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–Hola, buenos días.

–Buenos días –contestó el detective algo sorprendido, de esas veces que nuestra mente se queda en blanco porque genuinamente era algo inesperado. Aunque, en su caso, era ya una ocasión que había repetido muchas veces en su cabeza, pero que al momento de verla realidad, también se sacó una sorpresa, y es que cuando más estamos preparados para algo es cuando menos estábamos conscientes de nuestra verdadera mentalidad hacia el caso en cuestión. Y a pesar de haber repetido mil veces dicha conversación, se dio cuenta que no tenía ni pío por decir. Claro que si hubiese comenzado a decir pío, pío, pío, seguramente la mujer hubiese colgado arrepentida de haberse interesado en alguien como él. El detective sintió la tensión crecer y su garganta gangrenarse en un nudo, y lo único que quería saber, que se preguntaba, era si ella se sentía igual–, ¿cómo está usted?

–Bien, bien, gracias, ¿y usted?

–Excelente.

Hubo un momento de silencio en el que tal vez, y sólo tal vez, ella hubiese sentido bajo presión, no lo diremos, porque no podemos saber en realidad si ella igual siente lo que él, ya que eso sería invadir la sagrada privacidad de la mujer, y de las personas en general, que nosotros también apenas vamos conociendo. Además, así rompemos con esa falsa teoría de que un narrador omnipresente lo sabe todo de una narración en cuestión, porque solamente sabe lo que narra literalmente, o sea, lo que en las letras está escrito, y eso ya es darle mucho crédito a dicho invasor. Así que lo que el narrador dice, no lo es todo, porque no es posible saberlo todo, pues serían miles y miles de tomos en la historia contada, incluso si de un verídico testimonio como éste se trata. Sería, además, sumamente tedioso e imposible de hacer, sobre todo improbable. Pensemos por nosotros mismos, ¿seríamos felices sabiéndolo todo? No, pues saberlo todo quiere decir que no hay lugar para sorpresas, y ahí acabaría la literatura. Así que sintámonos alegres y orgullosos de no saberlo todo, y aceptemos que entre más sabemos, en realidad ignoramos aún más, y es mejor, así como esto: no sabemos si la mujer siente el estrés de nuestro detective, y ahí juega la imaginación, y es así como nace la literatura.

–Y… ¿a qué se debe esta llamada?, si se puede saber.

–No sé, en realidad no tengo una justa excusa.

–¿Y cómo puede ser eso?

–Usted me pone en una situación difícil y comprometedora, detective.

–¿Y cómo puede ser eso?

–Repitió la misma pregunta una vez más.

–Usted no me ha hecho querer ni necesitar cambiar palabras hasta ahora, respetable mujer.

–El problema es que me pone en una situación incómoda.

–¿Ya ve? Ahora es usted quien repite palabras. Supongo que por lo que tendría que responder es que se ve comprometida.

–Eso es verdad, señor detective.

–Pues no lo diga, nadie la obliga, en ese caso.

–Hacer preguntas es una forma de exigir, y conlleva una obligación al interlocutor, pues una respuesta debe ser dada.

–Extraña forma de obligar a alguien, ¿cierto?

–Véalo usted, si no fuera por esa obligación, no se vería de mala educación el no contestar, al menos si se hace de cierta manera.

–Excelente ironía, pero le pediré solamente una cosa.

–Dígame.

–Que me conteste a qué se debe esta llamada.

–Esa no era la pregunta, si mal no recuerdo; además, la contesté.

–No totalmente, si no, seguramente ya hubiésemos dejado de hablar hace rato.

–Bueno, pues, me acordé de usted. Estaba pensando en usted. Es todo.

Por extraño que parezca, la tensión en los hombros del detective, así como la de su voz, desapareció, y hasta sonrió. Quien sabe, tal vez hasta ella también pudo haberlo hecho, así el detective deseó, y de alguna forma sucedió.

–Vaya.

–¿Le sorprendió mi respuesta?

–Me sorprendió la coincidencia, más bien, si es que algo como eso existe.

–¿Y esa es…?

–Que yo también pensaba en usted.

–¡Vaya!, ahora yo soy la sorprendida.

–Tal vez las sorpresas son acciones muy similares a cosas que esperábamos.

–O cuando somos descubiertos haciendo lo mismo…

El detective vio al adulto joven esperando en la puerta con una sonrisita curiosa también en su rostro jovial.

–Lo siento, pero mi compañero de trabajo ya me espera. Será mejor que me vaya.

–Hablaremos de nuevo.

–Lo espero, ansioso.

El detective colgó, y se topó con una sonrisa y una ceja levantada, incluso con algo de burla amigable en el adulto joven. El detective caminó a la puerta esperando a que saliera el otro, pero se detuvo al ver que no sucedía.

–¿Qué?

–No, no, nada, vamos.

Ya en el carro, el adulto joven lanzaba veloces y furtivas miradas curiosas al detective de la misma forma que hacemos cuando no queremos ser descubiertos pero que necesitamos que nos juzguen por lo mismo. Esta vez habían rentado un auto. El detective iba manejando.

–Estoy empezando a pensar que te estás enamorando de mí –dijo burlón al adulto joven, quien lanzó una risotada.

–¿Con quién hablabas, pues?

–Ah, eso…

–¡Vamos, dime! Somos amigos…

–Los mejores, ¿verdad?

–Ya que no está el niño de secundaria, sí…

Hubo un silencio tristemente descorazonador.

–Bueno, pues –dijo el detective para acabar con esa insana corazonada–, hablaba con la mujer.

–¿La que fue dueña del periódico?

–Ella misma, la mujer.

–Pillín –dijo picándole las costillas. El detective, de excelente humor, sonrió.

–No es nada, aún, solamente conversamos.

–Así se empieza. Ve por ella, tigre.

Sonrió el conductor. Luego, el adulto joven, agregó:

–¿A dónde vamos?

–Bueno, algo debe guiar el actuar del asesino.

–¿Y eso es la felicidad? Tengo entendido que es a ese abstracto al que vamos a ver.

–Si no fuera eso, ¿qué lo sería? Incluso siendo algo malo lo que te hace feliz.

–Siempre tienes un argumento inteligente a todas las cuestiones, ¿cierto?

–Bueno, bien dices que soy yo el hombre que lo sabe todo, ¿no?

Sonrieron.

Llegaron a los muros de un enorme hospital psiquiátrico de paredes blancas, o al menos así fueron en algún momento, pues ahora todo se estaba descarapelando de la misma manera que lo haría la piel joven de alguien que tuvo un muy buen momento en la playa. Las ventanas parecían docenas de ojos dispuestos para observar a quien sea que dentro estuviera, y con mayor razón, a los que fuera estaban, pues esos eran los que no están locos, pues por eso estaban libres. Cosa muy dudosa pues hasta de nosotros mismos llegamos a dudar, si es que estamos cuerdos, de nuestro propio equilibrio mental, ya que éste nunca es lo que más conocemos, y de eso debemos estar totalmente seguros. El adulto joven imaginó al gran edificio como un titánico monstruo primigenio dispuesto a comerse a cualquiera que estuviera dispuesto a pasar por el frente presumiendo su solvencia mental. Al lado había una cancha de basquetbol donde algunos de los que ahí vivían relajaban y ejercitaban los miembros, todos con ropa normal y casual como si de un domingo en la playa se tratara. Uno había que estaba sobre los hombros de un gran hombre, y anotaba así las canastas, trampeando y haciendo reír a sus demás compañeros de vivienda.

–¿Un hospital mental?

–Aquí dijo ella –contestó el detective.

–¿Te dijeron su nombre?

–Sí. Vamos.

–Pero no tenemos permisos para entrar y…

–Sígueme el juego.

El detective se mostró tan seguro que el adulto joven lo siguió sin chistar. Llegaron a la recepción donde una mujer de nariz exuberante había, cuya punta nasal parecía haber sido jalada con fuerza con un gancho hacia abajo. A su lado, un muchacho con la cara llena de agujeros fruto de un acné violento, la acompañaba. Charlaban. El adulto joven únicamente pudo pensar en que, por razón, dicen que siempre hay un roto para un descosido. Aunque él sabía que eso no era más que un prejuicio, pues bien podrían ser madre e hijo. La cosa es que nosotros siempre vemos lo peor en los demás para sentirnos mejor con nuestra miserable vida, y así ser felices, al menos de momento. Y como la vida se trata de momentos, pues es lo único mejor que podemos hacer.

–Buenas tardes –dijo el detective.

–Buenas tardes –contestó la mujer. Al no recibir la típica frase que esperamos, que es “¿en qué puedo ayudarlo?”, el detective prosiguió.

–Venimos buscando a esta persona.

Y le dio el papel donde su nombre se encontraba. Ella levantó una ceja como quien sospecha lo malo de lo que no es malo, pues no era común que vinieran buscando a este paciente, al menos no gente desconocida.

–¿Y ustedes son…?

–Familia lejana… lo último que le queda en este mundo.

–No se parecen mucho a él, si la verdad ha de ser dicha.

–Somos primos de tercer grado.

–¿Y qué los trae a visitar a alguien de una línea consanguínea tan… lejana?

–Nuestra madre era sobrina de su madre, y por alguna razón dijo que viniéramos con él, ella antes de morir, algo tiene que ver de suma importancia que solamente él sabe. Fue su último deseo, si la verdad ha de ser dicha –dijo el adulto joven.

Los dos detrás de la recepción se observaron como si cómplices fueran, como si algo sospecharan ya de una razón que parece muy propia de una pobre novela juvenil descarriada.

–Generalmente, las visitas se agendan.

–Vinimos de muy lejos, apenas ayer llegó nuestro avión, y no disponemos de mucho tiempo. Estaríamos eternamente agradecidos si nos ayuda usted… por favor.

–Bueno, el jefe no está hoy… –dijo el hombre.

–Y se ha portado muy bien éste que vienen a visitar, ha estado muy relajado estos días.

–No me diga… –dijo el detective sumamente interesado.

–Así es, muy calmado hasta ahora. Hasta se ha mezclado con los demás, y la otra mujer lo ha estado visitando, como siempre sucede cuando se calma. Está lúcido.

–Muy bien, me alegro… tengo entendido que tiene momentos así, intermitentes, de locura a lucidez, como dice usted.

–Así es… Muy bien informado está usted –pensó en silencio observando una libreta–. Ok, adelante. Llévalos. Tienen una hora, no más. Es por reglamento, generalmente, las visitas, aunque sean de confianza, desgastan demasiado a los pacientes.

Los llevaron a un gran salón luego de recorrer un largo pasillo con puertas en ambos lados, habitaciones, seguramente, donde también habían, entre puertas, bancos de madera con alguno que otro loquillo. Había mesas donde estaban los pacientes, así como una televisión sin sonido y música tranquila, y había, al menos, seis unidades de seguridad vestidas de blanco. El olor era de alcohol, tratando de emular una limpieza que tal vez solamente estuviera sobrecubierta. El azulejo reflejaba la fosforescente luz de las lámparas, y hacían lucir el ambiente hasta surreal y macabro. Si uno entraba cuerdo y se quedaba el suficiente tiempo, se volvería loco, parecía una mala imitación de la vida real: quien se estanca en una forma de pensar, definitivamente encuentra la locura al alcance de la mano temblorosa.

Entonces, el detective lo vio, no hubiera necesitado que el hombre cráter le dijera quien era: era un joven de no más edad que el adulto joven, delgado cual calavera que bien podría romperse bajo su propio peso, con una bata blanca, y más pálido que las artificiales luces que alumbraban el lugar. Sus ojos rodeados estaban por una purpúrea ojera, una cada uno, con una nariz pequeña y unos labios apenas visibles, una mirada clavada en la nada que de parecía taladrar hasta lo más profundo del azulejo que brillaba por una ausencia anticipada. El adulto joven no lo vio con claridad pues el largo y deslavado cabello, grasoso y desagradable, no lo dejaba; pero se notaba, si algo de atención se prestaba, que no estaba el bulto que la oreja derecha debía producir. Apenas y respiraba.

Por indicaciones del enfermero, se acercaron lentamente, y se sentaron al frente de él, que en una mesa solitaria estaba, toda para él. Él no pareció siquiera notar las nuevas presencias. El detective carraspeó la garganta y recibió momentáneamente la pesada mirada de esos ojos entornados casi como para poder sacarlos como una mala enfermedad estomacal. Luego se volvió a perder. No sabían cómo iniciar la conversación.

–Bonito día, ¿eh?, mejor aquí que estar encerrado todo el tiempo.

El abstracto babeaba como si de perro tratara, de esos a los que les tocas una campana y ya están condicionados a prepararse a comer. Era lastimero y degradante de ver, tanto que no te podías sentir bien contigo mismo, sino hasta incómodo. Olía a algo rancio y putrefacto, como si hubiera estado eternamente encerrado y podrido, un olor apenas perceptible pero presente. Sus encías, verían, estaban rojas y sus dientes pequeños y amarillentos.

–Sí, a veces es bueno ver algo más que paredes y tu cuerpo amarrado.

–Sí… así que… el abstracto-felicidad, ¿verdad? Qué goce –continuó el adulto joven.

–Soy su opuesto, en realidad solamente quiero morirme.

El adulto joven supuso que había metido la pata de alguna forma, eso sentía, aunque no fuera verdad. Su voz era rasposa y algo chillona, al igual que su aliento de bebedor cuyo hígado ya está podrido.

–No, no te sientas mal, es normal confundirse. Al menos cuando el concepto es nuevo para ti, aunque no para todos los presentes en esta mesa.

El detective frunció momentáneamente el ceño.

–¿Por qué te tienen aquí?

–Quiero morirme, como ya te dije. La vida es sufrimiento, el mismo dolor de una mierda aguantada por días y días y luego soltada a tu rostro. Habría de ser uno muy elástico, digo, el ano a la cara… bueno, esa es la idea, pues como el ejemplo, la vida es imposible. Me he tratado de matar múltiples veces. ¿Se imaginan ustedes al abstracto-felicidad muerto muchas veces porque se quiere estar matando todo el tiempo? Digo, eso es porque conocemos la felicidad, aunque si esto pasara de que me pudiera matar consecutivamente, nadie lo sabría, pues nadie sería feliz. Ni infeliz.

–Pero deberíamos ser más felices, ¿no? Pues te tienen encerrado, tú haz de sentir más infelicidad de lo normal.

–La misma vida es suficiente para odiarla, en mi caso. No necesito más razones por el momento. Solamente tienen que evitar que me mate, por más complejo que sea. Es todo.

–Y… ¿últimamente no has querido quitarte la vida?

–Todo el tiempo quiero pero, por extraño que parezca, últimamente me he sentido más relajado, un poco más libre, pues como verás, me tienen con los demás.

–De alguna forma debiste darte cuenta que eras el abstracto-felicidad. ¿Cómo fue eso?, claro, si se puede saber.

–Un espejo –dijo al adulto joven–, incluso llegué a pasar a través de él. Era feliz, lo opuesto a lo que soy ahora, la puta mierda que soy ahora. Yo vivía mi propio sueño, yo era todo, era dios. Era todo. Y ahora, esta porquería que ves. Yo vivía mi propio sueño. Yo era todo.

–¿Y eso te hizo feliz?

–Lo contrario. Fui el ser más miserable de esta maldita existencia.

–Pero lo tenías todo…

–Justo por eso, y eso es lo que nadie quiere entender, creen que cumpliendo un objetivo se alcanza la felicidad. Pobres incautos. ¿Dónde está la búsqueda si uno no tiene nada que cumplir? La felicidad es justo eso, buscar lo que nos haga felices. Buscando estamos en camino a ella, y buscando encontramos más cosas que buscar. Es así como se es feliz, porque cuando un objetivo se logra, ya se tienen otros dos, y así se van multiplicando. Si lo tienes todo, pereces, o eres yo. Como la fea recepcionista y el enfermero hombre cráter. Todo el tiempo cogiendo en todos los rincones de este hospital psiquiátrico, yo lo sé porque los he visto, es esa búsqueda de poder ser despedidos lo que los hace felices. Lo sé porque yo también necesito diversión de vez en cuando, cuando estoy libre, me gusta observarlos cuando creen que nadie los ve. Al menos su gozo me lleva a gozar a mí también.

El adulto joven ignoró lo último.

–Entonces, ¿tú no buscas nada?

–No, ya lo encontré.

–¿Y los demás abstractos?

El detective sonrió aprobatoriamente ante la pregunta del adulto joven, quien llevaba muy bien el interrogatorio de investigación.

–¿Qué creen?, ¿que somos ustedes? ¿Creen que sentimos únicamente lo contrario a lo que somos por ser abstractos? No. Todos fuimos humanos antes de volvernos abstractos, antes de ser lo que somos. Un atisbo de humanidad nos queda para siempre. Pero eso sí, los hay los que buscan más que otros.

–Explícate.

–Yo provoco la felicidad en el hombre. Mi personalidad es la de no buscar nada. Estoy maldito a estar en un estado de inmovilidad eterna, porque solamente quiero morir. Esa es mi felicidad que no alcanzaré, creo yo. Otros, como el abstracto-tiempo-espacio o el abstracto-belleza como tal, no afectan tan así la vida del hombre, pueden tener vidas normales relativamente hablando, o como antes las llevaban. Pero los abstractos que provocan bellos sentimientos, vulgarmente hablando, en el hombre, son justamente esos los que son malos en su haber, los que más buscan satisfacer sus instintos primarios, y eso los vuelve tan… odiosos, por decir así.

–Son peligrosos.

–Monstruos.

En ese momento llegó una mujer, ya de edad, que tenía tantas arrugas que parecía más un avejentado roble que caería solo por su propio peso, no era humana, era edad. Encorvada caminaba y en su brazo derecho colgaba un bolso de cuero roído por el tiempo. Era delgada y parecía una persona sin hogar por su ropa mal enmendada y sucia, sus zapatos abiertos dejaban ver unas uñas viejas y quebradizas, parecía que le pesaba su existencia, no comía mucho en mucho tiempo, y sus ojos eran amarillos como las hojas de un viejísimo libro. No tenía dientes. Fue directamente al abstracto-felicidad sin siquiera voltear a ver a los dos visitantes.

–Toma.

Le extendió una cajetilla de cigarros al abstracto-felicidad, quien la tomó y abrió casi ansiosamente y caló, el placer se dibujó en su rostro en una mueca enfermiza, esa de alguien que sabe que hace algo malo pero que no puede evitar hacer porque sus instintos naturales le inclinan a hacerlo. Dijo a sus visitantes:

–¿Saben qué acaba de pasar? Alguien ha perdido su razón de ser feliz, por esta fugaz felicidad que yo he sentido. Seguramente se acabará quitando la vida en pocas horas.

La sorpresa se dibujó en el rostro del detective, así como la consternación en la del adulto joven.

–¿Y no te afecta saber que eso pasa?, que alguien se quitará la vida por tu actuar.

–Y dime una cosa, jovencito, si yo sintiera culpa y parara, ¿el mundo dejaría de girar? O, bueno, ya que esta persona se va a matar, ¿el mundo dejará de girar? Ya sabes que alguien desconocido, que prácticamente inexistente es a tu vida, morirá, ¿tu mundo dejará de girar? No, nadie es necesario en este mundo de cagada. Y, además, déjame decirte algo, y eso es que un poco de infelicidad en el mundo es mucho mejor a que el abstracto-miseria muriera y dejara que todos fueran felices.

–¿Por qué? –preguntó al abstracto-felicidad.

–Porque no sabrían que son felices, pues no habrían experimentado la miseria. No sabemos qué es arriba sin saber qué es abajo, no sabemos qué es blanco sin el negro, ni dios existiría de no ser porque necesita al diablo. Sin uno, el otro, su contrario, no es. Si uno faltara, no sería vida, ¿verdad?… ¡Por cierto!, ella es el abstracto-creencia.

La anciana se alebrestó y hasta pareció por momentos que su cabello se tornaba aún más blanco.

–¿Qué te pasa? ¡No puedes decir eso! –dijo con su voz cansina y apagada. Intermitente, como una señal de luz brillante perdida a mitad de la noche.

–Son amigos, al menos uno de ellos lo es, un viejo amigo que nos vuelve a visitar.

–Pero…

–No nos van a matar, si eso crees. Sólo preguntas tienen, preguntas con respuesta, pero ya no recuerdan.

Los dos visitantes no comprendieron muy bien, y la viejita se sentó a regañadientes. Hubo un momento de silencio casi asesino. El abstracto-felicidad encendió un segundo cigarro con la colilla del primero que ya se empezaba a apagar. El detective sacó un cigarro para acompañarse de alguien que compartía ese gustoso vicio mal visto.

–¿Quiénes son ustedes?

–Nunca les creerá, su vida, su existencia, consiste en eso, en no creer en nada para que los demás sí lo hagan.

Luego de una pausa y de expulsar su cigarro, el detective dijo:

–Investigamos el asesinato de los abstractos.

–No son del gobierno, ¿ves? Deja de estar de paranoica, maldita sea. Pareces perro en matadero –dijo el abstracto-felicidad.

–No les creo, no es voluntario, qué quieres que haga; además, así soy.

Soltó una carcajada el abstracto-felicidad que se volvió un canceroso toser flemático. Se puso rojo, y aunque no podía respirar, al parecer, caló al cigarro sin importarle.

–Lo bueno de ser abstracto es que, seguramente, tengo más cáncer en todo el cuerpo que todas las gentes muertas de cáncer en la historia, pero mírenme, vivo y coleando en esta pocilga de cagada llamada vida.

–Ustedes solamente quieren acabar con nuestra tranquilidad, y eso no está muy bien que digamos. Su investigación no es bienvenida –dijo la abstracto-creencia. Los dos detectives se vieron incomprensibles. El detective tomó la palabra.

–Esto sí es confuso. Si los matan, ¿por qué dicen estar en paz?

–Porque cuando nos buscan para hacernos daños, los malos no nos prestan atención. Y nos vemos libres de ellos por momentos, bellos momentos, como este, en el que el abstracto-felicidad puede fumar, y yo puedo estar aquí con él. Nos odiamos, nos cagamos, pero compartimos existencia de abstracto.

–Pero son los malos los que son buenos sentimientos, tengo entendido.

–No, no, no, ellos son como cualquier abstracto. Los malos son los que nos controlan, o al menos eso tratan. Los muy ilusos no saben que, como sentimientos y abstracciones, estamos muy lejos de su poder, así como la consecuencia del mal experimento está muy lejos del pensar del científico estúpido que trató de hacerlo.

–¿Los humanos somos los… malos?

–Así es –dijo ella–, desde que saben que somos lo que somos, nos torturan para llevar a cabo sus cometidos. Piensa esto, por un momento únicamente. Un enemigo en común necesitas, entonces eliges creencia, o sea, extremistas religiosos. La gente debe creer que todos los creyentes de esa religión son malos, así que me obligan a algo para que las demás personas crean, y así ellos hacen lo que quieran. Me presionan de más para no darles a ustedes libertad de elegir. Ustedes creen que son libres, pero no, soy yo quien lo decide, incluso aunque sea obligada a tal.

Hubo un silencio reflexivo.

–Pero… no puede ser tan simple. O sea, creer va más allá de un objetivo material.

–Obvio es, ¿qué es el hombre sin creer? Nada. Mejor le valdría estar muerto. Creemos en todo, hasta en otros abstractos. Nadie es nada sin algo. Entre todos somos todo.

–Cuando torturan a uno, entonces, torturan a todos –concluyó el detective.

–¿Qué no es obvio? No es nadie nada con un solo abstracto, pues sería abstracto, justamente. Necesitamos de todos en ciertas mezclas, haz de cuenta, como una pócima: más creencia y felicidad y los tienes embobados, un poco de lujuria y amor, y tienes parejitas, un poco de odio y tristeza con depresión y tienes a un artista mediocre. Sí, todos los abstractos somos uno, en realidad, no funcionamos sin el otro. Fíjate nada más lo que pasa en tu mundito, en tu pobre existencia humana. Crees en la felicidad, eres feliz por odiar, olvidas amar, amas la enfermedad. Todo está conectado. Ningún abstracto es nada sin el otro. Tanto así que, si uno deja de existir, como haz visto, el otro deja de funcionar, somos tan complementarios que depende nuestra existencia de nuestro opuesto.

–Entonces… en los momentos de caos son libres –dijo el adulto joven.

–Excepto si el caos no es causado por el hombre a través de nosotros.

El celular del detective sonó y decidió contestar la llamada al ver que era el secretario de seguridad.

–Curioso tu amigo que olvida todo.

–¿Qué? –preguntó el adulto joven al abstracto-felicidad.

–Que ya nos había visitado.

El adulto joven decidió dejar pasar esto aunque se le hacía sospechoso. Decidió regresar al tema.

–Hablando entonces de lo que pasa hoy en día, quien mata, quien los tiene en un estado de peligro a ustedes, es otro abstracto.

Los dos abstractos se vieron y luego soltaron irreverentes y bastante desagradables carcajadas, como si del mejor chiste del mundo se tratara. El abstracto-creencia se limpió las lágrimas mientras el abstracto-felicidad encendía el tercer cigarro seguido, y dijo la anciana demacrada:

–Es que creo que no comprendes. Quienes están en peligro son ustedes al estar investigando quién nos está haciendo daño.

Se quedó el adulto joven sin palabras y con los ojos bien abiertos. El detective regresó ensombrecido.

–Tenemos que irnos.

–¿Qué pasa?

–Cerca de aquí han matado a otro. Debemos ir si queremos saber cómo trabaja el asesino.

–Señor detective –dijo el abstracto-felicidad con su vacía mirada y sangrantes encías–, ¿es usted más peligroso cuando ama a alguien o cuando no?

–No comprendo.

–¿Es usted capaz de hacer lo que sea cuando ama o cuando no?

–Cuando amo a alguien, supongo.

–Ahí tienen a su enemigo, entonces.

Ya en el auto, el adulto joven dijo al detective:

–Muy accesibles pero muy dogmáticos. ¿Qué fue lo que te dijo el secretario de seguridad?, por cierto.

–Estaba dando una conferencia sobre los 16 marcianos blancos desaparecidos y la lujuria había muerto.