20191026_191851_0000

6

Al secretario de seguridad cada vez más le urgían el arreglar esta situación que tanto asediaba a los tan respetables soberanos de la nación, y de las demás, pero estaba atado de manos, al menos eso pensaba él. El primer factor que lo hacía sentirse así era el no poder investigar directamente a los abstractos, pues ellos ya eran vigilados y sería innecesario, significaba solamente un gasto de dinero, energía y, sobre todo: tiempo. “El tiempo se va y ya no regresa: hay que cuidarlo”, decía cada vez que podía el señor presidente. Él, el secretario de seguridad, sabía que ésta era una limitación absurda y hasta contradictoria para su investigación, era delimitar a lo más mínimo su campo de trabajo pues a él siempre le gustó más la perspectiva de “no es inocente hasta que se demuestre lo contrario”. Claro está que aquí puede haber un presunto rompimiento de los derechos humanos al presumirse que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, pero en el caso actual no sería así, pues aquí hablamos de personajes actuando fuera de los márgenes de la ley. La otra razón por la que se sentía atado de manos es por eso mismo que él debía tratar de defender y pregonar: la legalidad. Pensaríamos que esto es contradictorio, es decir, que un funcionario público vea como impedimento a la legalidad que trata de conservar, pero para el efecto práctico de su pensamiento personal: la legalidad es su peor enemigo por el momento. Es que acaso no es lógico que cuando de una ilegalidad se trata, ¿no es mejor, por obviedad, que la mejor forma de actuar es por la ilegalidad misma? Lo mismo sería decir que si un predicador no practica lo que difunde, ¿cuánta calidad se puede esperar de su enseñanza? Veamos al maestro que dice algo u otra cosa, pero su actuar es totalmente distinto a lo que a sus estudiantes trata de transmitir, y si sus pupilos llegasen a enterarse; lo más probable es que tomen sus enseñanzas como meras falacias y este personaje, que debería ser de respeto, caiga en la ignominia y el desinterés. Más hablando de jóvenes que les es muy fácil el ignorar cualquier hecho, hasta a ellos mismos. Regresando al secretario, su problema también radica en la política, en la que, tal vez, tan importante como el tiempo, era también la imagen, y no se podía divulgar que en ilegalidades se ha tenido que recurrir para lograr alcanzar la justicia. La justicia, por ende, parece ser algo bueno, pero si es alcanzada por su opuesto, al parecer, no es del todo bien visto; aunque si regresamos al ejemplo que habíamos visto ya de la balanza, a más justicia más métodos dudosos; al menos, esto en la lógica del personaje en cuya mente nos estamos adentrando tan groseramente. El hecho de verse mal, políticamente hablando, hacia los demás, les haría perder toda credibilidad y posibilidad de una reelección del partido. Recordemos que la mente del votante es asediada constantemente por imágenes, y las negativas son generalmente las que más conserva, porque son las que más le recuerdan a sí mismo. Prácticamente es imposible pensar en un político bueno o que persiga el bien común más que el personal. Por lo ya dicho, junto con el vicepresidente, organizaron un plan en conjunto. Mientras que el gobierno concentraría su ardua labor en la creación de un enemigo en común para que la soberanía tuviera su atención centrada así como sus energías dirigidas; el secretario de seguridad tendría ciertos parámetros para actuar un poco más libremente. El hecho de tener un enemigo en común permitiría tener la atención centrada en él, y así el grupo de seguridad podría llevar a cabo, al mismo tiempo, sus responsabilidades para mantener la estabilidad del estado. La finalidad era encontrarlos desprevenidos y así tener más posibilidades de dar con los culpables. O el culpable. Entonces, la policía se disfrazó de civil, pues cuando vamos caminando por la calle haciendo lo que tenemos que hacer en su momento, alguien como nosotros, no nos pone en alerta ni mucho menos nos obliga a andar con más cuidado; a menos que veamos a dicha persona con una cualidad que pudiera ser considerada como sospechosa. Pero ni el nervio de ver a alguien como nosotros en una situación desdichada es comparada con la de vernos con alguien que viste los colores de la ley o de la autoridad. La probabilidad de sentirse nervioso o acosado es mucho mayor al estar en la presencia de quienes viven del erario público. Tal vez es el papel de dios: mientras este permanezca ausente divino no nos es de preocupación, porque no somos conscientes de ahí anda, aunque del peor pecado se trate; sin embargo, cuando entramos a la iglesia, nos vemos embargados por la culpabilidad, pues es ahí donde sí está presente él, ella o eso; donde no nos molestamos en ser libres. Y ya sabiendo por qué los civiles son más eficientes en cuestiones de espionaje, estos se dedicaron a escuchar a cualquiera que en las calles externara algo que los pudiera llegar a inculpar de cualquier cosa. Sin embargo, una cuestión remarcable: una cosa es vigilar y escuchar lo que la gente en una fila diría, o en una tienda; pero había tanta gente afuera porque toda quería trabajar ya que no se podían permitir la pereza, que su trabajo, el de los espías, se vio dificultado a niveles estratosféricos. Pensó el secretario de seguridad que aún le tomaría su tiempo al nuevo abstracto-pereza volver a curar a los soberanos para que ésta se viera limitada en sus acciones incesantes de hacer y rehacer, y es que se podía obligar a la gente a vestir, las medidas coercitivas eran más eficientes en ese sentido, pero no se les podía obligar a descansar, pues eso se buscaba a voluntad, no tanto por deber u obligación. Al secretario le resultaba incómodo llevar tanta ropa encima, pero era la ley. Le gustaba sorprender a alguna mujer luciendo su agradable desnudez, más si entre las piernas su mata de pelo era abundante, pero no se daba esperanza de estar tan libre como ellas; era mejor un poco de incomodidad a estar en prisión.

Las instrucciones, como ya se habrá deducido, fueron simples: debían grabar todo, y en caso de ver o escuchar algo sospechoso, debían trasladar al elemento a la estación. Esto le recordó al secretario de seguridad sobre los que eran considerados culpables en otro hecho que nunca dieron a conocer públicamente, pero sobre los que corrían rumores en las altas esferas de la misma manera que el río corre en la naturaleza: adoptando la forma de lo que recorre. En el caso del rumor, adoptaba formas libidinosas. Los hechos fueron, por ejemplo, que en un país toda la gente votó en blanco, y se llamó la peste blanca; o, en otro país, estuvo la peste de los ciegos. Claro que estos hechos son imposibles, porque incluso llegaron a comentar que habían encontrado los cavernícolas del mito platónico. Tal vez sí deberíamos tener niveles de imposibilidad, porque la fiebre del trabajo y la del nudismo son, sí, tan poco probables que pueden ser consideradas imposibles; pero los otros testimonios ya mencionados también caen en lo imposible, aunque si somos realistas, éste es más improbable, porque es menos eficiente en su narrativa.

¿Qué frases, sin embargo, podían volver a una persona, digna de ser sospechosa para la autoridad regente? Bueno, pues, haciendo un ejercicio de imaginación, podemos escuchar, por ejemplo: “No se vio venir”, “a fin de cuentas, no es tan malo como parece”, “así nos ahorramos las clases de sexualidad”, “Ya era necesario tener más libertad”, “Este mundo se va a volver una conjura de necios, y eso será divertido de ver”, “Si el gobierno hiciera bien su trabajo, nada de esto pasaría”, “Esto solamente puede significar el inicio del fin”, “Creo que es una enfermedad necesaria”, “Ni es para tanto, de hecho, ya había pasado antes”.

La acción ahí no acababa. Luego de tener a los sospechosos identificados, había de sacárseles, como vulgarmente se dice, toda la sopa, la verdad, y las preguntas eran específicas, pues hay ciertos lapsos verbales que pueden ser interpretados de la forma que más le convenga a la autoridad o a la ley, y estos son los más necesarios para inculpar a alguien. Recordemos que son inconscientes, y así uno no tiene poder sobre ellos; aunque, mayormente, guiados por el nervio, al menos en la situación aquí planteada, no siempre llevan a la verdad absoluta, sino a la necesaria. ¿Por qué no es tan malo como parece? ¿Cómo le parece la situación? ¿Cómo sería una mala situación? ¿Por qué esa sí sería mala? ¿Cuál es la relatividad de la que habla? Aquí solamente hay hechos. ¿Por qué no quiere educar sexualmente a los menores? ¿Es libertina o floja? ¿Cuál ofensa? ¿Tiene familia? ¿Qué pasaría si su familia fuera víctima de una ofensa sexual? ¿Por qué llora? No se asuste. ¿No era libre antes? ¿Por qué más libertad? ¿A qué se refiere exactamente con “más libertad”? ¿A qué libertad se refiere? ¿La ley acaso no es garantía de libertad? ¿Es troglodita? ¿Quiere que vivamos como bestias? ¿Por qué es divertido? ¿Le divierten los problemas? ¿Es psicótico? ¿Conoce las terribles consecuencias de lo que pasa? ¿Cree que su gobierno no trabaja? ¿Lo haría mejor usted? ¿Y por qué no lo hace? ¿Qué propone? ¿Sabe que eso nos llevaría a la barbarie? ¿Cómo que mejor? ¿Mejorar es retroceder? ¿Qué tanto hay que retroceder y por qué? ¿Por qué el inicio del fin? ¿El fin del suyo o de los demás? ¿Quiere que esto se acabe? ¿Por qué tanta fatalidad en su forma de pensar? ¿Pesimista? ¿A quién ha leído para considerarse pesimista? ¿Toma terapia psicológica? ¿Cuándo inició el fin? ¿Cuándo acabará, según usted? ¿Qué enfermedad es necesaria? ¿Qué no la enfermedad es mala? ¿Le gusta estar enferma? ¿Le gusta ver sufrir a la gente? ¿Cuál es su perfil del final? ¿Por qué quiere el fin?

Hubo dos frases que fueron dichas por la misma mujer, y fueron las que más llamaron la atención, al inicio de quien espiaba, y luego del secretario de seguridad, al que continuamente le pasaban reportes de lo que iba sucediendo en los interrogatorios y de los que iban llevando a la estación para interrogar. Los familiares de los sospechosos iban siendo notificados que serían tratados con todas las de la ley, y que no habría razón para preocuparse, en cuanto cumplieran su papel y ayudaran a reestablecer la paz social, serían puestos en libertad de nuevo. Lo cual, era mucho más rápido de lo que uno esperaría. Y es que sí, el gobierno ya tenía sus puntos de ataque, el enemigo en común, que más adelante veremos con detenimiento, pero no era esta gente, y de esto se dio cuenta el secretario de seguridad, pues era más que obvio que la mayoría de los elementos interrogados no sabía de lo que hablaba, no sabían por qué eran sospechosos, y no entendían por qué las frases que había dicho les había causado problemas cuando eran cosas que podía haber dicho hasta un animal, en caso de que éste pudiera hablar. Y tomando ya de ejemplo la mala suerte de estos pobres soberanos, deberíamos tomarnos una pausa para comprender lo que pasa, no vaya a ser que el pobre lector se vea en una desafortunada situación como esta, y es que esta gente sufrió lo que podemos denominar como descontextualización. El problema de lo que decimos es que puede ser interpretado de forma distinta a la que nosotros, en inicio, queríamos dar a entender, y esto sucede con una facilidad exasperante; es eso lo que la policía de esta nación está haciendo para transformar estos comentarios inocentes en armas de destrucción masiva, comentarios elegidos al azar por los mismos espías que tenían sus propios problemas en la mente, y por la misma necesidad de hacer algo, tal vez, se adelantaron a lo que en realidad debían lograr, pues transformaron comentarios dichos en la vida diaria en un susto de vida a los hombres y mujeres cuya libertad fue coartada de forma agresiva.

Cuando el interrogatorio es tratado como forma infalible de obtener la verdad, el factor humano es la inutilidad en potencia, porque el nervio nos hace mentir, e incluso transforma la verdad dicha en su opuesto. Excepto el de una mujer que ya fue mencionada, la que las dos frases dijo. Su temple era controversial, pues todo lo que decía era verdad, incluso cuando no era lo que le preguntaban, pues solamente decía “hablaré con el secretario de seguridad”. No hubo tortura, pues su belleza era suficiente impedimento como para que cualquiera, incluso para que los elementos femeninos de la policía, tuvieran en mente la tortura como medio de encontrar la verdad.

Ella ganó.

Sentada estaba ella con las piernas cruzadas, su melena dorada cubierta y recogida en una redecilla negra, su vestido entallado como si de una segunda piel se tratara, los labios carnosos brillaban de rojo y sus ojos ámbar milenarios tenían una pupila dilatada tan negra como una noche sin estrellas pero despejada. Imaginémonos a la perfección hecha humana, que por fuerza debía ser mujer. Sus senos firmes y turgentes eran como nevados inexplorados, y sus torneadas piernas los pilares de la catedral más acuosa jamás construida. Ella era una infinidad de ósculos provocados por toda su piel, una escultura inhumana tallada tan dulcemente que los milagros de dios quedaban por debajo de su piel femenina. Todo visto de forma romántica que, para ser más prácticos, no causaba morbo ni erecciones, sino embelesamiento y pureza casi celestiales.

Se le quedó viendo directamente a los ojos, así como ella, y por un momento el secretario de seguridad tembló, pero se controló y entró. En silencio se examinaron, y fue él quien el hielo rompió.

–Querías hablar conmigo, y aquí estoy.

Ella le sonrió, sus dientes parecían perlas.

–Son muy predecibles ustedes, ¿sabes?

–¿A qué te refieres?

–Para una persona como yo, legalmente y contra natura es entrar aquí, sin embargo, sólo tuve que decir dos frases para poder llegar hasta ustedes.

–Tres, en realidad. Tu constante respuesta también cuenta.

–Pero fueron dos frases las que me permitieron llegar aquí. Solamente dije algo sobre necios y sobre un evento repetido, ambas cosas ciertas, y lo sabes.

–Me intriga más el hecho de que no deberías estar aquí, y sin embargo, aquí estás.

–Pero no diré ni pío, como quien dice.

–Pediste que me querías ver, y aquí estoy. Habla –dijo en tono imperativo el secretario de seguridad.

–Pero no has preguntado nada.

–Si algo sabes, no necesitas preguntas.

–Sin preguntas no hay conocimiento.

–Entonces, ¿quién eres?

–No hablaré aquí –dijo ella insistiendo casi dulcemente.

–Estás demasiado exigente.

–Bueno, señor secretario de seguridad, quien está en una carrera contra el tiempo eres tú, no yo.

–¿Qué tan importante es lo que me tienes que decir como para que tenga que burlar las reglas?

–Lo suficiente.

Se quedaron viendo a los ojos una vez más.

–¿A dónde quieres ir?

–A un lugar más privado –dijo con una deliciosa sonrisa.

En camino al café, el secretario de seguridad iba pensando, reluctante, en las excusas que debía de dar al haber roto el reglamento por haber sacado a una sospechosa de las oficinas, así como en la voz de ella, que era grave y rasposa, pero que era un perfecto complemento en ella misma, que la volvía beata.

–Un café es lo menos privado que me imaginé –dijo él ya sentados los dos, con un café a medias, porque la primera media hora estuvieron en silencio, casi como si no tuvieran prisa de nada.

–¿Querías un motel? Has escuchado la frase “mantén más cerca a tus enemigos que a tus amigos”, supongo. No quiere decir otra cosa que el deber hacer lo contrario para obtener lo que quieres. Y es algo muy acorde a tu investigación.

El secretario de seguridad la observó encender un cigarro y se sintió adicto.

–Y supongo que tienes basto conocimiento del caso que estoy llevando bajo secreto de estado.

–Digamos que soy una de tus protegidas.

La mirada perpleja del secretario de seguridad la hizo reír estruendosamente.

–Yo soy el abstracto-fealdad.

No lo creía el secretario, tanto así que sintió que cada vello se le erizaba, así como cada cabello, un nerviosismo lo invadió, y por momentos no pudo ni respirar. Pero bebió café y se tranquilizó. Ella le ofreció un cigarro, y él lo fumó, aunque en realidad quería el de ella, el que estaba entre sus labios, no uno ajeno; pero de algo serviría.

–Pero no eres…

–Recuerda la ley de los opuestos, señor secretario de seguridad.

–Pensé por momentos, en los inicios de esta peste, que los abstractos solamente se limitaban a emociones y sentimientos humanos.

–Abstractos, señor secretario. Si yo llegase a morir, imagínese, los parámetros de belleza se pervertirían, y la volvería relativa, y por ende, inexistente. La obesa mórbida sería igual a aquella que se esfuerza y come sanamente. Sería el engrandecimiento de la enfermedad.

–Habría más aceptación, la gente se querría más como es, no buscaría tratar de satisfacer imaginarios imposibles e igual de enfermos que los de la obesa mórbida.

–No veo lo bueno en eso. La pereza murió, y como algo malo, no trajo consecuencias tan buenas.

Dio una calada a su cigarro entrecerrando los ojos, y luego dijo:

–Bueno, pues, abstracto-belleza, aquí estamos. ¿Qué tenías que decirme?

–Toda tu investigación está mal.

Esto lo hizo sentir más ofendido de lo que debería, incluso viniendo de alguien a la que se le podría perdonar cualquier clase de ofensa.

–Gracias –dijo tajante.

–No, no –dijo sonriendo comprensivamente–, no es tu culpa. Son tus limitaciones.

–No sigas, cada vez vas mejor.

–¿Por qué no investigas a los demás abstractos?

–Órdenes directas del presidente.

–Nunca vas a encontrar al culpable de esta forma.

–¿Por qué lo dices?

–Los abstractos somos el opuesto de lo que somos. Yo soy bella, y represento mi opuesto: fealdad. Los abstractos virtuosos, amables y bellos representan lo malo, egoísta y desagradable; ¿qué hay de los que son lo bueno de los soberanos?

El secretario de seguridad enarcó una ceja.

–Son unos monstruos.

–No físicamente, claro está. La pereza era alguien trabajador, el pudor el exhibicionista más empedernido… ¿qué serán el amor, la ternura, la empatía?

–¿Quieres decir que los abstractos están peleando entre ellos?

–¿Por qué lo harían los hombres?

–Será, tal vez –dijo el secretario de seguridad–, porque tendemos a nuestra autodestrucción.

–No saben de nuestra existencia justo porque existimos. Emociones, sentimientos de los cuales solamente puedes llegar a razonar por medio del lenguaje, pero palparlos como palpamos al amante, cada rincón del ser, jamás, eso no. ¿Por qué, entonces, nos matarían? Sería como tratar de agarrar aire con la mano.

–Pero ¿por qué los abstractos querrían dañar a aquellos que ignoran su existencia?

–Eso es lo que tú debes de descubrir, señor secretario de seguridad.

–No puedo, no puedo iniciar una investigación abierta a ellos… ustedes.

–No tiene por qué ser abierta.

–¿Secreta?

–Al igual que la razones por la que no puedes investigarnos.

–Necesitaría a alguien capaz de lograrlo y sin la más mínima ayuda. Ya sabes, dónde localizar abstractos y demás.

–Pero sí hay alguien capaz, tú lo fuiste a su momento. De hecho, a alguien enseñaste todo lo que sabías.

–Necesitaría convencerlo, cosa que es imposible.

–A ti nadie te convenció. Solamente debes esperar y estar atento. La oportunidad se dará.

–Como si la historia se repitiera… –dijo el secretario de seguridad con la visión perdida en la nada de su café.

–Y es justo eso lo que debes evitar: que la historia se repita.

–Entonces estoy en contra de los abstractos –se quedó pensativo, observándola, y luego agregó–… ¿Por qué me dices todo esto?

–Yo fui humana, sé lo que es sufrir. Simplemente me parece indigno de los abstractos jugar con los demás, incluso sabiendo que está en juego su propia vida.

–Ya tengo más preguntas que respuestas.

–De hecho, nunca tuviste una respuesta.

–Estoy peor que antes, entonces.

–Lo estarías de no tener ninguna duda. La duda es progreso, la respuesta es estancarse momentáneamente.

–¿Por qué no me quisiste decir todo esto en la estación de policía?

–No quería grabaciones y empeorar más la situación actual –dijo sonriente.

–Tu muerte sería una piedra más, sin duda alguna.

–No la mía… la tuya.

Anonadado por la respuesta, distraído por la radio, se dirigió a su hogar, y mientras manejaba, iba escuchando las noticias, una en específico sobre un accidente carretero en el que un niño perdió la vida, un niño de secundaria. Era fútil la información, y él no comprendía por qué eso era noticia nacional, a nadie le importaba, en realidad. Todos los días moría alguien. Iba totalmente distraído pensando en un accidente de un autobús lleno de niños en el que solamente uno tuvo consecuencias fatales, cuando ninguno, en realidad, llevaba el cinturón de seguridad. Por ir distraído, pensando vaguedades que en nada le afectaban, atropelló al perro de una niña que lo estaba paseando junto con sus padres. Se bajó del auto y solo pensó en que sería difícil quitar tanta sangre. Ella lloraba desconsoladamente mientras que el secretario de seguridad veía a los padres, los tres desconcertados, perplejos, pues no entendían por qué lloraba. El padre de familia abrazó fríamente a la niña.

–¿Qué pasa? ¿Por qué no me afecta? –Preguntó.

El secretario de seguridad, desinteresado, les dio dinero para comprar otra mascota. Regresó a su auto e, indiferente, comprendió lo que pasaba. No sonrió, ni de eso tenía ganas. Ni de nada relacionado a la gente.

Y la empatía había muerto.