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Rememoremos ahora, aunque sea fugazmente como se verá a continuación, a uno de los personajes que se habían quedado en el olvido de este verídico testimonio, pero no porque se haya descuidado al personaje en sí, cosa que sería condenatoria del narrador, sino porque se decidió respetar la privacidad del mismo, privacidad expuesta, ya que él fue uno de los que de la falta de pudor más gozó. Y él vio otra de las situaciones que se dieron por la falta de pudor y ésta es que: a falta de pudor, más exhibición. En su escuela las redes sociales se volvieron el mejor medio de transmisión de pornografía, que habría de aclarar, no fue su escuela la única, sino todas, y de todos los niveles, así que podemos deducir que tanto como pornografía infantil como la pornografía normal es la que se vio. Son términos usados para comprender con facilidad, pues lo normal y lo anormal es cosa de relación perspectiva. La cosa es que las fotos corrieron, y el acto onanista fue tanto que no importan cuántos genocidios haya habido, hubieran en un presente, ni habrían de haber en el futuro, nunca serían tantos como esos que cayeron en manos poco santas. Se preguntará alguno si alguien cayó en el delito de la difusión de pornografía, si es que así se puede llamar, y es que no, porque a pesar de ser delictivo el acto de facto, no habría lugar suficiente para onanistas, y mucho menos todos juntos. Entonces la sociedad, como vemos, perdió su, llamaremos, sentimiento de privacidad, y todo se volvió público. Las redes sociales se volvieron el camino de escape, y todo lo que se debería hacer en la oscuridad para ser de verdad un gozo, se volvió una simple muestra. Veamos y sepamos que no es lo mismo meter el dedo al pastel y tener lo de menos, a tener un pastel para uno solo. Lo que no se comprendía en esta sociedad sin privacidad es que era mejor tener un gran pastel para uno solo, que un dedazo del mismo, que es lo que causaba la falta de privacidad, de pudor. Eso y la falta de respeto a uno mismo. No se sabía qué era más triste, la o el que se exhibía por pobre diablo o diabla, o el que o la que recibía la imagen en cuestión, pues esta persona receptora, también tenía una falta de algo. Ahora sí que, aplica la de para todo roto hay un descocido, pero deberían haber límites en estas situaciones, divinos o no, al menos marcar, por lo menos, un ligero tope. Sin embargo, preferimos arrepentirnos a prevenirnos. La prevención es aburrida, el arrepentimiento consecuente, aunque sea diametralmente y en extremo peor al pobre y simple gozo que se llegó a sentir. Este punto se podría concluir en que es la pobre mentalidad del actual joven, pero no olvidemos que este joven fue educado por un ser avejentado, no en gran diferencia, así que de ambos podrían ser, legalmente, culpables; y también éticamente, moralmente, filosóficamente, y otros mente que nos lleguen a la mente. Claro que el joven de preparatoria, por su mentalidad y edad, no se quedó en la mera imagen del aparato electrónico, sino que lo llevó a la realidad, y uno que otro susto propio de la sexualidad activa sufrió, esos como el de la sospecha de infección o de que la mujercita en cuestión con la que estaba, no tenía la regla. Ahora, al igual que el acto onanista, bien afectado por las religiones o espiritualismos eficientemente ineficientes, él, el joven de preparatoria, se sentía culpable y con el arrepentimiento propio que todos hemos experimentado incluso sin haber sido onanistas de primera. Suficiente con dirigir la mirada a las partes púdicas de alguien, eso ya es onanista en su trasfondo. Este arrepentimiento se podría explicar, básicamente, en un deseo incesante por tratar de cambiar algo que ya no puede ser cambiado y que, de ser posible, seguramente no cambiaríamos pues el gozo y el placer nunca se podrán sustituir, ni siquiera por la tranquilidad de haber evitado el tan castigable gozo de la lujuria en cualquiera de sus formas. El joven de preparatoria caminaba lentamente, como si de una procesión se tratara, y se acercaba a un edificio con suficientes pisos como para no sobrevivir a la caída, así como observaba a una muchedumbre creciente. Se preguntará alguien, tal vez, y esperemos que así sea, ¿por qué esta forma de describir el edificio? ¿Por qué no decir la cantidad de pisos, o metros, o el color, el estilo, el uso, la forma, el material, o cualquier otra vaguedad? Bueno, pues, porque había alguien hasta arriba, con la punta de los pies apuntando al vacío, obviamente no es literal, no es que apunte al suelo, pero es una forma de describirlo, más agradable, por decir de una forma, porque si dijéramos que sus pies apuntaban a su muerte, incluso sería incompresible. También notaba que no había nadie que tratara de convencerlo de no hacer algo calamitoso, ni de salvar su miserable vida, porque todas las vidas son miserables si no son las nuestras. La muchedumbre observaba, curioseaba, disfrutaba del acto que la sacaba de su aburrida o tediosa realidad. Había vendedores de helados gritando para refrescar las mentes de los que ahí se conglomeraban. Vendedores de refrescos. De raspados. De sombrillas. De algodones de azúcar. De palomitas saladas o acarameladas. De frituras. Del disco con los cien éxitos del año en curso. De pomadas milagrosas que quitaban el acné, las ansias y los golondrinos. De tenis maravillosos y pulseras que te hacían perder peso. De bótox. De riñones y órganos. De títulos universitarios. De renombre y pronombres con mayúscula. De autos que se estacionan solos y tienen sensores en la parte trasera. De felicidad. De cuerpos que necesitamos. De vaginas y penes. De luces. De rayos láser. De libros. De imaginaciones y perversiones. Bueno, pues, que había de todo para este espectáculo. Más de uno había con el celular grabando, unos en vivo directamente, otros respetando y guardando el morbo para la posteridad, cual trofeo, y decir ¡mira, mira lo que vi, y tú no! Aunque en realidad no lo hayan visto, porque estaban más preocupados encendiendo el celular que prestando atención al hecho. Estaban también los comentarios que siempre son muy ad hoc a la situación, cosas como Si hay milagro, sobrevivirá al impacto, Es una cobarde, no lo hará, Pobre mujer, hartos problemas ha de tener la pobre, di, ¿Qué le pasará a su familia?, Seguro tiene problemas con hacienda, la buscan, A lo mejor es una criminal y ha sido descubierta. Y así, más comentarios, algunos más santos que otros, como si decir algo agradable fuera a salvarlos de las llamas del infierno a las que ya están destinados. Y es bueno que las divinidades, en toda su omnipotencia, acudan a las oraciones de los mortales en sus momentos de necesidad, como éste, aunque puede que hayan otros creyentes, miles de ellos, de extremas necesidades que varían de persona a persona, así que podemos pensar, por ende, que no hay suficientes deidades, y que es por eso también, y en mucho mayor número, sucedan desgracias en la vida, y que por eso hay tan pocos milagros, porque es proporcional su número al de las deidades. Pobres ellas que tanto tienen que trabajar. El joven de preparatoria, adolorido, se quedó algo alejado de la muchedumbre pero no por eso exento de ser parte de ella y vio a la mujer hasta arriba, relajada a pesar del terrible sol chocar contra su rostro cual martillo. No nos detendremos en conocer lo que la mujer pensaba, pues podría ser tanta su motivación de morir que bien se volvería escritora de múltiples libros, así que no dedicaremos más espacio a esa mentalidad más que estas cortas e insulsas líneas. Pero gocemos de algo, y es que podemos ver más allá de lo que algunos personajes veían, y en este caso, de la muchedumbre, y podemos ver que la mujer de repente dejó de temblar, recuperó su fuerza en sus extremidades, el sudor de las palmas de sus manos se fue, y por un momento, incluso sin haberlo, sintió un viento refrescante, y dijo Al fin no tengo miedo. Detalles escrupulosamente morbosos podrían darse respecto a su caída e impacto, sin embargo, no son necesarios para la narrativa. El joven de preparatoria fue otro culpable de un asesinato gris, de esos de moda que se dan por no hacer algo por evitar ni favorecer una muerte. Curioso, si pensamos, que otorguemos al gris este poder de mediación, y es que creemos que es el punto medio entre el negro y el blanco, pero en realidad, el punto medio entre el negro y el blanco, es el arcoíris. Todos los colores. Aunque, bueno, dejemos esto por la fácil, y sigamos llamándolo asesinato gris y no asesinato arcoíris, que aparte de sonar ridículo, le quitaría seriedad al asunto. La policía llegaría consecuentemente por el cuerpo. Los presentes se fueron retirando en silencio ya que el espectáculo se había acabado, el silencio propio del desinterés que es, tal vez, el más mortífero de todos, además de que tenían poco ánimo de algo hacer, y mucho menos de arrepentirse por alguien que no les hubo causado ni la más mínima de las impresiones en sus sentimientos o emociones. Además, no olvidemos que por el momento, las conglomeraciones estaban prohibidas por ley. Nadie gritó por miedo, ni de susto, de sorpresa ni sobresalto, tampoco de desesperación al ver el cuerpo cayendo. Los niños hasta dejaron de llorar, pues habían dos ahí, llorando a las lonjas de su madre. Ningún animal se acercó, ni siquiera por seguir las imperiosas necesidades que podría tener, más bien se mantuvieron al margen de la gente pensando Estos pobres diablos siempre fijándose en el mal rato del otro en lugar de fijarse en el mal rato propio. Caminando lento iba el joven de preparatoria, paso propio del que está dolido pero no debe mostrarlo a los demás, mucho menos a los buitres. Llegó a la parada del camión, pagó, y oró  por encontrar un lugar vacío que le permitiera descansar del dolor, y vio que así era, al subir, y así vemos el caprichoso oír de las deidades, que no les pareció imperioso evitar la muerte de una mujer por cualquier medio, tanto como haciéndola cambiar de opinión o usando sus grandes poderes inmaculados y permitiéndole volar para no golpearse contra el suelo; en cambio, decidieron permitirle a un joven en la flor de la edad darle un lugar para sentarse en el transporte público para que este pudiera llegar a casa. El dolor cedió, por fin, se apaciguó, pudo respirar en paz, sentir una perlada capa de sudor en su frente por aguantar dicha pena física. Pudo él, con los ojos cerrados como si durmiera, despejar su mente. Así aprovechamos este descanso mental del joven de preparatoria para aclarar una duda que, posiblemente se ha presentado, y es que se ha mencionado casi con suma insistencia, para hacerlo notar indudablemente, este dolor físico, y la razón, el porqué es la Rebelión de los Marcianos, que también fue mencionada con anterioridad pero dejada flotando al aire como si fuera un asunto de poca importancia. Pareciera atrevido, más de lo normal, pues ya la narrativa en sí lo es, hablar de marcianos; no obstante, si alguien se ha imaginado enanitos verdes de ojos ovalados, oscuros, con armas de plasma, platillos voladores y mentes maquiavélicamente efectivas; lamentamos informarle que está equivocado. Recordando y parafraseando deficientemente, la alienación es la que está en aquella persona cuyo pensamiento está fuera de lugar, y estos jóvenes hicieron mofa de lo mismo con su título autoadjudicado: los Marcianos. Eran cientos, miles, y pululaban de todos lados peor que la peste, las ratas, las cucarachas o las moscas, peor que el rocío, el agua del mar, la sal o la estupidez humana. De esto no hubo mención, porque no era probable que sucediera. Si alguien decidiera ir de vuelta a páginas arriba a buscar lo relacionado a la Rebelión de los Marcianos, no lo encontraría. ¿Por qué? Agradezcamos que hay preguntas y no desinterés. La Rebelión de los Marcianos fue una explosión rebelde de estudiantes. Se originó por la visita del presidente a una universidad privada, obviamente, pues su finalidad era escuchar a la juventud. Fue fuertemente cuestionado por sus medidas financieras y sociales, principalmente aquellas que tocaban el aún delicado tema de los presos emocionales y los campos sentimentales, de aquella gente que era privada de su libertad por ser faltas de pudor o pereza. El trastrabillo continuo del presidente causó burlas y originó el abucheo ante semejante muestra de no estar preparado, y su pobre habilidad de respuesta, además, resultó decepcionante. Como dicen por ahí, lo corrieron, y más parecía perro con el rabo entre las patas. Ante semejante humillación ante la máxima figura política causó una respuesta gubernamental, la de tomar represalias contra esos estudiantes que comenzaron el tumultuoso acoso y consecutiva expulsión del señor presidente, y fue así que, a partir del embarazo, la unión se dio cabida ávidamente. En un principio, incluso cuando los videos corrían en medios sociales como si de una broma viral se tratara, nadie creía, pues era más conocida la indiferencia de la juventud del momento respecto a los temas sociales o cualquier cosa que tuviera que ver con algo fuera de ellos mismos, pues sus mayores preocupaciones eran las de estudiar para volverse esclavos contemporáneos y así no sufrir lo que sus padres sufrieron; que su compromiso con su sociedad que los hacía crecer casi a la fuerza. No creían que los estudiantes algo quisieran hacer por su país. Se organizaron pues, para acallar la crítica negativa a la base, la juventud del sistema, y este fue el momento cuando tomaron la denominación de la Rebelión de los Marcianos, justo de esos que no se esperaba nada, el movimiento que hizo temblar al gobierno en turno. Cuando hablamos de este tipo de movimientos es común pensar que los intereses personales de los líderes son los preponderantes y los mismos en torno a un egoísmo ilimitado, sin embargo, esta creencia se rompe cuando se trata de estudiantes, pues estos son los seres sociales idealistas por excelencia, así que generalmente son apaciguados por las demás mayorías; si estos, los estudiantes, se despiertan, nada, excepto la muerte, puede interponérseles. Esto, tal vez, sea cierto también porque es frecuente que la flor y la juventud se vuelvan la flor de la juventud, y siempre es un doble femenino genérico que nos trae a la mente, al menos cuando de edades avanzadas se trata, el mejor momento de la vida, el pensamiento se vuelve positivamente optimista, una nostalgia de agrado y bienestar, bondad y amor. El movimiento vertiginosamente se popularizó, la gente contribuyó, se entonaron sublimes himnos, canciones beatificantes se crearon, rezos inmaculados se elaboraron, gritos guturales al cielo se elevaron, el coraje reprimido evidenciaron, propuestas fundamentadas se elaboraron, reuniones, juntas y logros se celebraron, cuadrillas unidas se organizaron, los temores y terrores en cólera enjundiaron, madres santas se mentaron, colores espectrales de espectro se crearon, ilusiones esperanzadoras alimentaron y arraigaron, trabajo incesante realizaron, una nueva luz en el horizonte dibujado de tonos pastel dilucidaron, lazos de hermandad donde antes no habían al rojo vivo se forjaron, cuerpo alma y mente fue de lo que el hombre estaba conformado, comodidades y absurdos desacuerdos abolidos, y esta nación en el grito de juvenil justicia se unió. Los gobiernos temblaron ante eso que era su base: la juventud. No hay peor arma, ni más efectiva, que esa: la idealista juventud. Justicia idealista juvenil. Rumores de necesarios golpes de estado para aplacar las energías no se hicieron de esperar. Los Marcianos ya se escribían con mayúscula, cosa que, para efectos literarios, marca una diferencia, sí de una letra, pero de todo un libro en potencia también. Sólo por esa letra. Y los Marcianos adoptaron su vestimenta: blanco, todos de blanco, y en silencio, justo con el opuesto rectificaban su poder, pues se esperaba ruido, música y alegría; pero fue con el blanco de la esperanza y el silencio de la muerte con lo que hicieron temer a los más poderosos. Silenciosos todos, tomados de las manos y del aliento mutuo. Uno, diez, cien, mil, un millón, millones. Entonces celebraron la marcha de las Tres Entidades Marcianas para rectificar sus pedidos a los gobiernos, cosas de justica, como la liberación de los presos emocionales y la caída de los campos sentimentales. Las Tres Entidades Marcianas juntas: extremos pobres, pobres y clasemedieros. Y el gobierno actuó en silencio también, el de la muerte. Los llamaban buitres. ¿De dónde salieron esos? ¿Quiénes eran los desconocidos del guante negro? Las vialidades se cerraron. Grotescos y pesados tanques invadieron las calles. Los otros marcianos, los de eme minúscula, los verdes que extremidades no tienen pero sí un enorme falo escupe-fuego que aparecieron tan repentinamente como se parpadea. Acorralaron. No veían el peligro, pues a paz se devuelve paz, pero en este caso se devolvió, sí, paz, pero en forma de onomatopeya. El helicóptero surcó los aires. Las bengalas en el cielo se extinguieron.

Mátenlos. En. Caliente.

Y la lluvia de estrellas fugaces demostraron la fugacidad de la vida misma de los Marcianos. Uno, dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro, cien, seiscientos, mil. Incontables los muertos. A manguerazos lavaron la sangre que corría más que presa desbordada, y al día siguiente empezaba el noticiero con algo como Buenos días, soberanos, hoy se espera un día despejado con un sol brillante en el horizonte…

El joven de preparatoria estuvo encerrado en un clóset por seis días, salvado por una familia de samaritanos que la vida se jugaron en su haber. Al séptimo, esperando el caos de una lucha civil, se encontró con la sorpresa: todo se repitió, nada pasó, como siempre, como el tiempo y espacio así lo comandan. Nada había pasado. Y en eso pensaba mientras agradecía al camión, y no al camionero, que iba lento por las calles, pues era cosa común que, temerariamente, imbéciles decidieran pasarse justo por debajo del puente peatonal los peatones, sin temer a perder la vida, pues ya muertos no se darían cuenta de lo que perdieron. De todos modos, podemos pensar, un vivo es único aunque entre la multitud se encuentre, pero al momento de morir es una estadística, un impersonal y sobrante y abundante número. Sin instinto de supervivencia, todos rogaban ser números. Habían los que no usaban cinturón de seguridad, había los que fumaban, los que bebían hasta el hartazgo del hígado y manejaban, los que jugaban con fuego, los que saltaban de edificios, los que pasaban la vida en antros de mala muerte, los que se caían en absurdas depresiones, los que el cuerpo abotargaban con chatarra, los que se infringían daño, los que drogas se metían, los que a la ruleta rusa jugaban, los que desafiaban a la autoridad, los que delitos cometían, los que enemigos creaban, los que se infectaban con enfermedades mortíferas, los que la contaminación no reducían para respirarla día a día, los que al sedentarismo se abandonaban. La gente, simple y sencillamente dejaba de querer o necesitar vivir. Esto pasó, y nos diremos que en un par de días, porque fue tema de un solo capítulo, pero no, pues esto sería irreal, sino que empezó a suceder desde el inicio de este verídico testimonio. Distraídos estábamos. Justo lo que con la nota la gran periodista caída quiso dar a conocer, pues hasta ella, la líder de opinión, necesitó del valor joven muerto para hacer algo, necesitó de ellos, ya idos, para demostrar el valor y el coraje para poder mostrar lo que sucedía. Vaya cosas de la vida que cuando algo parecido hacen dos personas diferentes en su haber y en su ser, las mismas consecuencias sufren, casi como si su individual destino ya hubiese estado escrito de antemano.

Hundido, vacío y sin miedo, el joven de preparatoria calzó el pecado: blanco; blancos tenis, blanco pantalón y blanca playera, de su casa hasta el palacio de gobierno caminó, en silencio, ya muerto, desde la mañana quedó ahí, al frente, solamente observando, junto con otros treinta y un individuos vestidos igual, de blanco. Marcianos. Y ahí se quedaron todos, solamente mirando de blanco. Quedaron ahí veinticuatro horas. Al día anterior de estos treinta y dos, hubo dieciséis, al anterior ocho, al anterior cuatro, al anterior dos, al anterior la única que vio el secretario de seguridad, y al siguiente de los treinta y dos habría sesenta y cuatro. Temblaron de nuevo en palacio de gobierno. Sin embargo, antes de los sesenta y cuatro individuos de blanco, a los treinta y dos, entre los que se encontraba el joven de preparatoria, desaparecieron.