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La vida y el destino son cosas caprichosas, cosas que no pueden ser aplacadas como el niño que hace un berrinche, aunque ambas nos hagan sentir las ganas de dar un bofetón y acabar a tiempo con un comportamiento que podría volverse vicio. Y como el capricho así lo exige, veremos cómo en un futuro de este pasado en el que estamos inmersos, el adulto joven verá en las notas de periódico y distintas formas de comunicación masiva y no masiva, de muchos escritores y no escritores, la forma de aceptar o dar cuenta de la muerte de la lujuria, y con ella, la de la industria pornográfica, que tal vez era la única que nunca vería en realidad este fin tan inesperado, irreverente, hasta gracioso, como se verá en un rato; y, obvio, como lo exige la misma, rayando en la vulgaridad. Una vez más, deberá perdonarse el atrevimiento de las líneas, pero es que la situación así lo requiere. Regresando a la situación, la industria pornográfica enfrentó su bancarrota, los métodos anticonceptivos fueron innecesarios pues nadie quería ya unir sus cuerpos en cópula, y cientos de miles de trabajadoras y víctimas de tratas se vieron en una situación totalmente inesperada. El placer físico se volvió no algo repelido, sino ignorado, pasado de alto, como quien dice, frase extraña, pues pasar algo por lo alto debería ser algo totalmente contrario al acto de ignorar. Y es que se vio como grandes productores de condones tuvieron que cerrar puertas, la venta de artículos sexuales cayó a cero, las sexoservidoras y los sexoservidores se vieron desempleados, sin trabajo, los crímenes sexuales de todo tipo en todo el globo terráqueo se volvieron ausentes y mucho menos valiosos que el mismo dinero que valían, la vara ya no levantaba, el internet se redujo a menos de su diez por ciento, ese de investigación y demás diversiones no relacionadas a la sexualidad solitaria ni enfermiza, ya no había acoso en las calles ni frases incómodas a las víctimas, los piropos se volvieron inexistentes, la igualdad sexual se había alcanzado para todos porque ya no había necesidad de activos ni pasivos, ya no se mataba el oso a puñaladas, había hoyo y animal pero no barbacoa que hacer, el mollete ya no era gratinado, al ganso no le jalaban el cuello, ni con esas se acomodaban mesas, no más turbación, ya no había chichocamos, no había bacanales, ya se buscaba más el oro y la plata que el tesoro entre sus patas, nadie bajaba por los refrescos y nadie salía por el pan, creativos juegos de palabras dejaron de ser graciosos, los tocamientos se acabarían en los transportes públicos a menos que el exceso de pasajeros así lo requiriera, los dobles sentidos se redujeron a uno, en las escuelas los alumnos no cotilleaban por las clases de sexualidad y el pudor dejó de ser tan misteriosamente provocativo. Se vería una reducción abrupta en la natalidad nacional de cualquier país, y las enfermedades de transmisión sexual se verían drásticamente reducidas en cuestiones de contagio, pues las víctimas no podrían regresar el tiempo para prever el arrepentimiento al que se tendrían que afrontar.

Así fue esto visto de forma general y en pocas palabras, porque la imaginación, dicen, es infinita, pero es su misma facultad de ser infinita su limitación, pues no se puede alcanzar lo que no tiene fin. Sin embargo, podremos iluminar más nuestro camino o nuestra visión de lo que sucedía viendo algunos casos particulares, porque con la generalidad nos damos idea, pero lo particular lo hacemos nuestro; y es que esto que es narrado en este verídico testimonio puede resultar difícil de creer por su imposibilidad en la pérdida de algo tan intrínseco en el ser humano. Es justo ahí donde radica la complejidad del asunto, en que no nos podemos ver sin algo tan natural. Podemos ver, por ejemplo, que la rutina da seguridad por ser algo conocido, pero puede ser un problema en que, cuando alguien más la conoce, puede resultar incluso en contra nuestra; así pues, teníamos al hombre cuyo pasado no conocemos pero que se tomaría el suficiente tiempo para conocer la costumbre de ella, sus movimientos, pulsaciones, vestimentas y horarios, cada uno de sus secretos y amistades, sus elementos personales y hasta la posibilidad de ella conocer artes que le permitan defenderse de cualquier malhechor; todo esto logrado con la atención y la concentración de alguien que busca su placentera satisfacción enfermiza a costa del malestar consecuente de la atacada; y el momento llegó, ese que sería la causa del resultado que tanto esperaba él que era el de poder sentir un cuerpo caliente como el suyo contra el mismo, aunque fuera a la fuerza, pues seguramente sería a la fuerza, y aguantaría los embates de la resistencia, pero cuando hay constancia, cualquier ariete entra por cualquier puerta, por más reforzada que ésta esté; y la perfección, en este caso, se hizo en una soledad y oscuridad, el hombre avanzó hacia ella, latente, no sonriente, pero sí acechante como el león que caza su comida para no morir de hambre, que el hombre bien podría sobrevivir sin esta satisfacción violenta, pero para él era impensable, y cuando estuvo cerca y el aroma de ella escozó en su nariz, cuando ella sintió la presencia que la hacía peligrar, él se siguió de largo, no acobardado, pero su finalidad se había perdido en la ignominia de quién sabe qué; se le olvidó, podríamos decir, para reducir todo esto a una simple frase. Podemos ver a la pareja adolescente solos en casa, con sus zonas erógenas ya sensibles a cualquier provocación, al más mínimo contacto había oleadas de placer infinito, sudando ya en esas limitantes llamadas prendas de vestir, esas que les coartaban la libertad del cuerpo desnudo, con la lengua del otro hasta la garganta y con las prendas interiores húmedas y tensas, con sus pies y manos temblorosas, con la desesperación a tope, la sangre en la cabeza y el corazón latiendo como el de caballo desbocado, la necesidad de sentirse, de sentirlo, de meter y dejar entrar; sacó él entonces un condón y dijo que se desnudaran; con un gran casi dolor físico se separaron, se dieron la espalda, y se quitaron toda la ropa para quedar como los originales antes de comer una manzana, para quedar como los vieron llegar al mundo y tal y como se los llevaría la tierra para convertirlos en ella misma; se voltearon a ver de nuevo, así, bien descubiertos, enseñando cada secreto de su cuerpo y consigo, cada secreto de su alma en pena, y vieron sus apenas muestras del crecimiento maduro, sus pechos apenas prominentes, curvas donde no se esperaban encontrar, un agujero negro y una estrella fugaz que latía al ritmo de sus corazones; fue justo en ese momento que sus partes tensas se redujeron a un trapo mojado colgante en alguna alacena, en un miembro muerto inactivo, relajaron los miembros, la respiración se volvió normal, y mejor, así, desnudos, se juntaron, se acostaron y mejor se pusieron a ver una película, ni la desnudez les provocó deseos, era como si estuvieran vestidos. Quien la idea tenga, por esta breve descripción, que los que estos jóvenes pudieron haber sido demasiado jóvenes para hacer eso, pues se les invita a ver el comportamiento estudiantil en un aula de clases a los diez, once, doce años de los alumnos, para que vean que son ignorantemente duchos en cuestiones sexuales. Podemos ver también al joven solitario que se aguantaba hasta la noche a que su familia durmiera para poder conectar su computadora al internet, y como buen solitario, ver unas cuantas docenas de páginas de internet sobre pornografía de las que él ya tenía un experto conocimiento, luchando en un fuero interno a cual entrar, pues entre sus amigos jugaba por ver los senos más grandes y firmes, pero en su realidad solitaria, él prefería ver sí, cuerpos, pero los del otro, el que debería tomar el papel regularmente activo, y si eran estos dos activos, mucho más éxtasis para él; así que buscó y buscó, y cuando dos aceptables sementales de su agrado encontró, puso a trabajar su pulso, y fue justo al momento del descontrol que, repentinamente, le llamó mucho más la atención la ridícula historia de doctores, enfermeros, maestros, policías, científicos o demás faramalla imaginable, lo que lo hizo detenerse y mejor poner atención, y sabía que le dolería, pero ya estaba flácido y su respiración controladísima, y él enajenado y sumido en risas por la fantasiosa historia, y al acabar la película, mejor a dormir se fue, sin hacer nada con sus manos, sin hacer nada con nada. Ya no habían de esas especulaciones de cuestiones personales sobre cómo era la forma, tamaño, parecido, olor, desparecido, intensidad, vergüenzas, creencias, embarazos no deseados, oralidades, manualidades, almohadazos, mojadas, desnudos consuetudinarios, ilegalidades, ataques y demás.

Eso apenas se lo podría imaginar él, el adulto joven, en el auto, en camino a donde se encontraba ya el secretario de seguridad también.

–Has estado llevando muy bien los interrogatorios, deduciendo información vital, hasta me sorprendes. Pensé que no tenías experiencia en esto.

–Bueno, algo he aprendido de ti.

–Demasiado crédito me das.

–Y, bueno, ¿qué has podido deducir?

–A pesar de que los están matando parecen muy tranquilos, como si lo quisieran.

–¿O sea?

–Parecen saber que morirán, por ello no se inmutan.

–¿Quién crees que sea el asesino? Eres el hombre que lo sabe todo, ya has de tener alguna pista o sospecha.

–Otro abstracto. Esto se me antoja casi como si quedaran de acuerdo.

–¿Para que los maten?

–Aunque al que haya que matar no quiera.

–Entonces, ¿qué vamos a hacer?

–Veremos cómo actúa el asesino, e iremos a ver a los últimos abstractos. Tengo entendido que todo el tiempo están juntos: el abstracto-tiempo y el abstracto-espacio. Deben saber ellos qué es lo que pasa.

–Eso es cierto, más con eso del tiempo. No hemos dejado de escuchar que esto se repite y se repite, que ya ha sucedido. Que han visto a alguno de nosotros…

–¿Cómo?

–Bueno, pues… te diré que el abstracto-felicidad me dijo que ya lo habías visitado, pero que simplemente no lo recordabas.

–Es extraño. Digo, yo recordaría haber visto antes a semejantes personalidades, yo creo que como cualquiera de nosotros.

–Eso que ni qué… ¿Crees que tardemos mucho aún? Digo, en resolver esto del caso y lo que sea.

–No, o, al menos, espero que no, no podemos permitir todas estas muertes, ¿cierto? Entre antes acabemos, mejor.

–Muy bien, me parece excelente.

–Los extrañas ya, ¿verdad? A tu familia.

–Demasiado.

–No te preocupes, pronto los verás, pronto estarás con ellos.

Vieron el convento, un edificio construido hace tiempo y por el tiempo, parte del legado histórico de un grito o deseo de no querer ser olvidado, de no querer volver a caer en un error que no debía ser tentado de nuevo. Porque las tentaciones son así: te hacen caer porque sí, no hay otra razón en sí. Dicen que la historia es una roca con la que tropezamos, pero que volvemos a poner frente a nosotros, y que olvidamos, con la que volvemos a caer. Caemos por gusto, adictos a sufrir el error que ya conocemos, por eso la usamos, esa misma roca. Porque un nuevo error es siempre catastrófico. Si así pensáramos todos, tal vez veríamos la importancia que tiene la historia, y no la de las fechas infinitas e inservibles, sino la de las causales que son como bocas de ríos que siempre llevan al océano, o sea, a perderse. La memoria histórica es esa que hace a una nación, pero cuando no puede ésta ni recordar eso que sucedió ya antes, es cuando viene el error de repetir el mismo problema de antes. Se estacionaron a un lado de dos autos lujosos. El adulto joven los admiró un rato para luego ir detrás del detective para cumplir con sus deberes. En la entrada del convento había dos policías. Les impedían el paso.

–¿Y bien? ¿Qué es lo que los trae por aquí?

–Venimos de parte de secretario de seguridad.

–No me dijo que vendrían unidades vestidas de civiles.

–Sabemos que han matado al abstracto-lujuria –dijo el adulto joven para ayudar a su amigo.

–Así es, debemos revisar las consecuencias en materia de salubridad que pueda tener este caso.

–No la tocó, ¿cierto?

–Uhm… espero que no, seguramente te esperan los campos sentimentales.

–Pero, obvio, si nos dejaran pasar podríamos solucionar cualquier cosa antes de tiempo.

–¿Cuál es su número de placa? Nuestros superiores deben saber qué unidades han tenido contacto con la víctima.

–No se diga, esto es asunto de seguridad nacional. Usted sabe que esto se contagia casi como enfermedad.

–Si usted está enfermo no hay mucho qué hacer, pero por sus seres allegados algo podemos procurar.

El policía solamente movía de un lado para el otro su gesto preocupado, y la información le llenaba la cabeza incómodamente, no lo dejaban hablar.

–¡Está bien, está bien! Adelante…

Era más nervios que unidad de seguridad, y es que no olvidemos que hasta los luchadores por el bienestar social son seres humanos también y sienten como cualquiera. Ambos entraron triunfales, como si una guerra hubiesen ganado. Vieron mujeres y hombres que iban desde las flores más jóvenes cuyos pétalos apenas sudaban con las preocupaciones de la vida, hasta los más viejos que tenían los años de la tierra dibujados en los surcos de sus rostros avejentados, surcos que eran más como ríos profundos y bravos, así, como de sabiduría innombrable. Por eso las arrugas salen, porque son sabias, y eso sería bonito de creer, que cada arruga fuera un conocimiento. Y es que la vejez tiene dos caras: La cara de la bondad y la de las desgracias. Si las arrugas salen por conocer, son agraciadas; pero si salen porque el tiempo es lo único que cambió, pero no la mente, y por ende, la inteligencia del sujeto, entonces las gestualidades son torvas.

Llegaron a la habitación donde el secretario de seguridad observaba y cuidaba que nadie modificara la escena del crimen. Una policía dijo con un nivel de voz como el de aquél que no quiere ser escuchado, Es fea como la chingada. Pensó el detective cómo algo tan famoso como la chingada, que aparte puede ser adverbio, verbo, adjetivo o sustantivo; puede ser eso, tan reconocido a pesar de no ser en realidad conocido por nadie, pues no hay alguien que haya ido ahí y haya regresado para contarla, nadie puede dar a entender esa palabra como algo conocido, como con la palabra perro, que puede ser grande, pequeño, de color indistinto, o de raza cualquiera; mas no como la chingada. Esa, entre todas sus múltiples significaciones, es única, y la conocemos, incluso más que la de perro. La chingada, al parecer, funcionaba como todo lo que en este mundo hubiera. Vio a la mujer: en efecto, era tan fea que no estaba seguro de si era hombre o animal. Era mujer por su hábito, el que usan las féminas, pero sólo por el hábito. Hay gente cuya cabeza tiene forma de diamante, óvalo, triángulo o cuadrado; pero ésta tenía forma de trompas de falopio, de aparato reproductor femenino, pues, para dar a entender mejor la situación. Sus ojos estaban perdidos en cuencas tan grandes como agujeros negros, la nariz caída en un gancho de rapiña propio de la brujería, sus labios serán inexistentes y no tenía un solo cabello. El adulto joven arrugó la nariz: tenía el hábito hasta la cintura, sus piernas eran delgadas y raquíticas, fácilmente rompibles, con el más mínimo peso cederían. Había sangre también. Definitivamente, no pensó que la lujuria fuera tan fea. Nadie querría meter ni un palo en ese agujero que tenía entre las piernas, que parecía más el destinado a sacar lo que comemos en lugar de meter la sangre que perpetuaremos.

El secretario de seguridad yacía a su lado, los tres contemplaban el cuerpo de la misma forma que los fanáticos artistas contemplan una obra de arte.

–¿La violaron y la mataron, o la mataron y luego la violaron? –preguntó el detective.

–¿Tiene eso acaso importancia? Esta pobre urraca era hija de padres ricos, que la heredaron y la enviaron aquí, ella gastó todo su dinero en ayudar a los necesitados y nunca se hizo de fama. Es aún tan fea ya muerta. Nadie se fija en las acciones de la gente, sino en la belleza de quien las ejecuta. Como sea, fíjese bien usted, esta mujer fue, tal vez, la más casta, la más pura, la más servicial; pero por ser tan horrenda, la más resbaladiza para los hombres. La perfecta imagen de la pureza. ¿Qué mejor que eso para denostar a su opuesto, que sería la lujuria?

–Eso fue casi… literario –dijo el adulto joven sin dejar de ver el cadáver.

–¿Está esto condenado a un final feliz?

–No, obvio es, señor secretario de seguridad, la literatura no es sinónimo de felicidad.

–Independientemente del final en cuestión, lo es para el lector.

–No para el personaje.

El secretario de seguridad caminó hacia la puerta.

–¿Y qué diferencia hay entre el personaje y el lector que no sea la de intercalar roles dependiendo de su espacio y tiempo? –silencio–. Mantendré a mis hombres fuera. Siéntanse libres de fotografiar o lo que sea necesario.

Se veía como guerrero vencido. Se quedaron solos. Vieron el cuerpo. El adulto joven se enfocó en el rostro, pues parecía sonriente, sus labios estaban plásticamente jalados hacia arriba, imitando una sonrisa. Sus párpados cerrados a medio camino, con los ojos bien en blanco.

–Se ve como si estuviera… –se detuvo el adulto joven.

–Gozando –finalizó el detective.

Y así nos percatamos, como antes dijimos, que si se evoca el conocimiento previo del lector es mucho más fácil imaginar lo que sucede en la narrativa misma. Un afeado rostro tenía aquella, y aunque este tipo de recursos denote una falta de habilidad de escritor, también será agradecida por la velocidad y simplicidad que brinda al lector.

–¿Por qué?

–Oíste al secretario de seguridad –dijo el detective–, era ella pura y casta. Lo opuesto a la lujuria.

–Pues no es por ser mala onda, pero con ese físico, dudo mucho que no fuera pura y casta.

–La inocencia, para mantenerse así, toma las peores de las caras y perversiones. Eso para mantenerse así. Si te vuelves atractivo, atraes lo opuesto.

–Freudiano, ¿eh?

–No, solamente algo mal viajado.

El detective, luego de decir esto, fue a la puerta, para decir a continuación:

–No la forzaron.

–¿Los dejó pasar? –preguntó el adulto joven.

–Posiblemente.

–¿Quién vendría por ella que fuera de su confianza?

–Otro abstracto. Sólo entre ellos se conocen.

–También los poderosos pues los obligan a cambiar para cambiar la humanidad.

–Ellos no hacen las cosas por sí mismos, los poderosos, ellos mandan a alguien más a hacer el trabajo sucio, si no, no tendrían poder qué presumir.

Ambos se quedaron viendo el semidesnudo cuerpo, pensativos, dejando lugar al silencio como éste fuera a darles la respuesta. Sin embargo, éste es sólo un decir, pues de más sabemos que por ser tal, el silencio otorga, o sea, da a lugar a la respuesta, pero no es la respuesta en sí, no se debe confundir con el vacío, porque el vacío y espacio son diferentes cosas. Vea usted que hasta hay espacio vacío. Así de distintos son, mas no opuestos. El silencio para algunos es necesario para pensar y tener una respuesta en ese silencio, en ese vacío, pero no da la respuesta. Sería muy fácil ir a dormir para obtener la respuesta como por arte de magia.

–¿Alguna teoría?

–¿Serviría de algo? –contestó al adulto joven.

–Nos orientaría.

–¿No tienes tú idea?

–Sólo es que me siento confundido.

–¿Por qué?

–Porque si la pereza había muerto, ha nacido de nuevo, quiere decir que, si la lujuria ha muerto, va a volver a nacer. Esto que vemos no es más que…

–Un envase, no la verdadera lujuria.

–No se puede matar.

–Tienes razón –dijo al adulto joven–, el problema es que, dicen, que los asesinos y el gobierno los hacen sentir lo opuesto para reducir su efecto en la gente. Si esto es extremo, es cuando el abstracto muere. El problema es que, si lo llevaran al extremo, debería desaparecer para siempre. O sea, tomando en cuenta que es un diez positivo y un diez negativo, pues hablamos de extremos, de abstractos, el matar a uno, por medio de su opuesto, es dar igual a cero, o sea, su desaparición total. Sin embargo, esto no es lo que pasa aquí, vuelven a nacer, por el contrario, y no solamente eso, sino que el cuerpo muere sintiendo exactamente lo contrario al abstracto en cuestión. Ella, la abstracto-lujuria, no se defendió, dejó que entraran los malhechores. Sabían que esto pasaría, todos los abstractos y, prácticamente, se dejaron morir. Por eso es que el abstracto-olvido estaba tan cómodo y ni siquiera tocó el botón del pánico, por es que el abstracto-felicidad estaba tan tranquilo, por eso estos tiempos de horror son buenos tiempo para ellos.

–¿Sabían que los matarían?

–Y que no funcionaría.

–Pero, entonces, ¿el asesino no lo sabría también? Tomando en cuenta que fuera un abstracto.

–Seguramente sí.

–Entonces, no tiene sentido su asesinato.

–Esa es la cuestión, lo que no es claro, lo que no alcanzo a comprender…

–Debe haber alguien más entre los abstractos…

–O es uno de los abstractos lo que los guía.

El adulto joven vio fijamente al detective.

–Hay otra cosa, ¿cierto?

–No entiendo cómo uno puede volverse un abstracto. Parece ser como cuando alguien muere y ve una luz. Podríamos decir que es otro cuerpo pero la misma vida, saliendo de otra madre, viendo luz, a través de las piernas de una mujer. Perdón por la expresión. El abstracto podría ser eso, una especie de alma.

–Cuando un abstracto muere –dijo el adulto joven–, no lo hace en realidad, sino solamente el cuerpo. Por eso al morir, ellos vuelven a nacer. No mueren en realidad. Y ellos sienten lo opuesto pues ven la vida pasar ante sus ojos, y con eso, lo sienten de nuevo, y eso justamente que perdieron al ser abstractos es lo que más sienten pues es lo más lejano a ellos mismos. Nunca mueren en realidad, solamente dejan un cuerpo inerte. Un envase, como dijiste.

–Así es, mi buen amigo.

El detective luego agregó:

–Esa es la teoría, al menos, aún no sabemos quién es el asesino…

El eco parecía ser aumentado a propósito, como si el pasillo lo intensificara solamente para crear un efecto de película barata, de narrativa de ficción. Era un golpeteo constante, preciso, el previo de la mujer más hermosa jamás antes vista, contada, narrada, o lo que sea. Claro que eso era la imaginación del adulto joven, incluso cuando ese perfume, ese olor que apenas percibía era casi fantasmal, ese que lo obligó a voltear a la puerta y ver el vestido rojo entallado, casi como piel sobre músculo, tacones de aguja, tan puntiagudos que un átomo bien podrían separar en una explosión atómica de placer, imposibles de caminar sobre ellos. Caminó él cual autómata. Se fue con la mente en blanco. El olor, el olor era fiero, tan fuerte que su cuerpo trabajó a voluntad ajena…

–¿Sabes qué? Creo que deberíamos… –el detective no vio al adulto joven consigo– ¿Qué?

Salió al pasillo y lo vio girando en dirección al auto. Fue por él, iba a comenzar a correr, pero el secretario de seguridad lo detuvo.

–¿Encontraron algo?

–Tenemos una vaga teoría pero… ¿a dónde fue mi amigo?

Sintió el secretario de seguridad una punzada, una daga en el corazón, tan diminuta que la ignoró al instante aunque el dolor conservó.

–Iba con amigos. Me dijo que de trabajo… de hecho no sabía que ustedes vendrían con más gente.

Sintió de repente la alarma, fue corriendo a los autos y vio que solo estaba el que dejaron ellos dos, el del alquiler. Subió a él y rechinó las llantas para salir tras su amigo…

Luego de oír los taconazos del cielo, el adulto joven volteó a la puerta y la vio. Quedó ofuscado, obnubilado. Se nos dirá que es porque la naturaleza del hombre es traicionera, pobre argumento sin fundamento, o porque ella es el amor, así que puede hechizar a quien quiera, sin importar si es hombre o mujer, o sea que si él hubiera sido una mujer adulta joven, igual hubiera sentido ese bloqueo cerebral. Sin embargo, nosotros sabemos un poco más de aquél, por suerte; sin embargo, él no lo sabía, y por eso cayó su mente, por eso dejó de funcionar. Aunque en realidad, cualquier mujer pudo haber tenido ese efecto sobre cualquier hombre, siempre y cuando sean el uno para el otro, como quien dice. Y fue tras ella, como antes habíamos dicho, cual autómata. Llego a donde estaba el auto, sin comprender, y se preguntó:

–¿Dónde…

¿Error de sintaxis, gramática y lo que sea? No, es que en realidad no lo dejaron acabarse de preguntar eso, pues lo tomaron  de la cabeza y le estrellaron la misma contra el auto, y lo metieron a la misma, salieron disparados. Luego el otro auto haría lo mismo. Lo tenían contra el asiento de piel, para no dejarlo ver ni estar a gusto.

–¡Dónde está el otro!

–¡En el otro auto!

–¿¡Seguro!?

–¡Pues yo qué sé!

–¡Puta madre, cabrón, se supone que tendríamos a los dos!

–¡Tú te arrancaste!

–El otro no cayó en el hechizo…

–¡Eso es imposible!

–¡Pues ha pasado!

–No entiendo, la única manera de que el detective no caiga bajo el hechizo de la abstracto-amor es que sea un abstracto…

–No puede ser, ¡éste sí cayó!

–¡Estoy diciéndote que el detective, idiota!

–¿Qué me van a hacer? –preguntó el adulto joven con miedo en su voz, pensando en su familia, no en la mujer que vio hace poco.

–Como diría mi amigo Paz: te voy a matar, perra.

Sintió algo metálico, frío y duro contra su cabeza. Era un arma. Sudó. Suspiró esperando su inminente muerte y el mundo dejó de sonar, su cerebro se sacudió, los vidrios volaron, el silencio agudo seguido de dolor de cabeza, no sabía dónde estaba arriba ni donde estaba abajo. No sentía el arma, y el hecho de pensarlo lo hizo comprender que seguía vivo, que no habían jalado el gatillo. Estaba sobre el techo del auto, con el cuello torcido. Escuchó forcejeo afuera. Con el pie, rompió la ventana y salió, mareado, pero de pie…

Manejó a todo lo que la calle le permitía, zigzagueando entre autos y gente, y uno que otro puesto de periódicos. Un disparo rompió el cristal trasero y lo obligó a prestar más atención a lo que sucedía atrás. Se desvió a la izquierda para luego quedar paralelo a la calle donde su amigo iba. El lujoso auto, uno de los que había en el convento, iba pisándole los talones, como quien dice, trataría de hacer la maniobra, esa cuyo nombre no rebelaremos pero que consiste en golpear la parte trasera del auto para hacerlo salir de control. El detective pisó el freno y el humo blanco se elevó. Giró a la derecha y pisó el acelerador junto con demás pedales pues éste no era un auto automático. El otro auto le pisaba los talones. Se aparejaron, seguían manejando ambos, y vio el detective que una mano con un arma se asomó por la ventana. Giró el volante hacia el auto y lo obligó a chocar contra un autobús, para que no avanzara más. Aceleró todo lo que pudo para llegar a la interjección, y chocó el auto donde su amigo iba, justo del lado opuesto. Se quedó atontado, vio a través del cristal roto a un hombre de puro músculo, era el conductor, que se bajó para hacer justicia de su auto destrozado. El detective hizo lo mismo de bajar del auto para afrontarlo cara a cara.

–Pero si aquí estás… –murmuró el hombre musculoso.

No comprendió el detective, y no habría tenido tiempo para pensarlo, pues comenzaron a intercambiar golpes, a esquivarlos, a tratar de enganchar al enemigo con alguna llave asesina, a romper una articulación, un hueso, un ligamento, a darse con las rodillas, codos, con la cabeza o con la palma extendida, a ver casi en cámara lenta los golpes que se aproximaban a su rostro con la peligrosidad de una roca, a girar sobre sí mismos, gambetear, engañar, respirar agitadamente, con el corazón al límite y la mirada reducida por la adrenalina al frente, siempre tratando de adivinar el siguiente golpe enemigo. Los golpes eran resentidos, y el detective los resentía aún más pues aquél, con semejante masa muscular, hacía sentir a su contrincante que golpeaba un macizo muro de concreto. Sin embargo, el dolor no era tanto como pensaba el detective, y ya tenía el sabor de su sangre en la boca, que le era particularmente enajenante. Diremos que no sentía el dolor el detective, porque al momento de estar en peligro, como ya dijimos, la adrenalina reduce el dolor, el cansancio, el malestar, la enfermedad; vaya que a veces, en algunos casos de paro cardíaco, es necesaria una inyección de la misma para reanimarlo; pero incluso así, el detective comenzaba a resentirse, a aletargarse, y él lo sabía, pues los golpes eran más abundantes los de aquél que asestaba, en comparación a los del detective. Aunque, eso sí, se dio cuenta que era mucho mejor luchador de lo que esperaba, a pesar de la desventaja muscular y de experiencia, tal vez.

–¡Qué acaso nada te duele! –dijo el detective molesto, cediendo, tratando de jalar aire.

–No –dijo el otro maquinalmente–, yo soy Dolor.

–¡Ya veremos eso, perra!

El sonido metálico contra la entrepierna sonó ahogado pero no por eso menos agudo, como de orquesta, y obligó a doblarse en dolor al enemigo. La vara que usó el adulto joven la tomó del suelo, de alguna parte del auto que salió volando. El abstracto-dolor se dejó caer al suelo, rojo, con las venas saltonas del cuerpo como si estuviera en la última repetición de su superserie de gimnasio…

El adulto joven caminaba lentamente, en silencio, con la vara en la mano, viendo a su amigo detective ir cediendo poco a poco pero, de alguna forma, heroicamente. Escuchó al enemigo decir que no sentía dolor pues él era el dolor, y deseó el adulto joven que sí lo sintiera, a pesar de ya ir pensando que era un abstracto hecho y derecho.

–¡Ya veremos eso, perra!

Y lo golpeó tan fuerte que él mismo sintió la vibración atravesar el metal y atosigarlo dolorosamente desde los dedos hasta los hombros, como si hubiera golpeado una pared de roca en lugar de un ser con cuerpo de humano.

–¡Ya verán, perras!

Voltearon a ver a un café de donde salía un hombre de aspecto agresivo, metalero, de esos que se van hasta el frente de los conciertos y mueven su cabeza al ritmo de una música que no hace más que hablar de amores y decepciones. El secretario de seguridad llegó en su auto y lo atropelló, el cuerpo del metalero estrelló el parabrisas y pasó el auto y vio, en la entrada, esa, su mirada. El corazón se le detuvo y una muy fuerte sensación en el pecho que lo dejó sin habla ni aliento, afloró de la misma manera que el sol sale por la mañana, iluminándolo con colores pastel, de esos más relacionados al amor, o los que nosotros solemos relacionar al amor, esperanza, amistad y belleza: pureza del alma hecha visión. Ahora, se nos podrá preguntar que qué colores eran estos si cuando estamos enamorados o embelesados no vemos colores, sino que sentimos cosas, nada que ver con la frugalidad y engaño de los ojos que ven, muchas veces, lo que quieren ver, ya que estas sensaciones no son palpables, sentidas; pero esta misma persona preguntona caería en el error al decir que no las saboreamos, las olemos, oímos, tocamos y vemos, pues necesitamos algo físico, una sensación que ya todos han sentido para poder, al menos, dar la más mínima idea de lo que sucede en realidad, necesitamos transfigurar cualquier sentimiento en cosas totalmente diferentes como amaneceres, aguas, flores, esencias, espacios siderales, dioses, melodías. Nada de eso es un sentimiento literalmente, pero sí literariamente y artísticamente. No podemos culpar ni al adulto joven ni a cualquier ser humano, pues no radica en ellos esta desventaja de vida, sino en su lenguaje, pues a pesar de ser extenso y permitir los más bellos sonetos, resulta hasta insuficiente mas no innecesario; pero también es una cualidad de humana belleza, pues de no ser por esta cortedad, no existiría la sublimidad, y mucho menos la perfección. Y es que el adulto joven no podía creer lo que sus ojos veían. Lloraba, al igual que el otro. Se movió, se sentía tan ansioso como todas las ansiedades que había experimentado en su vida, y corrió más veloz que el relámpago para poder estrechar en sus brazos, de nuevo, al niño de secundaria, y ambos se transmitieron en esta simple acción física y, lingüísticamente hablando, metafórica, todo el amor que se sentían el uno al otro. Se quisieron de nuevo.

Vio el detective a la mujer de rojo salir de su auto, sin una sola herida, sin una sola mancha en la piel más que en su vestido rojo, ella perfecta, inmaculada, como si la suciedad del mundo tuviera miedo de manchar esta creación divina, como si ella fuera en algún ámbito, superior a todo lo que le rodea. Tenía en la mano un arma. Corrió el detective a los dos amigos.

–¡Vámonos! ¡Vámonos pero ya!

La abstracto-amor se puso frente al auto donde iban los cuatro. Disparó. El secretario de seguridad pisó a fondo el acelerador y el clutch del auto, movió la palanca de velocidades, aceleró a gusto, engalanado y emocionado de romper las reglas que siempre había seguido tan sistemáticamente. La arroyó sin pensarlo dos veces. El detective vio al niño llorando y se sintió reconfortado de poder haberlo salvado, por alguna razón, sintió que pagaba alguna deuda que dejó en el pasado. Le sonrió, para recibir a cambio la sonrisa aún en llanto del menor.