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Para proseguir con lo que sigue, una leve interrupción en la línea temporal que veníamos manejando, que accidentada ya estaba, habremos de escuchar. Porque, sí, las líneas narrativas temporales también se escuchan, tanto como se leen, sienten, saborean, o cualquier sensación o sentimiento que usted aquí guste adjuntar. También se nos podrá decir que escuchar pláticas ajenas es de muy mala educación, sin embargo nuestra justificación es que, si no la tenemos en cuenta, si ignoramos esta conversación, lo que viene a continuación podría no tener sentido, y el confuso desarrollo de este verídico testimonio se verá afectado por la duda que no nace a propósito, sino de aquella duda de si una historia vale la pena seguir conociendo o mejor sería dejar de lado e ir por algo de mayor valía. Y lo que pasa, para centrar cierto contexto siempre necesario para comprender mejor la situación, es que en uno de los campos sentimentales hay una casa, una habitación, solitaria, que no consistía en más que una mesa de madera putrefacta y llena de astillas, un inodoro al lado de la cocina, un teléfono y un sofá-cama donde habitaba una mujer. Una madre sin hijo, ¿qué cosa más descorazonadora que eso? No existe. Ella se encontraba mirando a un punto fijo perdido en la nada, o al menos eso diríamos, pues bien podemos ver la nada entre lo todo. Podía perforar la infinidad del quark sin siquiera ser máquina. Más allá del alma del inmortal, si es que la tiene, pues es inmortal. Ella solamente respiraba, pues nada más tenía qué hacer. Ella odiaba leer, pero mataría por tener solamente un maldito libro. Lo leería mil veces hasta sabérselo de memoria, y luego lo recitaría a solas, como una loca, como una genio. Todo por salirse de su propia cabeza. No tenía nada más que hacer más que ver la infinidad de lo infinitamente pequeño, pues lo que hacía, ser madre, se le había acabado hace tiempo, así como su vida; simplemente respiraba, y hasta la tenían que obligar a comer. Entonces, la mujer que alguna vez esa bonita barriga de madre tuvo, en huesos estaba, escuchó el teléfono sonar. No quería contestar, no le importaba, ella era el existencialismo hecho hueso y poquito de carne. Desde que su esposo se fue a la guerra, no había con quien hablar, pues hasta su familia la trataba como apestada, ya que en un campo sentimental estaba. El teléfono dejó de sonar. Recordó ella sus cálidos abrazos de brazos esqueléticos, sus sonrisas inocentes y aquellos primero gallos en su voz. El teléfono sonó de nuevo. Ella hizo el intento de levantarse, pero fue fofo su cuerpo y no le permitió levantarse, no le respondió, ni siquiera sintió la más mínima descarga eléctrica. Una vez más, el teléfono dejó de sonar. Ella se perdió en el recuerdo de su olor de niño, uno quisquilloso y que bromeaba, uno que no querías dejar pero que tampoco anhelabas, se perdió en sus mejillas abultadas y su eterna luz de vida en esas pupilas universalmente profundas, dadoras de vida, adoradoras de eternidades inimaginables no creadas. El teléfono sonó de nuevo. Ella se levantó, por fin. Sintió sus rodillas rechinar, su boca babear seca, y su mente trabajar forzadamente como aquella máquina de vapor obsoleta. Contestó. No dijo nada, sólo colocó el auricular, que no era inalámbrico, en su oído y mejilla, y escuchó:

–¿Mamá?

Los huesos le temblaron, el agua inundó sus ojos, los oídos se le taparon; sintió un mar caer sobre ella, se quedó más muda que el mar muerto.

–¿Hijo?

–Estoy vivo –dijo, como si al escucharlo, ella no hubiese concluido eso, como si necesitara confirmación extra.

–¡Por dios! ¿Dónde estás? ¿Qué te pasó? Tanto tiempo…

Las lágrimas eran tantas que la empaparon, que se volvieron una piel extra, se hicieron alas y mariposas volando, que la llevarían volando, pero no era un remedio hermoso para esta narrativa.

–Ven por mí.

–¿Dónde estás? ¡Dime, por dios! ¡Dónde estás! Voy por ti, no me importa… te juro, te lo juro… te lo juro que lo haré.

–Apúrate, mamá.

Ella se dio cuenta que no la llamaba mami. Había algo mal aquí.

Se cortó la llamada.

Ella se comunicó con su esposo, que afuera se encontraba.

–Hazlo ya, está vivo, está vivo nuestro hijo… está vivo…

–Es muy pronto, no estamos listos, además, las cosas aquí afuera…

–¡Es nuestro hijo!

–Pudo haber sido cualquiera…

–¡Cómo te atreves! Quiero salir, déjame salir, y yo lo busco si no quieres…

–Iremos los dos a buscarlo. Te lo prometo.

Mientras esto sucedía, el secretario de seguridad pensaba en el ya reiterado y repetido anuncio de los campos sentimentales. Vaya coincidencia de facto lo que vemos aquí, y se nos dirá, sin embargo, que eso no era posible, pero así fue. Ahora, sin adelantar nada al lector, estaría bien decir que esto es un acto de destino, o sea, de lo futuro, cosa bien aceptada en caso de no querer aceptar una explicación tan simplista como la de las coincidencias. Bien dicen que el alma y el cuerpo están conectados por un invisible hilo de plata en otra dimensión que llega hasta nuestro ombligo, que por eso no podemos verlo. La coincidencia sería un acto meramente superficial no argüible, incluso sin sentido, un pobre porque-sí sin explicación y con un pobre razonamiento lógico. O sea, una payasada. Mientras tanto, el destino, tal vez, y subrayamos este tal vez porque no somos expertos en el tema; el destino es el momento en el que los hilos invisibles se tocan y, por eso, el futuro hecho presente se nota cruzado, afectado por alguien más; y en consecuencia, estas cuestiones mágicas del destino suceden; aunque viéndolo de esta manera, no son cuestiones mágicas, sino predispuestas por nosotros mismos. Porque estos cruces, estos toques, suceden incluso sin que lo sepamos, sin que nos demos cuenta; pero habríamos de darnos el espacio para reflexionar que, cuando nos damos cuenta, cuando sabemos que sucede es que realmente creemos en un destino, pues las cuestiones ya no pueden ser cuestionables, sino simplemente son; es ahí, cuando sabemos que es destino, que hemos sentirnos orgullosos y agradecidos sobre lo que estamos experimentando, porque estamos jugando a ser dios al experimentar algo del destino. El problema no radica en sentir algo que conocemos como destino, sino en que no sabemos valorar a esas personas cuyo hilo ha tocado el nuestro hasta que la perdemos, hasta que su hilo se ha alejado del nuestro; y para multiplicar el problema, es que una de las personas puede ser tan ciega que cuenta no se da, mientras la otra sufre y sufre como prostituta-amante-del-hijo-de-dios. Incluso, de haber sabido que se verían de nuevo gracias al destino, porque cuando hilos se cruzan una vez, lo vuelven a hacer en otras vidas; de haber sabido que nos encontraríamos de nuevo, una historia muy distinta se contaría, como ésta, en la que esta desesperada pareja buscaba a su hijo y el secretario de seguridad que pensaba en los campos sentimentales. Y pensaba en ellos él porque le vino a la mente la forma en que los spots de gobierno los daban a conocer principalmente a través de televisión abierta y, en seguida, cómo desde que se comenzó su difusión, se volvieron un punto fuerte de apoyo al gobierno en turno, pues parecían paradisíacos lugares de ensueño donde la gente que un abstracto ya no tenía en su vida, podía vivir en paz, pues estaría rodeado por gente igual a ella, todos juntos y felices compartiendo lo que los hacía iguales. Hay que adentrarnos. Vaya mentira más grande, un punto de similitud no da, por consecuencia, a las personas en cuestión, ninguna igualdad, un punto de parecido no quiere decir que por eso vayan a ser felices juntas, Muy interesante teoría, señor secretario de seguridad, buenas tardes, por cierto, Vaya, no pensé que volverías tan pronto, Bueno, es que la soledad, aunque sea el mayor privilegio, a veces es un gran peso por cargar, sólo a los artistas, ciertamente locos, les agrada y la vuelven arte, Eso que ni qué, aunque a veces más vale comer solo que mal acompañado, no crees, Ni que lo digas, y por qué tienes tan en mente los campos de sentimentales, tú lo has dicho, lo dicen los medios, son paraísos terrenales, Pues, te diré que la gente no es separada según sus abstractos ausentes, son como animales enjaulados, Eso sí suena a degradación, aunque una persona puede vivir enjaulada aunque muros no la rodeen, Lo peor son, dicen, las mafias que se están formando ahí, imagínate, dicen que bien podrían ser países propios, Bueno, eso sería soñar muy alto, y recuerda que se pueden derretir las alas, sería un error pensar eso, no crees, Sí que lo creo, pero también es soñar mucho que la gente se crea ese engaño, es una mentira enorme, Aunque tomando en cuenta tu punto de vista, también es cierto que el engaño ya sucedía desde antes, Acaso quieres hacerme sentir mejor, pues lo agradezco, Bueno el nerviosismo que sientes no es por tu pensamiento de los campos sentimentales, aunque esté ligado, sino otra cosa, eso que todos creen oler la sangre que se derramará, lo que creen que sucederá a continuación, Espero que no suceda, sinceramente, sería echarnos la soga al cuello esto de la legalidad de uso de la fuerza pública, Ya vienen.

Un sudor de hielo sintió él recorrer su espalda.

Las fuerzas policíacas, miles de elementos, tomaron su lugar. Ya venía la marea blanca.

Estos son golpes narrativos, si son usados con eficacia, pueden atraer la atención del lector, incluso cuando de un verídico testimonio como éste se trata. Y es que, ya sabíamos de esa gente que se aparecía de blanco justo frente a la explanada del palacio de gobierno, y que era desaparecida en la noche, pero que al día siguiente había exactamente el doble de personas a los de la noche anterior, incluso sin que, al parecer, quedaran de acuerdo, pues era más como un acto voluntario, una de esas veces que uno dice, pues mejor vamos a salir, porque encerrados viviremos lo mismo que afuera, lo que será nada, o algo, así que mejor vivamos nada afuera que adentro. Y es que, los conocidos fueron los sesenta y cuatro, y luego fueron ciento veintiocho, y luego doscientos cincuenta y seis, y luego quinientos doce personas. Ya no los podían desaparecer y pretender así que nada sucedía, porque ya eran tantas personas que no habría lugares suficientes en fosas, cárceles ni casas abandonadas, los cuerpos humanos no son fácilmente desaparecidos, incluso cuando hay más de siete mil millones de personas, y que ese número es tan grande en primera instancia, que todos o la mayoría son desaparecidos, pues no los conocemos. Incluso podemos ver a una persona y no volverla a tener en frente en la vida, y podría ser contada como desaparecida, sin embargo estará ahí, incluso esas desaparecidas a la fuerza, en algún lugar estarán, aunque no las veamos. Existieron, no hay de otra. O existen. O existirán, si en la metempsicosis creemos. Además, algunos medios de comunicación, en su imparable deber de comunicar lo que debe ser de agenda pública y conocido por todos, ya comenzaban a dar cobertura. Estos medios valerosos eran marginales por lo general, y no les daban tanta importancia, pues no eran los oficiales, y les gustaba inventar cosas que sucedían en realidad. Los servidores públicos los veían aparecer cuales estrellas regadas por el cielo, accidentales visiones brillantes que causaban un extraño escozor a la vista poco habituada a los hechos de unión o de valor social. Se multiplicaban como lo hacen las células. Nunca los veían venir, de hecho, aparecían como si de generación espontánea se tratara, como lunares o pecas en el rostro de la luna: un día la ves blanca, y al día siguiente ves algo nuevo, y luego se van multiplicando hasta que no recuerdas la primera que viste, y todas lucen iguales, por lo tanto, presentes y ausentes, porque nada es más fácil de olvidar que una cosa que es igual a otra. Esperaban esas personas con tanta paciencia como la del maestro que se enfrenta al niño cuya única meta es hacerlo enojar, obviamente el maestro sabiendo que el niño quiere lograr eso. Una lucha desatada pero no declarada, una silenciosamente debatida. Esperaban hoy tal cantidad de personas que no habría suficientes personas en toda la ciudad para igualar ese número. Tendrían que ir todas. Y eso era lo que les crispaba los nervios a los servidores públicos, semejante despliegue de fuerza humana, pues absolutamente nadie se presentó a trabajar, ni a la escuela, ninguna responsabilidad que aumentara el PIB de la ciudad fue cumplida. Los supermercados estaban cerrados, las tiendas de veinticuatro horas habían roto su promesa y las puertas cerradas tuvieron, farmacias habían sin gente necesitada de drogas o medicinas, y las plazas estaban a oscuras pues sus titilantes luces estaban más muertas que el ego del budista que ya superó al mal y llegó a la divina iluminación, no había luz que indicara vida alguna, pues siempre ligamos la luz a la vida, y la oscuridad a la muerte, ya que pensamos que morir es como dormir, y es oscuro cuando dormimos, cuando en realidad es una luz más brillante, esa del nacer, los hospitales estaban sin enfermos, doctores ni sangre y demás desechos humanos, las calles estaban vacías sin un simple auto que la contaminara o que deshiciera sus llantas sacadas de árboles, había agencias sin ventas ni falsos convencimientos de necesitar algo, las clínicas dentales vacías se hallaban de dientes amarillentos o chuecos y de malos olores por no conocer qué es el hilo dental, bares había sin borrachos consuetudinarios ni ocasionales, las televisiones, radios y consolas de videojuegos estaban apagadas y las realidades virtuales desvirtuadas a la verdadera y única realidad, había confiterías sin dulces, y los moteles estaban faltos de gemidos en celo, condones y bellas penetraciones placenteras y únicas. Y el silencio, el silencio explotaba a través del lúgubre grito ululante del viento que ondeaba alguna bandera por aquí y acullá, esto era como el respiro antes de la zambullida, y para quien guste del deporte y ejercicio, esto era la respiración antes de la recta final o de la última repetición. Y eso era lo que más molestaba a los respetables trabajadores públicos, lo que más los sacaba de sus casillas, pues a lo que más acostumbrados estaban era al fiestón y el ruido, al baile y la voz gritando, por lo que esta muestra de su soledad les era tan ofensivo que desplegaron tanques de agua, barricadas, armas letales y bastones para golpear. Listos estaban para la guerra, pues ya había sido declarada con el silencio. Si era necesario, pelearían contra el soberano que no sabe lo que quiere, si lo supiera, no elegiría a quien gobernarlo, pues se gobernaría solo. El secretario de seguridad iba a dar otro mordisco a su sándwich con exceso de mayonesa y jalapeños rancios cuando escuchó:

–Ya viene la marea blanca.

Se sintió mareado por instantes, incluso sin ver el espectáculo que, sobre todo, parecía ser prometedor, aunque bien podemos dejar al libre albedrío del lector el colocar el adjetivo que quiera antes o después, bendita lengua, de la palabra espectáculo, pues para algunos podía, dependiendo de su forma de pensar, terrible, honorable, majestoso, magnífico, brutal, extraordinario, imposible; y pensó el secretario de seguridad, Si hoy muero, al menos tengo que verlo. Y a la ventana fue.

Como si de un reloj biológico se tratara, perfectamente sincronizado, toda la gente salió de sus hogares, en silencio, con una máscara, que era su rostro, ensimismado de seriedad, e iban a pie, en uno, en sillas de ruedas, en brazos y de la mano. Todos de blanco, todos en silencio. Su respiración fue el viento que sopló.

Como si de un hecho de una imaginación extraordinariamente ilusa por tener tan siquiera esto en mente se tratara, la marea llegaba lentamente aunque firme. Ligera y silenciosa, ni las pisadas ruido producían, era como si flotaran cuales fantasmas que no queremos ver pero que llegan en el momento menos indicado. La diferencia es que estos no son imbéciles que mueven cosas para que la camarita los vea y se vuelvan anónimamente famosos en internet, sino que era gente normal, tantas que eran la misma persona. Miles de marchantes, tantos, que lucían como uno, se acercaban con una única vela blanca en la mano. El secretario de seguridad vio movimiento en las filas de la policía. Sería una terrible masacre en su contra, ni siquiera ellos, la fuerza pública, podrían hacer frente a toda la gente que venía de todos lados, no únicamente del frente, pues eso sería una prueba muy pobre de la fortaleza de la unión. Si algo sucedía, los destrozarían, los romperían en pedazos y se bañarían en sangre. Sin embargo era su oportunidad de legitimar el uso de la fuerza, que es el único con el que cuenta el gobierno cuando el de la intuición ya no funciona. Y la marea blanca llegó y se quedaron ahí, en silencio, por horas y horas, esto a desgracia de alguno que quería ver sangre, como si de verdad la violencia fuera intrínseca en el ser humano. Los decepcionaremos, por suerte, en estos momentos. Sigamos. Cuando el sol comenzaba ya a dar paso a la luz de la luna, una trémula luz comparada con el del ropaje blanco de los que acto de presencia hacían, encendieron las velas, al mismo tiempo, y levantaron la mano, veríamos una estrella de luz, una fugacidad marchante que se va desvaneciendo a través de las calles por donde la gente está, una neurona gigantesca en el cerebro de esta narración. El secretario de seguridad, sin temor ni remordimiento, dejó escapar las lágrimas de sus ojos. Era bello el espectáculo para él, hermoso, sublime y tenebroso como la beatitud de la mujer. Y justo cuando el sol dejo total paso a la luz lunar, las velas, al unísono, como si de música se tratara, se apagaron.

Como actor del gobierno, debía hacer algo. El secretario de seguridad luego sería alabado por esto. Salió del palacio queriendo abrazar a la gente, pero no lo hizo para no perder su compostura impuesta.

–¡Seguridad! Escolten a esta gente de vuelta a sus hogares, son nuestra principal preocupación, nada les debe suceder. Si alguien llegase a dañarlos, sufrirá todo el peso de la ley, el máximo, el peor. ¡Andando!

Y como ríos temerosos, los policías se escabulleron entre el espacio que la gente les hacía para cumplir su deber, y los observaban, solamente eso, no saludaban, no sonreían, solamente los intimidaban con la peor arma de todas: el silencio. Y aunque se sentían indefensos entre la marea blanca, sabían que no los dañarían. Los policías custodiaron los caminos y la gente a regresar comenzó a su hogar, en silencio de nuevo, pero no como autómatas, sino como dignos cristos reyes. Había algún repentino murmullo para pedir ayuda, o un llanto de niño o niña.

El secretario de seguridad se unió a las líneas policiales justo frente al campo sentimental más grande de todos, cuyos muros eran tan altos como de cinco metros, un grosor que soportaría un impacto de auto armado, y tenía, además, una valla de seguridad hasta arriba para evitar intrusos o emigrantes. Ya eran denominados inmigrantes los que accedían, o emigrantes los que salían, si es que los había. Los edificios eran aún más altos que los muros, y eran arquitectónicamente perfectos, pues fueron construidos por algunos que ya no sentían pereza, e hicieron su trabajo de la mejor forma que le permitían sus estudios. Estas ciudades eran perfectamente planeadas, cosa que en las afueras no sucedía.

El secretario de seguridad se encontraba observando respetuosamente a la gente, casi solemne ante ese acto que llevaron a cabo, que no se dio cuenta de nada, y de repente vino la sordera, y ese silbido ausente y presente airosamente roto por el silencio. La tierra tembló, las rocas volaron por los aires, los gritos destrozaron gargantas, pero el miedo no llegó. Nadie podía sentirlo bien aún. Luego explosiones hicieron acto de presencia. Lo único que escuchaba el secretario de seguridad era el latir de su propio corazón, se le había ido el aire, no se podía levantar ni mover, la cabeza le punzaba, y no veía bien. Tragaba tierra, respiraba tierra, se sentía tierra. No recordaba dónde estaba ni cómo había llegado ahí, tan pronto, al suelo. Se sentía pegajoso, de algo fétido, ferroso y caliente. La cabeza le daba vueltas, muchas, ni siquiera creía que la tuviera pegada al torso por su cuello, era más como un trompo bailando. El sonido regresó paulatinamente como si de un fade in de película se tratara, pero todo aún con ecos, esos gritos y explosiones, eran ecos en una cueva cerrada, todo parecía repetirse aunque fuera distinto, y sonaba igual aunque no fuera parecido. La mirada se le hizo clara por fin, vio gente llorando, gente caída, miradas perdidas y carreras de olimpíadas. Respiró tierra por última vez. Puso sus manos en el suelo y vio la sangre, vio miembros sin cuerpo, el brazo de una mujer con el hueso expuesto y astillado, y ella ya sin vida, mirándolo ausente, como si él fuera la eternidad. Se levantó tambaleante, tembleque, y se vio en el ojo de un huracán de gente que iba y venía, que trataba de vivir o que se quería poner los intestinos dentro de su abdomen de nuevo. Los que atacaban iban vestidos con colores vivos como si quisieran ser descubiertos, como si de tácticas de guerra no supieran, ni mucho menos qué es el camuflaje. Llevaban colores, los del arcoíris, en la ropa, en las armas, y hasta en la piel tatuados, su cabello teñido al igual. Eran guerreros disparando a cualquiera, y eran los blancos aquellos que marcharon los que más caían inertes. En un ataque de adrenalina, el secretario de seguridad, también enojado por el ataque a víctimas loables, tomó una de las armas del suelo y demostró una habilidad tan eficaz que muchos recordaron por qué fue nombrado secretario de seguridad: disparó a diestra y siniestra, sin pensarlo, y las balas fueron mortales, entraron en la piel, ahí donde mejor quitaban la vida, ahí donde mejor inhabilitaban los nervios. Las balas pueden ser comparadas, en su eficacia, con las palabras, que pueden ser igual de asesinas. O dadoras de vida, como ahora, que por cada uno de los enemigos que mataba, salvaba a diez, a esos malditos extremistas, quitaba la vida sin pensarlo tantito, sin el menor de los remordimientos. Y al ver el cuerpo de seguridad el acto valeroso de su líder, tan aguerrido, se le unieron, y controlaron la fuga de violencia de los no-sentimentales, que era como se les denominaban a aquellos que no sentían algún abstracto ya. Se concentraron los bandos en una lucha frontal. Entre las ruinas, en el boquete del muro, vio el secretario de seguridad a un hombre fofo que daba órdenes, y supuso que era el cabecilla, y su coraje aumentó, así que disparó al pie, luego en el hombro, y luego en la cabeza. Cada bala entraba y hacía saltar la sangre como si de una roca al agua lanzada se tratara. Y los bellos colores se hicieron más vivos por la sangre. Lo vio muerto a sus pies. La mujer que conocimos ya con anterioridad, fue llorando y gritando por su marido, y el secretario pensó que lo atacaría a él, por lo que la recibió con un balazo en el pecho. Su última bala, la última de todas. Ella cayó y clavó la mirada en alguna dirección, y luego lloró. Dejó de respirar, pero movió los labios como si algo quisiera decir, pero tal vez el dolor era tanto o la opresión en el pecho le imposibilitó a usar la voz. Creyó entender el secretario de seguridad que ella dijo Te amo. Volteó en dirección hacia donde la mujer. Ya no tenía el arma, y aun así sintió que se desarmaba como muñeco mal articulado. Ahí había un niño de secundaria que con odio genuino lo observaba. Aquí bien cabría una descripción minuciosa sobre sus cejas fruncidas, la saliva saliendo de la comisura de sus labios, el temblor de sus miembros, sus ojos enrojecidos y el moco de su nariz, la boca torcida y hasta la orina en sus piernas lampiñas; pero el sentimiento, si es que tenemos conocimiento del mismo, es mucho más iluminador, más si lo tenemos almacenado en algún lugar del recuerdo y lo revivimos así a que sea descrito físicamente en una narrativa mal hecha. La mirada, aun viniendo de lo que era una persona tan joven e inocente, era genuino, y lo deshizo, lo obligó a arrepentirse por toda la eternidad, y a llorar de nuevo.

Lo llevaron de vuelta a su casa antes de que llegara la prensa. Entró a su hogar y vio a su mujer sola, con la pijama puesta y su rostro crítico, analizando las noticias. Bien hasta ahora nos enteramos que tiene mujer, pero para hacerle un favor al lector y evitarle sorpresas que puedan ser desagradables por ser tan repentinas, daremos ya la nueva de que no tienen hijos. Se conocieron en un funeral hace muchos ayeres, uno doble: el de la hija de ella y el de un conocido de él. El secretario de seguridad, lleno de polvo y sangre hecha costra, se sentó a su lado, y se quedó viendo al infinito, con esa mirada propia de los genios trabajando en su cabeza de reloj suizo, mirada confundida por los imbéciles como mirada de idiota. Ella lo volteó a ver. Había un silencio incómodo en la casa, en ellos, como si enemigos declarados fueran, pero sólo en esta habitación, pues fuera de este silencio, se amarían como siempre. No se podían ver a los ojos, el silencio se los impedía.

–Saliste en las noticias.

–Nadie las recordará para mañana.

–No sé si lo que hiciste fue salvaje u honorable.

–Ni yo lo sé respecto a ti.

–¿A qué te refieres?

–Fuiste a la marcha.

–¿Es pregunta?

–No.

Silencio.

–Mañana sucederá de nuevo –dijo ella.

Silencio. Agregó al secretario de seguridad.

–Tuve un sueño, mi amor.

–¿Qué soñaste, mi cielo?

–Que otro abstracto moría.

Pero el secretario de seguridad tenía la mente en otro lado, en ese niño que lo veía tan temerosamente, pues era el mismo niño de secundaria que el detective y el adulto joven habían tomado en su cuidado con tanto cariño.