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¿Ya mero llegamos? Es esa la frase o pregunta que el menor de edad diría ante la insistencia del viaje que se tornara largo a voluntad, eso si estos conceptos que usamos para la comprensión de las acciones humanas tuvieran voluntad propia como los humanos la tienen para poder volverse infinitos o inacabables, al menos en su trayecto, como si decidieran qué tanto van a durar solamente porque quieren o así lo deben, o necesitan; pues, la voluntad también radica en las condiciones, y no podemos asegurar que un viaje deba ser más largo que otro porque algún otro viaje deba tornarse más corto, así que le pide a aquél que dure más para éste durar menos. En esta cuestión de pedir y aceptar en cumplir un favor pedido, radicaría la voluntad de durar más o menos. Imaginamos así también al ser humano que, a voluntad, pudiera alargarse o acortarse o, mejor dicho, volverse más alto o más bajo, como si pudieran hacerlo como si quisieran. Tendríamos así a aquellos que se volverían altísimos, tanto como para llegar y fumarse las nubes, los habría aquellos que decidieran volverse minúsculos, más que hormigas o termitas, y aquellos que preferirían la templanza y decir, bueno, si el creador o la naturaleza o el destino me da la luz para decidir, pues decido quedarme así. Y aquí radicaría una buena moral, una historia que será desarrollada, no en este verídico testimonio, pero que se verá en alguna otra parte. ¿Qué moral? Nos preguntaremos como si ella, a voluntad, pudiera hacerse visible o invisible. Pues bueno, estos gigantes que llegarían tan alto, sus movimientos verían aletargados, construirían los imperios más maravillosos, incluso más que los de dios, pero no contarían que morirían de inanición por no poder llenar nunca sus estómagos ni mucho menos tener los nutrientes necesarios para la vida, morirían por falta de aire, de una caída estrepitosa pues es tanta la altura que su cráneo no resistiría tal embate; por su parte, aquellos que se volvieron diminutos, evitarían los peligros de la vida, pasarían inadvertidos y se volverían miles de millones en un espacio tan reducido que su existencia sería más fácil, pero no contarían que los gigantes serían aquellos insectos que, en su afán de sobrevivir también, se los comerían o conquistarían, como hormigas, termitas, escarabajos, abejas, incluso algunas aves de tamaño reducido. Así comprendemos que los templados serían los que heredarían la tierra. Regresando a la cuestión del viaje, aquél que se apresura de más, tomando en cuenta el contexto de un auto, podría tener una accidente y no llegar; o aquél que el tiempo en demasía decide tomar, nunca llegaría, pues sería el ejemplo perfecto de llegar a la mitad, y luego a la mitad, y luego a la mitad, para así nunca llegar por más cerca que esté, porque querrá recorrer la siguiente mitad antes de llegar a la meta, que será otra mitad. Lo ideal, pues, sería, como quien dice, tiempo al tiempo y espacio al espacio, ir tranquilo y disfrutar del viaje, pues el fin siempre llega, y ahí comenzaremos de nuevo. Podría dársele a aquél, no incauto, pero sí ansioso, un libro, porque sabemos de más que los aparatos electrónicos la única cualidad de la que gozan es la de volver más inquietos a los de mente frugal, y no sólo eso, sino también los hace creer que saben lo que creen saber. Así habrá algunos que estén en el viaje o lectura de este verídico testimonio que diga Ya por fin las temporalidades se van a poner a la par, es más, ya lo hicieron, porque después de estos tres capítulos todos están ya juntos y no puede ser que uno esté en un espacio al mismo tiempo que otro, pero en diferentes tiempos. Eso sería una verdadera imposibilidad, incluso para la ficción. Lamentamos informar, no obstante, que no es así, aún falta un poco para que las temporalidades estén todas juntas, a pesar de que ya se han juntado los personajes, y no porque estén en diferentes tiempos y en el mismo espacio, sino porque aún no han llegado, todos, a aquél capítulo de la marea blanca, cuya motivación de ser también será explicada meticulosamente. Además, si apuráramos el caso y lleváramos a que ya, por fin, las temporalidades ya se junten como deberían de ser, nos guiaría al caso de apresurarse, y así perder el ritmo necesario de la historia. Subrayamos necesario. Y es que no es que la historia, ni mucho menos este testimonio verídico sea una canción para poder tener ritmo, pero el lenguaje hablado permite estas maravillosas bondades de extrapolar contextos y significados para dar a entender, por medio de sus propias ineficiencias, la belleza que en sí tiene y que todos deberíamos agradecer.

Después de su encuentro incierto cercano con la muerte, por decir de alguna manera, el niño de secundaria dijo todo lo que sabía sobre aquellos que los atacaron y que, cabe decir, lograron escapar también, no imberbes, pero sí libres aún, lo cual dice mucho más de lo que las mimas palabras usadas literalmente pueden decir. Cabe mencionar también que el niño de secundaria sintió una especie de traición al momento de decir quiénes eran y qué hicieron, incluso algunos, con el conocimiento, que puedan tener un panorama más amplio de la situación que una cuestión de traición no era la que sucedió con estos seres humanos. Actores, como un escritor, un lector, un editor, o como cualquiera. Y si, gracias a dios, si queremos ponerlo así, cada quien tiene su propia forma de pensar al respecto de lo que es bueno o lo que es malo, no obstante, una cosa no se puede dejar de lado, y es que trataron de matar a los protagonistas, por lo que nuestra opinión debería estar dirigida a pensar que no eran tan buenos como aparentaban. Enfatizamos el adverbio tan. Sin embargo, deberemos perdonar al niño de secundaria, pues si fueron los únicos rostros y voces amables después de quién sabe cuánto tiempo de tortura e inhumanidad, es normal que él piense que son buenos también. Otro tipo de buenos. Es más, hablando desde un punto de vista empático, a veces bendito, a veces maldito, si nosotros hubiésemos estado en el lugar del niño de secundaria, seguramente pensaríamos igual que él al respecto de la bondad o maldad de los abstractos en cuestión. En pocas horas, eran ellos los más buscados de todos, vivos solamente, independientemente de las consecuencias que aquello pudiera acarrear.

El niño de secundaria dijo algunos pormenores de lo que le pasó, pues la vergüenza lo embargaba, todavía se tenía que guardar ciertos factores por su bien emocional; no podría mostrarse tan abierto a como lo obligaron a estar. Ellos, el adulto joven y el detective, le contaron también algunos pormenores de lo que andaban haciendo o, mejor dicho, algunos por mayores. Momentáneamente el adulto joven lograba ver en el niño ese brillo inocente que ya no parecía tener. El golpe para el adulto joven también fue garrafal, y fue eso lo que más lo hizo llorar, por más raro que parezca, sí, el posible sufrimiento de su amigo de una empatía que lograba volver a nacer en los hombres, pero mucho más por la cuestión del tiempo perdido. Ese nunca se recupera, se va como la vida, y una vez ida, o ido el tiempo; no vuelven ni por voluntad, ni a fuerza, ni en un desacato, mucho menos en un desafío de las normas que tanto nos rigen a los hombres. ¿Qué fue lo que le dolió al adulto joven? Bueno, pues, una pregunta así en estas líneas, a estas instancias, está mal planteada; quedaría mejor así corregida: ¿Qué fue lo que le hizo notar, más bien, el tiempo perdido al adulto joven? Él, su menor amigo, su voz que no era igual, parecida sí, tal vez, pero rasposa y agravada, un do ya no en cabida de ser ignorada, más propia de su edad; su tamaño, porque ya no era pequeño, obviamente más chaparro que él, pero no igual; su delgadez acentuada por no comer bien y por el estirón de la edad, y porque de niños todos parecemos estar redondeados del rostro, enternecidos para mayor protección ajena, pero él ya tenía la sombra de las facciones que lo caracterizarían como adulto; y más que nada su sonrisa, porque ya no era tan constante como antes.

Iban, en ese momento, en camino con los últimos abstractos, a su creencia, a los que verían, con los que tendrían el lujo único de compartir ideas e intercambiar informaciones trascendentales. El detective solamente quería confirmar su teoría de sobre si los abstractos eran los que estaban causando semejante alboroto. El secretario de seguridad, en conjunto con el vicepresidente que, amablemente, le ofreció una mano, o sea, ayuda; pagaron el otro auto que destrozaron, benditos impuestos, y dieron noticias al presidente de que ya la mejor unidad viajaba y trabajaba para ellos. Hasta le dieron al detective, al adulto joven y al niño de secundaria un botón el pánico, uno a cada uno. Le contaron los detalles de lo que habían vivido, pues estos llevaban en sí información de mucha importancia para la misión.

–¿O sea que han estado viajando por todo el país, hablando con abstractos? –preguntó el niño de secundaria que iba solo, atrás, en el otro auto que el gobierno amablemente les ofreció. A prueba de balas y nuevecito. Él así lo quiso, el niño de secundaria, viajar solo.

–Así es. Estos que iremos a ver serán los últimos, y puede que ya regresemos a nuestra vida normal. No sin antes dar con tus padres.

El niño sonrió.

El día dejaba de clarear, o sea, la oscuridad trémula comenzaba a cubrir todo con su sombra que era un manto, ese que usamos en nuestras habitaciones para cubrirnos y protegernos del monstruo que saldrá debajo de la cama o del armario. Dejaba ver que esta sería una noche estrellada, y esos casi como una pintura hecha por un menor, coloreado el cielo estaba de naranja, rojo y rosa. Una combinación celestial.

Llegaron a una imponente construcción, con aires de hacienda, de piedra, construida con un estilo de enormes pilares que quisieran alcanzar el cielo en puntas de aguja y grabados detallados de pasajes históricos que conocían o que no conocían, algunos poéticos, otros literarios, y muchos más que acontecerían o que ya habían acontecido. No necesitaban vallas electrificadas porque había exceso de guardias en casi cada diez metros, y se veían enormes árboles tras el muro, así como torres como si de una construcción medieval se tratara, hechas con la única finalidad de proteger lo que dentro había de cualquier irrupción ajena de fuera. Llegaron a la puerta que era negra y enorme, y estaba cerrada, custodiada y era a prueba de tontos, pues si alguien llegase con un tanque a tratar de destrozarla, el tanque sería el que se acabaría en un montón de trizas volátiles. Nada se podría hacer por sorpresa.

–Son todos unos magnates estos dos –dijo el adulto joven.

–Lo único que me dijo mi mujer –nadie se percató de esto dicho, ni el detective mismo– que ellos tenían una apariencia… secreta.

–Son dos, ¿no?

–El abstracto-tiempo y el abstracto-espacio. No pueden estar separados. Si llegaran a apartarse podría significar esto el fin de las cosas y de todo.

–No entiendo, ¿por qué, detective? –dijo el niño de secundaria.

–Imagínate lo que sigue, una explicación simple para aclarar la situación: somos espacio y tiempo, ahí estamos. Compara nuestra vida como una película. Si faltase el tiempo, sería como si estuviéramos pausados, estaríamos materialmente pero no sucedería cosa alguna porque las acciones y reacciones necesitan el correr del tiempo. No nos moveríamos, no habría tiempo. Ahora, si no hubiera espacio pero sí tiempo, sería una cinta que corre pero sin algo que mostrar, un espacio vacío, una pantalla negra; pues no habría espacio para los cuerpos, estaría lo necesario para una acción, pero no quien haga la acción. Por eso deben estar siempre juntos. Tanto así dependen el uno del otro.

–¡Ah, no ma! Es cierto lo que dijo –dijo el nombre del adulto joven–: eres el hombre que lo sabe todo.

El detective sonrió con un atisbo marcado de orgullo.

Se detuvieron frente a la puerta y, en ella, dos guardias había, con trajes negros así como sus lentes oscuros a pesar del nulo fulgor que la noche traía.

–Qué tontos, se les perdió el sol.

El adulto joven y el detective sonrieron, incluso también el niño de secundaria, pero todos por nervio.

–No creo que nos dejen pasar, este tipo de lugares lucen como esos para los que necesitas invitación previa.

–Ya buscan a nuestros principales sospechosos. No perdemos nada con intentarlo, ¿cierto? Una negativa siempre será mejor a una pregunta sin respuesta.

El detective bajó la ventanilla, y con la voz un poco temblorosa pero tratando de estar lo más seguro de sí, dijo:

–Venimos con el abstracto-tiempo y el abstracto-espacio.

El guardia arqueó una ceja, como aquél que escucha algo que, de sobremanera, sabe que es equívoco. Dijo algo en su radio auricular.

–Adelante.

El detective subió la ventanilla.

–Bueno, eso fue más fácil que entrar a un putero sin identificación oficial.

–¿Qué? –dijo el niño al adulto joven.

–No, nada, nada… –dijo sonriendo con algo de vergüenza, y no notó la risilla del menor.

Entraron. El camino era de cantera, a los lados, árboles enormes de todo tipo, frutales y con aromas distintos, provocaban una curiosa oscuridad agradable. Frutas y frutas caídas al suelo, así como animales varios.

–Mira, esa es una llama… son llamas.

–¿Tendrán leones? –preguntó ansioso y curioso el niño de secundaria. El detective sonrió.

–Espero que no, te comerían de un bocado.

El niño esbozó una de sus antiguas sonrisas inocentes.

Llegaron a la entrada de la lujosa mansión, en la que había estatuas hechas con la maestría de un escultor joven, de esos geniecillos que ya no existen hoy en día, de héroes y no héroes, animales a tamaño real, dragones, bestias míticas, escudos levantados al cielo, a lo alto, enormes músculos desnudos de hombres y mujeres que exaltaban la belleza del cuerpo hecho a imagen y semejanza de su creador, gestos no agresivos sino asaltados por lo divino, posiciones no sexuales a pesar de su desnudez, pero más bien esforzadas, réplicas de mujeres sin brazos y mujeres en conchas, cabellos afrodisíacos, curvas naturales y bellas, de esas que puedes agarrar y no quedarte con hambre. Había guardias, más guardias, hombres y mujeres, y luces que alumbraban, detectores de movimientos, cámaras y demás, seguramente, muchos más instrumentos que garantizaban la seguridad de los que ahí viven. Descendieron del auto y vieron la alargada escalinata que dirigía a la entrada de la casa. Un mayordomo con apariencia de ser extranjero, los esperaba.

–Por aquí, háganme el favor de seguirme, si así su voluntad lo desea.

Entraron. Mármol reluciente como espejos, bustos de científicos y pinturas de grandes exponentes, pinturas que hacían alusión a eventos históricos del pasado, una enorme roca que tenía algunos dibujos rupestres, otras pinturas que mostraban un futuro incierto y lleno de espacios siderales y un planeta muerto. Pilares, pilares y más pilares. Habían más estatuas, joyas, fuentes, animales disecados, muebles, ecuaciones, fotografías, máquinas, barcos, centellas y bellezas, alfombras, lámparas, esferas, globos terráqueos, mesas, sillas, velas, flores en floreros, floreros en flores, radios, televisiones, máquinas de escribir, plumas, computadoras, cohetes espaciales, esculturas de piedra, artesanías, casas, iglesias, catedrales, tumbas, armas, cañones, balas, bombas, radiación, maravillas naturales y maravillas construidas por el hombre, juguetes, juegos, jugadores, velocistas, saltadores, nadadores, labradores, tractores, maizales, chile, mazorca, primacías del hombre, primigenias deidades, muertos, vivos, muertos-vivientes, calendarios, días, pasado, presente, futuro, líneas atemporales y líneas creacionales, poderes divinos, mortalidad, enfermedades, peste, lujuria, egoísmo, gula, virtudes, amistad, amor, beatitud, viajes, montañas, lagunas, mares, cimas y simas, estrellas y planetas, galaxias, soles, lunas, asteroides, calma y paz, guerra y castigo, escritores, personajes, sucesos, ficción. Era éste un viaje a través de la historia de la humanidad y de toda la historia en un suspiro, un guiño, un mordisco, la fracción de segundo que dura la eternidad.

Llegaron a una habitación custodiada por dos guardias que no los voltearon a ver.

–El abstracto-tiempo-espacio está aquí. Los estaba esperando –dijo el mayordomo. Los tres se voltearon a ver sospechosos e incomprensibles.

Entraron. Más mármol, pero éste relucía como si brillara por sí mismo. Era una habitación oscurecida con aires de observatorio, pues el techo cóncavo tenía proyectado el espacio, el cielo cambiante, las figuras siderales, las leches derramadas, las estrellas y los planetas bailando, separándose y colisionando, un baile eterno sin inicio ni fin. En un sillón de cuero reclinable estaba el abstracto-tiempo-espacio. La vista fue como un golpe, no se pudieron acostumbrar tan fácilmente, ni siquiera con la oscuridad considerable que los podría estar guiando a un error de percepción, se dieron cuenta que lo que veían era tan claro como su creencia les permitía; esta visión, este ser ofuscaba en su primer vistazo como cuando pasamos de una penumbra total a una luz poderosa: no podemos verlo bien. Era un siamés, ¿o siameses? Eran uno pero dos, unidad y pluralidad al mismo tiempo. Por el hombro se unían, dos cabezas con sus respectivos cuellos, una de hombre y una de mujer, gemelos, idénticos poco diferenciables solamente por su maquillaje y vestido. Dos cuellos luego del hombro, un brazo para cada uno y una pierna para cada uno. En sí, lucían como un solo cuerpo alargado, una fotografía ensanchada, un ser humano más amplio, mas no gordo. Ella llevaba un vestido, él un traje, todo en una sola pieza, unidas por donde ellos se unían. Eran ambiguos, uniones separadas, una multiplicación fallida.

–Adelante… sean bienvenidos… somos el abstracto… espacio-tiempo.

Ella, al hablar, su voz era masculina, y él, al hablar, era su voz femenina. Para facilitar la comprensión de lo que sigue, y justificar el exceso venidero de los tres puntos suspensivos, diremos que ambos intercalaban palabras, pues hablan como al unísono pero por separado, frases uno, frases otra, así que cada vez que el lector vea los puntos suspensivos, sabrá que es porque uno o la otra están hablando. Sin embargo, no especificaremos quién es el que inicia y quién es el que sigue, para así permitir el gozoso y celestial juego de la imaginación lectora.

Se sentaron, incómodos, frente a ellos.

–Buenas noches… los estábamos… esperando.

El niño de secundaria tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no reír a carcajadas ante la discordancia de voces.

–Buenas noches… ¿cómo sabían que veníamos? –preguntó el detective.

–Somos… el abstracto… espacio-tiempo… lo sabemos… todo… Se notan… sorprendidos.

–Bueno, es que no esperábamos…

–¿Cómo… somos?… No serían… los primeros… ¿pues qué… esperaban?

–¿No que lo sabían todo? –dijo el adulto joven algo agresivo.

–Sabemos… mucho… de mucho… y para reducirlo… decimos todo… sabíamos al menos… que vendrían… y no esperaban… esto que ven… es casi… como si les… resultara desagradable.

–No, no, para nada, solamente sorpresivo.

–¿Hay diferencia… alguna?

–Pues que lo sorpresivo puede resultar en agradable o desagradable.

–¿Y qué… somos de… esas dos?

–¿Ambas? –dijo el niño de secundaria algo confundido.

–¡Shhh! –dijo el adulto joven algo arrepentido por cuenta ajena.

–No… te preocupes… a pesar de todo… es agradable recibir… invitados sorpresa.

–Pero ya sabían que veníamos.

–Es una forma… de decir… las cosas.

Se quedaron en silencio. El abstracto-tiempo-espacio tomó una bebida, cada mano, y ambos bebieron. No lo sabrían los visitantes, solamente el abstracto, y esto de ser lectores nos permitirá saber que ella sintió la bebida de él y él saboreó la de ella. Otra cosa que hay que puntualizar antes de que sigamos, es que abstracto-tiempo-espacio o abstracto-espacio-tiempo serán usados indiferentemente, pues en estos dos no hay alguna superioridad en importancia ni nada.

–Entonces –insistió el adulto joven–, no saben todo.

–Sabemos… lo suficiente.

–¿Hasta el futuro?

–Para conocer… el futuro… solamente basta con ver… hacia atrás… La vida es… como un libro:… se repite… si bien… cada vez que… lees el libro… algo nuevo encuentras… es la particularidad… del momento… solamente… sin embargo… esto que vivimos no es más…. que un ciclo.

–Disculpa la falta de respeto si es que se puede tomar así pero… ¿siameses? –dijo el detective para calmar el ánimo del adulto joven.

–Somos inseparables… el espacio y tiempo… sin uno… el otro… no puede ser.

–Genial –dijo el adulto joven con genuina maravilla en su rostro.

–Tenemos entendido… que preguntas tienen… por la particularidad… del momento…. que quieren… resolver de… nuevo.

El adulto joven tomó la palabra casi como si fuera él quien mandara en el grupo, aunque sabemos que nadie lo hace.

–Hemos estado investigando…

–Lo… sabemos…

Nótese, si es que aún no se hace, que los puntos suspensivos no son para marcar un tiempo de silencio, sino solamente la alternancia, así que estos diálogos deberán ser leídos por el buen entendedor en una fluidez propia de quien un monólogo dispara, justamente como si los puntos suspensivos no estuviesen ahí.

–Todos los abstractos nos han dicho una cosa, es que esto del asesinato de los abstractos ya había sucedido. ¿Cómo puede ser?

–Esta vida… es un libro… que si es acabado… empieza de nuevo… es todo.

–Pero algo así lo recordaríamos.

–Recordar… y olvidar… son una cuestión… de espacio… y tiempo… a diferente… espacio y tiempo… diferentes conocimientos… diferentes memorias.

–Pero hay cosas que no se olvidan, si no, no habría memoria histórica, no habría historia como tal.

–Solamente hay… cosas que se… recuerdan de… nuevo… únicamente hay… que poner atención… pero eso es… más difícil de… lo que parece.

–Si esto es como dicen, debería estar fuera de su control –dice el detective en voz baja–, o sea, según esto, los malos son el gobierno.

–No hay malo… ni buenos… además esa es… una simpleza de cuestión… de perspectiva… en realidad… trabajamos juntos… cada quien pone… de su parte…. Sin embargo… cuando nos molestan… de más es… cuando decidimos… darles un reto… un poco más… imperioso… de lo que teníamos… acordado.

–¿Cómo cuál?

–Por ejemplo… comerciamos con… los presos sentimentales.

–Las drogas y las armas, ¿ustedes son los que se las proporcionan? –preguntó el adulto joven alebrestado y agitado.

–De algo… hay que vivir… obvio… debemos dar… su parte… al gobierno… si no… ni uno ni el otro… podríamos ser.

–Eso es criminal.

–Cuando vives… por siempre… esto se reduce… a un simple… juego.

–¿Viven por siempre? –preguntó el detective frunciendo el ceño.

–Espero ustedes… crean en la… metempsicosis… pues eso pasa… con nosotros… si nuestro cuerpo… físico muere… vamos a otro… hagamos de cuenta… que el ser abstracto… viaja a través… del espacio y tiempo… y es cuando… hay problemas… como los de ahora… en los que no… hay un abstracto… sin embargo… es que está… buscando otro… cuerpo.

–¿Y si te mataran a ti? –preguntó el adulto joven. Los guardias, todos, voltearon a verlo.

–Cuidado… adulto joven… que eso es… peligroso de decir aquí.

–Sólo me corroe la curiosidad.

–Si nos matan… todo empieza… de nuevo… y viene… el olvido –al no ver respuesta, prosiguió–… como verán, esto no es más que un juego –vio fijamente al niño de secundaria–… quien controla… tiene el poder… gobiernos hacen… lo que quieren… a merced de… los abstractos… porque así ellos tienen… un poder…. pero el verdadero… poder lo tenemos… nosotros… pues decidimos… cuándo empezamos… y cuándo acaba –sigue ahora indistinto de a quién ve–… verán que… son los actores… los que no recuerdan… los que olvidan… pero el juego vuelve… a empezar.

–Pero, para eso, el recuerdo, el opuesto al olvido, debe morir, ¿o no? O sea, el abstracto. Al menos, hablando de cuestiones prácticas.

–Ni los abstractos… son nada… sin el espacio… y el tiempo.

–O sea que ustedes son los que causan todo esto.

Sonrieron, pero solamente la mitad. O sea, la mitad del labio del hombre y la mitad del labio de la mujer se arquearon en sonrisa, si juntáramos ambos labios, serían una sola sonrisa completa.

–Lo hacemos… por la misma razón… que ustedes… para sobrevivir… perpetuarnos… mantenernos… ser eternos.

–Eso es maquiavélico –dijo el adulto joven.

–¿Qué es… mejor… perder el timón… del barco o… un sacrificio… para salvarse…todos?

Después de un silencio no prolongado, el detective sacó un cigarro, lo encendió, caló, y dijo:

–Ustedes tienen miedo.

–El miedo… nos tiene… pues tomando en… cuenta que actuamos… con base en lo… que tememos… pues es… así que deducimos… que él tiene… poder sobre… nosotros.

–Entonces ustedes no son tan omnipresentes como dicen serlo.

–No… obviamente no… y no queremos serlo… ese es… solamente el… autor.

–Ni a ustedes puede controlarlos un autor, si es que existiera.

–La vida… es un libro… fíjate cómo a… veces la vida… corre veloz… y a veces… lento… a veces tú prestas… mucha atención al… detalle y otras… veces no es más… que un simple… vistazo… es exactamente… como si las palabras… fueran elegidas… y otras desechadas… un determinado punto… de vista… una forma… de describir tal o cual… situación… exceso de letras… o exceso de rapidez… ciertas palabras fueron… usadas y otras… no como si… estuviese… toda la vida escrita… de antemano… así a veces… el tiempo pasa rápido… y otras lento… depende todo… de cómo esté escrito… el libro… y así vemos… que no es necesaria… tanta ciencia… para viajar al pasado… solamente hay que… hacer saltos en… el tiempo o… volverse unas… páginas… y por eso… olvidamos… a merced del autor… de todos modos… no lo puedes detener… no puedes… contra el autor.

–¿Y dónde está ese autor que tanto dices? –preguntó el detective más interesado que intrigado.

–En todos lados… en todas formas… en todas concepciones… en toda palabra… en todo tiempo… en todo espacio… en todo entendimiento… en toda razón… en todos nosotros… y gracias a él… olvidamos todo… y al pasar de hoja… la historia se repite… solamente se preocupa… por cambiar al actor… y esto es así… por siempre… y para siempre.

–¿No se puede detener al autor?, dices –dijo el detective para apagar su cigarro en un cenicero.

–No… porque desde… el inicio… la cosa ya tenía… fin.

–Pero tenemos voluntad y pensamientos propios, decisiones propias.

–No… éstas son fruto… de su espacio… y tiempo… pues siempre hay… arrepentimiento… si fuéramos… conscientes… como dices… seríamos el autor.

–No puedo creer que esto sea una novela –dijo el adulto joven.

–No es de… poder… ni creer… la vida es… eso es… todo.

–Tú no eres el autor, dices –dijo el detective.

–No… gracias… a él.

–¿Por qué agradeces eso si el control es poder y, por lo que veo, eso es todo lo que tú amas?

–Porque… el poder conlleva… la responsabilidad de una… consecuencia…. no del poder mismo… y es ahí cuando… yo el… abstracto-tiempo-espacio… entro en juego… porque soy lo… que fue… lo que es… y lo que será… lo que puede ser cambiado… lo que no puede ser cambiado… repito… y aun así… lo que el hombre… en su debilidad… quiere modificar.

–Y aun así no te importa, viendo que tu muerte conlleva todo esto del olvido y el poder de tu… “autor” –dijo el adulto joven con algo de coraje.

–Yo podría… verlos a todos… ustedes arder… en las llamas del… infierno y… aún así… poco haría… es más… encendería dos cigarros… con el fuego eterno.

Todos se quedaron en silencio.

–¿Alguna otra… cuestión?

El niño de secundaria alzó la cabeza, miró fijamente alternando a los ojos de ellos, y dijo:

–Cuando quieren ir al baño, ¿uno siente y el otro lo hace?, o, ¿cómo le hacen?