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¿Cómo estás?, Yo apenas llegué, y bien, gracias a dios… No, no te preocupes, no me mareé en el avión, creo que por eso de lo que pasa, hasta leí, imagínate… Sí, a lo mejor. ¿Y cómo está mi hijo? Bien, supongo… No me digas, ¿ya lo llevaste al doctor?… Qué bueno, mi vida, qué bueno que ya esté bien. Dile que lo quiero mucho… Ja, ja, ja, Pues que no entienda, no me importa, dile que lo amo como a mi vida, quiero que sepa que su padre lo ama… No, tiene a la mejor madre de todas, a toda madre su madre… Pues espero regresar pronto, tengo entendido que venimos de visita… Obviamente…. Ja, ja, ja, la mía, tú eres la que pregunta, de lo único que soy culpable es que no soy capaz de mentirte, es todo… Ay, o sea, ya sé, pero no tanto como yo te amo a ti… Tienes razón, la cama llama, será mejor que vayamos a dormir… Te amo yo también, cuídateme mucho, amor… Te amo yo también, nos vemos pronto.

El detective no quiso, pero tampoco pudo evitar escuchar toda la conversación, y no solamente eso, sino sentir el amor y ternura, así como no pudo evitar llenar todos esos espacios vacíos. Si hablamos de perfeccionistas, el ser humano es el experto en eso, más cuando se trata de cuestiones de comunicación, pues somos totalmente contrarios a la idea de no tener algo que llene otro algo vacío, pues eso sería un vacío en uno mismo. Entonces, incluso aunque no tenga tanto sentido, llenamos esa ausencia con una presencia. Además, debemos aceptar que no podríamos soportar el hecho de que el adulto joven estuviese hablando solo, ya sea porque esté loco o que fuera un genio que tratara de engañar al detective en un cruel juego de horrores; aunque, en sí, no hay diferencia entre ambos, pues bien sabemos que el genio habla solo, y el loco sólo habla. Es que ambos son especiales en ciertas cualidades que las personas no-locas no tienen. Tampoco nos toca enumerar estas cuestiones entre personas locas y no-locas, pues eso convertiría a este verídico testimonio en un vulgar manual de psicología práctica, que bien sabemos, no puede ser práctica, sino ecléctica, y la diferencia radica en que si de verdaderas ideas en la cabeza de la gente se trata, no se puede reducir a un mero intento de comprender solamente una idea o una problemática, sino que debemos de tomar en cuenta una cuestión toda holística. Ahora, si somos minuciosos en la llegada a este lugar, al que su avión tuvo que llegar porque así marcaba el destino, pues lejos de donde habían pasado su vida están ahora; nos daríamos cuenta que no por eso dejaron de estar en un lugar conocido. Además, veamos que el detective también tuvo una charla por teléfono, algo diferente, pero con una cuestión en común: que había que ocultar cierta información que no podía ser dicha en una línea de teléfono que, de sobra sabemos, está siempre interceptada, espiada e interconectada con unidades de inteligencia gubernamental.

Sí, llegamos… Puede repetirme la… Gracias, ¿a qué hora?… Hasta que el sol se caiga… Bien, gracias, Palerdo.

Y ya, fue todo. Ni más ni menos. Vemos que estaban concentrados en recordar un bobo estilo de películas de espionaje, o sea, se sentían casi como en una película o una narrativa pobretona que apenas puede construir una conversación en clave. Y seamos serios y sinceros, que si las líneas estuvieran interceptadas pues, como ya vimos, rebeliones fuertes como la de los Marcianos y una más que está en proceso, se han desatado; una conversación en clave con un o una tal Palerdo que se desarrolle, lejos de alejar dudas, despertaría más, pues a diferencia de la conversación que desarrolló el adulto joven, la del detective, a todas instancias, podemos ver que la mayoría de las frases fueron interrumpidas en una especie de ansia que se quería hacer notar. Hablando de ansias, el detective, desde que vio a la mujer, que para recordar, era la jefa del periódico, la había tenido presente constantemente, sin importar lo que hiciera, ella era lo primero que a la mente le iba y venía. Y como la narrativa se trata de emociones, sentimientos y otras abstracciones, dicen que si de verdad a alguien amamos, es justamente esa persona la que en primera instancia viene a nuestro confuso pensamiento. Es esta persona pregunta y respuesta. Eternamente. Como un ciclo sin fin, al menos hasta que otro ciclo viene a tomar su lugar. La ha tenido a ella constantemente en su pensamiento, es ella lo primero que a su mente venía, sin importar lo que hiciera, era ella pregunta y respuesta, adicción e inanición. Sí, son cosas que no tienen relación alguna, pero están ahí, sin embargo, en la mente. Pues así, concluyendo prematuramente, que es esa persona que primeramente viene a tu mente a la que más amas. Es esa persona la respuesta. No seamos limitativos y permitámonos, por el bien de todos, cualquier tipo de amor, pues si quien primero viene a nuestra mente es la novia, el amigo o el hijo, o quien sea; no quiere decir que si no está acorde a lo que está socialmente aceptado como amor, es ya una enfermedad en la mente. No caigamos en el error común monstruoso, pues es monstruoso por ser tan grande. Pensemos que el amor es justamente el interés del bien de aquella persona en la que pensamos en primera instancia, que su bienestar es nuestro bienestar, que su seguridad es nuestra seguridad. Hay varios tipos de amor, de eso no nos olvidemos, aunque todos englobados en uno solo, el amor per se. Sin embargo, el detective se veía embargado por la creencia de que sus razonamientos por los que ella estaba siempre en su mente no eran los considerados correctos, pues ambos, lo único que habían perdido es lo que los hacía humanos, no eran más que el resultado del pasado, o sea presente, y sólo por añadir, curiosamente, el futuro, que es el presente que aún no quiere suceder. O sea que vemos reducida la existencia a un mero suspiro pues, el presente, al ser, es pasado, y al mismo tiempo es constructor del futuro, por lo que podemos deducir que todos somos solamente un tiempo, el presente, el verbo ser: somos, soy, en caso de ser un ser individual, que es la situación de todos en realidad, y más valdría la pena decir que la ilusión no es ser individual, sino comunidad. Ya que desviamos la narrativa a cuestiones de ser o no ser, dependiendo de la persona, puede que la ocasión dé a que su actuación sea una mentira, pero nosotros mismos siempre somos, pues incluso cuando actuamos o mentimos, sabemos que somos, sabemos que hacemos lo que hacemos, conocemos nuestras mentiras y las reconocemos como tal, pues podemos ilusionar a cualquiera, excepto a nosotros mismos, por más que lo intentemos, incluso hablando de problemas psicológicos, siempre sabemos quiénes somos, y eso bien podría ser la verdad universal que tanto buscamos en cualquier medio que a la mente nos venga. Todo esto que bien parece una innecesaria interrupción, nos da su razón de ser al momento de saber que el detective, quien tal vez necesite de esto para justificar su pensamiento y no sentirse menos de lo que cree que la mujer se siente. Se sentía solo en estos momentos. Para ahorrarnos palabras que ya se extendieron demasiado, deseaba él que ella sintiera la garganta embargada de tensión al hablar con él, por la razón que sea, pues ambos tenían todo el tiempo venido y por venir en la mente, y ambos en la misma irrealidad inconexa de una mera fantasía tratada de ser aterrizada en la realidad. Él solamente deseaba que ella también deseara. Es todo. Punto final.

Fueron a dormir, y si sueños tuvo, no podemos asegurar, como habíamos dicho, el detective tendía a confundir lo que pasó con algo imaginario meramente. No sabía si lo que había sucedido en la realidad era tal, o si lo que no había sucedido era un sueño que quería ser realidad. Y es que, si nos ponemos a pensar en la situación, no podemos ni siquiera nosotros mismos marcar una verdadera diferencia entre lo que nos es un recuerdo y un sueño, pues ambos son lo mismo: una borrosa visión de lo que somos. Y él, el detective, como ser humano de los saludables, tendía a confundir su recuerdo con la mera fantasía, incluso queriendo éste ser borrado ignominiosamente, pues cuando algo nos es doloroso, sería prudentísimo y de sobremanera agradable el poder tener una especie de botón o a nuestro servicio alguien que nos permita borrar ese desagrado como se borraría algo de un aparato electrónico, y sin vuelta atrás, obviamente, para no recaer en el mismo error. Debió ser una decisión tomada por lógica, pero decidimos alargar tanto la búsqueda que se volvió una excelente corretiza de teoría y algunas explosiones de acción que también son necesarias para mantener el hilo de la tensión e interés, y era una narración bastante floja, pero con un argumento consistente. Pudimos haberlo acabado antes, pero decidimos no hacerlo, creemos que porque también necesitábamos algo de acción, algo que nos hiciera sudar y darnos cuenta de por qué vale la pena vivir. Sin embargo, lo que no pensaba en ese entonces el que era detective, era que la historia, a pesar de haber sido su propia vida, era demasiado grande incluso para él mismo, casi como si fuera una inspiración divina dada en un momento específico, una inspiración que necesitaba materializarse y que solamente tuviera a la mano a un escritor de segundo nivel. Imaginémonos, para dejar claro este punto y así dilucidar qué tanto pueden crecer las vidas, a un ángel al que dios le dijo El hijo de dios habrás de elegir para llevar mi palabra e institución a la tierra, y viajando estaba por tierras lejanas, porque son mejores para estos guiños y ejercicios de imaginación histórica, se encontró con una pareja copulando, así que dijo el ángel Pues ahí está tu hijo, dios, que así sea. Así habría viajado esta inspiración, esta idea, y llegando a la cabeza de un joven impresionable fácilmente en que su cabeza generaba las mejores historias originales, uno que quería plasmar por medio de la letra y pluma en mano una nueva historia, o al menos eso quería creer él; dejó de ser virgen, porque hay de esos pocos bondadosos que creen que la virginidad se pierde en la cópula, no saben que el escritor copula con una idea, y da a luz, como quien dice, al momento de escribir. Entonces iba el detective de aquél tiempo, que ahora, en el presente, para tratar de esclarecer el asunto, era un trabajador de gobierno, un servidor público, cuando una llamada recibió. Diga, Cómo estamos, mi buen detective, Cómo es que me llamas, La tecnología permite milagros, mi buen detective, es esta la transfiguración de dios de una mera idea a la realidad, Bien sabes que a eso no me refiero, Bueno, pues, soy libre, No puede ser, y no sólo libre, sino también estoy a punto de romper la libertad de alguien más, pues voy a vengarme, pero no voy hacia ti, mi buen detective. Y colgó. Alebrestado, el en ese entonces detective, sudó frío, pero mantuvo su cabeza fría, cosa que le otorgaría su futuro puesto en el gobierno, y una mala idea llegó aniquilando sus nervios, porque si bien, las ideas artísticas permiten el nacimiento de algo hermoso, las hay las que como bomba llegan y el efecto contrario tienen en la mente y cuerpo de quien las recibe. Esto que acabamos de mencionar, el ahora detective, el que nos ha mantenido en presencia desde el inicio de este verídico testimonio, quien alguna vez también fue un adulto joven, como todos, no podría hacer nada más que imaginárselo, pero algo así debió de haber pasado, palabras más, palabras menos, y una llamada recibió en aquel entonces que aún no era detective. Diga, Amigo, debes salir de donde estés ahora mismo, Qué, Me oyes: ve a palacio de gobierno, a una jefatura, no sé, pero sal de ahí ya, el asesino va tras de ti, Pero lo encerramos, ya podemos regresar a nuestra vida normal, Toma a tu familia y sal de ahí antes de que sea demasiado tarde, huye, Se escapó, Huye ya. Alebrestado y con el corazón a tope, dijo a la que era en ese entonces su novia Nos vamos, Qué, Porque vienen por nosotros. A su auto subieron él, su pequeño retoño y su novia embarazada, ella del cabello rojo y mirada envidiable, y salió rechinando las llantas de su auto, y ay del gran escritor de la vida o del destino, que en la intersección no les dio cabida para la posibilidad de aminorar la marcha, cosa que habría cambiado radicalmente la Historia y que, incluso, habría negado la existencia de estas líneas. No aminoraron la macha, y el auto chocó de su lado, del conductor, y los vidrios en su rostro sintió, y fue su último recuerdo de su familia, un recuerdo ahogado en un grito ensimismado y estridente de la que fuera su novia y de quien fuera su pequeño hijo.

Despertó el detective sobresaltado y con el dolor punzante de los vidrios rotos en su rostro, y ese silbido que escuchamos cuando un ruido muy fuerte nos ha atontado. Recordó ahí, sentado sobre la cama, que su amigo había ido directamente hacia él al enterarse de la noticia, justo después de que hubiese tenido la última conversación con su novia y él se quedara solo con una lágrima vuelta luciérnaga. Estaba él viendo a su hijo dormitar, y pues al menos eso parecía, a ese niño de negros cabellos, eso había dicho a su mujer, que dormía, y de no ser porque su torso no se movía hipnóticamente por la normal respiración, se lo creería el también, porque también necesitaba creerse que esto no era más que una terrible pesadilla de la que ya debía haber despertado desde hacía mucho tiempo. No volteó la cabeza al escuchar la puerta de la habitación de su hijo del hospital abrirse, pero en seguida reconoció la voz, pues era la misma que le había advertido por teléfono lo que sucedería, voz que ahora consideraba una total infamia. Lo siento mucho, amigo, De no ser por tu llamada, te das cuenta, de no haberme dado esa alerta, estarían vivos ellos, o yo muerto con ellos, que sería mucho mejor que esta terrible pesadilla de vida, No fue mi intención, y tú mejor que nadie lo sabes, yo solamente quería protegerlos a ti y a ellos, Los mataste, Por favor, amigo, no es así, no me cargues criminalmente con un peso que no podré soportar, no soy un titán, Tú ya no eres mi amigo, ya no somos nada más que una vana irrisoria ilusión.

Y su mejor amigo había muerto para él.

Laváronse, vistiéronse, calzáronse, perfumáronse y salieronse en busca del abstracto que habían venido a visitar. Decidieron usar el transporte público para así perder su propia conversación con la de los demás y pasar inadvertidos.

–¿Te dijo la mujer cómo lo encontraríamos? Porque de qué serviría tener un código tan interesantemente elemental.

–Eso solamente si hube yo decodificado bien la información.

–¿O sea que no estás seguro?

–Al cien por ciento, no, pero ahí, justamente, radica la belleza de conocer.

El adulto joven gesticuló en una especie de reprobación, al menos momentánea, al no comprender bien lo que el detective quería decir o quería dar a entender.

–Me es confuso, pero tú eres el experto en esto. Para ser sincero, pensé que el primer paso era hundirnos en una búsqueda prolongada en los archivos del gobierno.

–No los tenemos a la mano, pero podemos tener nuestra propia fuente de información sin que, por no ser la oficial, sea desdeñable.

–¿No lo atacarán en caso de que llegaran a saber que con él hablamos? O lo mismo con cualquiera de los demás abstractos que visitaremos.

–He elegido abstractos estratégicos, si los atacan, bien podrían traer el apocalipsis antes de tiempo, no este sufrimiento que están causando en tanta alevosía.

–Y vaya que no queremos eso, el fin, aunque en realidad ya está en proceso.

–Estamos en problemas, pero eso no significa que ya sea el fin, recuerda que necesitamos bajos y altos para poder vivir. A fin de cuentas, si no hubiera problemas, tampoco reconoceríamos la armonía.

–Vaya que eres el hombre que lo sabe todo.

–Llegamos.

Se bajaron en la biblioteca del lugar.

–Entonces sí haremos una búsqueda bibliográfica como tal.

–No me digas que no te interesa la idea –dijo al adulto joven mientras caminaban a la fuente de la sabiduría, la única que proporciona la eterna juventud: el conocimiento, pues éste, aunque o sea sabido, nunca muere al en un libro estar.

–Para nada, como maestro, he de admitir que mi primer amor fueron los libros, eso antes de conocer a mi novia. Y aún así, leer es para mí lo primordial de mi vida, al menos en el aspecto de conocer.

–Creo que tú y yo seremos muy buenos amigos, y de por vida –dijo al adulto joven palmeándole amistosamente, y con cierto paternalismo, la espalda. El adulto joven sonrió como lo haría el niño pequeño al que le habían condicionado la decisión entre sus dos dulces favoritos, que solamente podría elegir uno, pero que al final de cuentas terminaran por proporcionarle ambos.

El silencio en el recinto era como sumergirse en agua, pero éste, a pesar de entrar por los oídos, daños no causaba, y lejos de quitar la respiración, daba y enriquecía la vida. Caminaron ambos por entre los verdaderos pilares de la tierra: los libros, los únicos capaces de sobrevivir a los embustes del tiempo y sin por eso dejar de ser contemporáneos.

Y el detective lo vio. Un lector poco observador podría darse a dudar y preguntar: ¿Pues cómo es que lo vio si ya dijo que no había, tal vez, decodificado bien el mensaje? Pues bien, diremos que fue instinto, que es conocimiento primordial, el que más parecido tiene hacia los libros. Así como cuando ya sabíamos el nombre de una persona desde antes que nos los dijeran.

–Es él –susurró.

–¿Cómo lo sabes?

–Eso no lo sé, pero lo sé. Vamos.

Era un hombre de abundante bigote café oscuro y barba minuciosamente recortada, y a su lado, una niña de unos diez años, de gran parecido a él, que también, como su padre, devoraba un libro. Y decimos devorar literatura porque, entre los placeres más hermosos de la vida son estos los que la batuta llevan, junto con el sexo: comida y libros, ambos necesarios para la vida misma.

–Buenas tardes –dijo el detective con voz baja.

–Consultas escolares solamente en mi cubículo, en el horario establecido, pues saben que en la biblioteca no puedo ayudar, ya que es mi tiempo –dijo con serena voz, sin siquiera despegar la mirada de su libro. Algo sobre las revoluciones sociales.

–No es una consulta escolar, sino un tema muy particular del que, nos dijeron, usted era el mejor. Venimos desde lejos a solucionar nuestras dudas.

–Insisto, no es horario. Las consultas podrán esperar hasta luego, más si es de un tema, como dicen, particular.

–Pero el olvido no espera, ¿cierto? –dijo quisquilloso el adulto joven, y casi con una sonrisa, y continuó–. Sólo llega, de improvisto, como nosotros.

El abstracto-olvido por fin despegó su mirada del libro y les entornó los ojos, vivaces y profundos, de un marrón tan oscuro como su barba.

–Interesante tema el del olvido, ¿verdad? –reforzó el detective.

–Hija, ve por un libro, vamos a jugar a predecir el futuro, veremos que sí es posible hacerlo.

Con brillante y vivaz mirada, ella salió en dirección a la sección de literatura juvenil. Luego, el abstracto-olvido, dijo a los recién llegados:

–Interesante forma de abordar plática la de ustedes dos.

–Nos trae un tema urgente, como podrá darse cuenta.

–Y no son de gobierno, supongo.

–Trabajamos  de forma independiente, por nuestra cuenta, señor abstracto-olvido.

Entornó de nuevo sus ojos, pero no con sobresalto ni alarma.

–¿Cómo saben quién soy yo?

–Tenemos nuestras fuentes.

Abrió un poco su saco y les enseñó una cajita diminuta en la que un botón rojo yacía. Lo tomo firmemente.

–Si lo presiono, los matan. Por eso no quería a mi hija aquí, no son de las cosas que una menor deba ver. Y nadie se enterará, además. Ni siquiera sus fuentes.

–Entonces nos condenas a todos. Y no se le irá de la mente, no lo olvidará.

–Como lo saben, no olvido nada, sino no sería el abstracto-olvido. Pero eso no quita que quiera salvaguardar a los míos.

–Entonces no olvidarás tampoco la culpa que sobre usted recaerá en caso de que estos problemas que afrontamos se agudicen. Y mucho menos el arrepentimiento, pues en no olvidar radica el mismo –dijo feroz pero educado el adulto joven.

–¿Arrepentimiento de qué?

–De poder haber hecho algo. El “hubiera”, se volvería en ti una plaga.

–La cosa es que si tú no hubieses olvidado, no estarías aquí –dijo el abstracto al detective, quien se vio confuso a los ojos del adulto joven, por primera vez desde que lo conoció. Luego agregó el abstracto-olvido guardando el botón del pánico–; no obstante, como maestro, una buena plática de intelecto siempre es bienvenida.

La bibliotecaria, avejentada, se acercó y dijo al detective y al adulto joven:

–No hay que hablar en la biblioteca, y mucho menos molestar al profesor. Les tengo que pedir que se vayan.

–No, no, no hay problema, es sólo un viejo amigo –dijo el profesor a la bibliotecaria, que se fue ceñuda, con un cauteloso observar a los recién llegados.

–Propongo que vayamos a cenar a mi casa, al menos ahí tendremos ciertas libertades, porque, como verán, los agentes encubiertos están por todos lados.

–¿Nos tiene la suficiente confianza como para invitarnos a su hogar?

–Digamos que quien ya fue bienvenido una vez, lo será de nuevo.

El olor es lo que determina un hogar, y si somos estrictos, hogar y casa no son lo mismo, incluso cuando un hogar no es propio, no por eso se vuelve una casa, pues hay algo en el hogar, digamos, una especie de energía y un sentimiento de paz que no pueden ser prescindidos ni mucho menos comprados. Podemos ponernos algo prácticos para ver bien la diferencia, y es que si a un hotel vamos, descansamos, pero siempre nos son desconocidas las químicamente desinfectadas sábanas hipoalergénicas, además de que la habitación misma parece ser de otro planeta. Si en la noche nos levantamos, nos vemos sobresaltados, incluso si esta habitación no tiene más que un baño al lado, nos resulta todo extraño y desconocido, y por eso nos es, en primera instancia, algo aterrador, incluso, al menos en lo que recordamos que llegamos ahí voluntariamente, en caso de que así sea. Un hogar no es eso, pues tiene una especie de no-sé-qué que es placentero, todo te es conocido aunque sea la primera vez que ahí vas, y no porque sea igual al hogar propio, porque podría ser que el hogar propio y la casa visitada sean exactas réplicas, pero un hogar te da la bienvenida incluso si el anfitrión no lo dice, y de hecho, no debe hacerlo si de un verdadero hogar se trata. En un hogar se puede vivir, en una casa solamente habitar un determinado tiempo. Hemos recurrido a esta básica reflexión para no entrar en escrupulosos detalles del hogar del profesor, que sería hasta tedioso tratar de imaginárnoslo, así que así queda: es un hogar, no una casa. Se sentaron todos a la mesa: el profesor, su hija pequeña y su otro hijo de unos quince años, así como su mujer y los dos visitantes. El alimento sabía casi como si de verdad lo hubiese puesto en la mesa, en agradecimiento de los agradecimientos que siempre se le hacen públicamente, aunque quien trabaje, o haya trabajado los alimentos, haya sido alguien más, y no dios.

–¿Y por qué maestro de historia? Preguntó el adulto joven ya en la sobremesa.

–No olvidar me permite poder pretender ser dios.

–Alguna vez escuché que las matemáticas eran el lenguaje de dios, pues solamente a través de ellas todo es posible.

–Tienen razón, pero éstas son la parte imaginaria, teórica, de dios. La historia y la literatura, en cambio, son la parte real, la que está en la tierra, la práctica, pues. Te permite ser, actualmente, omnipresente y omnipotente al darnos la posibilidad de escribir, modificar y crear.

Los presentes sonríen.

–No olvida nada, entonces.

–En efecto, señor detective.

–¿No considera eso una maldición? La gente que no olvida podría ser la más desdichada.

–Depende eso de la perspectiva con la que se vea al olvido.

–No olvidar nuestros problemas sería el origen de esta maldición, por ejemplo.

–Creo yo más bien que el significado que a un recuerdo se le da es lo que el problema acarrea. En sí, no olvidar solamente nos permite una visión más holística de las cosas. El deseo de olvidar es lo que nos causa problemas.

–¿Y eso cómo puede ser?

–En sí, no olvidar nos da un punto de acción más conveniente del presente. Recordemos que somos lo que fuimos, y seremos lo que somos. Cuando queremos ser algo distinto a lo que fuimos es cuando lo que somos es problema. Eso es querer olvidar, pues al querer cambiar lo que fue, es negarlo. Es venenoso, en realidad.

–Sin embargo, de acuerdo a lo que dices, lo que fuimos somos, y lo que somos es lo que seremos, por ende, repetimos lo mismo una y otra vez –dijo el adulto joven.

–La historia del hombre no es más que una eterna repetición de errores olvidados.

–Suena fatalista.

–Realista.

–Pesimista.

–Aunque usted insista, es lo que yo he visto y estudiado. Nada puede hacer que la vida, vista como una rueda, deje de girar, mucho menos su forma cambiar. Pues ese sí sería su fin.

–Entonces, ¿Ya habían matado a los abstractos antes?

El profesor sonrió y volteó cual cómplice a su mujer, quien sonrió y con la cabeza asintió, para luego decir a sus hijos:

–Mis amores, es hora de ir a dormir.

–Sí, mami –dijo la menor levantándose y yéndose de ahí.

–Ay, ¿no me puedo quedar un rato más?

–No si no te quieres volver loco.

–Pero tú dices que cada quien está loco a su manera.

–Pero hay momentos para cada locura. Anda, en su momento llegarás a saberlo.

El joven sonrió y se levantó.

–Bueno, pues, además ya me andaba por ir al único lugar donde hasta los reyes van solos: al trono. Buenas noches, con permiso.

Los tres que se quedaron a la mesa sonrieron.

–Educados muy bien están tus hijos. Mis respetos –dijo el adulto joven.

–El olvido también consiste en ser conscientes de lo que somos para los demás, y no olvidarlo, aunque ellos sí lo hagan. La educación es hacer que los demás no se olviden de uno de forma positiva.

–¿Y no le preocupa que sus hijos sepan sobre su… condición? –preguntó el adulto joven.

–Los hemos educado de tal manera que saben lo que hay que decir y lo que hay que cambiar. Hay cosas que no se deberían divulgar. Sin embargo, contamos con la ventaja de que nadie les creería si dijeran que su padre es el olvido.

–Bueno, ¿entonces ya sucedió?

–¿La muerte de los abstractos? –Dijo el profesor al detective–. Sí, siempre acaba donde inicia, como ya le había dicho.

–¿Y dónde acaba? –preguntó ávido el detective.

–Cuidado, aún no es momento de contar el final. Imagínese usted hacerlo a destiempo. Sería un error imperdonable que el lector no olvidaría.

–Sin embargo, no somos una novela.

–Al ser la historia repetitiva, sí lo somos.

–Bueno, no vinimos a saber de teoría literaria.

–La vida y la teoría literaria son exactamente lo mismo.

–¿Cuándo comenzó esto de querer matar a los abstractos?

–Desde que el hombre tiene la suficiente memoria como para querer olvidar.

–El olvido no es voluntario, sin embargo.

–Obvio no, señor detective, y en eso tiene razón, pues entre más queremos olvidar, más afianzamos el recuerdo en nuestro ser.

–¿Por qué habríamos de olvidar esto, entonces, si es del tipo de cosas que no nos conviene olvidar en sí? –preguntó el adulto joven.

–Cuestiones de espacio y tiempo. Cuestiones de deseo.

–¿O sea?

–El olvido no actúa solo en sí, también hay cuestiones de espacio y tiempo.

–Entonces ningún abstracto funciona sin el otro.

–Ni que lo diga, y es más que obvio, pues hasta funcionamos siendo lo opuesto a lo que en realidad somos. Véalo usted, y es que yo no olvido, y soy el abstracto-olvido. Lo que me llama la atención en realidad, es que hayan venido a mí.

–¿Qué quiere decir?

–Pues digamos que hay un abstracto que no permite nunca el olvido, y es tan confuso e interesante, que es casi opuesto a su haber en el ser humano.

Los dos se quedaron en silencio, el profesor sonrió, y dijo:

–¿Cuál es el abstracto que no nos permite olvidar, pero que más nos hace desear olvidar? Usted, señor detective, debería saberlo mejor que nadie.

El detective observó y sopesó la situación, para luego, instintivamente, decir:

–El amor.

El profesor sonrió de igual manera que lo habría hecho si algún alumno suyo poco brillante hubiese contestado correctamente alguna compleja cuestión.

–¿Conoces al amor? –preguntó el detective.

–¿Qué si lo conozco? Todos lo hacemos, mi buen detective.

–Me refiero al abstracto.

–También, claro está. Es un maldito monstruo que nos permite encontrar una razón para vivir, incluso sabiendo que sólo desearemos morir por él.

–¿No estás siendo muy duro con tu juicio? –preguntó el adulto joven.

–Simplemente no olvido lo que él ya ha causado.

–Te noto muy tranquilo a pesar de todo.

–¿Por qué no estarlo?

–Los están matando.

–Muerto nadie se da cuenta, vivo todo es dolor. Dolor del que uno nunca se olvida.