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Corría entre las tuberías y el desagüe, en el aire, mar y tierra, se arrastraba, volaba y pedaleaba, corría, gateaba y andaba, manejaba, conducía y se esparcía, era inhalada, bebida e inyectada; así se imaginaba ella la nueva enfermedad: el fin de la empatía. El lector podría encontrar complicado tratar de imaginar una vida sin algunas de las abstracciones ya mencionadas y atacadas, que han sido tres, pero recordemos dos cosas: primero, que estas vuelven a nacer aunque les toma más tiempo en reencontrarse con el ser humano que en desaparecer, y dos, que no nos parece factible, ni siquiera en un ejercicio imaginativo, la desaparición de algo que, per se, es ausente. Sin embargo, el lenguaje nos permite poder darnos la más vaga idea de lo que podría ser. La empatía, en pocas palabras, es, como dicen, ponerse en los zapatos del otro: sentir lo que la otra persona, o al menos darnos una idea, y así actuar acorde a la situación. Y la empatía bien podría llevarnos a otras actitudes, como tratar de actuar parecido a alguien para ser como ese alguien, adoptar ciertas actitudes para ser reconocidos como ese alguien; incluso llegar a imitar para que alguien más sienta lo que sentimos. Ahora, hasta el momento, la gente no se había contagiado toda, pero ya había ciertos indicios para darnos idea de lo que iba desapareciendo y fue la noticia la que dio el boom en la mente de la gente que una nueva enfermedad se aproximaba. Aún no se habían librado bien de la falta de pudor y una explosión sexual por la misma, y ya venía una nueva. No había descanso. Los que no pudieron ver la nota periodística del autobús escolar, lo pudieron ver en la vida real, ciertos actos que podrían ser considerados de mera indiferencia, pero que en su trasfondo podrían ser enfermizos o incluso dignos de una ficción mal narrada. Imaginemos un grupo de niños jugando en la calle, y uno salió del parque para ir por la pelota que se les había ido, un auto pasó y lo arrolló; todos se quedaron estáticos viendo al niño llorar, que bien no sufrió nada grave, pero sí dolor; la persona en el auto se bajó y le ayudó, pero como era su deber, no hubo alarma de su parte, no se sentía mal por lo que el niño podría sentir, sino por lo que le podría pasarle a él por ir manejando imprudentemente. Otro ejemplo es el de dos autos que chocaron, un llegue desde atrás porque aquél salió en mal momento y éste iba a exceso de velocidad, cosa que resultó en un aparatoso rechinar de llantas y vidrios volando; común es que los demás conductores reduzcan la velocidad para ver, morbosamente, lo que les sucedió a aquellos para lamentarse o burlarse; esta vez no, todos siguieron sin importar ni siquiera los gestos de aquellos que se vieron inmiscuidos en el siniestro. Y qué tal de la señorita que escuchaba tolerantemente a su mejor amiga quien, a moco suelto, dejaba salir una letanía de dolor hacia ese jovencito que le rompió el corazón divulgando las fotos íntimas que ella decidió compartir con él; esta señorita escuchaba porque era su deber como amiga y le quería ayudar, pero no compartía el coraje de la pobre diabla, no sentía enojo, solamente un deber ayudar. El maestro no complaciente que exigía lo que a él le exigieron cuando era estudiante, pero que fue malinterpretado por las juventudes como amargura fruto de una vida poco placentera; los amigos vieron a su compañero sufrir, pero no hubo los que compartieran su dolor o necesidad de mejor calificación, ni los que se burlaran, simplemente observan lo que sucedía, ahí, centrados e incrédulos ante su falta de emoción.

Pero el hecho que dio a conocer la revelación fue otro, nacional, y no porque los medios hablaran de él, sino porque lo que se contaba de boca en boca era la explicación más verosímil y racional de lo que a todos venía aconteciendo, fue la confirmación de lo que todos sospechaban pero que no se atrevían a aceptar; y una vez más, necesitaron de alguien más que lo dijera para poder aceptarlo como verdad inmaculada.

Este, aunque no se sospeche, o sí se haga,  no es más que un mal recurso utilizado por el narrador para poder mantener en hilo de tensión al lector que quiere saber qué es de lo que está hablando. Y sí, está la relación entre lo que sucedió con el niño de secundaria, y este incidente en el autobús escolar. ¿Cómo es que un hecho aislado comunicado por rumores se volviera la confirmación de la muerte de la empatía?

El hecho debió haber sido así para no confirmar ninguna sospecha:

El camión lleno de preadolescentes que iban en la misma secundaria fue detenido de la forma que a usted mejor le venga a la mente. Simple resulta detener un gran camión, sólo hay que lanzar algo que ponche la llanta en el momento justo, éste se orilló, y fue cuando el maleante hizo aparición. Usando un arma, amenazando, obligó al conductor a abrir la puerta para conservar su bienestar, porque más vale que a todos les roben materialmente a que les roben la vida. Todo esto en nombre de la autoconservación, preferimos exponernos a un mal momento para tener muchos buenos, a tratar de evitar ese mal momento para que sea el último de nuestras vidas. El hombre de malas vibras entró apuntando su arma y el griterío de los niños y niñas, que sonó como de puras niñas, se hizo presente ante los gritos de él que, desesperadamente, decía lo que quería: sus celulares, solamente eso, sus celulares. Pero ellos no sabían que éste ya tenía gran experiencia eludiendo a la justicia y hasta con nexos con la policía tenía, digamos que le daban permiso de pegar sustitos con tal de que no hiciera un verdadero delito mayor. ¿Qué dijo? Pues pudo haber dicho algo como: ¡Ahora sí, hijos de la chingada, todo lo de valor, aquí! Y mostró una bolsa. El niño de secundaria fue el primero, y al ver la poca acción de los asustados niños y niñas, y más de uno con sus pantalones mojados de orina; agarró al menor y le apuntó con el arma, sin embargo, antes de que lo pudiera tener en su total poder, el maestro que iba con ellos, lo agarró de la mano, al niño, y no lo soltó. Hubo resistencia, el enemigo número uno del crimen. Entonces el profesor pudo haber dicho: Por favor, son niños, no les hagas daño. Con una desesperación creciente, propia de aquél que no tiene la situación bajo control, comenzó a disparar a las ventanas, los zumbidos de las balas en las orejas de los estudiantes, el terror ante la muerte que no sería terror al morir, y hasta calzones embarrados de la comida que ya había sido procesada; todo eso fue el resultado de su acción; entonces, el profesor, imaginando el terror para el niño que estaba en poder del maleante, hizo su entrada heroica: jaló al niño de secundaria y le dislocó el hombro, pero al menos estaría a salvo, no permitiría que se lo llevaran, pues viviría con el eterno recuerdo de imaginar el sufrimiento de las atrocidades que viviría su joven alumno. Al mismo tiempo, alguien que grababa lanzó el celular y le dio en la cabeza al maleante, y el profesor aprovechó para atacar y con sus dos manos tomó el arma, que se disparó de nuevo. Un forcejeo bestial vino. El profesor, en una insolente desesperación, respirando agitadamente, con el corazón acelerado y sin pensar; dirigió el arma al maleante y soltó los disparos en la cabeza, esparció sus sesos por el suelo, para tener como consecuencia el olor de sangre, un aroma espeso como el cerebro destrozado del maleante. Otro hombre se dirigía al camión, subió para atacar, pero el profesor aventó el arma, que no logró contrarrestar la embestida, y comenzaron de nuevo a forcejear. Se dio cuenta el maestro que no lograría librarse, por lo que mordió la garganta de aquél, saboreó la sangre que no se podría tragar de tan espesa, se imaginó por un momento metal líquido en la boca, y luego jaló lo que sea que hubiese ahí dentro, y lo dejó ahí retorciéndose mediocremente. Todos, a excepción del hombro dislocado del niño de secundaria, estaban bien. El niño, con su otra mano, le señaló a un pie, y vio el profesor que tenía una herida de bala. Justo al momento sintió la punzada de dolor. Se sentó y ordenó que le llevaran su mochila, de la que sacó un cigarro, y como todo un buen héroe de ficción, esperó a la policía mientras se consumía el tabaco. Se convirtió en héroe nacional y el niño de secundaria llegó sano a salvo a su casa…

Eso hubiese sido lo ideal, pero muy poca fuerza tendría este verídico testimonio de haber sido así lo que sucedió, porque, además, no hubiera dado pie a las líneas que más abajo veremos. Sería demasiado predecible y optimista, y así como el ser humano es el cáncer del planeta, el optimismo es el cáncer del ser humano. Un final feliz solamente sirve para gente de poco entendimiento o de una empobrecida imaginación. Y cierto es que desde antes de narrar aquel hecho se estableció que era mentira, el hubiera sido, lo totalmente inexistente. Así que, para efectos prácticos, esto es lo que en verdad pasó:

El camión lleno de preadolescentes que iban en la misma secundaria fue detenido de la forma que a usted mejor le venga a la mente. Simple resulta detener un gran camión, sólo hay que lanzar algo que ponche la llanta en el momento justo, éste se orilló, y fue cuando el maleante hizo aparición. Usando un arma, amenazando, obligó al conductor a abrir la puerta para conservar su bienestar, porque más vale que a todos les roben materialmente a que les roben la vida. Todo esto en nombre de la autoconservación, preferimos exponernos a un mal momento para tener muchos buenos, a tratar de evitar ese mal momento para que sea el último de nuestras vidas. El hombre de malas vibras entró apuntando su arma, y el griterío de los niños y niñas, que sonó como de puras niñas, se hizo presente ante los gritos de él que, desesperadamente, decía lo que quería: sus celulares, solamente eso, sus celulares. Pero ellos no sabían que éste ya tenía gran experiencia eludiendo a la justicia y hasta con nexos con la policía tenía, digamos que le daban permiso de pegar sustitos con tal de que no hiciera un verdadero delito mayor. ¿Qué dijo? Pues pudo haber dicho algo como: ¡Ahora sí, hijos de la chingada, todo lo de valor, aquí! Y mostró una bolsa. El niño de secundaria fue el primero, y al ver la poca acción de los asustados niños y niñas, y más de uno con sus pantalones mojados de orina; agarró al menor y le apuntó con el arma, sin embargo, antes de que lo pudiera tener en su total poder, el maestro que iba con ellos, lo agarró de la mano, al niño, y no lo soltó. Hubo resistencia, el enemigo número uno del crimen. Entonces el profesor pudo haber dicho: Por favor, son niños, no les hagas daño. Con una desesperación creciente, propia de aquél que no tiene la situación bajo control, comenzó a disparar a las ventanas, los zumbidos de las balas en las orejas de los estudiantes, el terror ante la muerte que no sería terror al morir, y hasta calzones embarrados de la comida que ya había sido procesada; todo eso fue el resultado de su acción. El maestro se quedó paralizado, sabía lo que tenía que hacer, pero hubo debilidad en su sentimiento pues, lo que le pasara al niño no era tan de su interés, sino que solamente se quería poner a salvo y ayudar a los demás. Preferible perder a uno que perder a muchos. Y el niño que grababa no dejó de subirlo todo directamente a sus redes sociales para que todos vieran lo que sucedía en tiempo real: el criminal le disparó al maestro en el pecho, y se llevaron al niño de secundaria, quien pataleaba, gritaba y lloraba con una desesperación que, si de empatía hablamos, nos produciría terribles pesadillas. ¿Qué habrá sido de él? Nadie supo. Pudo haber sido una estrella de la pedofilia, órganos vendidos al mejor postor, un incansable esclavo laboral, simple abono para plantas. Pero lo que es cierto es que no hubo ni rastro.

Eso es lo que ella daría a conocer, junto con una fuerte denuncia a las autoridades por no poner la suficiente atención al hecho, y ella lo recordaba como algo lejano y borroso en su memoria, a pesar de que fue apenas hace un día, cuando aún sentía emociones viscerales. La conversación pudo haber sido algo como la que sigue, con su editor en jefe: No es una buena idea, estás metiéndote con el presidente, nos van a quitar todo, No me digas eso, que también era tu hija, Sólo te digo que si conservamos la cabeza fría podemos hacer más daño, No más del que ellos nos han hecho a nosotros, Es toda tu vida echada a la basura, Es lo mejor que haremos, es por nuestro bien, Define bien, ¡Carajo!, no sabía que te contagiarías tan rápido, Es cuestión de tiempo para que te sientas más tranquila tú también, Como un monstruo, querrás decir, Si sacas la nota todo se irá a la basura, compréndelo, Pero ¿y qué hay de la gente?, también hay que ayudarla, Que cada quien se las arregle como pueda, Es lo más indiferente que he escuchado en la vida, Ya te llegará, Pon la nota, Si lo hago, será lo último que hagamos juntos, ¡A imprenta, ya!.

Dejaron de suministrarles papel, tinta, luz, agua, transporte, gasolina, ganas, todo. Terminaron con el periódico en un día. Los sacaron los policías, destruyeron los equipos de cómputo, quemaron los archivos, pisaron los papeles, rompieron las mesas, las tasas, los platos, el garrafón de agua, con hachas pasaron a través de las puertas, con mazos atravesaron las paredes, con gasolina carbonizaron los pisos, con enjundia lograron desaparecer hasta el más mínimo rastro del periódico. Media hora necesitaron para ir a todos y cada uno de los puntos de distribución y llevarse las unidades sin retribuir, obviamente, a esos hombres y mujeres que vendían en los puestos. Tiraron tantas páginas de internet como les fue posible, pero por una que lograban tumbar, nacían veinte, así que aquí la tarea sería mucho más ardua. Ni todo el equipo de gobierno podía contra esta vertiente, esa opción de información.

Vestida de negro por doble razón, doble pérdida, estaba ella frente al presidente y el vicepresidente estaba al lado de la mesa en la habitación que ya conocemos que es a prueba de sonidos. Ella hizo un sonido al sentarse en la silla cubierta de piel genuina. Estaban los dos, observándose fijamente, sosteniendo una lucha silenciosa. El presidente fumaba, a pesar de que se suponía que no podía en ese edificio. Tenía cara de pocos amigos, un semblante serio. Fumaba y ella también quería un cigarro, porque desde que toda esta situación comenzó, había dos cosas que la gente prefería sobre las demás: fumar y coger. Se perdonará la expresión por parecer vulgar, pero hay que respetar el habla. Y, aunque no fuera así, la de la muerte de los abstractos, seguirían siendo estos, fumar y coger, los vicios ampliamente recompensados, las actividades preferidas de todos. Habremos de recordar que no hay lugar para descansar, así que siempre hay que estar ocupados. Gracias a eso, las tabacaleras y las empresas de venta de preservativos y las que promovían las relaciones sexogenitales; se volvieron enormes multinacionales casi como las de comida rápida, gaseosas o farmacéuticas.

El presidente lanzó una bocanada de aire, y formó, por accidente, un aro de humo que se desvaneció. Ofreció su cajetilla de cigarros, que ella tomó con sus manos tembloricas, y fumó para relajarse.

–¿Por qué?

El silencio fue su única respuesta, y siendo el de una mujer, solamente podía significar peligro. Ella no quitó la mirada. Las mujeres siempre ganan a los hombres en estas silenciosas luchas. El vicepresidente se movió incómodo en su lugar.

–¿Por qué?

–Era mi deber, señor presidente.

–Tu deber era el de decir lo que nosotros de ordenábamos, no hacer lo que se te diera la gana.

–Nuestro deber siempre había sido el de informar.

–Informar, desinformar… son sinónimos en la vida contemporánea. Justo por eso, ya no lo harán.

–Lo dudo. La justicia siempre se abre camino, siempre encuentra su modo.

–¡La justicia soy yo! ¿Sabes lo que has causado? Protestas silenciosas. Resulta que ya nadie paga impuestos porque afecta directamente a las arcas del gobierno.

–El gobierno tiene un exceso de dinero, siempre ha sido así, por lo que no creo que tengan problemas para pagar sus métodos de represión.

–Habíamos logrado mantener la relativa serenidad en la población, los dos juntos, hasta que te decidiste por ser la heroína que todos querían pero que no sabían que existía.

–Habría alguien de hacerlo.

–Tantos años de trabajo en equipo echados por la borda –dijo el presidente–, y ahora tu equipo ya no tiene trabajo.

–No se preocupe, encontraremos la forma de salir adelante.

–No me preocupo. Supongo que sabes que actualmente eres un enemigo del gobierno. Te he perdonado la vida por el tiempo que hemos sido aliados estratégicos. Pero no más.

–El gobierno hace enemigos con demasiada facilidad. De hecho, sus principales enemigos son justamente las personas que perjuran proteger.

–Lo que no comprendo es esa necedad de proteger gente si es que ya no eres empática…

Fue interrumpido por ella.

–Así que es verdad, el abstracto-empatía ha muerto.

–Ya lo sabían ustedes, ya lo sabías.

–Sí la gente no es empática, entonces no entiendo por qué se preocupa usted y mi equipo. Tarde o temprano, de todos modos, lo sabríamos todos.

–Preferible que lo hubieran hecho más tarde que temprano.

–Sin embargo, sigue preocupado.

El presidente apagó la colilla de su cigarro y encendió otro enseguida, viendo los ojos de la mujer, de la que fuera la jefa del periódico. Será la mujer, para efectos prácticos. Dijo él:

–Porque aún sin empatía, hay rebeldía.

–Bien informado está usted, señor presidente.

–Así debe de ser… Como sea hemos llamado solo por una razón, y espero que entiendas bien que…

–¿Me está amenazando, señor presidente?

–Informando.

–Vaya casualidad, ahora resulta que ambos nos dedicamos a lo mismo.

–Tú me has amenazado al informar a todos sobre lo que sucede, esto a sabiendas de que era secreto de estado.

–Insisto que la justicia siempre encuentra su camino.

–Eso no decías cuando te subsidiábamos en totalidad.

–El sabio siempre se mantiene cambiando de opinión, señor presidente.

–Ahora resulta que eres de las buenas de esta Historia.

–No de las buenas. La justicia no se puede reducir tan fácilmente a esa cuestión de bondad o maldad. Para eso tiene lo bueno y lo malo, pero la justicia va un poquito más allá. Además, es relativo. Algunas religiones, sabe usted, obligan a las mujeres a cubrir la totalidad de sus cuerpos, y puede ser que piensen ellas que están en lo correcto, pero para mí no es bueno. Es relativo.

–Pero la justicia, en su finalidad, busca el bien.

–Busca el equilibrio, no algo bueno ni malo. Equilibrio.

–Sigo sin entender tu repentina rebeldía.

–Es que usted no lo comprende, no toma en cuenta que estamos en una época de cambio. Somos conscientes de que ya no es como antes, y es justamente esto lo que nos vuelve conocedores del antes y del después. Incluso, cuando ahora nos parece desconcertante no sentir nada por alguien más, de no comprender eso de descansar por placer o de vestir a la fuerza; conocemos lo que antes fue, y por eso queremos lo que era antes de la crisis.

–Hagas lo que hagas, no será la vida como antes.

–Pero podemos procurar algo mejor para los que vienen, e incluso para los que estamos ahorita.

El presidente dio una profunda calada.

–Para ser rebelde hay que ser empáticos, porque promovemos el bien que no tenemos a los demás. Sigo sin entender por qué lo haces si es que ya no sientes empatía.

–Quise rememorar mi pasado escolar universitario.

El presidente dio una sonora carcajada.

–Ahora resulta que has regresado a tu etapa de idealista cuando no hace más de un mes bien me hubieras dado las nalgas a cambio de dinero y no dijiste nada de los abstractos. Negaste su existencia.

–He cambiado de parecer, como ya le dije.

–Una más y hay cuello.

Ella se levantó ponderada y con mirada poderosa, dijo al presidente:

–Morir de pie, señor presidente, es mejor que una vida agachada.

Y salió dignificada. Cuando se hubo ido, el vicepresidente escuchó la pregunta del presidente:

–Morir de pie… claro, toda la vida ha estado agachada. La vergüenza que siente hacia ella misma le hace decir barbaridades contradictorias. Tal vez si su familia sufre las consecuencias piense dos veces la próxima que sienta ganas de ser idealista.

–Su hija estaba en el camión. Al parecer quedó tan traumada que se quitó la vida hace apenas un par de días. Su esposo la abandonó. Se quedó sola, señor presidente. Solamente está resentida.

–Tal vez hay una sola cosa más peligrosa que una mujer resentida. Esto es peor que eso.

–¿Señor presidente?

–Si fuera resentimiento, habría golpeado de peor forma. Ella es rebelde, tiene un ideal para seguir.

–¿Y por qué eso es peor?

–Porque si de rebeldía se trata, entonces tiene el apoyo de los demás.

Fue el funeral más incompleto, hablando de muertos, y con menos lágrimas que había visto en su vida. Una caja vacía y la otra ocupada, dos memorias idas y aun así celebradas. Dos de las víctimas olvidadas, un caso en un archivero, punto final. Padres e hijos juntos en un dolor ausente, invitados que decidieron dar muestra de su unidad sin sentirla genuinamente, pues no comprendían el dolor del otro. No hay más madres llorando que aquellas que perdieron a sus retoños. Había café y comida. Curioso es que en todo tipo de reuniones haya comida, como si fuera la unión del hombre con la tierra, porque el alimento de la tierra viene, y así confirmamos a donde llegaremos. Los vemos a todos: estaban como soldados, ahí, en el paradón de fusilamiento recordando la primera vez que los vieron sonreír, y el dolor intensificado a pesar de no poder llorar por las madres que ahí exponían sus muestras de querer morir. Las veían sufrir, pero no sentían lo que ellas sentían, ni la más mínima idea dilucidaban en sus confundidas mentes. Una de ellas, la madre del niño de secundaria, cuyo féretro estaba vacío, se hincó en el suelo gimiendo de dolor, y la otra, la mujer, la que fuera jefa del periódico, sí, a lágrima suelta, pero con suprema entereza. Nadie más lloraba así. Cada quien estaba aislado en su propio ser, con sus propias sensaciones y así, al mismo tiempo, todos estaban unidos por el genérico deber del bien. No hubo frases de Lo siento, Está en un lugar mejor, Ya no sufrirá, Lo bueno es que en el recuerdo vivirá para siempre, Su memoria es lo que cuenta, Será tu angelito en el cielo, Dios lo tiene en toda su gloria, Misteriosos son los caminos del señor. El lector que una perdida ya ha experimentado en carne propia concordará que este tipo de frases son gritos que claman y presumen la estupidez mental de quien las dice, esto sólo si la persona que dice la frase no ha sufrido una pérdida ya, pues hay que tomar en cuenta que poca felicidad puede haber en el recuerdo si lo comparamos con vivir junto a la persona perdida. Ignorantes son aquellos que vociferan a los cuatro vientos boreales semejantes ridiculeces, y así confirmamos que si ellos murieran, todo sería mejor pues así nos libraríamos de su idiotez.

La gente se fue yendo poco a poco sin decir palabras de aliento pues eran innecesarias, solamente se retiraron. El adulto joven se despidió, junto con su novia y su pequeña criaturita, del detective.

Ya solos, el viento fue su única caricia y la soledad la acechante acompañante. El detective y la mujer, ambos compartiendo el dolor extravagante de estar solos. Y así como los que pueden, pagan a un completo extraño para que escuche sus problemas y palabras, ella dijo al aire pero sabiendo que alguien había ahí:

–No se lo merecían.

–Nadie lo merece.

–Solamente tenía doce años.

–Lo siento mucho.

–¿De verdad lo sientes?

–No, pero recuerdo lo que era sentir dolor.

–Tal vez la tristeza debería morir.

–Dejaríamos de ser humanos. Sería peor que estar muertos.

–¿Has perdido a alguien?

–Sí.

–¿El niño?

–Sí, pero no. Perdí a mi hijo hace tiempo.

–¿Y cómo has hecho para salir adelante?

–No lo hice, solamente dejé de sentir.

Se voltearon a ver a los ojos.

–Morí hace tiempo, dejé de ser yo.

Y el detective, luego de decir esto, se retiró para dejarla llorar en paz.