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Estaba en el salón de clases, me había tocado cubrir a una maestra, eran jóvenes de tercero de secundaria, grado que no me agrada porque cambian mucho de primero a tres años después. Simplemente no es mi fuerte. El caso es que había indicado que la clase había acabado y se podían retirar, ya estaban muy ansiosos, era viernes y era la última clase del día. Entonces uno de ellos estaba por cruzar la puerta cuando otro compañero le dio “¡Tu balón! Luego con qué vas a jugar…”. El joven se regresó por su balón de voleibol y mientras lo tomaba del suelo le dijo “¿Con qué voy a jugar? Pues me compro otro”.

Curiosa forma de responder la de una persona joven con un poder adquisitivo superior al mío, obviamente, no puedo ignorar su tenis de marca reconocida y de precios astronómicos. La cosa, sin embargo, que más llamó mi atención, no fue en torno a que tengan sus padres más dinero que yo, sino que es esa actitud con la que la mayoría de gente parece tomar como base para su vida, y no sólo en el terreno de lo material, sino en el social, cultural, ambiental, etc…

Un par de ejemplos prácticos no harán comprender este punto. Una de las frases que a mí más me molestaban (todavía, pero ya la estoy aceptando) es eso de “la gente viene y va”. Al parecer, la gente tiene conciencia de que nadie ni nada es para siempre, ni uno mismo. Todos nos vamos a morir, todo va a acabar algún día. Sin embargo, yo en mi patética ignorancia sobre la vida, solía pensar que los amigos eran gente con los que contarías toda la vida, que son esas personas que están ahí en las buenas, en las malas y en las peores. Justo como esa frase de Aristóteles “La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”. Muy bonito, ¿no? Yo pensaba igual. Sin entrar en pormenores que nunca acarrear nada más que discusiones infructuosas: al parecer, la gente, en realidad, no cree en estos valores como tal. Los amigos son solamente personas con quienes puedes pasar un buen rato y ya, de ahí en fuera preferimos no entrar en detalles de cómo está alguien o no porque no aguantamos nuestra propia existencia. Entonces, hay que darnos cuenta de que si se acaba una amistad, no importa, porque es fácilmente reemplazable por otra. Al menos eso para la gente normal. Los amigos son una actividad más en nuestras agendas, una que podemos dejar pasar de largo por su poca importancia. Así que si perdemos a un amigo, no importa, podemos comprar otro.

Veamos también, ahora que ya estamos ejemplificando cosas que podemos comprar (que quede claro que no tiene por qué ser forzosamente una cuestión monetaria, también puede ser simbólico este proceso de compra-venta): Hay gente ahí donde laboro que siempre van a comprarse algo a la tienda: una botella de agua o unas deliciosas enchiladas en plato de unicel. En el caso de las enchiladas se las podrían comer ahí mismo en un plato de plástico y entregarlo al final pero prefieren llevarse sus sagrados alimentos a otro lado. El caso es este: todos los días hacer eso pudiendo llevar una botella llena de agua desde la casa, comer ahí mismo en la cafetería para evitar la producción de basura. Qué digo producción: sobreproducción, hiperproducción. Es que uno mismo no hace la diferencia cuando son las grandes compañías las que producen más del sesenta por ciento de la contaminación global, lo cual quiere decir que sin  importar lo que los ciudadanos de a pie hagamos, nos va a cargar la chingada. Así que no importa: compremos más contaminantes, de todos modos, podemos comprar otro planeta.

¿Y qué le parece la gente que no sabe leer? Y no digo el acto de entonar un texto con voz alta, cosa que requiere habilidades específicas. Un lector no tiene por qué ser bueno también leyendo en voz alta. No, para nada. Hablo de que no sabemos ni siquiera leer a profundidad, entre líneas, no somos ni mínimamente capaces de leer un texto cualquiera y adjudicarle el tono que ocupa. Creemos que cualquier texto se tiene que leer como nosotros queremos, cosa que es válida, pero no podemos ignorar la intencionalidad del autor, su contexto, su finalidad. Es que, ahora resulta, si nos parece algo ofensivo que no va conforme a nuestras creencias, automáticamente lo satanizamos y lo ignoramos, lo tachamos de ignominia y de poco crítico. Ya las ideologías no son puntos de partida para las discusiones, no, solamente son refugios donde sacralizamos y ensalzamos nuestras debilidades, justo como las religiones. Por ahí escuché en un podcast de Convoy, hablando de religiones: “Elija la que mejor vaya con sus debilidades psicológicas”, o algo así, similar. Igual ya con las ideologías: no solamente elegimos las que son más convenientes de forma individual (porque, en teoría, debería ser social) sino que las modificamos y las torcemos hasta que satisfagan nuestras debilidades personales. No es necesario comprender y analizar los pros y los contras de una ideología dada y sus repercusiones sociales, no, en el momento en que nos incomode es momento de comprar otra.

Relacionada a esta cuestión de las ideologías: la educación. Resulta que hay gente que se molesta si en la clase de filosofía se escribe la palabra “dios” con minúscula porque a dios hay que respetarlo y escribirlo con mayúscula, eso sin importar que en sí no se haga alusión a ninguno en específico; pero esa misma gente se molesta que porque la educación en México es laica y no se debería de hablar de dios en las escuelas. Ni en la clase de filosofía, obviamente. No se debe molestar al alumno en cuanto a sus creencias, porque si hay algo peor que un político, es que a un padre le modifiquen la forma de pensar que tanto trabajo le ha costado inculcar en su hijo, dios mediante, ¿pues qué les pasa? Uno enseñando y los docentes que vienen a des-enseñar todo. Obviamente, como institución educativa eso tampoco es problema, porque en lugar de cubrir las necesidades básicas del docente en cuestión, se le esclaviza con un discurso casi paternalista en el que toda la culpa siempre la tiene el maestro mal pagado y maltratado, pero es normal, esos weyes ni corazón tienen, son robots. Así que si la educación afecta negativamente, o sea si le ayuda a desarrollar una mirada crítica al estudiante, pues es momento de comprar otra educación. No se diga ya de los maestros: compremos y paguémosles mal, de todos modos, por uno que se va, otros tres muertos de hambre llegan.

Así que, recordemos, estamos en la sociedad del reciclaje: no hace falta conservar nada si se puede tirar, sustituir, reemplazar con algo que no le llegaría ni a los talones. Nadie es indispensable ni siquiera de momento, ni un ratito, todos somos como condones: luego de ser usados, luego de pensar que valemos la pena y que estamos cumpliendo un papel, nos escupen y ya mejor a la basura.