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La cosa es obvia para el buen entendedor, para alguien que ya ha sumergido su mente en narrativas varias y sabe que sí se pueden y se valen estos recursos, pues de no ser usados, un verídico testimonio como éste se reduciría a una vivencia muy banal como la que está fuera de los libros. Mucho más aburrida y poco moldeable. La literatura da muchas más libertades que una vida libre. Ahora, líneas abajo seguirán esta misma temática, problema, situación o como usted guste llamarle, y sería preferible hacer literal lo que sucede, decirlo a bombo y platillo, como quien dice, y no porque se piense que el lector no tiene la capacidad para deducirlo, sino porque la simplicidad es una virtud que conduce al conocimiento. Páginas arriba, el secretario de seguridad, vimos, confrontó la marea blanca que era, prácticamente, un montón de gente vestida de blanco, y páginas debajo de estas, escuchamos que el detective dijo que el secretario de seguridad apenas confrontaba a los dieciséis marcianos blancos de pie, antes de los treinta y dos donde desaparecería el joven de preparatoria. Nos damos cuenta que hemos estado viajando en el tiempo, y quien diga que es un acto imposible según las reglas de la física que nos rigen, pues ya podemos mostrarles con estas líneas que en realidad no es así. Son estas palabras el testimonio y la prueba del mismo, lo cual le da mucha más veracidad que unas pocas reglas que atan sin sentido y sin posibilidad alguna. La razón de este retroceso, por no llamarlo desconocimiento de la aburrida temporalidad lineal que tanto nos tiene amarrados a un pasado-presente-futuro-hubierasido, será justificado, esperemos, oportunamente a su momento, por uno de los personajes de este verídico testimonio. Así que, por el momento, aceptemos que la situación sea la ya dicha, y juzguemos hasta que nos den la razón sobre su buen o mal uso.

Sigamos pues, con este salto de tiempo y espacio, y veamos que aquellos que habían sospechado sobre lo que ha venido sucediendo, será confirmado, o sea, su hipótesis será tesis, para dar paso al conocimiento. Tal vez no vaya a suceder de la manera que ellos más esperaban, pero también tengamos en mente que la vida nunca es lo que creemos que es, pues si así fuera, no existirían la imaginación, los sueños ni las aspiraciones esperanzadas en el qué será si hago algo así. Obviamente esto hubiese negado de nacimiento la existencia de la literatura. Cosa que no nos sería pesada pues no la conoceríamos pero, seguramente, sería una vida tediosamente insoportable y poco gozosa. También veremos que esto se puede también por la ambigüedad que tienen las palabras per se. Pensaremos que las palabras no lo son, pues cuando oímos perro, pensamos en un cuadrúpedo amigo del hombre, sin embargo, cada quien piensa en un perro distinto, por lo que da inicio a esta ambigüedad. En sí, una palabra tiene significación, una dada por dos, tres o mil causas, pero no es una significación solamente, y lo primordial, entonces, sería el contexto en el que esa palabra es usada. Es que, bien se puede dar a entender algo a alguien, pero incluso ese entendimiento que ya se tenía, puede ser cambiado, o sea, el contexto puede ser descontextualizado por otro contexto, y la historia cambia y sigue. La seguimos.

Pasó en un abrir y cerrar de ojos o, mejor dicho, en un pasar de hoja a la otra. Lo que antes él conocía como su apacible vida, se convirtió en una pesadilla. Sus creencias se vieron confrontadas y cayeron cual castillo de naipes. Frugales pensamientos, débiles, fueron esos los que alguna vez habían sido los pilares de su existencia. Primero su maestro favorito, que no actuó cobardemente sino desinteresadamente, que dejó que se lo llevaran unos maleantes de vida baja. Luego, acorde a sus creencias, no era la gente como las sagradas escrituras lo marcaban: una mujer que adopta a un niño que venía en una canasta en el río, un hombre que aceptó que su hijo habría de morir en nombre de un dios y por aparente mandato del mismo que, a parte, no es capaz de materializarse si no es a través de otros, de forma violenta, para afianzar la creencia en él mismo; o incluso padres que aceptan el sacrificio de su hijo, quien es el hijo de dios mismo, para poder dar la máxima confirmación de la existencia de un ser imperecedero. Alguien que incluso logró vencer a la muerte, como si fuera una enemiga, cuando no es más que un amoroso descanso. Así, poco a poco, el niño de secundaria dejó de creer, y era tal el miedo que, incluso cuando de las peores perversiones se tratara, no podía escapar de ahí, pues creía que le iría peor que si se quedaba. O sea, temía, y al sufrir, creía que obtendría más sufrimiento en la salvación, a la condena de su ahora miserable existencia. También hay que agregar que en una mente joven como la de él no hay nada peor, a según, que el que algo no sea cierto, y más si es la misma realidad que él creía verdad la que se lo niegue. Y una negación no solamente para él, sino para todos. Pero al ser joven y más receptivo, concluimos que el golpe fue mucho más fuerte, mucho peor. Perdió él, desde la primera humillación, las ganas de creer en el mundo que lo rodeaba.

Seamos claros, pues eso habíamos dicho desde el inicio, y es que la vida es un conjunto de creencias que a flote nos mantienen, y cuando el momento viene de que todo se viene abajo, ¿qué más nos queda? Afortunado para él, si desde un punto de vista conformista nos atrincheramos, que dice que la vida, incluso la más insoportable, es mejor a morir. Así que primero murió el instinto de supervivencia a la lujuria. Decimos que si hubiera muerto la lujuria antes, él se habría ido con ella. Se le llamó el monte de las putas a tan ignominioso suceso, del que nos enteraremos posteriormente. Pero dejó de sentir miedo, y dijo, bueno, que si muero, enfrento a lo desconocido, y eso es mucho mejor que esta puta vida que llevo porque me obligan. Y decidió escapar. Ya todo era mejor a esto. Con la ayuda mínima del narrador, y el acto de un buen samaritano, que lo invitó a su auto, fue como se pudo alejar del ignominioso lugar donde solo pervertidos iban a sentir el lujo que sus perversiones les permitían. A esto, el niño de secundaria ya sabía de lo que la gente era capaz de hacer, y eso era justo lo que los volvía otra cosa que no era un ser humano. Tomó desde que salió de aquel lugar, una roca con forma de cuña, bien afilada, y bien afianzada en su regazo, que podría sacar con suma facilidad para defenderse, pues si lo mataban, al menos daría lucha, y la lucha es la que define quién vive y quien muere. Al primer grotesco contacto, casi en confirmación que la ayuda venía solamente porque todas las personas que se topaba en el desconocimiento fueran enfermas, hundió él la roca en la garganta de la mujer. Sí, era una mujer la que le ofreció ayuda, pues ella esperaba otra clase de ayuda a cambio. Y la explosión le destrozó los tímpanos, mas no lo dejó sordo. El enorme camión chocó y se volcó pero no explotó, pues esto no es una barata película taquillera. Despertó adolorido y corrió en medio de la nada, en medio de la noche, con esa pijama que el último monstruo obligó a usar, y con la sangre seca en sus manos, que no era como pintura, sino como cemento. Corrió tanto como sus delgaduchos pies le permitieron y se quedó dormido a faldas de un enorme árbol que, de día, proporcionaría sombra al trabajador del campo incansable. Soñó él que la sangre se dividía, que la cicatriz de la enferma se volvían alas, y estas mariposas, despegaron en su vuelo y se volvieron fuego. No tenía señal de sangre después. Pero esa explicación no podía ser real, pues era fruto de una imaginación desatada. No había comido en mucho tiempo, estaba débil, le dolía la entrepierna, tenía pesadillas y no contestaban sus extremidades que dejaban de ser de niño. Él no necesitó de la muerte de la lujuria para no sentirla tan fuerte incluso en su etapa de cambio, pues tenía una educación que le había dicho que los cambios que confrontaría eran normales, sin embargo, en la situación en la que él estaba, todo esto lo agarró de improvisto, no estaba preparado para tantos cambios, ya que ni su propia voz era la suya. Quería llorar porque no tenía a su viejo amigo, el adulto joven, que seguramente lo orientaría en varias cuestiones, y que le haría burla sobre lo que iba viviendo, pues era justamente a través de esa burla como él le decía te quiero mucho. Un querer sin enfermedad, uno bello y eterno. Era lo que más extrañaba, esa burla que decía si te hacen algo, los mato. Se sintió inseguro, tenía un incómodo cosquilleo en las axilas y el pubis, y se quedó dormido pues ni el llanto podría evitar que el cansancio domara su cuerpo.

Despertó en una habitación de hotel, lujosa, una enorme cama que olía a limpio y el aire acondicionado aminoraba el calor. Estaba él intacto y, de hecho, más limpio. Escuchó a través de una puerta que conectaba dos habitaciones distintas, y que por debajo de la misma, del resquicio, una luz alumbraba hacia la oscuridad en la que él estaba:

–Ya nos están buscando. Se acabó. Sería mejor no hacer nada.

–Son unos hijos de puta, ¡no la tendrán tan fácil!

–Perra Tranquilidad, cómo me cagas. Ni pareces hombre.

–¡No me llames así!

–No manches, así te llamas, perra.

–Deja de decirme perra.

–¡Pero si eres una perra, perra!

–¡Ah! Cómo serás cabrón, Paz.

–¡Cállate, perra!

–Ya despertó.

La última era la única voz femenina entre tanta testosterona. Abrió ella la puerta y él, el niño de secundaria, quedó cegado hasta que ella volvió a cerrarla. No comprendía, tenía hambre y sueño. De tantas veces que lo habían mantenido despierto durante las horas nocturnas, necesitaba, al menos, una semana de perderse en Morfeo para sentirse humano una vez más. Volvió a acostarse, dejó que el sueño abrumador aferrara sus párpados, pues ya ni el hambre era tan poderosa como el cansancio y la sangre seca en su pijama, pues ni ropa interior le permitían tener a veces.

Era media noche, o las ocho, no sabía, pero era negro el cielo pues por las ventanas no entraba la luz, mas el alumbrado público funcionaba. Un poco de luz se filtraba a través de la ventana que conducía a un balcón, y ésta iba directamente a los labios. Benditos labios. Dicen que la evolución de la mujer indujo a una modificación de los labios de la boca. Al no ser cuadrúpedo, el hombre no podía ver que una mujer podía quedar embarazada por ver su sexo, entonces, la maravillosa mujer, tuvo que mejorar otros, en alusión a los que tiene entre las piernas, los que no hablan, pero los que más sueños roban.

–Ya despertaste.

El niño de secundaria, somnoliento, se sentó. Sabía que tenía el cabello enmarañado, siempre que despertaba así le pasaba. Y estaba duro, no por tener que ir al baño, sino por naturaleza varonil. Lo disimuló. Se sentó.

–No digas nada –dijo ella.

Habremos de hacer un efecto de película. La luz de afuera, que ya dijimos, alumbraba solamente unos labios brillantes, carnosos y hermosos, unos labios que por la simple vista te hacían agua la boca por querer saborearlos.

–Sí, ya sé, te está pasando. Eso que harás ahora que me vaya, te hará comprender por qué la gente hace lo que hace, por qué se vuelven monstruos, por qué vuelve al ser humano una bestia que solamente busca un objeto de deseo, aunque éste sea el que no debería ser. Por fin sabrás porqué los mejores caballeros prefieren el infierno al cielo. Sí, es eso justo lo que sucede entre tus piernas.

El niño de secundaria se encogió.

–Eso mismo –dijo ella con su seductora voz. Estaba sentada con las piernas cruzadas, y sus blancos muslos dejaban ver lo suficiente como para poder hacer un buen uso de la imaginación, la bendita imaginación. Sacó una cigarrera metálica, ella, y puso un cigarro en su boca, para luego encenderlo. El destello de luz le permitió al niño de secundaria observar el más femenino y bello rostro jamás observado, que jamás vería. Sus ojos eran tan oscuros que parecían negros, y en la pupila de universo, la luz del cigarro estaba.

–Vendrás con nosotros.

–¿Y quiénes son ustedes? –dijo con algo de miedo.

–No te lastimaremos, yo te cuidaré. Quiero que seas mi aprendiz.

–¿Cómo?

–Se supone que no te puedo elegir, pero hago lo que quiera. A fin de cuentas, soy la más poderosa de todas.

Fumó. Irresistible. Comenzaba él a sudar. Cuando ella expulsó el cancerígeno humo, él no deseaba más que inhalarlo para siempre.

–¿Y quién eres tú?

–Amor, soy el Amor.

–Yo quiero ver a mis padres.

–Allá iremos.

–¿Sabes dónde están? –preguntó ansioso.

–Tenemos contacto con tu padre.

–¡Dónde está! ¡Quiero verlo!… por favor…

–Tiempo al tiempo. Los leeremos pronto.

No comprendió muy bien lo que quiso decir. Uno de los hombres entró, era él puro músculo magro, y se preguntó el niño cómo era que él haría para rascarse la cabeza o para limpiarse el trasero luego de ir al baño. Le dejó una humeante sopa en la cama que le hizo agua la boca. Hasta tenía carne, cosa que o veía desde que estaba acostumbrado a comer pan agusanado y mierda.

–Come, adelante. Cuidado, no te quemes.

Ávido, comió, y sintió cómo el caldo recorría su esófago. Se tranquilizó, fue reconfortante. No había comido desde quién sabe cuánto tiempo.

–¿Cuándo veré a mis papás?

–Pronto.

–Y… ¿por qué me estás ayudando?

–Cada quién tiene algo que hacer en esta historia, ¿verdad?

–¿Qué historia?

–La nuestra, qué otra.

–No entiendo.

–Ya lo harás, niño.

Acabó de comer.

–Supongo que tienes sueño. Te dejaré descansar. Mañana partiremos en la tarde. Te dejaremos comida y ropa para que te asees y te cambies.

–No puedo escapar, ¿verdad?

–¿Puedes escapar de tus sentimientos?

–¿Cómo?

–Solamente contesta la pregunta.

–No, no puedo.

–Entonces no, no puedes escapar.

Se fue ella contorneando las caderas como quien sabe que la observan. Y sí, tal como ella dijo, sintió él por mano propia lo que desconocía hasta ese momento, tan fuerte que se agotó y durmió enseguida, comprendió por qué la gente hace las peores cosas con tal de encontrar la más vana de las satisfacciones solitarias.

Fue un viaje de dos horas en un auto de lujo con todas las comodidades más innecesarias que podía imaginar. Se sentía el amo del mundo, tal y como la mujer decía ser. El hombre musculoso manejaba. El copiloto era un hombre más delgado pero no poco corpulento, llevaba una chaqueta de cuero y múltiples anillos metálicos en sus dedos, cabello largo y rubio, y por su decisión, no dejaron de escuchar música de género metal durante el trayecto. El grupo había inspirado su nombre en un libro que trataba de anillos mágicos, con nuestras palabras, el grupo era un monte del destino. El copiloto dijo que, si bien, era música en exceso ruidosa, tenía una melodía que, según él, podía ser mezclada o incluso tocada al estilo de la música clásica y que quedaría, en consecuencia, como una verdadera obra de arte. Los temas de las canciones eran sobre mitología y dioses caídos.

–Dioses caídos en el olvido, ¿se imaginan? Son creadores y manda más, pero cuando la gente se olvida de ellos, dejan de tener poder, y son suplantados por otros dioses más brillantes. No son tan poderosos, pues. Deben recordar constantemente a su creación que ellos existen para que no los olviden. Aún así, recuerdo cómo peleaban. Esas sí que eran guerras. Si los hombres no hubiesen estado tan ocupados en sus guerras mundiales tan tontas, hubiéranlos vistos en acción. Hasta nosotros tendríamos problemas para vencerlos.

–Son huesos duros de roer, pues siguen existiendo hoy en día.

–Durísimos, sí que sí. Yo creo que si nos juntáramos con ellos, la perra humanidad se postraría ante nuestros pies.

–Será para la otra.

–No, recuerda que esta perrada solamente se repite una y otra vez.

Se estacionaron cerca de un convento, de esos establecidos en edificios históricos antiguos donde todos usan hábitos oscuros, incluso cuando dios es luz, ellos prefieren la oscuridad. El niño de secundaria se asomó por la ventana y vio a un padre. Se hizo del baño. La mujer, lejos de molestarse o enojarse, le ayudó a limpiar todo lo posible, para luego preguntarle:

–¿Qué pasó?

–Ese hombre…

–¿Qué te hizo?

Se quedó en silencio. Era algo que no quería rememorar, traer de vuelta a la mente. Ella lo notó. Acarició suavemente la mejilla del niño de secundaria, y este se sintió mucho mejor.

–¿Qué te hizo esa perra? –dijo el metalero. Otro auto se estacionó a su lado. Había tres hombres ahí, con relucientes trajes. Uno de ojos rasgados, uno negro y otro cien por ciento nacional. El hombre musculoso salió a fumar.

–Él… él me obligaba a bañarme frente a él mientras se… –comenzó a llorar.

–Paz, ve con el niño. Que sufra su merecido.

–Con gusto, mi amor. Ven, niño, vamos por la perra.

–No… por favor.

–El abstracto-paz te ayudará. Te cuidará, todos lo haremos. No te preocupes, mi niño.

Temblando, bajó del auto, y pensó que se burlarían, hasta que el negro dijo:

–Que se coma sus bolas, Paz.

–Ni que lo digas, Justicia. Ya verá esa perra.

–Bueno, nosotros iremos con mi amiga. Nos veremos luego. No olviden: discreción total.

Siguieron al padre el niño de secundaria y el hombre metalero al que le decían Paz. Iban en silencio y para su suerte, nadie los vio. Lo siguieron a una habitación donde se encerró y puso candado para que no lo molestaran. En niño de secundaria sentía la sangre en la cabeza, temblaba y sentía mucho frío. El metalero sacó un alfiler y con una maestría ancestral abrió la cerradura, sin hacer el más mínimo de los ruidos. Era una habitación enorme, aunque con una muy básica composición de mesa, escritorio y demás hábitos religiosos. Estaba el padre sentado dando la espalda a la puerta de entrada, no tenía pantalones y se masturbaba jadeando como perro sediento. Recordó el niño de secundaria lo que hizo en la noche y se sintió sucio. El metalero cerró la puerta con silencio y se puso frente al niño para cubrirlo por el momento. Dijo:

–He venido a confesarme, perra.

El padre se levantó tratando de cubrir lo que en la mesa había, así como su sexo asqueroso. Cayó acobardado y lleno de vergüenza. El metalero fue hacia él.

–¡Quién eres tú! ¡Qué haces aquí!

–Silencio.

–¡Maldito!

Le dio un fuerte puñetazo en la boca que sonó sordo, y la sangre saltó así como unos dientes. Se calló. El metalero vio fotos de niños desnudos en bañeras y regaderas.

–Esto sí que es un asco, perra. Dime, ¿tienes ya tu pasaje directo al cielo? ¿La gente como tú va allá? Qué puto asco de lugar, perra.

–¿Quién eres?

–¿Yo? La verdadera pregunta sería para ti, quién perras eres tú, porque eres un hombre de bien, hasta que de impúberes se trata. Cerdo de mierda.

–No soy yo, no es mi culpa. Es un demonio que se apodera de mi alma.

Estaba arrodillado, y el metalero le dio un rodillazo que lo hizo chillar. Luego forcejearon, lo tomó del cuello y lo obligó a ver al niño de secundaria, que estaba de pie, asqueado. El padre lanzó un sollozo lastimero al verlo. El niño de secundaria no sabía qué pensar.

–Ya te llegó la hora, perra. Sin embargo, yo no haré nada que quiera, él me lo dirá.

–Por favor, hijo, ten piedad, soy la víctima aquí, no me controlo. Sé un buen creyente.

–Dime, niño, ¿qué habré de hacer con él? –preguntó el metalero.

El niño de secundaria pensó. Le habían enseñado a que el perdón es la más grande arma, pues así llegaría al reino de los cielos. Matar era malo, era pecado, torturar, atacar, robar; todo eso sería condena. Decían que no es bueno quitarle la vida a un hombre, pero tampoco lo es quitarle la inocencia a alguien, mucho menos a un menor. Entonces comprendió que dios no era malo ni bueno, sino más allá. Dios es equilibrio, balanza. Dejaría que todos hicieran lo que quisieran, y si de algo malo se tratara, un juicio malo tendría, pero si de algo bueno hablamos, un juicio conveniente vendría. Si algo desequilibra la balanza, algo se debía hacer para reestablecerla, o sea, una acción parecida. Alguien malo paga con el mal, y alguien bueno paga con el bien. Se dio cuenta el niño de secundaria que, en ese momento, él era dios.

–Te dijeron, Paz. Que se coma sus huevos.

El metalero sonrió. Lo que sigue fue fugaz pero en cámara lenta: frugal en su recuerdo, pero al momento lento: el contacto flácido de la mano con el sexo desagradable, el grito, la sangre, el semen, el sonido de rasgarse, el estiramiento de la piel, los pelos, la boca llena, el ahogo del padre, el metalero apretando la boca de aquél y su nariz, el espasmo, el dolor, la contorción y el poder, el placer de ver cómo el malo sí pagó, esas palabras que le había dicho, algo así como báñate, mi amor, báñate y déjame ver cómo el agua lava tu pecado, báñate porque yo soy hombre de dios y así te ganaré tu pasaje al cielo, porque tú me darás el cielo justo ahora, báñate, sí, quítatelo todo, el pecado y la ropa, sí… sí, ahí tienes mucho pecado, sí, déjame lavarte, déjame lavarte… lávame, sí, así… bien, bien, tienes tu cielo, sí, aquí está tu cielo, te lo voy a desparramamar… Todo eso reducido a las lágrimas en sus ojos y los testículos en su boca, el masticar, la sangre y la sal, el pecado y el arrepentimiento, las venas a explotar, el dolor, el sufrimiento, el merecido, el pasar su propio cuerpo pecaminoso, el testículo atorado en su garganta, ese bulto enorme ahí, en su cuello, las venas saltadas, la desesperación, el moco de su nariz, su venida en la boca, su miserable ser. Murió. El metalero lo dejó caer inerte.

–Pinche perra –y luego hizo la señal de la cruz. Se fue a lavar y luego dijo al niño de secundaria:

–Ven, hay que esperar a los demás.

Fueron a un café, y el metalero le compró la bebida más cara. A diferencia de lo que pensó, el niño de secundaria, no se sentía mal, hasta una extraña alegría lo embargaba. Estaba bien y a gusto. El auto chocó. Todos se sobresaltaron. Hubo una pelea. Cuando Paz salió a ayudar a sus compañeros, otro auto lo arrolló, un auto conducido por el secretario de seguridad. No lo podía creer. Salió corriendo y llorando hacia el adulto joven, quien golpeado y adolorido, fue hacia él, y se fundieron en un abrazo amigable hasta que el detective, presuroso, los obligó a ir al auto. El adulto joven lo cargó y fueron. El secretario de seguridad rechinó las llantas al salir a toda velocidad de ahí, y arrolló a una mujer que les disparaba. El niño de secundaria lloraba en el pecho de su amigo, y éste lo tenía bien apretado contra de sí.

–Mi niño, estás bien, estamos bien… estamos bien…

El adulto joven no lo quería soltar, porque cuando perdemos algo pero lo tenemos de vuelta, vale más que la vida propia. Entre lágrimas, el niño de secundaria vio al detective que le sonreía paternalmente con ese rostro amoratado y golpeado. Se dieron la mano. El niño de secundaria volvió a sentir amor.