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Ve al cielo y yo estaré ahí, seré una estrella siempre presente.

Eso le dijo Jesús dos veces en la vida: dos. Judas comprendió que las mismas palabras son cambiantes, no significan lo mismo. Lo aprendió de la mala manera el día que lo perdió, que no fue al morir él, Judas, sino cuando Jesús lo olvidó.

Lo atractivo de Jesús, para Judas, no era que fuera un gran mago. En aquél tiempo, al menos, la gente era más proclive al control de la mente y de sus rededores. Jesús tenía las habilidades más grandiosas para conceder milagros (era una condescendencia suya, no era su labor: era piedad hacia los que no podían). Esto lo hizo allegado a otros magos. No eran doce discípulos los seguidores de Jesús: eran miles. Pero doce eran los más poderosos, magos como él, diferentes; y el más poderoso, luego de Jesús, era Judas. Esa magia se perdería en el futuro, a la gente no le importaría el poder de la mente si no el brillo de la pantalla, de la ilusión. Es por eso que no hay grandes magos hoy en día.

Judas comprendió con sólo verlo que él, Jesús, sería su vida. Lo que ganó su corazón luego de una vida de inseguridades y de cubrirse, de no dejar que los demás lo vieran, lo comprendieran, lo ayudaran; no fue que pudiera el hijo de dios calmar las aguas, curar la ceguera, traer muertos a la vida. No. Fue que Judas podía compartir con alguien todo aquello que lo hacía diferente, porque él también era diferente, y no lo criticaba. Jamás lo apartó, jamás lo hizo menos, no se burló. Jesús fue quien lo aceptó de forma tal que Judas sintió que había encontrado a quién encomendarle su vida en algo que él consideraba la finalidad última de la vida: la amistad es la naturaleza del hombre, la más sincera. Llegó a pensar que a diferencia de las otras relaciones humanas, la amistad era esa en la que se podía dar sin importar, era el verdadero servicio: estaba equivocado. Como cualquier otra relación, la amistad también es un intercambio egoísta de favores.

La primera vez que Jesús le dijo que él era una estrella para Judas, fue cuando Jesús decidió sincerarse con él. Le contó toda la presión que caía sobre él por ser diferente, por querer ayudar, por tener las herramientas pero no saber cómo aplicarlas con exactitud, sobre cómo toda la gente esperaba algo de él pero no era lo que él quería expresar. El mal en el mundo le era una verdadera calamidad y quería poner su granito de arena para solucionarlo, y podía, pero le parecía demasiado exigente, una tarea titánica para uno solo. Jesús se sentía solo. Judas le dijo y se ofreció para él, su vida sería para Jesús: Judas sería el hilo de Ariadna para que no se perdiera en el laberíntico proceder de la vida, sería su pilar en el que se podría sostener cuando sintiera que se iba a caer, sería su hombro donde llorar cuando así lo requiriera, por lo que fuera, sería quien escucharía cuando todos los demás le exigieran a él escuchar pero nunca ayudarlo. Judas le dijo que sería su mejor amigo. Ahí, Jesús, le dijo que él sería una estrella. Judas rememoraría, eso pensaba, sus palabras con amor toda la vida.

Sin embargo, al ser él el más cercano al maestro de maestros, el más poderoso luego del mismo maestro, problemas surgieron. Judas, sin embargo, tenía un problema, el mismo que el de Jesús: se sentía solo, y únicamente en presencia del señor Jesús se sentía entero. Completo. Sin problemas. Sin necedad. Y él creyó que Jesús también estaría con él para todo, para lo que ocupara, para lo que necesitara. Judas había convertido a su maestro su razón para ser bueno, para ser alguien, para despertar siempre a pesar de los problemas. Fueron las inseguridades propias de Judas las que promovieron problemas entre ambos: Jesús tenía demasiados problemas para cargar con los de Judas, uno que pensaba que el mismo Jesús le mentía, uno que pensaba que su mejor amigo en realidad no lo quería como tal, que lo usaba como todos los demás, que solamente lo soportaba, que con él cargaba. Jesús dijo que no era eso, que todo era genuino, pero Judas no creyó totalmente; no porque no quisiera, sino porque la vida le había mostrado que no podía ser así. Estuvo ahí para ver sus milagros más sobresalientes y con los problemas más grandes que tuvo.

Recuerda Judas perfectamente aquella ocasión de Magdalena. Su padre, dios, le dijo a Jesús que en algún futuro se fundaría una corriente moral con base en él, y que sería necesaria una metódica neutralidad, nada de dejarse llevar por las emociones. Pero Jesús sentía un amor increíble hacia ella pero no sabía como llegar con ella, cómo decirle. Y en contra de todo, ahí estuvo. Y cuando su hijo tuvieron y tenían que ocultarlo del mundo a tal nivel que en el futuro fuera considerada ella como una puta, no como la amada del gran hijo de dios; él apoyó a Jesús fuera cual fuera su decisión.

Judas le dio su vida a Jesús, quien ya estaba completo con alguien más. No era una amistad lo que buscaba el hijo de dios, sino la cristificación. Para llegar a nivel de dios, de su padre, que era su única finalidad en la Tierra, debía morir. Pero había otra forma: transformar la negatividad proyectada del mundo en bondad. Jesús le dijo a Judas que tendría que sacrificarse para que él pudiera ser juzgado y sacrificado. Judas no comprendía por qué su gran amigo le pedía eso, si siempre estarían juntos, siempre estarían uno al lado del otro, sus hijos los llamarían tío, sus retoños jugarían y serían mejores amigos a su vez, viajarían por el mundo concediendo milagros y dando bondad al mundo, lo transformarían desde la perspectiva de la amistad, la más pura y prístina de todas.

Jesús tenía otros planes y lo hizo público en la última cena ante personajes que no tenían ninguna idea de lo que él hablaba. ¿Quién traicionaría al gran señor? Habría uno de estar demente. Esa fue su forma de decirle que habríalo de traicionar. No se lo dijo en la cara, no lo dijo por medio de nubes, una señal divina, un sueño; no, se lo dijo a otras personas.

Judas sintió el suelo de sus pies temblar, el viento de muerte silbar, comprendió que lo habían cambiado por un sueño egoísta. ¿Requería una acción, una traición? No fue Judas quien traicionó al señor Jesús, fue Jesús quien traicionó a Judas. Le quitó lo que más amaba, le quitó lo que más afanaba, destruyó lo que más rezaba, lo que más anhelaba, deshizo lo que bondad le daba a su ser que podrido ya estaba, le quitó esa medicina que lo sanaba, el sol que la oscuridad alumbraba y mostraba que no era muerte la tiniebla, sino una oportunidad que llamaba. Fue en ese momento en el que Judas murió, se dio cuenta que no era necesario estar bajo tierra ni en una tumba para no poder respirar: era estar lejos de quien amaba.

Ese día, Jesús le repitió: ve al cielo y ahí estaré yo, una estrella siempre presente. Lo que había significado que siempre estaría ahí mostrando el camino con su consistencia y presencia se convirtió en un sueño inalcanzable, en un falso sueño que seguramente ya estaba extinto, que no podría alcanzar, que nunca podría tocar de nuevo, que nunca podría abrazar y sostener, que ya no habría de escuchar y ver sonreír, esa vibración de la voz que tanto lo consolaba se había ido, esa presencia que siempre lo hizo sonreír ahora lo hacía llorar con su ausencia. Jesús no fue capaz, ni siquiera poseyendo todo ese poder, dar la última presencia con él.

Jesús, el poderoso Jesús, el que en todo estaba no quiso estar con su mejor amigo.

Judas no lo besó en la mejilla, sino en la frente como se besa a quien ya ha muerto, como quien sella la tumba del ser amado y que sabe que nunca regresará.

¿Habríasele de castigar a Judas por eso, porque toda su vida estaba en su líder, en su ídolo, en su pilar, su hilo de Ariadna, su sostén, su aire para respirar, su agua para saciar la sed, en su felicidad misma? Judas era humano, no el hijo de dios. Judas no comprendía, sólo sentía. Se engañó pensando en que había encontrado la forma de amor más pura y ahora todo se iba para abajo. Lo que siempre pensó y mantuvo como bastión fundamental de su actuar, su vivir, su ser; se derrumbó. Judas se quedó sin nada.

Judas recibió apoyo, sin embargo, recibió palabras, recibió treinta cosas: “Ya pasará, la vida es así, quien se quiere ir que se vaya, tú déjalo, lo importante es uno mismo. Importante es que no ruegues a quien no te ama.”

Judas no se suicidó, lo mataron. Judas no era malo, lo maldijeron ignorándolo, e ignorar es matar en vida. Judas no traicionó, lo traicionaron. Judas perdió, y lo recuerdan como el malo de la historia; pero Jesús fue quien le pidió eso porque quería ser dios. Se hizo dios con un sacrificio, justo del que no se merecía ser sacrificado. A Judas lo cambiaron, lo transformaron de discípulo a nada.

Judas es una estrella en el cielo que no puedes ver, está ahí pero no lo puedes tocar. Judas ya no se deja tocar, nadie quiere ser como él: ¿quién quiere confundirse en la oscuridad para siempre estar solo? A Judas le robaron el brillo, se lo llevó Jesús, pero Judas aceptaría su regreso como quien desesperadamente bebería agua infecta por una sed de muerte.

A Judas le robaron las estrellas, y en la oscuridad, ni la muerte misma resulta serena.