20191026_191851_0000

10

–Lamentamos de sobremanera la irreparable pérdida de uno de los bastiones más importantes y sobresalientes del periodismo nacional e internacional de la actualidad. El gobierno de la república se compromete íntegramente a buscar en cada rincón de la nación al culpable de este atroz crimen. No descansaremos hasta dar con él o ellos. Que quede constatado que nosotros condenamos sistemáticamente cualquier ataque a medios de comunicación, y defendemos la libertad de expresión pues esta es parte de las libertades y garantías que forman parte de nuestro estado de derecho. Democracia, como la que vivimos, nos obliga y nos orilla a implementar medidas para proteger a los eternos buscadores de la verdad, salvaguardar su integridad y garantizar su bienestar. Insisto y repito: no descansaremos hasta dar con el culpable para que sufra todo el peso de la ley.

El equipo de comunicación del secretario de seguridad no permitió más preguntas a todos los incansables llamados buscadores de la verdad y heridos comunicadores sociales. La veracidad periodística había sido herida de muerte. Se arremolinaron en torno al secretario de seguridad con numerosos micrófonos y grabadoras de sonidos, colores brillantes y opacos, mujeres y hombres de toda estatura, color y tono de voz que compartían dos cosas: coraje y miedo, además de una tercera, que es propia de la búsqueda de la veracidad, que es el trastrabillar de esos que se autoproclaman guías de la soberanía. Podríamos pensar a raíz de esto que incluso esta veracidad también se ve bajo un extraño juego, pues ¿cómo puede ser que sea un tropiezo lo que buscan y no las palabras oficiales lo que quieran transmitir? Pues la veracidad periodística radica en medio de estas dos características: en el análisis y meditación de lo dicho y no dicho. Entre empujones, gruñidos y arrimones, el secretario de seguridad logró por fin llegar a su auto blindado y ser dirigido lejos del incesante acoso e discrepancias de una gran multitud que se había aglomerado y que era controlada por los medios de seguridad. La protesta ahí se estaba volviendo violenta, frutas y verduras lanzaron y se estrellaron en el auto del secretario, que salió disparado a gran velocidad.

Fue dirigido al salón de juntas a prueba de sonidos en el que ya hemos tenido el gusto de estar, y que no es necesario volver a describir porque este tipo de lugares nunca cambia, así como la gente que ahí se reúne a deliberar cualquier imaginación empedernida generalizada. Se sentía él preocupado y, sobretodo, fustigado por toda la información y las cosas que había hecho y la que tenía por hacer, como todos, siempre ocupados y ensimismados sin el tiempo de darnos un respiro con una buena ficticia historia que nos saque de una realidad imperfecta para llevarnos a una ideal. Entró y solo se quedó, sabía que sería momentáneo, fugaz como la estrella que a veces se aparece en el cielo para recordarnos los sueños de materia estelar: muertos. Entonces se dio cuenta del silencio y del placer que éste le proporcionaba, del gran lujo que había perdido desde que aceptó el puesto, y que hasta ahora se percató que le era inmaterialmente loable, una suntuosidad que ya no se había permitido desde inmemoriales tiempos. Solamente eso: silencio, nada más que una paz revitalizadora, casi regeneradora que le quitaba años de encima. Por momentos, estos que describimos en estas líneas, estuvo en un atisbo de pasado, en un recuerdo de una vieja conversación que, por el tema y el momento anterior, debió incomodarlo, pero en realidad lo había hecho sentir agradecido, era esa plática de felicidad de un nuevo retoño, la sorpresa ensoñadora en su amigo que era la misma que él había sentido con su hijo, la propia de un niño pequeño, ese que juega y goza con su juguete favorito. Es común que en los momentos de dificultad, casi por natural inclinación, nuestra mente decida rememorar viejos y facilitadores recuerdos que funcionen como contrapeso a la situación de pesadumbres en la que estemos, porque el ser humano, por naturaleza, tiende al equilibrio, y cuando éste se pierde es cuando el hombre, por naturaleza, se pierde.

Cabe interrumpirse la redacción de este verídico testimonio para advertir que una nueva herramienta narrativa está a punto de entrar en juego porque, entre más invadimos la privacidad del personaje, más desconocido nos parece, y al mismo tiempo, si es bien usada, más identificación y ganas de seguir adelante tendremos. Recordemos que no es lo mismo que el autor escriba lo que el personaje piensa a saberlo directamente de él, pues cuando el autor decide transcribir lo que el personaje en cuestión tiene enmarañado en su cabeza tan confundida como la de cualquier ser humano, viene implícita ya una interpretación, como cuando se lee a un autor en su lengua materna a leer una traducción: es parecido, pero no igual. La propuesta, con el fundado temor a ser descubiertos, es el de funcionar como una voz en la cabeza del secretario de seguridad y así descubrir de primera mano qué es lo que está pensando, pues está pasando por un momento que, en realidad, no puede ser verdad. Sí, sí, lo sé, no es necesario que me recuerdes que esto parece más una arriesgada e inútil tarea de novela, una especie de ofrenda a un grande que nunca será ni siquiera igualado en tamaño, Aun así sigues adelante, y hasta pareces sentirte un poco mejor imaginando que esto es una imaginación y no la realidad, casi como si esperaras a despertar de un sueño, uno de esos malos, Obviamente que desearía que esto fuera un mal sueño, pero no es así, se está saliendo de control… bueno, aunque creo que nunca tuve el control como tal, Bien sabes que el gobierno siempre tiene sus mañas, y por ende, el control, El gobierno no es más que otra víctima de esta situación, al igual que la soberanía; estamos en el mismo bando, aunque uno o el otro no lo quieran aceptar, Sin embargo, tú eres víctima de la víctima, Podría decirse así, sí, podrías tener razón, Entonces haz algo, no te quedes con los brazos cruzados, Ya lo he hecho, bien podría perder la vida por lo que hice, y tú bien deberías saberlo estando en mi cabeza, has seguido mis movimientos desde que esto comenzó, si mal no recuerdo, Pero crees que eso no ha sido suficiente, pues de no ser así, no te sentirías como te sientes, En efecto, no lo podría haber descrito mejor, pero ¿cómo es que lo sabes?, Eres hombre, ser humano, pues, y el ser humano tiende a ser feliz justo con eso que no tiene, además de que somos uno a pesar de lucir como si fuéramos dos, como si ésta fuera una conversación entre dos, Muy curioso, tal vez es que me estoy volviendo loco y no lo sé aún, o a lo mejor siempre lo estuve, pero ya acostumbrado, creo que es lo normal, Eso, o tal vez eres un genio, No, definitivamente eso sí es una locura, quién eres tú, de todos modos, La voz de tu cabeza, ¿Mi conciencia?, Si así quieres ponerme, está bien, a fin de cuentas, yo soy tú, y tú eres yo, por lo que sea la etiqueta que sea, así será, Puede ser, aunque de verdad siento que eres alguien más, Fíjate, se abre la puerta, será mejor que me despida, ¿Por qué no te quedas?, a fin de cuentas eres parte de mí, te volveré a ver, Esperemos, aquí estaré cuando lo necesites.

Al parecer, nos hemos librado bien de esta intromisión, no parece él haberse percatado de mucho en su imaginario mental. El primero que entró fue el vicepresidente, seguido del presidente, luego de secretarios y el capitán general del ejército. El secretario de seguridad miró con consternación al presidente.

–Señor presidente, ésta es una… sorpresa.

En efecto, él esperaba solamente al vicepresidente, no sin tanta pompa de seguidores intelectuales y mandamás.

–¿No le faltó una palabra antes de sorpresa? No sé, algo como grata, agradable, desagradable, extraña.

Y eso bien podría ser, al menos para nosotros, pero bien el señor secretario de seguridad liberó su mente de eso pues sería ofensivo, incluso él sabiendo que era verdad. El presidente continuó:

–Una vez conversé con alguien que me dijo esto, para que lo pienses: me dijo que la vida de los hombres era como una novela, y el hecho de dejar fuera esa palabra, sería grandiosamente diferenciadora del acto narrado.

–Eso sería cierto para ellos, la diferencia podría ser significativa, pero nos sería, tomando respetuosamente su palabra, totalmente superfluo e insignificante para nosotros, indiferente, pues. Solamente ese lector hipotético notaría la diferencia, pero nosotros no, así que, a fin de cuentas, debería serle indiferente incluso al narrador de nuestro verídico testimonio.

El presidente de la nación sonrió bonachón, lució sus blancos dientes que, obviamente, eran fruto de blanqueamiento dental, y algunas arrugas de su rostro eran artificialmente borradas; además de que, dicha sonrisa, ahora que la vemos con atención, era materialmente irreal.

–Tenía yo la razón, usted siempre parece estar interesado en las artes humanas.

Y sin esperar que lo imitaran, cuando fue esto justamente lo que sucedió, se fue a sentar a la mesa, seguido de los demás. Mientras estos dos conversaban, los demás observaban en silencio. El presidente se mostraba extrañamente risueño, cosa no común en él, y también esto dicho, habríamos de agregar que nos parece extraño encontrar a un político de semejante envergadura sonriendo cuando no hay cámaras que lo puedan grabar para usar esa imagen a favor del él; jocundo, sí, como lo haría aquél que, por su conocimiento superior de la situación, lo volviera en quien lo controla todo. Es, al parecer, el venerable líder, es quien mueve los hilos de los títeres.

–Supongo que saben la razón por la que aquí estamos.

–Yo desde el inicio dije que no se hiciera, que matar a un líder de comunicación, teniendo a los más grandes medios de nuestro lado, no era una acción nada acertada; pero henos aquí, como usted bien ha dicho –dijo el secretario de seguridad casi como para justificarse y deslindarse al mismo tiempo, inútilmente por cierto, del asunto que él mismo tuvo que tratar ante la prensa.

–Tal vez no hubiera sido necesario, señor secretario de seguridad, de haber sido que alguien, en su responsabilidad, hubiese cumplido su trabajo en tiempo y forma cuando se le pidió –dijo el vicepresidente casi a regañadientes, pero más bien parecía estar cumpliendo un papel, como todos los políticos hacen desde que lo son.

–Aprovecho la ocasión, y su respetable presencia, señor presidente, para decir que este atraso es resultado, no de una falta de trabajo del equipo de seguridad, que incluso al vicepresidente consta; sino por las limitaciones incipientes e impuestas a mi actuar como secretario de seguridad.

–Yo mismo he impuesto dichas limitaciones, señor secretario de seguridad, y no puedo revertirlas. Los abstractos no deben ser molestados, pues recuerde que cuando su actuar se ve afectado, quienes sufrimos las consecuencias somos nosotros; si les damos la presión extra de que hay un asesino suelto buscándolos, aparte de que son vigilados, peores problemas tendremos.

–Tiene toda la razón, señor presidente, pero tengo que insistir…

–Y yo también –dijo interrumpiendo casi educadamente–, no crea que no sé lo que piensa y siente usted, pues en su situación estuve. Dele tiempo al tiempo, todo se arreglará.

El secretario de seguridad frunció el ceño ante semejante muestra de optimismo que, a toda costa, parecía estar fuera de lugar, ante una crisis casi humanitaria, que era a la que se encontraban.

–La situación no es solamente difícil aquí. En todo el país hemos abiertos campos sentimentales, hay presos emocionales, revueltas, y la gente se une en son de una resistencia pasiva. Eso sin contar a los rebeldes, que son nuestro principal problema.

–Un montón de criminales, señor presidente. Si usted me permitiera, yo tendría la solución inmediata a la situación.

–El uso de la fuerza ya se vio en acción, y ese mismo uso de la fuerza fue el que nos obligó a tomar esta otra medida que, a toda costa, está resultando contraproducente. El asesinato de la periodista no debió ser. Además, los rebeldes no han dado aún muestras de violencia, nuestra imagen podría caer aún más. Debemos ser más cuidadosos después de la Rebelión de los Marcianos. Ellos deben violentarnos ahora a nosotros, así ya nos veremos con la justa excusa. No olvidemos, señores, que las elecciones están cerca –dijo el presidente.

–¿Nos hemos reunido para hablar de las elecciones? –pregunto casi incrédulamente cansino el secretario de seguridad.

–La democracia no puede ser detenida. Necesitamos alguna clase de resultado que dar a conocer para así ganarnos el voto popular –dijo el vicepresidente.

–Aún falta más de la mitad de su gobierno, señor presidente –dio el secretario de seguridad.

–El tiempo pasa volando, como dicen por ahí. No más periodistas muertos por el momento; digo, la gente común muerta no es problema, pero los líderes de opinión son reconocidos, no pueden ser reducidos fácilmente a un número. Por ahora, no más violencia injustificada, necesitamos que ellos nos ataquen para contraatacar. Recuerden que somos el respetable gobierno que ellos eligieron, y somos su seguridad, debemos darles lo que ellos buscaban cuando fueron a las urnas. Deben reelegirnos.

–Ya las tienen. Sus razones, pues, para votar o no.

–Sí, mi señor secretario de seguridad, pero aunque tengamos a los medios de comunicación, necesitamos que nos apoyen más.

–Bueno, pues no el internet, ese no lo manejamos nosotros –dijo el secretario de comunicaciones, personaje que no había sido mencionado antes, pero que ahora, por el tema tratado, debe estar presente.

–Le diré algo –dijo el sargento general–, la gente, los gobernados, son estúpidos, están preocupados por cuestiones personales como qué ropa usarán mañana o dónde comprar alcohol. No quieren gobernar, pues si fuera así, si quisieran gobernar, no seríamos un país democrático. Fíjese bien que eligen a quien los gobierna, lo cual es la forma más fácil de no gobernar. Que ellos tengan internet es lo de menos, porque les parece más atractivo tener rumores infundados y fácilmente digeribles, morbosos, sin lógica alguna; a algo que los haga pensar, que les cueste un poco más de trabajo razonar, porque con rumores son felices, y con la verdad lo opuesto. No hay de qué preocuparnos con que tengan internet, señor secretario de comunicaciones, usted mejor que nadie debería saberlo.

–Bueno, pues, luego de esta dialéctica, pasemos a cosas más urgentes. Secretario de finanzas, algo debería decir usted a la junta, pues me había comentado algo interesante.

–Así es, señor presidente, gracias. Las arcas del estado van cayendo. Hace meses el dinero sobraba por el exceso de trabajo, pero hoy en día estamos apenas con lo necesario. Ustedes sabrán que los gastos de la nación nunca se acaban, y si esto sigue así, tendremos que hacer recortes a la agenda pública, pues nuestro trabajo desgastante nos otorga el derecho a exigir el pago justo. No es fácil gobernar. Sin embargo, el recorte, podría traernos consecuencias indeseadas.

–Al parecer, las llamadas al sentimiento del deber no están funcionando –dijo en tono burlón el sargento general–, necesitamos medidas más coercitivas –agregó con tono de urgencia.

–Y mi vicepresidente qué haría, me pregunto –dijo el presidente.

–Los soberanos actúan como niños pequeños, si les das a elegir uno de dos dulces, querrán los dos, así que hagamos que, por sus actos, elijan uno solo sin que sepan cuál es el otro. Se avisará de la precaria situación económica, y si ellos deciden no ayudar pagando lo que nuestras arcas necesitan, será la culpa de ellos. Si no pagan, subimos impuestos, aumentamos precios a servicios y gasolina. Veamos quién puede más, si ellos en rebeldía o nosotros apretando.

Curioso el ejemplo usado por el vicepresidente, en contraste a lo que se había mencionado antes. Que si un niño pide ambos dulces es por cuestión de vida o muerte, entonces, aquí se trata de elegir entre vivir o morir. Bien podría ser, como se dijo apenas, que es oposición, aunque por cuestión de perspectiva, se pueda ver como un mejoramiento del pensamiento.

–Me gusta. Bien pensado. Ese punto ya está. Cultura, cómo van las campañas sociales.

–Los sentimientos no llegan a ser tan fuertes como pensamos, crearlos o crear necesidades por medios de comunicación va más allá de una mera sugestión, que antes nos funcionaba excelentemente. Optaremos por concentrarnos en el enemigo en común, uno público. Y aprovecho para comentar que los rumores de los campos emocionales ya son demasiado ruidosos, más que un mero rumor, pues hay periodistas pidiendo información ya que, como sabemos, es un gasto del estado y, por lo tanto, de agenda pública. Sin embargo, no traigo solamente un problema, pues eso sería indeseable de una figura pública, sino que también traigo una propuesta de solución: oficializarlos.

–¿Oficializarlos? ¿Decir a todos que los encerramos en contra de su voluntad?

–Bueno, el tema no sería tratado así. Todos sabemos que en las guerras se justificaban los campos de concentración, y no solamente eso, si no que eran mostrados como algo bueno y necesario, la salvación del perdido. Esto, en realidad, no será complicado. Todos se creen lo que sea. Ya tengo a un excelente equipo de trabajo laborando en el tema. Parecerán paraísos terrenales. Además, veamos las consecuencias positivas: nos ahorrará gastos en espionajes y levantones ilegales que tanto ahora nos están afectando. Dos pájaros de un tiro: oficializamos, la gente cree que es bueno, y acudirán voluntariamente.

–¡Bien, bien! ¿Ven eso? Ese es el espíritu de trabajo en pro de la gente. Sin embargo, aquí hay una situación más que tratar.

Ahora, el secretario de relaciones exteriores tomó la palabra:

–Están cerrando las fronteras. El área de comunicación debería hacer algo en torno a los rumores, porque todas las demás naciones creen que la ausencia de emociones y sentimientos, o, bueno, abstracciones del ser humano, se contagian cual plaga, como la peste. Los han hecho tomar estas extremistas decisiones. Quieren declarar incluso la guerra por tan poca acción que han visto en torno a la captura de asesinos.

El secretario de seguridad no insistió en su incesante trabajo, solamente dejó continuar la conversación deseando no estar ahí.

–¡Déjenlos venir! ¡Si cierran la frontera, nosotros también, y si atacan, atacamos de frente! –dijo el sargento general algo alebrestado por su nacionalismo.

–Dependen de nosotros, sería suicido declarar la guerra. Ahora, si cierran las fronteras, habríamos de hacer lo mismo –dijo el vicepresidente en tono pensativo.

–¿No sería contraproducente? –preguntó el presidente, no dudando realmente, sino porque tenía una opinión parecida a la de él.

–Las fábricas trabajan a tope, las materias primas vienen de aquí y son excesivas, podemos nacionalizar la producción y buscar nuevos aliados, que bien agradecerían que pusiéramos ojos en ellos.

–Sargento general, mantenga preparado al ejército en caso de la esperada sublevación o invasión, mientras seguiremos al pie de la letra las propuestas aquí dichas, pues han sido muy bien basadas en la realidad que vivimos y, me parece, la mejor forma de actuar en consecuencia –finalizó el señor vicepresidente abruptamente, levantándose de su lugar, contento de lo dicho y lo no dicho, así declarando finalizada la junta. Al parecer, tenía otra cosa de suma importancia por hacer.

 

El secretario de seguridad salió a su casa, desganado, casi como si la energía escapara de su cuerpo a cada respiro. Alguien que haya trabajado todo un día, sabrá de lo que aquí se habla, porque a fin de cuentas, las pilas se acaban conforme el día pasa, pero es diferente un trabajo gozoso que orilla a un sueño placentero a que una sanguijuela te succione toda la energía y no te deje dormir, aparte de todo. Se le cerraban los ojos como si ganchos jalaran sus párpados hacia abajo; claro que esto es en sentido figurado, pues si los párpados fueran jalados así por ganchos, lo más posible es que el dolor no nos permitiera cerrar bien los ojos, y nos quedaríamos ciegos; ahora, bien que si los párpados son perforados, tampoco podríamos dormir, pues el ojo se iría secando irremediablemente y alcanzaríamos, de nuevo, la ceguera. Y de hecho, eso de cerrar los ojos, tampoco es posible en sentido literal, pues se cierran los párpados, no el ojo. Aunando al hecho, a menos que el cansancio sea extremo, que por el momento no es el caso del secretario de seguridad, uno no se podría dormir si es que se le obliga, ya sea por el medio de un gancho, o por otro. Excluyendo drogas, claro está. Ese es el pensamiento que va hilvanando el secretario cuando, de repente, se queda frío al ver a una mujer vestida de pantalón blanco, sudadera blanca, y tenis blancos ahí afuera del palacio de gobierno. Está ahí, solamente observando, como soldado. Se había convertido en pecado ir de blanco, pues era propio de los Marcianos, cuyo final encontraron fatídico en un respiro prolongado, ese mismo que se da antes de la muerte. Ella lo siguió con la mirada, y lo hizo estremecer. Lo único que hizo el secretario de seguridad fue avisar al sargento general sobre eso, para el levantón. Ahora era actor directo del trabajo sucio. Trató de quitar de su mente la mirada ausente de la mujer, pues no tenía emoción ni sentimiento alguno, estaba ahí, su cuerpo y mente, pero era un fantasma al mismo tiempo, casi como si vacía estuviese por dentro. Ella entre nada, ella sola en una multitud de desconocimiento, ella y nadie, ella y todos. Nada hacía, solamente observaba. En su auto, conduciendo a su casa, recordó lo que el sargento general dijo, palabras más, palabras menos, pues cuando recordamos algo del pasado nunca es una copia fiel, pues si lo fuera, sería como vivir el pasado de nuevo, lo cual lo volvería presente, y no sería recuerdo, sino actual vivencia. ¿Qué pudo haber sido, casualmente, lo que pudo haber traído esto a su mente? No fue la llamada que hizo para levantar a esa mujer, el famoso levantón, sino lo que en las noticias dijo la conductora, con su voz maltratada por el cigarro, que un niño de edad propia de la pubertad, en su intento temerario estúpido, cada quien definirá a éste respecto el mejor adjetivo que sea después de la palabra temerario, que por culpa sus problemas de sobrepeso y de autoestima, cuya existencia le hacía muy difícil, decidió quitarse la vida. Vida difícil, sí, tal vez por un incesante acoso escolar, o vida difícil por sus padres que satisfacían todas y cada una de las irreales necesidades y quejas del niño, y le formaron una débil actitud por el exceso de condescendencia. Breve pausa se nos permitirá aquí, en contra de las actuales psicologías de la educación, pero la verdad y el facto o hecho o realidad, como mejor se le conozca; es que la disciplina anteriormente tenía implícita un golpe en el mejor momento. No uno a placer ni uno a psicopatía, sino uno a educación. Bien dicen que un golpe en buen momento soluciona vidas. No se está promoviendo la violencia intrafamiliar, sino la disciplina de tiempos no remotos, sino adjuntos a los contemporáneos. A fin de cuentas, quien en realidad tiene valores, un golpe debió recibir al momento adecuado, que el psicólogo se quede con problemas serios, que el papá o la mamá se quede con el berrinche, y si hay llanto, que dé una verdadera razón para llorar, no un simple chillido injustificado. Ya dejando de lado esta cuestión que, se espera, no afecte la idiosincrasia del observador, tomando en cuenta esta pobre educación hacia el obeso en cuestión, el niño de edad en pubertad, el niño maleducado en la sobreprotección, la ridiculez del caso, la gota que derramó el vaso, el hasta aquí, el ya me harté, fue una frase como “ja, ja, ja, el jamón andante quiere opinar”. Una frase tan simple como esa, y tan falta de imaginación, propia de otro niño cuya inseguridad era causada o por un exceso de golpes o una falta de amor y, sobretodo, una mentalidad estúpida, cosa totalmente independiente del trato y estrato social; fue la causa del suicidio. Bueno, pues, el obeso en cuestión se quitó la vida mordiéndose la lengua y dejándose desangrar. Cosa aparentemente imposible, a menos que una cuestión psicológica severa afecte, o una cosa más…

Vio el puente peatonal, pero no vio al peatón. Cuando la arrolló, se orilló y esperó a las autoridades pertinentes, que lo conocían muy bien; autoridades que, cuando llegaron, se vieron insulsamente inmersas en jocosos chistes y bromas disparatadas de bastante mal gusto respecto a esa mujer cuyas piernas estaban separadas por diez metros de su cuerpo, y su columna estaba tan rota que mejor funcionaría como serpentina. Fue cuando se dio cuenta, y sintió vértigo, mas no miedo. Ya era más que obvio, no debería ser necesario tener que decirlo literalmente, pues ya sabemos qué ha pasado.

¡Por cierto!

Y el instinto de supervivencia había muerto.