trash-44040_640

Hay que tomar una postura ante la vida. En algún podcast en el que hablaban de dios, y había una obvia sátira a la figura divina; decía el locutor que la religión se elegía de acuerdo a la debilidad mental que más nos afectara. No podría estar más de acuerdo. Igual con nuestra postura ante la vida: está definida por nuestras debilidades mentales, nuestros charcos emocionales, por aquello que nos forma y deforma. Si uno decide ser nihilista, existencialista, pesimista, optimista, absurdista; todo dependerá de lo que haya vivido. Sin embargo, cosa ya común en Lectofilia, hay algo que me parece, de entre todo lo ridículo, lo peor, que está hasta abajo, que es peor que pegarle a una madre: que todo tiene que mejorar por obvia consecuencia.

La situación es la que sigue: la vida es una concatenación de fugaces buenos momentos y una queja aparente, una molestia que es justamente lo que nos motiva a hacer algo, que nos da una razón para hacer algo: acabar con ese dolor. Entonces, en perspectiva, es justamente la incomodidad lo que orillaría a uno a hacer algo para acabar con ese problema, ya sea en su totalidad o en parte alguna. Sin embargo, o al menos eso me parece, siempre debe haber una constante en la vida. Por más pesimista que uno pueda ser, siempre hay algo que debe permanecer ahí para no perder los estribos. Siempre habríamos de inclinarnos al equilibrio en todo sentido, y como tal, entonces debe haber un equilibrio entre lo constante y lo cambiante. Sí hay cosas que deben cambiar, pero también hay cosas que, por bien mental, si cambian, debería ser lentamente o no hacerlo. ¿Qué personalidad formaríamos si todo fuera cambiante? Una líquida, una gaseosa. Debe haber algo sólido, al menos una cosa.

El cambio siempre es para bien. ¿Por qué? Porque nos mantiene en movimiento, ideando la forma de salir de una o de otra, nos hace evolucionar, revolucionar de ser necesario. Eso es lo que dice la gente. No hay nada malo en cambiar, sea lo que sea, signifique lo que signifique. En una sociedad líquida eso es aceptable: todos tenemos miedo a tener algo serio, constante, real, nos dan miedo las consecuencias de una relación duradera, nos aburrimos de lo mismo, creemos que si no nos movemos entonces no vivimos. Los mismos conceptos cambian, se vuelven fugaces, problemáticos: buscamos una media naranja entre relaciones abiertas, buscamos la superación profesional y personal entre empleos mal pagados y diferentes unos de los otros en su totalidad, queremos ser expertos sin verdaderamente adentrarnos en un tema porque hay muchos en los cuales sumergirnos.

Así como el cambio promueve el bien, la estabilidad también. No todo cambio es para bien, hay cambios que deberían ser muy paulatinamente o que no deberían suceder en su totalidad. Hay conceptos que uno mismo va formando a lo largo de su vida, y así como lo que cambia nos forma, eso que se mantiene estable también lo hace: nos vuelve alguien. Si llegase la situación de que cambiase eso, de repente, de la nada; lo más probable es que la persona entre en un conflicto interno que fácilmente se extrapole a una enfermedad física. No está bien gritar a los cuatro vientos optimistamente que todo cambio es para bien, que una pérdida sólo va a ser reemplazada por alguien mejor en nuestras vidas: no es cierto, eso no llega solo; en cambio, eso es totalmente conformista “ay, este mal es pasajero, como todos, eso a pesar de que solamente un mal siga a otro mal: algo bueno llegará”. Nos autoconsolamos pensando que lo que sigue no puede ser peor que lo que vivimos, pero siempre nos equivocamos: la vida siempre muestra que puede ser peor.

La adaptación al cambio no solamente consiste en ser consciente de que lo duradero en sí ya no existe, no hay tal: todo es reemplazable, todo es reciclable, reusable, innecesario; sino en que deberíamos concientizarnos de que lo que no cambia también es importante y deberíamos promoverlo. Pero la moda es desechar. Eso incluye las relaciones humanas: de hecho, que todo lo material sea considerado así, es raíz de que entre personas así nos tratamos. Creemos que el uso de lo material es lo que nos lleva al uso de lo interpersonal, pero no: cuando estamos podridos en cuanto a nuestras relaciones interpersonales, o sea, cuando restamos la importancia al ser humano por serlo, es cuando nuestro uso hacia lo material resulta en desperdicio. Entonces una parte fundamental de nosotros se ve bajo asedio: justamente la parte constante, la parte sólida cae ante la líquida y la gaseosa. No es necesario conservar nada: amigos, pareja, familia, gustos, preferencias; entre más cambie uno, más aceptado, porque todos tienen miedo a ser constantes en algo, y si ve que los demás hacen lo mismo de cambiar, pues entonces en obvia consecuencia solamente puede estar uno bien.

Ahora, el cambio requiere un sustituto. La única forma en la que el ser líquido o el ser gaseoso se enfrenten a una crisis (la misma a la que el ser sólido entra en esta sociedad cambiante) es sólo cuando no encuentra con qué sustituir, reemplazar aquello que cambia o pierde. Es justo por eso que pretende tener mucho de todo, y es justo lo que la gente promueve en su entorno: tener muchos amigos, tener muchas cosas que hacer, tener muchos pares de zapatos, cambios de ropa, tener muchos looks, tener muchos libros y muchos gustos musicales, haber visto ya muchas películas, tener todas las posturas políticas. ¿Por qué? Porque si una cae, que lo habrá de hacer, tendrá otra con qué reemplazar la herida. El vacío no se sentirá sino muy superficialmente porque la mente, asediada ya, también promueve su bienestar aunque este sea superfluo. Está mal tener pocos amigos, preferir hacer pocas cosas, querer establecer una rutina, escuchar determinados estilos musicales; cambia, cambia, cambia, porque si no, te quedas atrás. Mueres para los demás. Eres reemplazable: no dejes que te reemplacen, mejor que te usen para reemplazar a otro pobre diablo igual de innecesario que tú.

En la época del cambio no queda de otra que adaptarse. La adaptación a esta etapa social no promueve un individuo fuerte, sino muy al contrario: uno dependiente. La confrontación entre aquél que busca solidez y aquél que no sólo promueve un choque que resulta totalmente intrínseco: ambos creen que están mal. La única diferencia entre ambos es que aquél que busca solidez se queda con la sensación de malestar pues por naturaleza se inclina hacia eso; mientras que aquél que está acostumbrado a lo líquido busca remplazo tras remplazo y su camino nunca va a acabar porque, como el optimismo dice, siempre vendrá algo mejor. No nos damos cuenta que lo mejor es lo que estamos viviendo, pero que lo que sigue es tan malo, que en realidad buscamos la regresión a la solidez, pero estamos condenados al continuo cambio. No podemos mostrar un sentimiento real y concreto porque eso asusta: mejor poquito, y eso ya es mucho arriesgarse. El cambio no trae solamente cosas buenas, no, como el quedarse estático totalmente es sinónimo de bondad tampoco; la mezcla es necesaria. Pero usted hágale caso a todos: el cambio es bueno. Siempre vendrá algo mejor, siempre vendrá algo más fugaz, más efímero, más irreal, más falso, más ridículo. No llore hoy porque mañana llorará el doble y pasado mañana el triple.