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Hay muy pocas figuras tan enigmáticas, tanto en la literatura como en la vida cotidiana, como la de la prostituta, tanto en su trato como en su imagen, lo que se piensa de ellas, lo que se dice de ellas, lo que representan, lo que son, lo que querrían ser, cómo querrían ser, por qué hacen lo que hacen… Son tantas las cuestiones que nunca acabaríamos. Comenzando con cómo llamarlas. No se tome a mal el título, es que esa es una concepción enteramente latina: llamar puta puede tener dos acepciones, la de la ofensa vulgar o la de la figura de respeto, que de alguna forma tiene, en la literatura latinoamericana.

Desde un tiempo para acá me había percatado de un trato diferente entre la literatura europea a la latinoamericana en torno a las prostitutas. Yo me había dado cuenta de esto pero no sabía cómo exteriorizarlo, cómo hacerlo visible para explicarlo. Además de que no tenía a quién externarlo así que lo dejé guardado. Sin embargo, y tomaré dos ejemplos que son los, en mi lectura, los más actuales que he tenido en mi poder: “La novia oscura” de Laura Restrepo y “Nana” de Émile Zola. El segundo fue un regalo de mi querida Lucy. Y justamente, como me lo regaló y lo voy comentando con ella, entre ambos descubrimos esa diferencia.

Este superficial análisis va en torno a lo poco que yo he leído de literatura y, obviamente, a lo que queda en mi mente guardado en el recuerdo.

Nana es una mujer de una belleza exorbitante, y sólo falta una lectura a su primera aparición tanto en el libro como en la obra de teatro narrada en el mismo. Se genera una expectativa en las líneas previas a su acto que incluso la propia imaginación, tanto del personaje como la del lector, comienza a jugar de forma extraña y hasta ligeramente enajenante. Sin embargo, al aparecer ella, hay al inicio cierta decepción tanto con su voz como con su físico. No es hasta que su personalidad y su cuerpo enteramente desnudo pero cubierto con un velo transparente (no es como lo describen en la novela, pero esa idea se da) cuando la gente se enajena con Nana. Nana tiene la capacidad de hacer que todo se vuelva a lo que ella quiere, que todo se lleve a cabo como quiere, y controla a los hombres como quien controlaría un personaje de un videojuego. Todo le sale bien de un inicio, la suerte está a su favor (no lo he acabado hasta el día de hoy 27 de marzo del 2020, así que el final, si es malo para ella, sería consecuencia karmática, se lo merecía; si no, sigue en su rol de puta insuperable). Sin embargo, hay una maldad andante, un berrinche odioso, un capricho desagradable. Nana en su papel de puta resulta patética, descarada; como diría yo en mi vida cotidiana: inmamable.

Vámonos al otro lado, dejemos Europa, Francia en específico, y vayamos a América, Colombia, y ahí está la Sayonara. Una muchacha que desde joven quiso ser prostituta. Recuerdo muy bien que en sí, Sayonara no tenía un cuerpo envidiable, a diferencia de Nana, que entrada en carnes, era codiciada por grandes y jóvenes. La historia de Sayonara se desenvuelve en una situación de pobreza y del capitalismo recrudecido: las empresas petroleras que extraen todo el oro negro pero poca riqueza dejan a quienes lo dan, a quienes se lo roban. Si no, no sería robo, ¿cierto? La cosa es que Sayonara no tiene esta belleza envidiable, subjetiva sobre todo, pero algo la vuelve leyenda. Ella lo dice en la novela “Voy a ser puta”. Hay una motivación que raya, literalmente, en la superación personal. Con todo y todo que, Restrepo lo dice muy bien, la representación mental de cada leyenda es distinta en cada persona; esto quiere decir que la del lector también es distinta. Sin embargo, tanto a la Sayonara como a las matronas, como a quienes la cuidan, quienes han leído putas en Márquez, Vargas Llosa, la sublime y genial Restrepo; verán que hay un aura místico en ellas: son deificadas, parecen santas, el velo no es uno literal, sino uno etéreo, uno provocado por la imaginación y la leyenda; son figuras de respeto como lo sería un doctor.

Tomando a estas dos, a Nana y a Sayonara como representantes en general: son de carácter fuerte y hacen las cosas porque creen que así deben ser hechas. Coinciden en que se plantean un objetivo y lo logran. Ahora, ¿por qué las putas latinas son figuras míticas (al menos en las corrientes del realismo mágico y lo que tenga matices del mismo) y las europeas, al menos las representadas por Nana (y en un general visto en Miller y Palahniuk, por ejemplo) son patéticas y hasta absurdas? Porque la europea lo hace por lucirse, por hacerse notar, por mostrarse superior a las demás mujeres; mientras tanto, la latina lo hace por necesidad, porque debe salvar a su familia, cuidarla, porque quiere. O sea, la europea quiere algo y recurre a actos de prostitución; la latina lo hace porque debe, porque no hay de otra. A lo mejor es por eso que la latina se beatifica a sí misma a través del sentimiento, a través de la leyenda que se construye a su rededor; mientras tanto, lo único beatificado de la europea es lo material, su cuerpo, su logro socioeconómico.

Ambas son superiores al hombre, eso que ni qué, y ambas tienen formas diferentes de lograr lo suyo. Nana usa el cuerpo y sus dotes femeninos para obtener riquezas, roles en obras de teatro, para que los hombres e incluso mujeres hagan lo que ella quiere. Sayonara hace lo que quiere: su leyenda se forja no tanto por su delgaducho cuerpo, sino porque se sale de lo normal, es marginal: tiene un foco violeta para recibir a los peludos, a los que regresan de trabajar de la planta extractora. Además, Sayonara, los trata como si pudiera darse el lujo de hacerlos menos: elige con quien se va a acostar y con quien no. Entonces, si bien, ambas demuestran una personalidad imponente: en Nana es difícil ver algo que salga de lo normal, algo que la vuelva única además de su cuerpo y su atractivo sexual; Sayonara, en cambio, es única, se comporta diferente, no necesita demostrar con riquezas descomunales lo que la vuelve leyenda, que es su misma persona.

Es un tema complejo debido al aura de tabú que lo envuelve, sin embargo la literatura es el arte ideal para escribir sobre lo que en la vida real a veces no nos atreveríamos ni a hablar. Ningún estilo literario es menospreciable ni desdeñable, cada uno tiene sus fortalezas, sus diferencias, depende mucho de lo que a uno le gusta para preferir uno o el otro, sin embargo, el trato que se le hace a la figura de puta en esta comparación hecha es sólo en el posible imaginario creado en el lector. Nana tiene una descripción fina, preciosa, una narrativa impresionantemente construida; La Novia Oscura juega mucho con magia sin llegar a ser realismo mágico, construye una leyenda donde parecería imposible en una primera instancia lograrlo, todo ese libro es una seducción casi sublime y subliminal. Uno es elegante, el otro es pintoresco; uno es un castillo, el otro es una jungla; y a pesar de que sí, que hay de putas a Putas, todas tienen lugar en este paraíso letrado llamado literatura.