo necesitamos, y si sabemos que es necesario, no sabemos cómo hacerlo.

Creo que en vez de desear lo que siempre deseamos deberíamos abrirnos un poquito más a los demás. En lugar de esperar que todo nos llegue a nuestras manos, ¿por qué mejor no llegar a la vida de alguien más? Así que esta es mi propuesta, Lectófilo: si alguien llega con usted y le dice fervientemente “Ayúdame, por favor” pues usted ayúdelo, nada le va a costar, y a cambio recibirá eso que deseó con sus doce uvas y multiplicado. Ayude, no cuesta nada, de verdad que no, y para esa otra persona bien podría significar el mundo entero.

Eso sí es un cambio tanto para adentro como para afuera.