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7

Nació un niño sano y en excelentes condiciones, sobrepasó los tres kilos de peso y hasta con cabello negro y enjuto había, como el de su padre, en ese cráneo que parecía ser maleable. A este niño un nombre le pusieron, como a todos los demás, porque habríamos de imaginarnos los problemas que tendría este pequeño nuevo ser humano de no haber sido así, de no haber tenido nombre; imaginación que bien, podría ser un testimonio verídico distinto a éste, uno en potencia. Pero eso no será tratado aquí, porque sería salirnos de la cuestión que tanto nos atrae. Y ese nombre, al niño, lo definiría de por vida, porque las palabras son tan poderosas que bien podríamos decir que nos obligan a formar un carácter, personalidad, sentimientos, emociones y actitudes acorde a lo que ese nombre significa; incluso sin nosotros saber lo que significa, y es ahí donde radica su terror, su maravilla, su enjundia y su libertinaje: no les importa lo que pienses, únicamente quieren que seas como ellas son. Las dictadoras perfectas. Asimismo, podemos decir que significamos lo que otra persona quiere que signifiquemos, porque lo último que podemos verdaderamente elegir es nuestro nombre, así que bien podemos deducir que la libertad del hombre no es más que una simple ilusión de un soñador sin párpados. Obvio que, si cada uno pudiera elegir el nombre, imaginando la situación, sería hasta tener una edad de cierta madurez intelectual, pues de no ser así, de poder elegir nuestro nombre desde la tierna infancia, habría gente que se llamaría dragón, águila o caca; y perderíamos la seriedad de ser, aunque también estaría el peligro de no tener un nombre durante un gran periodo de nuestra vida, lo cual tampoco, al parecer, orillaría a una madurez intelectual. Qué bien que alguien más lo hace por nosotros, porque elegir nombre parece tarea de titanes. O de alguien que ya lo tenga. Regresando a la narrativa, era una celebración, y como ciertos rituales arraigados, el adulto joven y su novia decidieron celebrar a su hijo, su nacimiento, y no sólo eso, sino que pidieron al detective ser el padrino del niño, pues ya era tanta la confianza que le tenían que decidieron hacerlo parte de la familia. Lo obligaron. Más que nada porque cuando el bebé iba a nacer, no había nadie con la mujer, ya que el adulto joven estaba trabajando, y el detective era el único que podía llevarla rápidamente al hospital. El detective se encontraba leyendo un libro cuando el teléfono sonó.

–¿Diga?

–Disculpe que lo llame pero… –se escuchó un gemido que interrumpía la oración de la mujer, una interrupción causada por una contracción–, pero el bebé ya viene y mi novio no está… necesito ayuda…

–Voy enseguida.

Cerró su libro, no sin poner el separador en la página para no perder la acción de esa gente que derrocaría a su gobierno con votos en blanco, y salió disparado, junto con la novia, al hospital. En el camino ella ensució el auto del detective, pero él iba como ausente en realidad; había dominado tanto la técnica de manejar que lo hacía mecánicamente cuando su mente iba mostrándole en sus ojos como si de una película se tratara, aquella última vez que puso pie en algún hospital. La última, pues las más escabrosas pesadillas tenía él con esos hogares de la muerte y la vida. Pesadillas del peor momento de su existir. Nada le impidió entrar haciendo gala de su fuerza a pesar de la edad, cargando a la mujer que iba toda chorreada; e, incluso, se dio el lujo estar con ella en lo que llegaba el adulto joven quien, quien a decir verdad, se desmayó del susto en el momento en que el bebé asomó su pequeña cabeza de entre las piernas de la novia, y así provocar una sonrisa en el doctor, cuyas ojeras llegaban hasta las mejillas por no dejar de trabajar. Otra cosa que provocó fue la siguiente frase de su novia:

–¡Dios mío, pareces mariquita!

Los doctores, como ya se dijo, sonrieron. El siguiente en decir una frase fue el adulto joven, obvio sin contar las del “Puje, puje”, cosa que saben bien los que conocen estos procesos, es inútil, pues la mujer no tiene control aquí. Es la naturaleza la que trabaja, no la voluntad. Entonces, el novio dijo su frase:

–¡Dios mío, parece sapo!

Ella le dio un golpe amistoso mientras el sudor escurría por su rostro, así como otros fluidos en otras partes de su cuerpo, el olor del lugar no era agradable, obviamente, pero al ver la vida nueva que tomaba fuerza en un llanto, nadie parecía notarlo. El adulto joven acercó su dedo al bebé, y éste apretó con su diminuta y suave mano, y él quedó mareado, embelesado al ver el fruto de sus testículos. Y de su amor, obviamente. Este acto del bebé nos es, como seres sentimentales que somos, lo más divino, la muestra del amor primigenio de hijo a progenitores; sin embargo no es más que un instinto de supervivencia, un acto reflejo de autoconservación. Bien entendible como el egoísmo hecho virtud. Por obvias razones, el detective no estuvo presente en este momento, estaba afuera, esperando, y ahí estuvo todo el tiempo de parto, y sin que nadie le dijera, él salió del hospital cuando el bebé ya había nacido, salió por un momento, porque no se retiró de ahí, solamente se retiró momentáneamente a fumar porque, ay del hombre, que le encanta ver vida y quitársela de encima. Cansado estuvo, pero dichoso. El adulto joven le dio luz verde para poder ir a descansar, cosa que él necesitaba de sobremanera, y es así como regresó a su casa, pero ni el sentimiento de gratitud y esperanza lo salvó de sus regresivas pesadillas que lo acosarían y alargarían la vela de sus noches por algunas semanas.

Contra todo posible pronóstico, a pesar de que el auto chocó de su lado, a pesar de que el metal retorcido no permitiría sacar a su familia entera; sobrevivió, y no sólo eso, sino que lo único que sufrió fue un dolor generalizado físico en todo el cuerpo, comparable a una resaca de borrachera tremenda, que era fácilmente domada con drogas específicas. Fue el otro dolor para el que no estaba preparado, nadie lo está en realidad. Despertó desnudo en una cama de hospital, y tal como las sábanas que lo cubrían, su mente en blanco lo mantuvo desconcertado por algunos minutos, hasta que todo regresó a su memoria de la misma forma que la perdió de momento: casi como si de un choque se tratara. Entró el doctor con el semblante propio de aquél que trae la mala nueva por excelencia en la vida del hombre. Ni siquiera la misma Parca podría verse tan funesta en su haber, pues ella, la muerte, se asustaría de ver a un doctor que está listo para decir que ella se ha llevado, o salvado, a alguien más.

–Mi hijo, mi mujer… la niña… ella estaba embarazada, doctor… –dijo al médico quien casi podía sentir el dolor del detective por ese abstracto que llamamos empatía. Lo bueno de ésta es que es momentánea, porque no podríamos vivir con el dolor de los demás, aparte de tener que sobrevivir al propio.

–Ella perdió a la bebé al momento del impacto, señor –no le dijo que la bebé había quedado prácticamente deshecha en el carro–. El niño murió al llegar aquí, al hospital. Su mujer, sin embargo, lo llama, se aferra, aún no entendemos cómo es posible, pero se aferra, clama su nombre como quien clama el de dios –no le dijo que tampoco se explicaban cómo es que él estuviera entero.

Si el mundo explotara en fuego y nosotros pudiéramos sentir la ardiente extinción, el dolor infernal infinito junto con la pesadez de un universo que se contrae en lugar de extenderse a través del perene vacío; ni así sería comparable ese con el de perder a un hijo, pues éste te vuelve un muerto en vida. Paradoja como pocas. Tanto era el dolor, y tan desahuciante, tan vacío y enajenante, que el nihilismo era un ridículo juego de niños. Lloró amargamente, y un terrible pesar fue un cosquilleo generalizado, un terremoto destructor. Se levantó sin ayuda de nadie, como si nada, y una bata le dieron, lo guiaron a la habitación de su mujer, mas con ayuda tuvo que andar, pues el mareo era peor que el de la borrachera que deja ciego al momento. Llegaron. Suspiró y tembló. Se paralizó. Sentía una especie de neblina cubrir su razonamiento lógico. Abrió la puerta. Sus piernas echaron raíz, pues las de ella se habían ido, ahí donde deberían de estar no había más que una superficie lisa de cama recién tendida. Venció y cortó las raíces que lo aferraban al suelo. Caminó venciendo los glaciares inertes de su mente acosada. Se arrodilló al lado, a su lado. Había ella perdido el color ya. Su cabello era de un rojo sin vida, cuando antes parecía de fuego vivo. No tenía nariz porque un pedazo de vidrio la cortó de tajo, así como su labio inferior, y parecía estar sonriendo, era la misma sonrisa que haría la huesuda en caso de que ésta fuera una malnacida, pero no lo es, más bien es redentora, cariñosa, pues a todos abraza, sin importar quién o qué sea. Abrazó hasta al mismísimo hijo de dios en su momento. Así de linda es, de tierna, de amable, de amorosa; porque amar toda la vida es momentáneo, pero amar hasta morir, como ella lo hizo, es eterno. Apenas respiraba. La vio y lagrimeó. Se puso a su lado y la tomó de la mano fría como el témpano. Ella volteó la cabeza, fue tan difícil que ya no la pudo regresar, pues era peor que cargar el mundo a sus espaldas. Le regaló su penúltima sonrisa.

–Mi amor.

–Mi amor –dijo él sintiendo la garganta ser destrozada por ese nudo constrictor.

–No siento a nuestra hija. ¿Dónde está?

–A salvo, la salvaron. Está en una cunita.

Una cunita de metal retorcido y vidrios rotos.

–¿Y nuestro retoño?

–En su cama, descansado, imberbe. Está bien, mi amor –dijo acariciando su congelada mejilla.

–¿Estás, tú, bien?

No sabía qué le dolía más, si mentirle o el hecho de querer él creer su mentira.

–Sí, mi amor, estoy bien. Y tú también lo estarás. Seremos la familia que siempre hemos sido.

–No.

No pudo él evitar dejar que sus lágrimas salieran encarreradas y dolidas.

–No digas eso, no… no me dejes solo en este mundo.

–Los tienes a ellos. Serás un padre excelente.

–No, por favor.

–Prométeme algo, mi amor.

Ahogó su llanto, gimió, apretó los ojos, pero rápidamente los volvió a abrir para ver los de ella.

–Lo que quieras… lo que quieras…

–Prométeme… prométeme que vivirás por ellos. Que serán tu vida. Prométeme que serán lo que más ames en este mundo –ahora ella dejó escapar un diamante congelado.

–Te lo prometo, te lo prometo, te lo prometo, mi amor. Así será… así será…

–Regálame una sonrisa, cariño.

Él pensó haber sonreído, eso quiso creer, pero no estaba seguro si sus músculos faciales obedecieron los impulsos que él creyó enviar. No estaba seguro de si sonreía. No sabía.

–No le temo al infierno, y no quiero ir al paraíso, porque contigo ya lo conocí. Te amo.

La lágrima de diamante se convirtió en luciérnaga y de ahí se fue volando alumbrando con su lucecita.

Ella suspiró y le sonrió por última vez.

Esos sueños lo hacían despertar llorando. No tenía de otra más que volver a cerrar esa herida que se abría como lo haría el capullo de una mariposa, aunque la conversión era contraria, aberrante. Cada vez moría más, pero seguía respirando, desesperanzado en una eternidad que acababa con el siguiente sueño demoledor.

Maravillosa era la muestra de afecto que el adulto joven le expresaba al haberlo invitado a la fiesta, aunque él no tenía ganas de ir, y es que le recordaba el pasado que fue y el presente que no podía ser. Ya había él hecho una familia y amigos antes, y no tenía las suficientes energías para emprender semejante y basta cruzada para buscar el empoderamiento de lo que no pudo ser. No quería hacerlo. Tratar de nuevo era poner la misma roca en su camino, adrede, para tropezar con ella sabiendo que lo haría. En especial recordaba a su mujer, la forma en la que ella se refería a ellos nunca fue individual, siempre fue con la palabra nosotros, siempre era nosotros, y él llegó a creerlo hasta tal punto que llegó a imaginar que hasta morirían al mismo tiempo. Y tal vez fue eso lo que en realidad lo mató, el hecho de que no eran nosotros, sino uno y uno. Esto se agolpaba en su mente hasta que una llamada de teléfono lo despertó y le hizo saber que aún se podía mover, que no era un pedazo de carne en estado vegetativo inservible y poco útil productivamente hablando. Se podía mover. Y lo hizo, pero no para contestar, pues ignoró la llamada. Ya sabía de quién era.

Lo más extraño, le parecía, era que el niño de secundaria, al no poder salir el adulto joven pues siempre estaba ocupado con su nuevo hijo, iba con él, con el detective, para tener un compañero de juegos. Y es que el niño pensaba que el detective, tal como él lo hacía, se divertía maravillado como niño, pero el pesar cada vez ensombrecía más su alma, porque era justamente esa maravilla lo que el detective no vivió con quien él hubiera preferido.

No podía faltar a la fiesta, como padrino, era todo un honor y una responsabilidad ser parte de la nueva familia que se creaba; y pocas eran las dudas que a él le consultaban, y que sabía contestar como si fuera un experto en la materia. Estaba él en la mesa de honor junto con la familia del niño de secundaria y la del joven de preparatoria. A pesar de ser callado, en las reuniones donde más gente había, al detective le agradaba tener una plática interesante con alguien supiera proponer más que quejarse, y al parecer, el padre del niño de secundaria se pensaba a sí mismo como esa persona, pero el detective lo encontraba un poco tedioso y superficial, porque hay pláticas que son constructivas, otras son edificantes, reconstructivas; pero las peores son las que no tienen efecto ni causa. Sólo palabras lanzadas al aire privadas de su poder dictatorial. Siempre trataba de evitarlo, aunque hoy no pudo, hasta que por suerte, su esposa lo llamó pues tenían que llevar el pastel a quién sabe dónde.

Lo que había en la fiesta era lo de siempre, así que evitaremos entorpecer el ejercicio de lectura con detalles por el estilo; sin embargo, podemos mencionar, que el detective se ha sentido embargado por una entrañable y nostálgica añoranza de los ayeres que tanto se había prohibido a sí mismo rememorar, pues al ver al niño de secundaria corriendo de un lado para el otro, burlando a todos con su balón casi como si tuviera seis piernas en lugar de dos, y no corriera, sino flotara sobre el éter divino de la creación; veía a su hijo. Es muy cierto que su hijo nunca llegó a esa edad, pero si lo hubiera hecho, era así como sería, así exactamente se lo imaginaba.

–¡Ese mi detective!

Era el adulto joven, sonriente. El detective se levantó para saludar. Aquél iba con su novia y su criatura entre brazos.

–Muchas gracias por venir –dijo ella aún más embelesada que antes, como si la maternidad diera una luz celestial a la que a ello llegase, como si tuvieran a dios dentro y en el bebé.

–No, de qué, muchas gracias por la invitación. Muchas gracias.

De aquí, una de las conversaciones del tipo generales comenzó, con un intercambio de frases como: Gracias por la ayuda cuando mi hijo vino al mundo, no sé qué hubiéramos hecho sin ti, No, no hay qué agradecer, Sé que nuestro hijo tendrá al mejor padrino de todos, Y yo tendré al mejor ahijado de todos, Y ¿cómo te la estás pasando?, Muy bien, muy bien, gracias, Pronto comeremos, para que no pierdas tu lugar porque no hay devoluciones, ¡Ay, tú!, si lo tiene apartado, Ya sé, ya sé, solamente bromeaba, mi amor, Pero recuerda que el que se va a la villa pierde su silla, Con que no te pierdas en la villa, todo está bien, mi detective.

Los platos se empezaron a servir, y a su lado, el niño de secundaria columpiaba los pies esperando los sagrados alimentos al mismo tiempo que balanceaba la cabeza de un lado al otro como si de un metrónomo se tratara, guiando una de las melodías más hermosas de todos los tiempos, una dedicada a la alegría. Sin embargo, su mirada no era alegre pues tenía los ojos entrecerrados hacia la nueva madre, casi como en una sospecha que era sin querer.

–¿Te diviertes? –lanzó al niño con el corazón en la garganta, pues sentía él que hablaba con la ilusión de su hijo. Entre peor la pérdida, más arraigada se encuentra en nosotros.

–Pues sí…

–No te veo muy convencido.

–Es que… no sé.

–¿Qué es lo que no sabes?

–Mi maestra dice que no saber es mejor que saber, porque si no sabemos, aprendemos, para saber.

–Tal vez sea cierto, pero recuerda que es un círculo: al saber la respuesta, tienes otra pregunta. Se trata de avanzar y nunca estancarse. Si te quedas en la duda o en la respuesta, te estancas, así que, ¿qué es lo que no sabes?

–Hablas como mi maestra –dijo sonriendo–, es que mi amigo ya casi no sale a jugar. Lo extraño.

–Bueno, es que ya tiene un hijo, tiene más responsabilidades por cumplir.

–Siempre pensé que nos la pasaríamos jugando con su hijo.

El detective rápidamente pensó eso de “siempre”, y es que, creía, los niños dicen continuamente ese tipo de frases porque para ellos siempre es el presente, no hay antes ni después, no hay temporalidad. Ahora es siempre y nada más.

–Tu hermano, quieres decir.

–Sí, él.

–Ya habrá tiempo, primero él debe acostumbrarse a su nueva vida de padre.

–¡Qué flojera!

El detective sonrió. El niño continuó:

–Mi papi me dijo que mucha gente muere por culpa de los abstractqué.

–Abstractos.

–Eso.

–¿Y qué más te dijo?

–Que si no solucionan eso, más y más gente morirá.

–¿Y te preocupa?

–Pues no, pero no quiero que muera nadie que yo quiero.

–Eso sí.

–Tú podrías hacer algo.

–¿Es pregunta?

–No, mi papi me dijo que tú podrías hacer algo porque eres un detective.

–Sí, lo era, pero ya no.

–¿Por qué?

–Ya no me gusta hacer eso.

–Pero ha de ser bien chido.

–A veces lo era.

–Yo creo que deberías hacer algo.

–¿Por qué?

–Porque así podrías salvar vidas y te volverías un superhéroe, como los de las películas. ¿No te gustaría ser un superhéroe?

–No, no creo que eso sea algo que quiera ser.

–¿Por qué?

–Cuando crezcas lo sabrás.

–Mis maestros luego dicen lo mismo, y hacen sonar como si todo fuera feo cuando crecemos.

–Puede que tengas razón, pero no es la intención.

–Pues sí… es que el problema de los adultos es que no escuchan a los niños, solamente cuando los niños se mueren sí los escuchan.

El detective arqueó las cejas y vio al niño de secundaria que seguía columpiando los pies y moviendo la cabeza de lado al lado.

–¿Cómo puede ser eso? –preguntó con genuina intriga.

–Pues porque muertos somos su recuerdo de cuando eran niños.

Les llevaron la comida mientras el menor pronunciaba esas palabras.

–Eres más inteligente de lo que pensaba, ¿sabes? –le dijo revolviendo su suave cabello.

–Inteligente pero flojo –dijo casi con orgullo para luego llevarse un bocado a la boca que, en primera instancia, parecía más grande que su cabeza.